Emancipación

Las y los jóvenes de hoy en día

Estoy tremendamente harta de la línea de pensamiento que se está instaurando hoy en día sobre esa supuesta sobreprotección que ejercemos las madres sobre nuestros vástagos ya mayores. Es como si, llegados a cierta edad, los y las jóvenes tuviesen que andar por la vida como si no tuviesen familia, un sustento imprescindible para alzar el vuelo tanto en lo económico como en lo emocional. Hay familias que consideran que, llegados a los 18, las personas ya no deben contar con la ayuda de su madre (figura principalmente demonizada como “la sobreprotectora”) para hacer gestiones tales como alquilar pisos o hacer la matrícula. Con ingresarles el dinero en una cuenta y decirles “tira para delante” debe de bastar.

Sin embargo, emanciparse es un proceso en el que toda ayuda es poca. A nadie le parece extraño la extrema implicación de las familias en las formas de emancipación tradicionales: el matrimonio. Las dos familias, la de la novia y el novio, se metían hasta en la sopa, aportando ajuar para la casa, orquestando la ceremonia y el banquete, preparando el futuro hogar de los novios, etc. Sin embargo, ahora se ve con malos ojos que las familias ayuden a sus hijas e hijos a irse de su hogar, en el que han estado viviendo desde su nacimiento.

Emanciparse requiere de un acompañamiento. No hay nada malo en apoyar en el proceso a la persona que se va de casa. Los casos más difíciles son aquellos en los que la persona tiene que dejar su ciudad natal o el sitio en el que ha residido en su infancia y adolescencia para trasladarse a la ciudad en la que va a comenzar sus estudios universitarios. Hay que hacer trámites que no han hecho nunca en su vida, además de que hay que tener en cuenta que el alquiler de pisos no se puede hacer sin un aval adulto con nómina: es imposible no apoyarles en ese paso si vamos a subvencionar su emancipación. Me entra la risa cuando los treintañeros sobrados exclaman que ellos lo hicieron todo solitos. No se lo creen ni ellos, a no ser que tuviesen la suerte de poder sufragarse una residencia. Y luego están la mudanzas. Bueno, sí, siempre puede ser que seas un niño o niña de papá con un coche amplio para hacer tú sola la mudanza, pero si eso no es así, lo más normal es que la familia ayude en el traslado.

Es algo inevitable: el curso en el que los/as hijos/as tienen que irse a estudiar fuera es un trasiego de idas y venidas. Y, emocionalmente hablando, es importante tener un apoyo, un sitio a donde volver, donde siempre te esperan, tu casa. No entiendo esas familias que, cuando sus hijas e hijos salen por la puerta, desmantelan sus cuartos. No es lo mismo irse para formar una familia que irse a estudiar fuera a los 18 años. El vínculo familiar todavía es fuerte y necesario. He visto muchas chavalas y chavales fracasando en el primer año de universidad por esa falta de apoyo familiar tan importante cuando dejas el hogar y te vas a un sitio extraño en el que no tienes ningún vínculo.

En todo este tinglado, las madres aparecemos como grandes obstáculos para nuestras hijas e hijos y se ponen como ejemplo casos extremos en los que las madres van a hablar con los profesores (y profesoras) de la universidad para sacar las castañas del fuego a sus pobres bebés o se sacan de contexto situaciones en las que las madres ayudan a sus hijos/as a elegir vivienda. Afortunadamente, no necesitamos que nuestras/os hijas/os se conviertan en Marines de guerra. Solo son estudiantes jóvenes que comienzan su andadura. En la mayoría de los casos, la inmensa mayoría, estas ayudas son necesarias y proporcionadas. Dejad de ridiculizar a las madres y de exigir un desapego que, desde ningún punto de vista, se ha demostrado que sea más beneficioso para el desarrollo de las/os jóvenes adultas/os.