Historia de un confinamiento educativo

Las primeras semanas de confinamiento me sorprendió que el profesorado de la ESO de mi hijo no organizase clases virtuales. Mi hijo se levantaba todas las mañanas y hacía todas las tareas que algunos de sus profesores le enviaban por correo electrónico. Le veía haciendo fotos a hojas manuscritas de su cuaderno y me extrañaba que, trabajando a distancia y de manera digital, siguiesen sirviéndose de esas herramientas tan pasadas de moda. ¿Por qué no usaban el Google docs, ya que estaban usando Google Classroom?

En fin, misterios insondables. Mientras, mi hijo, que siempre ha sido muy independiente para sus cosas, hacía todas las tareas. Yo le preguntaba que qué tal y él se quejaba de que eran cosas que ya sabía hacer y que no le aportaban absolutamente nada. A veces me pedía ayuda para que le hiciese alguna foto o vídeo para enviar al de Educación Física o a la de Taller de Arte, pero no pasamos de ahí. El profesorado seguía sin hacer acto de presencia virtual y él hacía estoicamente todo lo que le mandaban.

Así fue hasta que salió la Orden EFP/365/2020, de 22 de abril, por la que se establecía el marco y las directrices de actuación para el tercer trimestre del curso 2019-2020 y el inicio del curso 2020-2021, ante la situación de crisis ocasionada por la COVID-19. Todo el mundo buscaba el párrafo en el que dijese que había un aprobado general o que los profesores iban a evaluar las tareas y a avanzar temario. Pasaron por alto los aspectos más importantes de esa orden y se ignoró lo crucial: cuidar el desarrollo y la educación de niños/as y adolescentes.

El mismo día en que salió la orden, mi hijo me preguntó “¿Entonces hay aprobado general?”. Le dije que no exactamente. Me dijo que iba a dejar de hacer las tareas, porque eran un aburrimiento y no aprendía nada. ¿Qué le vas a decir a un niño que ha trabajado siempre puntualmente de manera autónoma? Era la primera vez que mi hijo decía que no quería hacer algo. Las calificaciones de la primera y la segunda evaluación, todo sobresalientes y notables. Le dije, entonces, que sólo hiciese lo que le aportase algo.

Como no quería que el profesorado le empezase a exigir que entregase las tareas, envié un mensaje diciendo que mi hijo no las iba a hacer y por qué: no le aportaban nada. Para haceros una idea de hasta qué punto las tareas eran absurdas, había una de plástica que le instaba a adornar el balcón con motivos de las fiestas locales, banderas de nuestra ciudad y demás, hacerle una foto (imagino que desde la calle) y enviársela. Otra de Educación Física consistía en registrar todos los días las horas de sueño y de comidas y el tipo de alimentos que consumían. Quizás son tareas que pueden estar muy bien para 2º de primaria, pero no para 2º de la ESO, donde ya saben colorear y hacer gráficos de barras desde hace tiempo. No en vano, la normativa autonómica dice: “Los centros educativos y el profesorado utilizarán procedimientos de evaluación diversos que serán consecuentes con el sistema de educación a distancia, adecuados a cada etapa y a cada asignatura, a las capacidades y a las características del alumnado y se centrará en la evaluación continua.”

A partir de entonces, algunos y algunas profesoras comenzaron tímidamente a dar clases on-line, al menos una por semana. Mi hijo se volvió a enganchar a esas asignaturas y a hacer tareas, dejando de lado aquellas otras en las que lo único que hacían era mandar listados de tareas (de las que, por cierto, no daban retroalimentación). La importancia de conectarse en directo, escucharse, verse, volver a ser un grupo, ha sido ignorada por gran parte del profesorado de la pública aun siendo un recurso imprescindible para mantener el vínculo educativo y emocional con el alumnado.

Y llega el 30 de abril y una resolución de la Junta obliga al profesorado a hacer una adenda a las programaciones didácticas, de las que deben informar a las familias. El 15 de mayo recibimos un documento de 28 páginas llenas de tablas (la adenda), farragosa e indescifrable. La comunicación con las familias ha sido muy deficitaria en general, fría, sin mostrar ningún interés (excepto honrosas excepciones) por el estado físico o anímico de mi hijo o de su familia. Llegados a este punto ya nos ha quedado claro que el derecho a la educación ha quedado reducido a su mínima expresión y que la comunidad educativa está rota.

En esas instrucciones del 30 de abril, se señala lo siguiente: “Con el fin de garantizar el derecho a la evaluación objetiva del alumnado, los centros educativos publicarán el calendario de presentación de reclamación de calificaciones y, si fuera el caso, el procedimiento de entrega de boletines y/o informes de evaluación y el procedimiento y período de reclamaciones para conocimiento de toda la comunidad educativa, según lo establecido en las Instrucciones de 22/04/2020 de la Consejería de Educación, Cultura y Deportes de Castilla- La Mancha, sobre el procedimiento de revisión y reclamación de las calificaciones en la Plataforma Papas 2.0, como consecuencia de la declaración del estado de alarma para la gestión de la situación de crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19.”

¿Vosotras habéis recibido el calendario y procedimiento para presentar reclamaciones? Yo no. Ni eso ni el informe de evaluación individualizado que se supone que iba a tener todo estudiante. Lo que sí he recibido son las calificaciones. Tres profesores de mi hijo han tenido la desfachatez de suspenderlo en la tercera evaluación (en la ordinaria le han tenido que poner sobresaliente en 2 y notable en 1). Y digo desfachatez porque, evidentemente, lo que han evaluado es su incapacidad para mantener la tensión educativa y el vínculo. Más que los suspensos, que son solo una rabieta porque el niño no haya hecho sus tareas y, fundamentalmente, porque su madre le haya dejado no hacerlas, lo que me molesta profundamente es la falta de empatía con un adolescente que lo da todo en los estudios. Es increible cómo tres personas adultas no han sido capaces de ponerse en la piel de un adolescente y preguntarse qué pasó el día que dejó de hacerse fotos haciendo el boca a boca a un peluche o de hacer los ejercicios de inglés que su profesora les mandaba fotografiados de un libro de texto.

No tengo la menor duda de que mi hijo se va a reenganchar sin dificultades cuando comience el nuevo curso escolar. Tiene competencias sobradas para hacerlo y, además, capacidad de autoaprendizaje. Y tiene, además, una cosa muy importante: la competencia de decir “basta” cuando le empiezan a mandar hacer demasiadas cosas inútiles y sin sentido. Hemos de seguir intentando sacar lo máximo de este sistema educativo mediocre y obsoleto y, sin duda, depende de él seguir formándose complementando las lagunas inmensas de las que este currículum y este sistema educativo adolecen. Todo esto no aleja de mí el pensamiento de que ha habido miles de niños y niñas que han sido abandonados/as educativamente y que, quizás, no tienen la misma suerte que el mío.