VILLA SPRINGFIELD

La familia Killer vive en Villa Springfield. En este lugar abundan los brotes… no, no os confundáis con el nombre. No son los brotes verdes que surgen en los campos primaverales, no. Son esos brotes psicóticos que estaban latentes y con la crisis se han puesto por las nubes.

Llegué a Springfield ya como Mother, aunque todavía no era del todo Killer. Esa faceta se fue gestando a medida que sufría un trauma tras otro en esta funesta villa. Llegué de la gran urbe con un carro de mellizos que casi no abarcaba con los brazos. El primer trauma llegó cuando comprobé que, al contrario que pasaba en la gran urbe, nadie te sujetaba la puerta de los establecimientos para salir o entrar, e incluso a veces aprovechaban el momento en que tú la estabas sujetando, haciendo malabarismos con el carro gemelar, para colarse y salir triunfales. 
La falta de sensibilidad, ciudadanía y educación de los springfieldianos fue minando mi inocencia de forma sistemática hasta convertirme en lo que soy ahora. Por ejemplo, los springfieldianos no conciben que una mujer trabaje, por lo que se creen en el derecho de hacerle perder tu tiempo en la sala de espera de una consulta toda la mañana (es que claro, si solo tienes que barrer y fregar por qué te va a importar esperar) y no conciben el no poder acudir al domicilio a determinadas horas a entregar paquetes o hacer reparaciones, les tienes que explicar: “es que trabajo”, como si fueses un bicho raro.
Una de las cosas más traumáticas que recuerdo es cuando se me ocurrió preguntar en la guardería (pública) que si la carne de ternera que comían los niños era de confianza. No, no es que fuera una tiquismiquis, sino que en aquella época el notición era una epidemia de la enfermedad de las vacas locas que tenía conmocionada a media Europa. La directora de la guardería, springfieldiana ella, me trató fatal y me echó de allí sin darme ninguna prueba de la procedencia segura de la carne.Yo me fuí del despacho diciéndole que si dentro de 10 años mis hijos caían enfermos con la enfermedad de Creutzfeldt- Jakob, recaería sobre su conciencia (todavía ahora me la encuentro por la calle y me mira con ojos asustados). Por tanto, escribí una carta a la autoridad de nuestra región relatando mi preocupación y diciendo que, en tanto en cuanto no se me asegurase el origen seguro de la carne, se abstuviesen de dar a mis hijos carne de vaca en el comedor de la guardería. Afortunadamente, al poco tiempo me llegó una carta como respuesta. En ella, me aseguraban que la procedencia de la carne de vaca que comían los niños era fiable y que, si quería que mis hijos dejasen de comerla debía llevar un justificante médico señalando que la ingesta de carne de vaca podía ser perjudicial para la salud. Como no me aportaban ninguna prueba, fuí al médico a pedir el justificante y, mira por dónde… me lo dio. Cuando llegué al despacho de la directora ogro y le tiré el justificante a las narices, le hirvió la sangre y me acusó de haber falsificado el documento. “Demuéstrelo” le dije. A partir de entonces los niños no comieron carne, pero en cuanto pude les cambié de guardería. Las propias cuidadoras me manifestaron sus miedos a las iras de la funesta directora, y no estaba dispuesta a vivir pensando que ese ser frustrado y contrariado pudiese decargar su rabia en mis hijos.
He de decir que vivíamos solos en una ciudad extraña, sin ningún familiar o amigo en el que apoyarnos, con un par de gemelos y un trabajo exigente y difícil. Un día tuve que ir a la compra sola con los bebés. Cuando llegué a pagar, la cajera me dijo, en tono ofendido y anticipando la lentitud de una señora cargada de compra y de bebés, que si no tenía nadie que viniese a ayudarme. La miré con desprecio y creo que nunca olvidará, en su flamante carrera de cajera prepotente y estúpida, la velocidad con que hice la operación de sacar las cosas del carro, embolsarlas y llevármelas. 
Perra estúpida, no, no tengo a nadie que me ayude. Así han crecido mis hijos, así les he criado es este lugar inhóspito y difícil, retrógrado y cateto. Un lugar en el que no se evalúan los juicios a primera vista, un país de ciegos en el que el tuerto es el rey. 
Los niños, a pesar de haber crecido aquí, no han echado raices. No encajan en estos esquemas familiaristas cerrados. Cuando eran pequeños y nos despedíamos en la fila del cole con un beso en la boca, se oían murmullos de desaprobación. Cuando nos encontrábamos los domingos a sus compañeritos de clase, que iban a diario en chandal y zapatillas, enfundados en abrigos de paño y con zapatos de charol, mis niños les restregaban su libertad en vaqueros por la cara, y a cambio recibían la mirada de desprecio que reciben los pobres de los grandes señores. 
Cuando llegó la hora de las comuniones, ellos lo tenían muy claro: no pensaban hacer el ridículo. Mientras que las madres se peleaban por las flores que iban a comprar para la iglesia, nosotros fuimos a comprar su regalo de no-comunión: su primer reloj. Lo lucieron con orgullo y les duró menos que un caramelo a la puerta de un colegio. Y nunca, nunca, se cumplió la profecía: “ya verás cuando vean a todos de comunión, querrán hacerla ellos.”
Otra de los escarmientos que tuve con mis primeros hijos fue en el ámbito de la costura. Las springfilianas se dedican a sus labores, y en su defecto, en aquella época anterior a la crisis, eran explotadas en talleres de costura. Cuando llegaba la época de carnaval, se organizaba un desfile de disfraces por las calles de Springfield en el que participaban todos los colegios de la villa. Tres meses antes, las madres invadían el colegio por las mañanas preparando el disfráz colectivo de nuestros hijos. Se compraban los materiales en común y cada una hacía su parte en casa. A mí, trabajando y sin abuela, me costaba enterarme de los planes. No tenía las mañanas libres como ellas ni la destreza costuríl de las marujas. ¿Qué os pensáis, que las marujas costureras apoyaban al resto de las madres en las labores, facilitándoles el trabajo e informándolas de las decisiones que tomaban por las mañanas? Nooooooo. Todas pagábamos por el material común, pero a nosotras nos daban los peores retales y lo que les sobraba de sus flamantes disfraces. Así que en el último desfile, en el que madres e hijos íbamos disfrazados de pollos, nuestros disfrazes eran el hazme reir de Springfield y ellas todas y sus vástagos iban monísimos. Ahí es cuando dije “una y no más”, y no volví a participar en ninguna actividad del colegio en la que hubiese costura de por medio.
Bueno, creo que ya os habréis hecho una idea aproximada de la ciudad en la que vivo. El infierno diario de la mediocridad, la insolidaridad, el aislamiento y la tontería supina. Si oís hablar por ahí del “gusto springfieldiano” echaos las manos a la cabeza y preparaos para ver las cosas más sórdidas y feistas que podáis imaginar. En semejante prisión, la única solución ha sido convertirnos en la familia Killer.

6 respuestas

  1. Pues no tengo ni idea de cómo se llama tu villa pero podría ser perfectamente de donde yo vengo. Cuando nació mi hija me llamó una tía para felicitarme y me soltó, ¿no se te ocurrirá dejar a la niña en una guardería a los 4 meses? Pues mira sí guapa, tengo que comer y ella también.

    ¿No puedes huir?

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