La educación deshumanizada


Hace unos días, una compañera del grupo de Facebook Basta de Deberes comentaba el paralelismo que se puede establecer entre la deshumanización del parto y la de la educación. Lo hizo como respuesta a nuestro uso de la expresión educación alternativa cuando hablamos del tipo de educación que nos gustaría para nuestros hijos/as: una educación respetuosa con los ritmos de las niñas y niños, basada en la experiencia y la investigación, sin pupitres, castigos ni libros de texto y que fomente la creatividad y el pensamiento crítico. Ella decía que, al igual que un parto respetado en el que se deja decidir a la mujer y donde no hay intervencionismo médico es un parto normal y no algo especial y exclusivo, lo que nosotras llamábamos educación alternativa es lo que deberíamos empezar a llamar EDUCACIÓN NORMAL

Y no le falta razón. Echando la vista atrás, podemos ver cómo la educación formal ha ido dejando tras de sí lo que tenía de normal. Antaño, quien quería ejercer una profesión entraba de aprendiz a las órdenes de un maestro. Se apredía en contacto con las prácticas reales en las que, a su vez, se generaba el conocimiento. Era inaudito que alguien aprendiese física o química alejado de un laboratorio y de los procesos de investigación y experimentación. Lo mismo con cualquier saber, desde los más prácticos y aplicados hasta los más abstractos. 

Ahora, sin embargo, tenemos un ejército de educadores/as que no saben nada y lo saben todo. Ofrecen píldoras de conocimiento sin explicar de dónde han salido. El conocimiento, de esta forma, se ha desvinculado del contexto en el que se produce, dando lugar a la falsa ilusión de que existe ahí fuera, para que cualquiera lo introduzca en su cabeza y lo vomite en un examen. Se ha perdido la perspectiva con respecto al conocimiento y ahora, todo lo que se dice en un aula, se toma como una verdad absoluta que alguien dijo una vez y quedó grabada a fuego en los anales de la historia. 

Este es el origen del pensamiento acrítico, de la creencia en una historia que se cuenta tal y como sucedió, en unos descubrimientos científicos independientes de la persona que los publica y en unas tradiciones que no deben cambiar porque, si las cosas siempre han sido así, así deben seguir. Y esta es la forma más sencilla de que, mientras unos pocos siguen generando conocimiento, la gran masa de la población sea ajena a lo que está pasando en la cumbre aunque tenga la ilusión de dominarlo todo. 

La marcha atrás en este proceso no es fácil. Nuestra sociedad depende de tal manera de la escuela que cambiarla implicaría transformar la sociedad al completo. La escuela es el reflejo de la sociedad en la que vivimos. Por eso, es bastante paradógico que hayamos depositado en ella la misión de lograr la igualdad. Se supone que una escuela pública de calidad será capaz de uniformizar a la población, independientemente de su procedencia. Pero lo cierto es que una institución fuertemente enraizada en una sociedad clasista nunca será capaz de cumplir esta misión. 

Lo único que podemos hacer es educar a nuestros hijos e hijas para que comprendan que el conocimiento no es inamovible, no para de cambiar aunque se imprima en libros de texto y se produce en lugares ajenos a la escuela. Que el verdadero aprendizaje se produce cuando se usa el conocimiento para hacer cosas en la vida real y que el hecho de aprobar un examen no quiere decir que hayan aprendido. 

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