La mascuniñidad

Ser niño en el instituto es duro. Y si, además, eres un niño al que no le gusta el fútbol, más aún. Y si encima todavía no has dado el estirón y no te gusta llamar la atención, tienes todas las papeletas para que te llamen rarito y te den un empujón. La presión social, en esas circunstancias, te lleva a convertirte en invisible o a tener que soportar las burlas de los niños que entran dentro del prototipo de populares, carismáticos y fortachones.

Sí, se pasa mal siendo niño cuando la identidad que estás cultivando no es la del seguidor madridista bebedor de cerveza, o la del deportista de élite, o la del integrante del grupo que grita al unísono a la señal del líder. Cuando te gusta leer, coleccionar cubos de rubick, hacer trucos de magia, leer manga y hacerte experto en videojuegos, la llegada al instituto es un poco truculenta.

A las nuevas masculinidades les está costando trabajo expandirse en nuestra sociedad. Mantenemos ideas muy inflexibles sobre lo que supone ser un chico y les criamos llamándoles machotes, riéndoles sus bravuconadas y torciendo el gesto cuando muestran su parte sensible. Ver llorar a un hombre todavía nos causa ese no se qué de desesperación, de vergüenza ajena que nos han imprimido los años de esculpir vetas de desafección en nuestras figuras masculinas.

Sí, la vida también es difícil para los niños. Nuestra sociedad patriarcal les impone cargas inmensas de tareas a cumplir en edades muy tempranas. Se la tienen que estar midiendo desde que, por primera vez, se pelean por un juguete en la guardería. Se les impone silencio sobre su tristeza, sobre su bondad, sobre sus sentimientos amorosos y de amistad, sobre su alegría, y estas palabras se ven sustituidas por sucedáneos como valentía, camaradería, honor, fuerza, etc.

No se les permite mostrar debilidad ni defenderse si no están dispuestos a enzarzarse en una pelea física y esto les pone límites en la defensa de su dignidad. Pelear con la palabra, argumentando y razonando, es más propio de niñas que de machotes, y no hay nada peor cuando eres adolescente que pongan en duda tu masculinidad. Entra en el ideario. Imaginad por lo que tienen que pasar, en este entorno, los adolescentes LGBTI.

Dar paso a nuevas masculinidades es una tarea educativa muy importante y que no podemos dejar sin trabajar durante más tiempo. El primer paso es liberarnos nosotras y nosotros mismos, los adultos que educamos, de esas ideas implícitas ligadas al “ser hombre” (y, por tanto, también de las ligadas al “ser mujer”). El segundo paso sería dejar de tratar a niños y niñas, desde su más tierna infancia, como diferentes: dejar de marcarles con pendientes y colores, dejar de asignarles calificativos diferenciales, dejar de asignarles tareas más y menos apropiadas, según nuestra ideología, a su sexo. Y por últimos, dejarles elegir, no forzar su inclusión en espacios asignados forzosamente a un género, como es el caso del fútbol o la danza, y no suprimir su emocionalidad. Es tremendamente difícil, pero muy necesario.