Muerte en el instituto

Cuando esta mañana leí la noticia del suceso en el instituto Joan Fuster de Barcelona se me heló la sangre y en seguida recordé el libro de Lionel Shriver, Tenemos que hablar de Kevin. En esa novela epistolar, la madre de Kevin hace memoria de su vida antes y después del nacimiento de su hijo, de su desarrollo y las dificultades que tuvo en su crianza y educación y del terrible desenlace. Kevin, a punto de cumplir 15 años, entra en el instituto y mata con una ballesta a un grupo de compañeras/os y profesores/as cuidadosamente seleccionado. La novela, maravillosamente escrita, es una profunda reflexión sobre las causas que puede haber detrás de este acontecimiento y pone en evidencia el estigma eterno que supone para la familia un hecho de estas características.

Lo que más me impresionó de la novela fue la capacidad de transmitir el dolor de todas las personas implicadas. Los familiares de las personas asesinadas, los supervivientes, la madre del asesino, su familia, incluso, llegando al final de la novela, el dolor del propio asesino. Es un argumento que no busca posicionamientos, simplemente expone las emociones descarnadas y los hechos y deja al que lee sumido/a en un amargo sentimiento de impotencia.

Esta mañana y a lo largo del día he ido leyendo los comentarios que diversas personas dejaban tras la lectura de la noticia. Los comentarios eran, en su mayoría, ráfagas de culpa a sectores concretos de la sociedad. A partir de un hecho que ha conmocionado a la opinión pública, la gente ha arremetido contra la ley del menor, contra la forma en que educan a sus hijos (e hijas) las familias españolas, la impunidad de los adolescentes, la falta de responsabilidad y valores en la juventud, etc. etc. Todos estos planteamientos simplistas se hacían sin conocer el más mínimo detalle de la vida del chico de 13 años que esta mañana ha llegado a su instituto con varias armas y ha cometido un acto que marcará su vida, la de su familia y la de la familia del joven profesor asesinado para siempre. 

Es cierto que, ante un hecho que implica una vida humana, la emoción nos hace clamar por un culpable que pueda ser castigado. Sin embargo, quizás sea más útil que nos preguntemos qué ha llevado a un chaval de 13 años a cometer un acto así. Qué lleva a un niño a querer matar a sus profesores y a sus compañeros sin que nadie a su alrededor se percate de que algo anda mal con él y ponga remedio. Porque quiero creer que algo así no se gesta en un día ni en dos. Construir una ballesta, elegir el machete que se va a llevar en la mochila y los materiales de un cóctel Molotov es un proceso que lleva, al menos, varios días. 

Si hay algo que caracteriza a la adolescencia es la soledad. Dejar la niñez se convierte a veces un viaje desolador en el que nadie nos puede acompañar. Esto no significa que disculpemos al pobre adolescente que atraviesa una etapa difícil en su vida. Significa que seamos conscientes de que detrás de ese ceño fruncido, de esos silencios, de esa mirada perdida, hay mucho más que testarudez adolescente. Hay miedo, sufrimiento, ira, tristeza. Quizás deberíamos dejar de arremeter contra esa edad prohibida y comenzar a asistirla como requiere. Endurecer las leyes no sirve para nada. Solo servirá humanizar nuestra sociedad y nuestras relaciones, y conseguir que nuestros niños y niñas que se hacen mayores, encuentren refugios más sanos y más amables para explorar sus dudas y sus miedos, lejos de las cloacas que nosotros, los adultos, hemos creado para ellos y ellas. Zgn-1

 

7 respuestas

  1. He oido muchos comentarios acerca de lo ocurrido y ninguno me encajaba, hoy al leer esto me he sentido identificad con la opinion y con el texto.
    Muchas gracias!

  2. Yo pensé lo mismo, primero en como me sentiría yo si mi hija fuera una /asesina, en la culpa que tendría toda mi vida y en la tristeza de la familia del mprofesor y en la hija que vio como mastaban a su padre, lo comparto

  3. Y en la de un niño de 13 años solo que tiene un brote psicótico, pasa lo que pasó y toda la sociedad se le echa encima. Por cierto, no era la hija del profesor sino de la profe herida.

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