Nadie al volante

Simón ha dejado de habitar mis sobremesas. Ahora solo escucho a los barones autonómicos dar palos de ciego: uno confina, otro decreta mascarillas obligatorias y otro dice que por qué Pedro Sánchez no obliga a todo el mundo a ponerse mascarillas. En esta línea temporal, nadie tiene claro que hacer, pero tienen que hacer como que sí.

Directoras y jefas de estudios de los centros educativos (permitidme que use el femenino genérico, que ya la gente hace lo que quiere a estas alturas) dan vueltas de un lado a otro sin saber qué hacer, mientras que consejeros y consejeras hacen brindis al sol diciendo cuántos profesores van a contratar y cuántos dispositivos electrónicos van a comprar. Nadie las tiene todas consigo sobre cómo será la normalidad después del verano, la verdadera “nueva normalidad”.

Da miedo saber que no existe Dios ni tenemos líderes. Mientras llega el temido 1 de septiembre, hacemos cábalas, bebemos cervezas en las terrazas y seguimos teletrabajando… o no. A la ministra de educación se le ha ido la pinza y no sabe qué hacer, y el de Universidades, con lo majo que era, está pensando que por qué no se jubiló cuando estaba a tiempo.

Nuestros líderes tienen canas y nuestros niños quieren volver a la normalidad. Quieren ir al colegio y al instituto, quieren que sus abuelas y abuelos estén seguros. Quieren vivir en paz. Y nosotras y nosotros, los adultos, no sabemos qué hacer. Nos ponemos la mascarilla al salir. Nos echamos hidrogel en las manos y hacemos como si todo siguiese igual. Pero no. Nada es igual que antes.