Las etapas de la maternidad

  

Dicen que el puerperio es una etapa caótica y complicaca emocionalmente. Y es verdad. Nunca olvidaré la primera noche que pasamos en casa a solas con nuestros dos bebés mellizos. Ellos lloraban… yo no era capaz de levantarme de la cama a atenderles. Me sentía desgarrada por dentro y por fuera y me invadía un inmenso cansancio del que no me he podido sobreponer después de 16 años. Ahora sé que tenían hambre y que hubiese bastado con buscar la forma en que ambos estuviesen junto a mis pechos para poder subcionar cuando quisieran. Pero no había nadie ahí para decírmelo. Lo tuve que aprender yo sola. Mi tercer hijo no pasó hambre y pudimos dormir. Pero el puerperio estuvo ahí también, esta vez disfrazado de soledad. 

Ahora encontramos cientos de blogs que hablan de lactancia y colecho, del puerperio y sus sombras, de cómo apoyar el desarrollo del control de esfínteres y cómo pasar a  la comida sólida. Esa información que nos ha negado la tribu nos la ofrece internet. También hay mucha información sobre la etapa escolar: la adaptación a Infantil, los deberes escolares, la educación sexual, las relaciones entre iguales, etcétera. Pero cuando intento encontrar información experiencial sobre la maternidad en la adolescencia encuentro cosas demasiado estereotipadas que no responden a la realidad que estoy viviendo yo desde hace unos años. Y me da rabia que mis hijos mayores siempre tengan que ser los conejillos de indias para luego hacerlo relativamente  bien con el pequeño. 

Como madre de adolescentes, he mirado a mi alrededor y he observado a otras madres y padres de adolescentes. Y he visto algo que me ha aterrado: deterioro, preocupación y cansancio. ¿Pasamos por un nuevo puerperio en esta etapa? ¿Una nueva separación que nos desgarra? De repente dejamos de ser el ser todopoderoso que todo lo sabe, por el que nuestros hijos tienen una fe infinita y nos convertimos en viejos y viejas pesadas y aguafiestas que no sabemos de qué va la historia y estamos dando por saco constantemente. 

Pero ahí no acaba todo: ser madre de adolescentes es una de las experiencias más extresantes de este mundo caótico e incomprensible. Cuando parece que se han hecho independientes, que no te necesitan ya, que estás haciendo el ridículo preocupándote por la ropa que se ponen por las mañanas y la hora a la que llegan por las noches… tienen una crisis. Por cosas normales: amistad, amor, cambios, dudas existenciales… Y entonces te necesitan como antes, o quizás mucho más que antes, pero no son capaces de admitirlo. Así que lo tienes que averigüar y cuando das con el problema se tiran sobre tí como pequeños en busca de su teta, subcionando toda tu energía que tú les entregas amorosamente. 

Aquí el truco es el siguiente, creo haber intuido: no buscan una solución. Cuando eran pequeños, su mamá solucionaba todos los problemas. Ahora los solucionan ellas y ellos, pero necesitan sentir que tienen un apoyo sólido detrás, un apoyo incondicional y constante que les da fuerza. No hay que hacer nada más, solo estar y escuchar sin impacientarse; y eso no es fácil, porque nosotras creemos tener siempre la solución y queremos adelantarnos. Eso es lo peor que podemos hacer, porque replegarán velas y pasarán de nosotras. 

Es agotador. Un tira y afloja constante. ¿Es la adolescencia una etapa natural en el desarrollo? ¿Existen formas de crianza análogas a la teta y al colecho en estas edades, que faciliten la tarea y nos saquen del papel de policía-psicólogo que adoptamos en esta etapa. ¿Quizás haya que soltarles a la vida y dejar que se  den de bruces con ella? Es poco probable que esta sea la solución. De alguna forma hay que guiarles en su proceso  de convertirse en adultos. ¿Pero lo hacemos bien?

Seguro que dentro de unos años hay cientos de blogs escritos por madres de adolescentes. Será cuando no los necesite. Así que ahora toca explorar, comprender y hacerlo lo mejor posible. Ah, y no morir en el intento. 

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