Madres y maestras 

  

Estoy en un grupo de Facebook en el que interactúan madres y maestras (también hay padres y maestros, pero son los menos). Y en ese grupo he detectado un fenómeno curioso. Hay algunas maestras que entran en el grupo con su falda de tubo, sus gafas de pasta y un moño alto dando lecciones. Ya, ya sé que es un grupo de Facebook y que no nos vemos. Pero es la imagen que aparece cuando empiezan a dar recomendaciones. 

Diréis “qué mal educada, le dan recomendaciones y mira cómo se las imagina “. Pero a ver, es que todavía hay más. Las recomendaciones que nos dan a las madres nos sitúan en un lugar de ignorancia absoluta. Nosotras somos las modestas mujeres que no somos maestras y que no sabemos nada de la educación, nada sobre cómo se enseña a un niño, cómo se trabaja en un colegio y cómo funciona eso del desarrollo humano. Y ellas nos dicen lo que tenemos que hacer para ayudar a nuestros hijos e hijas a progresar en la vida. Nos dan consejos y nos dicen qué ejercicios tiene que hacer el niño en casa para reforzar lo que ha aprendido en clase. Porque en casa no se aprende nada que sea de mucha utilidad. Los niños pierden el tiempo si no tienen deberes, así que hay que darles pautas y ejercicios para que aprovechen cada minuto que tienen libre. 

Me parece curioso que en un espacio en el que no nos vemos la cara y no sabemos nada las unas de las otras, nos hagamos una imagen tan precisa. Precisa pero seguramente falsa: no creo que ellas lleven ni falda de tubo ni moño alto ni gafas de pasta. Pero lo cierto es que ellas tampoco tienen una imagen muy real de las personas con las que están intercambiando impresiones. Ellas son las expertas y nosotras las legas. Así, sin más. Por el simple hecho de ser madre, la maestra activa el automático para que salga el pedestal y mirar desde ahí arriba. Sin considerar que la educación es algo que está en el mundo, que la gente tiene y ha tenido experiencias educativas durante toda su vida, que las personas leen, piensan, razonan y argumentan sobre su mundo. Y, sobre todo, que si dejas a tu hijo o hija en la escuela, tienes el derecho y la obligación de estar informada, opinar y quejarte cuando las cosas no van bien. 

Así que cuando empiezan a escribir ya sabes lo que va a pasar. La relación que establecen es un poquito feudal, así como la señora y la campesina, yo mando y tú obedeces, yo tengo la verdad y tú, plebe, no sabes nada y necesitas mi sabiduría. Y entonces ya sabes que no hay nada que aprender ahí. Que es el rollo pedagógico de los 50, que se perpetúa y no logramos arrancarnos ni con estropajo. La escuela que sigue pensando en ella misma como un espacio cerrado al mundo social, que no deja entrar el aire de cambio que llegó ya hace mucho tiempo. La escuela gris. La escuela que no progresa. La escuela que no es una comunidad educativa, aunque se les llene la boca con esas dos palabras. 

Las maestras necesitan soltarse el moño, quitarse las gafas y ponerse los vaqueros. Y las madres (y los padres, vale, los padres también) estaría bien que se lo creyeran: que tienen mucho que aportar al mundo cerrado de la escuela. Que saben/sabemos mucho más de lo que nos creemos y que tenemos la responsabilidad de contribuir a su cambio. 

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