Bilingüismo

Bilingüismo en el colegio

  

De un tiempo a esta parte, leo gran cantidad de quejas de las familias que llevan a sus hijas e hijos a colegios bilingües. Y me apena darme cuenta de que cargan las tintas contra los sistemas bilingües creyendo que los problemas que surgen en los colegios son porque los niños y niñas “son muy pequeños para aprender en dos idiomas“. Nada más lejos de la realidad: un buen sistema bilingüe es un entorno de aprendizaje perfectamente adecuado para niños de todas las edades. 

Cuando un bebé nace en un entorno bilingüe, por ejemplo, cuando su padre y su madre hablan lenguas diferentes o cuando viven en comunidades bilingües, si hablan al bebé en las dos lenguas éste es capaz de aprender ambas con el mismo nivel de pericia. Puede ser que tarde un poco más en hablar, porque su sistema cognitivo necesita más tiempo para reorganizar la información, pero esto no es índice de un defecto o problema, sino de que el sistema está funcionando correctamente para asimilar ambas lenguas. Por tanto, por muy pequeño que sea un niño, es perfectamente capaz de aprender dos idiomas a la vez. Hemos de recordar que el ser humano tiene un cerebro preparado para aprender el lenguaje, y funciona también en el caso en el que se vea expuesto a varias lenguas desde el nacimiento. 

Los problemas de los supuestos colegios bilingües es que, en realidad, no siguen un sistema bilingüe propiamente dicho. En un sistema bilingüe tiene que haber profesores y profesoras nativas o con un nivel de inglés a nivel nativo para impartir las asignaturas en el idioma correspondiente, que suele ser el inglés. Además, tiene que haber asesores lingüísticos que dirijan el sistema y den consejos a los profesores sobre las mejores formas de abordar una enseñanza bilingüe en una lengua que tiene características diferentes al castellano. En este sentido, en las asignaturas en inglés, toda la interacción que se produzca en el aula debe ser en esa lengua. No se deben mezclar el inglés y el castellano. El bilingüismo implica una inmersión en la lengua en cuestión. Por otra parte, la enseñanza de la lectura y la escritura en lengua inglesa, al ser ésta una lengua opaca, en la que los fonemas no tienen una traducción tan directa a los grafemas como sucede en el castellano (que es una lengua transparente), tiene que seguir una metodología diferente y tener en cuenta estas peculiaridades. 

En alguna ocasión, he escuchado a las familias decir que tienen miedo a que los niños y las niñas no aprendan el vocabulario castellano de las asignaturas que se están impartiendo en inglés. Desde mi experiencia, esto no supone un problema para los niños y las niñas que estudian en colegios bilingües. El vocabulario en castellano inunda todas sus experiencias extraescolares (y parte de las escolares), y aprenden con facilidad el vocabulario castellano correspondiente a las asignaturas que se imparten en inglés, del mismo modo que sus experiencias bilingües extraescolares (ver la tele en inglés o leer libros en este idioma, además de las visitas que puedan hacer al extranjero) complementan el vocabulario en inglés que no han obtenido de asignaturas en castellano. 

Sin embargo, hay muchos colegios que se llaman bilingües pero no tienen las condiciones fundamentales que deben cumplir este tipo de centros. El profesorado que imparte las asignaturas en inglés tiene un nivel B2, que corresponde a un nivel avanzado, pero que en muchas ocasiones no asegura un desempeño adecuado para impartir la docencia en el idioma correspondiente. Esto supone un estrés adicional para el docente y no es adecuado para el aprendizaje de los niños y niñas, que encuentran dificultades tanto con el idioma como con la materia de la asignatura. En estos casos, las familias comienzan a notar en casa las presiones del sistema: meten a los niños en academias de inglés y tienen que cargar con gran cantidad de tareas adicionales en casa. 

Ademas, en estas condiciones, las desigualdades aumentan exponencialmente, ya que hay familias con más recursos que otras para hacer frente a estas necesidades extras que pone sobre sus hombros el sistema educativo. Por otra parte, mientras que en los sistemas bilingües bien diseñados, la escuela puede seguir siendo inclusiva y los niños y niñas con necesidades educativas especiales son atendidos de acuerdo con sus peculiaridades, en los sistemas mal diseñados estos niños se sienten, en algunas ocasiones, desatendidos, por falta de recursos educativos adecuados. 

En conclusión, un buen sistema bilingüe es aquel en el que el profesorado tienen la titulación adecuada, está organizado atendiendo a protocolos de buenas prácticas contrastados y pautados por especialistas y en el que las familias no sienten una sobrecarga adicional con respecto a sistemas no bilingües. Si esto no es así, es lógico que haya un malestar en la comunidad educativa en general que no beneficia a ninguno de los sectores: ni familias, ni estudiantes ni profesorado.