Quiero ser vulnerable

 

Años renegando de los libros de autoayuda y, de repente, encuentro lo que necesitaba. Es lo que tiene tener hijos mayores: que te abren un mundo a cosas nuevas, a cosas sobre las que la gente de mi edad o de mi entorno ya está de vuelta. Tus hijos e hijas te descubren el mundo visto con ojos nuevos, sin prejuicios ni resistencias. Así es como llegué al concepto de vulnerabilidad, planteado por Brené Brown, una investigadora social. Para acercaros a él de manera directa y sencilla tenéis esta charla.

Sí, hace ya 7 años de esa charla. Nunca me hubiese interesado por ella si no pasase por una época de bloqueo emocional intenso. Miedo, inseguridad, cuestionamiento de todo lo que he sido y todo lo que he hecho hasta ahora. Echo la vista atrás y veo coraje y desvergüenza. Me atrevía con todo, estaba conectada conmigo misma, pero quizás me faltaba conexión con las personas que me rodeaban.

Bueno, quizás no: seguro. La gente me saca de quicio. No tengo paciencia con los procesos de aprendizaje. Es algo que tengo que trabajar, aunque pienso “¿ya para qué?. Total, he estado toda la vida siendo una borde despiadada, ¿quién se va a creer que he dejado de serlo?”.

Ahí estaría mi espacio de vulnerabilidad: ser capaz de conectar con paciencia. Manifestar ternura. Emocionarme más allá del “buah, otra vez la llorona esta, a ver si aprende de una vez.” Mi bloqueo en ese espacio de conexión está elevado a la enésima potencia. Hay tres cosas que me producen gran rechazo: la debilidad, la pereza y la incapacidad de razonamiento lógico y cuando percibo alguna de las tres, ya no escucho, no dejo hablar, no dejo espacio para la confidencia ni para el apoyo.

Pero lo cierto es que, si todo el mundo fuese como yo, irían con una coraza de acero de aquí para allá, sin inmutarse por las múltiples vicisitudes de la vida y todo sería mucho más aburrido. No tengo claro que quitarse la coraza sea la solución, aunque sí sería la liberación de un gran peso. Pero es complicado, después de tanto tiempo acostumbrada a ella. No tengo claro que sepa actuar sin una protección permanente: ahí está el tema clave de la cuestión. Me siento constantemente AMENAZADA por lo de fuera y, para evitar cualquier tipo de agresión, permanezco dentro.

En línea con el tema clave, la amenaza se disipa si acepto mi imperfección. Es duro vivir con el dogma de ser perfecta en todos los sentidos, de no desviarme de una línea de coherencia permanente. Respirar en una imperfección tolerable es lo máximo a lo que aspiro ahora mismo. No puedo exigirme más, de momento. Y aceptando ese espacio pequeño, minúsculo, de vulnerabilidad propia, aceptar también la imperfección de los demás.

La inquisición ¿feminista?

No sé si se ha cruzado en vuestro camino esa nueva orden de personas que, en aras del feminismo maternocentrado, se atreven a opinar sobre nuestras vidas de forma gratuita. Que si nos divorciamos de los padres de nuestros hijos y nuestras hijas, que si nos juntamos con parejas que no son los padres de nuestras criaturas, que si qué malas somos por hacer eso, que exponemos a nuestros vástagos a un peligro y a un trastorno en su desarrollo innecesario, bla bla bla.

Me recuerdan a la iglesia católica arengando por la indisolubilidad del matrimonio. Y si tienes que disolver la unión, si resulta que la convivencia era insoportable e insostenible, ponte un burka hasta los 18 (de las criaturas, tú ya 45 o 50 para esa época, o haberlos tenido joven). Por eso, igual que paso de la iglesia católica, pongo entre paréntesis a las personas que se dedican a decirnos qué es lo que tenemos que hacer con nuestras vidas para que ellas estén felices y nos den el visto bueno.

Las niñas y los niños deben ser bien tratados y cuidados por TODAS  las personas adultas. Sea cual sea el vínculo biológico de esas personas adultas con las criaturas. Y, nos guste o no, el bienestar, la crianza, el cariño, el amor, no solo lo ofrecen las madres (o los padres). De hecho, hay veces que las madres son incapaces de ofrecer amor y, en esos casos, tener otra figura a la que apegarse, en la que reflejarse, que te aporte una mirada amorosa, es esencial. Y ya sé que bla bla bla la teta. Pero de verdad, la teta dura lo que dura. La teta y el porteo son una ínfima parte de la crianza y de la educación posterior. La teta y el porteo no aseguran nada si eres una persona inestable que no eres sostenida para sostener a tus criaturas. Que me parece genial que os creáis superwomans, pero yo, en mi caso particular, necesito sentirme querida y apoyada para poder funcionar con mis criaturas.

¿Que eso es amor romántico? Me la suda, sinceramente. Si ese amor romántico resulta que me sostiene, me ayuda, ama a las criaturas que crecen en mi hogar y las enriquece, me mira por las mañanas y me sonríe, me dice que me quiere y cocinamos juntos, pues estoy encantada de la vida. No pienso esperar a que mis hijos crezcan para tener eso (no lo he hecho, la verdad). Y si sale mal, seguro que somos capaces de que todas las personas implicadas acaben sintiéndose bien, porque somos adultos amorosos, que queremos a las criaturas aunque no tengamos un vínculo biológico con ellas.

En serio, no somos (solo) tetas. Y ellos no son solo penes (o lo intentan). Que el hecho de que ya no funcionemos como pareja no quiere decir que ya no funcionen como padres. Que el hecho de no tener vínculos biológicos no quiere decir que no haya un amor y un cuidado de las criaturas menores con las que convivimos. Y eso ocurre porque el origen del amor no es biológico (únicamente), sino que las personas son honestas, responsables, amorosas y quieren al grupo con el que conviven. Yo paso de todo ese rollo biologicista que nos quieren meter en las cabezas. El grupo humano se debe responsabilizar de sus criaturas, sin que tengamos que exigir a las madres o a las mujeres que se hacen cargo de criaturas que permanezcan sin pareja “por lo que pueda pasar” o “porque no se puede meter a cualquiera en la crianza”.

Así que, de verdad, paso de vosotras. Con vuestra vida podéis hacer lo que queráis, pero dejad de fiscalizar la mía. Si queréis hablar de los peligros que nuestra sociedad entraña para las criaturas (que son ciertos y reales), hacedlo por doquier, pero dejar de imponer juicios morales y de valor sobre la vida de (mayoritariamente) las mujeres.

La pedagogía de la práctica y la memoria: origen de la estulticia


Vivimos en una época de convulsión pedagógica. Por un lado, los detractores de la innovación y defensores de la memoria y la práctica. Por otra, las grandes empresas, que quieren hacer pasar por innovación la aplicación de avances tecnológicos a las mismas prácticas pedagógicas bancarias y de transmisión del conocimiento de toda la vida. Y en tercer lugar, la gente que sigue defendiendo la necesidad de potenciar los procesos de construcción de conocimiento y el papel activo de las personas que aprenden en estos procesos.

El problema de esta tercera postura es claro: las personas a las que se les plantea que el conocimiento no es algo acabado, que se construye, que se puede criticar, cuestionar y cambiar, aprenden a pensar. Aprenden a desarrollar un punto de vista propio y a indagar por su cuenta. Aprenden a no tragarse “los contenidos” que le ofrecen otros, diseñados, acabados, escritos, zanjados con la autoridad del maestro y a platearse otros caminos interpretativos. Sí, incluso en las ciencias duras y en las matemáticas es necesario aprender a construir y a cuestionar el conocimiento si quieres ir más allá de lo establecido.

¿Pero qué vivimos desde nuestra más tierna infancia? Docentes que nos dicen que tenemos que repetir lo que dicen los libros sin salirnos del guión. Docentes que nos llaman impertinentes si osamos cuestionar lo que plantean esos libros. Docentes que creen que nuestra única misión es repetir hasta la saciedad los procedimientos que ellos nos han transmitido. En ese proceso, perdemos nuestro yo. Perdemos nuestra identidad pensante, la anulamos y nos convertimos en repetidores de dogmas. Solo aquellos que tenemos la suerte de crecer en un entorno intelectualmente rico seremos capaces de generar nuestro propios planteamientos y puntos de vista, lejos de los de la masa chillona y bien pensante de este maravilloso país.

Esa masa chillona y bienpensante está en todos sitios. Es el resultado de un sistema educativo que no educa, solo enseña. Es un fracaso que se cuela por todas las rendijas de la sociedad y mantiene la ignorancia y la indiferencia ante las injusticias, los argumentos cuñados que sacan a flote todas nuestras instituciones caducas y que mantienen en el gobierno la corrupción mientras no se cuestionen los toros y las procesiones de Semana Santa.

Sigamos diciendo (y creyendo) que el problema es la LOMCE. Sigamos ignorando lo que se hace en las aulas (haya 10, 20, 30 o 40 estudiantes) y sigamos permitiendo la división en colegios de élite y colegios de mierda. Es la mejor forma de mantener el sistema.

#VDLN 150: V.O.S. y el señor de la goma

El otro día quise volver a oir una de esas canciones con las que nos deleitaba a antigua Oreja de Van Gogh (la única posible) en su album doble Guapa. Busco el nombre de la canción en Spotify, V.O.S. Es la típica canción de desamor cargada de amarga ironía. A Amaia le encantan este tipo de canciones en las que queda arrastrada por los suelos por un amor que la dejó tirada en medio de la calle. Esta mujer tiene un gran problema de autoestima. Demasiadas decepciones amorosas.

El caso es que V.S.O. acabó y dejé que Spotify siguiese su curso hacia la siguiente canción. La música, ya sabéis, nos transporta emocionalmente, así que puede ser que no estuviese preparada para lo que vino a continuación:

Y es que yo iba andando por la calle, muy formal, con mi paraguas amarillo, mi abrigo negro y con los cascos puestos. Escuché por encima de la música de los violadores del verso, a ese señor gritándome.

– EHHHHHHHH, QUE SE LE HA CAÍDO UNA COSA.
Tal y como lo dijo, pensé que se me había caído un billete de 50 euros o algo por el estilo. Yo seguía con los cascos puestos en las orejas a todo volumen, escuchando esa canción que acabáis de oír. Bum bum bum, voy a tomar de todo menos decisiones…

Me vuelvo y veo al señor en cuestión muy preocupado mirando al suelo.

– Bueno, si no lo quieres coger…

Miro al suelo y veo una mísera goma del pelo. Una mierda de goma y un señor al que yo había tenido que prestar toda mi atención. Me fui a agachar para cogerla, y el señor que se agacha antes que yo e intenta coger la goma una y otra vez sin conseguirlo. Yo seguía con los cascos, haceos una idea. Escuchando esa canción aterradora. Por lo que no debí susurrar “déjeme coger la goma”. Debí gritarlo, dar un alarido. Y no se lo dije una ni dos veces, sino al menos tres. El hombre me dio la goma con cara de susto y se fue corriendo.

Os dejo con las canciones.

Ese drama costumbrista…

Ha terminado la época del drama costumbrista. No me parece mal en absoluto que haya gente que quiera seguir abundando en ese tema, pero, en lo que a mí respecta, ha llegado el momento de pasar página. Los tiempos de la casa de Bernarda Alba han pasado. Ahora, los dramas cotidianos están cargados de transversalidades y conflictos entre lo analógico y lo digital. Ahora, la gente que crea tiene ganas de aportar otras perspectivas al lacrimógeno panorama de los terribles dramas españoles, sin necesidad de esconder entre risas un truculento mensaje, una verdad incómoda o un horrible secreto.

Hay toda una generación que viene a reinventar nuestro imaginario tradicionalista de coplas y mujeres sufrientes, de hombres violentos y humillados, de jefes déspotas y sádicos, de guardias civiles asesinos, de madres dominantes y patologizantes, de padres ausentes y autoritarios. Lo habéis visto, ¿verdad? Las imágenes de una generación las produce un grupo determinado de personas, los creadores (normalmente en masculino). Y son sus conflictos, sus problemas, sus dilemas, sus miedos y sus placeres los que absorbemos y hacemos propios. Recuerdo cuando de adolescente consumía literatura, cine español de los 80, películas antiguas de los 50 y 60, todas esas cosas. Recuerdo pararme a pensar qué tenían que ver conmigo todas esas cosas. Yo no había nacido en una familia adinerada, como algunas de las protagonistas de Almudena Grandes, ni en una familia extremadamente pobre, como la de Germinal o la de Cañas y Barro, no había vivido la Guerra Civil ni la postguerra, como en Libertarias o Las cosas del querer, ni me veía reflejada en absoluto en las mujeres de las películas de Almodovar.

Ahora parece que la cosa se empieza a democratizar un poco más. Sigo sin verme reflejada en las producciones artísticas de la época, pero al menos parece que la carga en blanco y negro con fondo de rezos y rosario va desapareciendo. De todas las crisis y vacíos creativos surge una visión nueva y revolucionaria y creo que eso puede estar a punto de estallar. La mirada está cambiando. Nos vamos cansando de las imposiciones creativas, de hablar de dramas y dolores evidentes (que nunca deben ser desterradas, por supuesto) y los dolores actuales y cotidianos de una sociedad sumida en lo digital y apartada de la tierra salen a la luz y van cobrando el derecho de ser expresados. El arte de lo aparentemente intrascendente se abre paso. Porque ¿quién marca la trascendencia de las cosas? ¿Quién tiene el poder de hacerlo?

Me gustan las expresiones culturales que desafían al macho intelectual, ese que va al teatro sin saber a dónde va para luego pontificar desde su sabiduría ancestral. Ese que desprecia la literatura escrita por mujeres porque no toca los temas importantes de la vida (la política y la economía, el top del aburrimiento perorato del señor petardo). Ese que desprecia a las y los jóvenes creadores “porque no saben nada de la vida”. Señor (o señora, que alguna hay): desaprender es tan importante como aprender. Y no siempre los viejos son más sabios que los jóvenes. Hay que bajarse del púlpito de la adultez y la seriedad, de la profunda erudición, para disfrutar de las nuevas y frescas miradas que están surgiendo.

Sé que duele. A veces duele dejar de estar en el candelabro (como decía nuestra Belén, la princesa del pueblo), pero es bonito ver cómo crece otra manera de abordar la vida. Hay gente que envejece rechazando el cambio. Quiere seguir leyendo novelas en las que la violación es un acto supremo de romanticismo o en las que el luto amarga la vida de las jóvenes. Quieren anclarse en el pasado. Pero la vida se abre camino y lo nuevo requiere otras maneras de caminar sobre las aceras (la hierba quedó lejos hace tiempo). Quizás estoy relatando mi propio cambio, pero es un cambio que considero muy necesario y al que no renunciaré aunque mil tipos con puro y gafas de pasta proclamen la intrascendencia del ahora.

#VDLN 149: The other (King Tuff)

Hay cosas que nos mantienen vivas. Y crear es una de las más importantes. Tener siempre el cuerpo y la mente pendientes de un nuevo proceso, de un nuevo nacimiento, de un nuevo milagro. Esas cosas que parece que siempre estuvieron ahí, que eran invisibles y de repente brotan a nuestro lado, de nuestras manos, de nuestros ojos, de nuestros labios.

Crear es maravilloso, aunque sea una ilusión. Aunque todo ya exista, lo importante es la sensación de estar construyendo algo nuevo. Es nuevo para mí y con eso basta. Como cuando una niña aprende a caminar: es su primera vez y por eso es única. Así podemos estar la vida entera: descubriendo todo el proceso, reinventando el camino que otras recorrieron antes, saludando al sol cada mañana. Envejecer es creer que ya no podemos crear más. Sentir que nuestras herramientas creativas han caducado y ya no sabemos usar las que han inventado otras. Dejar de aprender a recrear la vida es la muerte del alma. Pero hasta la muerte forma parte de la creación.

Sigo soltando lastre, paso a paso, cambiando a cada esquina, probándome trajes nuevos, ocultando mi cara y mi cuerpo del escenario público, que se repite. Que me aburre. Que no aporta, solo pide, exige, demanda, exclama una y otra vez las mismas consignas de forma cíclica. Sumidero de energía nauseabundo que gusta de las consignas manidas, los lugares comunes, la verdad de los bienpensantes que está escrita en todas las esquinas, en los periódicos del bar y de la caseta del conserje, en los comentarios de noticias del Facebook, en la agenda de las secretarias.

Es mejor recogerse en un lugar tranquilo, en la penumbra y cantar como las sirenas, aullar como los lobos, ronronear como los gatos. Ladrar no, no. Ladrar es común y no queremos nada común en ese pequeño espacio. No quiero tener que discutir con el listo de siempre, con la señora encopetada, con el intelectual de izquierdas, con el sobradamente preparado de derechas, con la feminista de la segunda ola y todas esas cosas que me aburren soberanamente. Solo quiero escuchar vuestra voz escrita que me acompaña. Solo quiero ver a mis creaciones creciendo e independizándose, creando maravillosamente. Y a ti, que hasta en sueños me haces reír.

Ya no quiero verte más

En la “vida real” elegimos en cierta manera las personas con las que nos relacionamos, sobre todo cuando vivimos en una gran ciudad. Cuando yo vivía en Madrid, habitaba en un barrio al que, a partir de mi ingreso en el instituto, solo iba a dormir. Tenía conocidos/as pero pocas posibilidades de cruzarme con ellos/as. Por tanto, la gente a la que veía regularmente era más o menos fija y en dos o tres contextos diferentes en los que me solía mover.

Sin embargo, la vida en una pequeña ciudad es muy distinta: en cualquier momento te puedes encontrar a cualquier persona (grata o non grata) en una actividad distinta a aquella en la que la sueles tener situada. Y tienes que estar preparada para ese momento, si te has criado como urbanita. Ahí es cuando echas de menos el cómodo bloqueo feisbukiano: ya ni te veo ni me puedes ver, aunque… esos espacios en blanco en una conversación sean una locura. En la vida real no se puede hacer eso, así que, o te tragas a la persona en cuestión y tratas de ignorarle con la mayor elegancia posible o dejas de ir a los espacios que ella frecuenta.

Imaginad que pudiésemos bloquear en la vida real (tienen que hacer un episodio de Black Mirror sobre este tema YA). Llegamos a un evento y vemos como un grupo de personas contestan al aire y miran a un hueco vacío. Entonces sabemos que ahí hay alguien que nos ha bloqueado o a quien hemos bloqueado. Llegamos, saludamos y nos ponemos a hablar u optamos por pasar de esa interacción incómoda para todo el mundo, en la que van a existir disrupciones de significado, seguro. Pero ¿qué ocurre en la vida real? Pues optamos bien por enfrentarnos a la situación incómoda y seguir interactuando en un sitio en el que tenemos derecho a estar, aunque haya una persona con la que hemos tenido un conflicto, o bien por autoexcluirnos de esa interacción y dejar de ir a ese sitio.

Lo que es digno de análisis son las razones por las que bloqueamos en las redes sociales en comparación con la vida no virtual. Desde luego que si vamos por la calle y una pava viene a increparte, a juzgarte por lo que has dicho en x o en y grupo, a insultarte o a contestarte a cada cosa que dices en cualquier sitio, llamas a la policía para que te la quiten de encima. En este caso, el bloqueo de las redes es una opción sana y limpia que puede prevenir que la obsesión y el acoso, fruto de una interacción virtual mal entendida, se convierta en un problema crónico.

Por otra parte, en mi vida no virtual yo elijo con quién interactuar. Si hay una persona que me incomoda, porque hemos tenido un conflicto o porque no me gusta su forma de actuar, intento no mezclarme con ella. Eso no es óbice para que evite interactuar con las personas que tenemos en común. En el mundo virtual, este tipo de bloqueo es preventivo y muy útil. Puedes anunciarlo o no, pero desde luego en algún momento la gente se va a dar cuenta de que ha sucedido. En todo caso, para eso está la opción de bloqueo: para evitar situaciones incómodas y estresantes.

En tercer lugar, imaginad que estamos debatiendo pausadamente con una persona, y vienen treinta palmeros/as a increparnos, sin argumentos y usando ataques personales. En el mundo real, esto sería una situación clara de acoso. En el mundo virtual, puedes bloquear a los palmeros y a las palmeras y seguir debatiendo con la persona en cuestión, si es que tienes interés en dicha conversación. Sin embargo, la persona en cuestión igual se lo toma a mal, porque contaba con el apoyo de ese grupo de incondicionales que le hacen tener razón sin esforzarse mucho.

En definitiva, la interacción en redes es algo muy reciente, en comparación con la interacción cara a cara, la cual se lleva depurando y desarrollando milenios. Los recursos que nos ofrecen estas redes modelan nuestra interacción, igual que nuestra capacidad fonadora, auditiva y de expresión facial modela nuestra interacción “real”. Es ahora cuando estamos desarrollando las normas (no escritas) de cómo comportarnos en este mundo escrito, de emoticonos, reacciones, megusteos y bloqueos. No podemos pretender que todo el mundo comparta las mismas normas que nosotras consideramos son las adecuadas para relacionarse en las redes sociales. El que una persona no le de al me gusta a un comentario puede querer decir muchas cosas, y si nos emperramos en hacer interpretaciones de estos pequeños gestos podemos entrar en un bucle muy peligroso. Por ello, relajémonos. Siempre van a existir tensiones en los grupos y, sorprendentemente, siempre vamos a encontrar la forma de hacerlo notar. Pero no podemos imponer usos de una herramienta interactiva de forma unilateral: esos usos se van conformando con el tiempo y es cuestión de que las personas usuarias lleguen a acuerdos tácitos y acordes con el respeto a los demás.

Se me ha quedado en el tintero el tema de los pantallazos: una persona hace captura de pantalla para comentar la jugada en un espacio ajeno a la interacción original, exponiendo a la persona que interactúa sin que ella lo sepa. En el mundo 1.0 tenemos el correveidile, que es algo parecido. Reproducimos en otros espacios y fuera de contexto lo que ha dicho otra persona. Es lo que se llama, en términos vulgares, “hacerle un traje” a alguien. Y sí, esos son actos de gente cotilla y malintencionada. Pero ojo, tan malos son los pantallazos como el cotilleo tradicional, que nos lleva a pasamos una tarde hablando de alguien sin que ella (normalmente es ella) se pueda defender. Por eso, una cosa importante a aprender es a detectar la seguridad de un espacio, a pedirla y a ejercerla. Nada puede salir de un grupo cerrado: esa es una norma no escrita que deberíamos aplicar a todas nuestras interacciones, tanto virtuales como cara a cara. Por respeto.

Katharine Graham y la Wiki

Ayer fuimos a ver la última de Spielberg, Los papeles del Pentágono, que cuenta la historia de una mujer que tuvo que ponerse al frente del periódico de su padre cuando su marido, Phil Graham, que se había dado al alcohol y había pillado una depresión, se suicidó. Katharine Graham tomó la presidencia del Washington Post, que le correspondía por derecho propio. Ella era periodista, pero su padre pensó que una mujer no podía ocuparse de tamaña empresa.

Meryl Streep hace, como siempre, una interpretación magistral y nos muestra a una mujer abrumada en un mundo de señores con corbata que se vio envuelta en uno de los episodios más fascinantes de la historia de la prensa: la publicación de un informe secreto en el que se detallaban todas las mentiras que los políticos habían vertido durante 6 años sobre las visicitudes de la guerra de Vietnam. Ella tomó la decisión decisiva de que su periódico publicase datos del informe bajo una amenaza de la fiscalía del estado.

Pero no, no vengo a hablar aquí sobre las relaciones entre WikiLeaks, los papeles del Pentágono y el Watergate. Vengo a hablar de la forma en que la Wikipedia en español trata a Katharine Graham. Os cuento los pasos que di hasta llegar a su curiosa biografía.

En primer lugar fui a la entrada del Wasingthon Post, en donde se cita en varias ocasiones a Graham. Pero yo fui directamente a ver quién era el director del periódico. Una mujer, ¡sorpresa! Katharine Weymouth, cuyo nombre no tiene ningún hipervínculo para navegar y saber de ella, así que la googleo. Y no, renunció a su cargo en el Post en 2014. Pero voy a ver quién es su familia. Claro, como no podía ser de otra forma, es la nieta de Katharine Graham. Ay, esa manía de tomar los apellidos de los maridos y que los de la madre desaparezcan nos lía siempre.

Pero la mayor sorpresa me la llevo cuando leo la biografía de Katharine, la abuela. Soy bastante morbosa, lo reconozco, y si pone que murió por accidente, pues me gusta saber qué accidente fue ese. Así que me voy a la biografía de la Wikipedia de Katharine Graham y pasa lo siguiente: Su biografía se compone de cuatro párrafos. Ya sabemos que Spielberg no ha acudido a la Wikipedia para documentarse, pero más escueta, imposible. En el primer párrafo se habla de sus orígenes, un padre banquero y una madre (¡sorpresa!) periodista. En el segundo se cuenta que estudió periodismo y que entró a trabajar en el San Francisco News, hasta que su padre compró el Washington Post en una subasta. En el tercero cuenta que se casó con Phil Graham, abogado. Abogado, no periodista. Y lo que sigue es premonitorio: “…obtiene pronto la confianza de su suegro, …que le ofrece el puesto de director del periódico. Esta elección fue realizada en detrimento de su hija al considerar que el cargo no era el adecuado para una mujer. Katharine Graham pasa a un segundo plano.”

El cuarto párrafo, el más extenso, nos cuenta la vida del marido y su muerte por suicidio. Y fin. Nada más sabemos de Katharine Graham. Ha quedado en segundo plano desde que su padre decide dejar la dirección de un periódico a un abogado en vez de a una periodista. Así que me quedo sin saber cómo murio Katharine (en realidad no, seguí buscando información, esta vez en inglés.)

En fin, que os animo a ver la película, en la que resoplaréis en más de una y de diez ocasiones. Spielberg ha sabido reflejar el mundo #StopSeñores a la perfección, entre el humo de sus cigarrillos, sus camisas, sus corbatas, sus canas, sus trajes oscuros. Y Meryl Streep nos hace sentir el síndrome de la impostora con cada gesto, cada silencio, cada sapo que se traga. Y si os animáis a editar la wikipedia para solventar el descalabro biográfico y hacer que la biografía de Katharine Graham sea la suya y no la de su marido, sería estupendo.

#VDLN 148: El feeling es el feeling

Hoy estaba yo por poner algo de Ólafur Arnalds o de Sigur Rós, pero no hay manera. Hoy no tengo el feeling para el aire del intelecto. Hoy estoy más en la tierra y en la sangre, así que ahí va un vallenato bonito. Que a ver: no todo es reaggeton. Hay distintos géneros de música y baile latinos. Carlos Vives, colombiano, es conocido por popularizar el vallenato y la cumbia y fusionarlos con el pop. Y a mí me encanta desde los 90. Por esa época, tuve una amiga colombiana (a la que añoro mucho y con la que siento haber perdido el contacto por mi mala cabeza) que me enseñó muchas cosas, pero entre otras, me enseñó a bailar vallenato.

Cuánto siento haberte perdido de vista, mi negra. Si llego a saber que te iba a añorar tanto, te hubiese cuidado más, te hubiese mimado más y habría aceptado tus mimos. Ese merengue colombiano que tanto me empalagaba. Es muy triste que, cuando aprendemos las cosas, sea demasiado tarde. Ahora valoro a la gente que te da su alma, que tiene los sentimientos a flor de piel, que es fiel, delicada, amorosa y va con cuidado para no ofender a la brisa.

Bailando se van las penas, bailando no te olvido y te llevo siempre dentro de mi corazón. Allá donde estés, esta va por ti, negra bella.