MAMÁ, MIA, UNA PRINCESA

¿Por qué a todas las niñas les gustan las princesas? Yo intenté evitar con uñas y dientes que Brigette Killer se aficionara a ellas, pero tuvo una época princesil de la que ahora se avergüenza, y nos quiso arrastrar a todos en esa vorágine de coronas, vestidos largos y color rosa. Bueno, hay que decir que su princesa favorita  no era de las más rosadas. Era esa princesa huérfana y maltratrada por su madrastra que huía por los bosques y hablaba con los animales: Blancanieves. 
Brigitte tenía un disfraz de Blancanieves que se ponía a todas horas. Phantom y ella vieron la película unas 800 veces y se sabían los diálogos de memoria. Cuando terminaban de verla, se ponían los disfraces (Phantom tenía uno que hacía las veces de cazador y de príncipe azul) e interpretaban sus escenas preferidas. Una de las más solicitadas era la escena en la que el cazador tiene que arrancar el corazón de Blancanieves para entregárselo a su madrastra como prueba de su muerte. El desmayo de Blancanieves ante la brutalidad del cazador nos hacía aplaudir, reír y pedir un bis. La otra era, por supuesto, la del beso. Phantom se negaba a besar a su hermana en la boca, aunque ella fruncía sus labios con los ojos cerrados esperando a que el príncipe la despertase de su sueño eterno. 
Brigitte sentía curiosidad por todo lo relacionado con las princesas: dónde vivían, por qué nunca las veíamos, dónde estudiaban, quienes eran sus amigos, y así un sinfín de preguntas que parecían no tener fin. Un día íbamos por la calle de la mano y sentí que me tiraba de la mano y se ponía a dar saltitos. Le miré a la cara y vi algo así: 
Su dedo comenzó a levantarse, y al mirar hacia el lugar al que señalaba, vi a una monja con un hábito blanco inmaculado que contrastaba con su piel negra como el azabache. Y fue entonces cuando Brigitte Killer gritó: 
La monja y yo nos miramos. La cara de Brigitte se había convertido en un poema. Yo tiraba de ella para que dejase pasar a la mujer de blanco, que tenía más aspecto de mosca en leche que de otra cosa. 
“No bonita, no soy una princesa, soy una monjita”. Brigette Killer se puso muy seria y la dejó pasar. “Adiós, bonita” (las dos nos reíamos de la ocurrencia).
Al poco rato, Brigitte tiró otra vez de mi mano para llamar mi atención. 
__Mmmmm, mamá… ¿Qué es una monja?

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