Sobreprotección

Los padres cuarteleros: Una tendencia en alza

Tomada de Pixabay

Los expertos lo han detectado con su radar “encuentra fenómenos”. Son los padres cuarteleros. Tratan a sus hijos a golpe de silbato, les educan en un ambiente absolutamente dictatorial y nunca les ayudan a levantarse cuando se caen. Esta forma de educación, que se puso de moda tras la adopción de las tesis de ese concepto pseudocientífico llamado “hiperparentalidad”, está acabando con la autonomía y la autoestima de niños y jóvenes, que tienen sistemas nerviosos débiles y son incapaces de enfrentarse a los retos más sencillos de la vida, como tomar decisiones por sí mismos, hacer amigos, abordar los conflictos con serenidad o mantener conversaciones distendidas. 

Los padres cuarteleros hacen oídos sordos a las quejas de sus hijos. No importa que lleguen llorando a casa del colegio con un ojo morado. Les dicen que se defiendan, que devuelvan el puñetazo y que no lloren como nenazas. Si su hijo es una hija, les dicen que algo habrán hecho, que sean tranquilitas y jueguen a la goma en el patio, así no se meterán en líos. Es así como los casos de acoso en el colegio han aumentado de forma alarmante: sin un control por parte de las familias, que son las encargadas del bienestar de los menores, no hay nadie que ponga freno a la escalada de violencia en los colegios e institutos. 

Además, este tipo de padres no atienden a sus hijos cuando sufren accidentes o tienen dolores. Son de la idea de que, cuando un niño se cae al suelo, hay que dejar que se levante solo para forjar su fortaleza y valentía. De este modo, están llegando a los hospitales niños con fracturas antiguas mal soldadas que no fueron atendidas debidamente en su momento. Además, los niños crecen con la idea de que no hay que ayudar al otro cuando tropieza y estamos asistiendo al surgimiento de una generación de adolescentes insensibles ante los infortunios de sus semejantes, que pasan sin mirar a las viejecitas que encuentran tiradas en el suelo y que no ceden el asiento en el metro a las embarazadas. 

Marilita Jiménez, experta en ingeniería genética en la Universidad de Gayamil, afirma que estos padres crían a sus hijos como si fuesen infantes de la marina. Las maneras espartanas en la educación están dando lugar a gran cantidad de casos de estrés postraumático en niños y adolescentes, que llegan gritando “SEÑOR, SÍ SEÑOR” a las consultas de psiquiatría. “Como sigamos así, en unos años vamos a tener zombis en vez de personas paseando por las calles” afirma la experta. 

Quedaron atrás los tiempos en los que se daba crédito a las teorías que afirmaban que una crianza respetuosa y con amor generaba individuos respetuosos consigo mismo y con sus semejantes. En la actualidad, parece que estamos educando a soldados que van a ir a la guerra a combatir por su patria, más que a ciudadanos conscientes y resilientes, preocupados por contribuir al bien común. Y es que necesitamos personas que se construyan sobre una base sólida de apoyo, respeto y amor por parte de sus progenitores, y no de individuos obedientes sin autoestima que no sepan relacionarse con los demás porque nunca les han cuidado. 

La hiperparentalidad según Eva Miller


El siglo XXI ha sido el escenario en el que han cobrado auge los discursos sobre las prácticas de crianza. Antes, se criaba y ya. Pero ahora, la conciencia ha dado una vuelta de tuerca y, además de reflexionar más sobre la forma en que educamos a nuestros hijos e hijas, hay una desvinculación de la familia extensa. Ya no aprendemos a criar entre primas, vecinas y amigas que amamantan en corro a sus criaturas. Ahora tenemos que prestar voz a los expertos y a los gurúes de la crianza. Son personas que salen en reportajes de prensa con cara de ser muy listas y campechanas y que parece que te van a dar la formula magistral para educar y criar. 

Este es el caso de Eva Miller, una mujer, una madre, una periodista que ha decidido escribir un libro para decirnos que lo hacemos mal. Que estamos estresadas sin ningún motivo, ya que los niños y niñas no necesitan tanta atención como la que les prestamos hoy en día. Que lo que pasa es que tenemos pocos y tarde, y entonces les cuidamos como un tesoro. ¡Ay, si me conociese a mí, que tengo 3 propios y una ajena y les cuido a los tres como si fuesen un potosí!

Pero en fin. Eva dice que sufrimos de hiperparentalidad. Que somos demasiado madres/padres, debe significar eso. Que estamos obsesionados por la precocidad. Que llevamos a nuestros retoños a cientos de extraescolares incluso los fines de semana y queremos que sean los más listos y los más guapos. Y que elegimos el mejor colegio posible, qué desfachatez. Con lo fácil que sería hacer las cosas con desidia desde el momento que asoman la cabeza. Llevarles al primer colegio que se cruce por nuestro camino y tirarles la comida a la cuna a ver si la cogen al vuelo. 

Me veo muy reflejada en eso de las extraescolares. Cuando mis mellizos eran pequeños, se querían apuntar cada año a una extraescolar diferente. Y yo a llevarles. Kunfú, Taekwondo, pintura, baile, Judo, fútbol, natación, patinaje, ténis…y por fin música. Ahí acabó la búsqueda. Todos se quedaron enganchados a la música y compaginan con algo de deporte. ¿Por qué les voy a decir que no a algo que les gusta, y que incluso se puede convertir en su profesión el día de mañana?

Eva, lo que me ha dejado algo boquiabierta es eso de que la hiperparentalidad es una corriente, y que es nada menos que la continuación de la crianza con apego. Me deja como perpleja, porque sobre la crianza con apego hay muchas cosas escritas, y las personas que la practican son conscientes de hacerlo. Sin embargo, eso de la hiperparentalidad sólo te lo he oído a ti, y me parece más un insulto que una corriente. Te llaman hiperparental cada vez que quieres defender a tus hijas e hijos de los excesivos deberes escolares, cuando no les obligas a comer, cuando les obligas a comer el bocadillo, cuando les das teta, cuando les llevas descalzos, cuando les buscas unas zapatillas ergonómicas, cuando les haces fotos, cuando no quieres que otras personas les hagan fotos….

Hiperparentalidad sirve para todo. Para decir a las familias que lo están haciendo mal, que están malcriando a sus hijas e hijos y deben dejar en manos de expertos y docentes todas las decisiones que tengas que tomar. Sirve incluso para meterse con los estudiantes universitarios, que son como son por culpa de sus hipermadres e hiperpadres que se ocuparon de cuidarles con esmero. Son mucho mejores aquellos a los que sus padres desatendieron e hicieron pocas fotos. Con lo fácil que es educar, Eva, no sé que hacemos invirtiendo nuestras vidas en la crianza. 

Al final, el problema es que queremos enseñar a nuestros hijos cómo se convive en democracia, cuando en realidad, dice Eva, la familia es una institución jerárquica. Craso error. Si les preguntamos y les dejamos que tomen decisiones, estamos dándoles una visión errónea de la vida, en la que nadie les preguntará lo que quieren hacer, tendrán que obedecer a otros sin rechistar y no podrán escoger por si mismos cosas como someterse a un tratamiento o seguir trabajando por un mísero sueldo. Es mejor que crezcan sometidos a la jerarquía para que luego no se lleven decepciones. 

Pues bien, yo prefiero preguntar a mis hijos e hijas, pedir su opinión y darles pie a que reflexionen sobre sus deseos y sobre formas alternativas de ver el mundo. Seguramente les estaré convirtiendo en unos seres incorregibles y contestatarios, pero la forma de crianza lleva implícita una clara ideología de cómo debería ser el mundo. Y si algo tengo claro, Eva, es que nuestras ideologías son diferentes. 

Se convertirán en unos vagos

Mis queridos señores, si debemos gastar cada año sumas tan considerables en cañones, caminos, puentes, represas e innumerables cosas de ese tipo para asegurar la paz temporal y la prosperidad de una ciudad, ¿por qué no deberíamos destinar mucho más a la pobre juventud desatendida —al menos lo suficiente para emplear a uno o dos hombres competentes para enseñar en las escuelas? (Lutero, 1524, p. 350; traducción de Roldan Tomasz Suárez Litvin, 2003)

Hoy quisiera hablar del mito de la sobreprotección, esa idea relativamente extendida de que la paternidad consiste en hacer sufrir relativamente y frustrar en cierta medida los deseos infantiles y juveniles de nuestros vástagos para que puedan adaptarse a la vida que les espera de adultos. Esta es una idea muy luterana, muy de la reforma: la función de los padres es meter en vereda a los niños y niñas para ponerles al servicio del sistema. En aquella época era la religión, en esta es el capital. El caso es que marquemos un camino definido y concreto por el que las niñas y niños tienen que  transitar hasta convertirse en siervos disciplinados. Las familias que intentan proteger a sus hijos de este camino de sacrificio son familias sobreprotectoras que viven, dicen con sorna los luteranos del XXI, en un mundo de fantasía y que acabarán malogrando las vidas de sus hijos. 

Sin embargo, la preocupación por la educación y la crianza de estas familias a las que se tilda de sobreprotectoras tiene sus miras en objetivos muy diferentes a los de Lutero. Conscientes del encorsetamiento social al que la educación reglada somete a sus hijos, buscan la forma en que sus hijos e hijas sean capaces de plantar cara al sistema y saber desarrollar sus competencias de una manera libre y creativa. Esto, inevitablemente, desafía el sistema. La creatividad no tiene cabida en un sistema educativo cuya única finalidad es uniformizar al alumnado y convertirlo en un ejército dócil. No puede ser creativo un sistema educativo que perpetúa las desigualdades sociales planteando, de manera superficial, un falso halo de igualitarismo. 

“El mito, por ejemplo de que el orden opresor es un orden de libertad. De que todos son libres para trabajar donde quieran. Si no les agrada el patrón, pueden dejarlo y buscar otro empleo. El mito de que este ‘orden’ respeta los derecho de las personas humanas y que, por lo tanto, es digno de todo aprecio. El mito de que todos pueden llegar a ser empresarios siempre que no sean perezosos y, más aún, el mito de que el hombre que vende por las calles, gritando ‘dulce de banana y guayaba’ es un empresario tanto cuanto lo es del dueño de una gran fábrica”. Paolo Freire

Por tanto, las familias sobreprotectoras son muy peligrosas para el sistema. No permiten que sus hijos se hijas sean machacados en la escuela. Tampoco machacan a sus hijos e hijas dirigidos por el sistema, por los supuestos expertos que intentan manejar nuestras vidas. No lo permiten. Son los padres y madres que se niegan a que sus hogares se conviertan en una extensión del aula. Los que no responden a las notas de las maestras quejándose de que los niños no atienden en clase dándo al niño un capón en la cabeza. Son los que comprenden que el aprendizaje es un camino de placer y de sabidurían, y no de codos y de sufrimiento. ¿Recuerdas haber aprendido algo valioso mientras subrayabas en rojo unas cuantas frases que te habían mandado estudiar de memoria? 

Nuestros hijos e hijas, los de las familias sobreprotectoras, se convertirán en unos vagos. No trabajarán para este sistema. Quizás no lleguen a ser del todo felices, porque vivir fuera del sistema no es fácil. Pero sus vidas serán intensas. Crearán. Serán diferentes. Trabajarán fuera del mecanismo. Se librarán de la neurosis aunque la sociedad les inunde de estrés. Y crearán sus vidas, esto es lo más importante. Tendrán la oportunidad de crear su camino a medida que lo vayan andando. Y su vida tendrá la posibilidad de ser poética.