Esas niñas

El otro día, mi niño de 8 años me sorprendía con una afirmación:

– En mi clase somos 28, con María y Sara (nombres supuestos). Me sorprendió esta formulación.
– ¿Qué pasa con María y Sara? Le pregunté.
– Nada…
– ¿Entonces por qué no dices “somos 28, con Pedro y Juán”? (nombres supuestos de sus mejores amigos).
– Es que María y Sara vienen muy pocas veces a clase y no hacen lo mismo que hacemos los demás.

María y Sara son dos niñas gitanas. Sabemos poco de ellas. A veces las veo en la fila, pero raras veces Vampi las menciona. Por lo que he podido averiguar, una de las niñas no tiene libros. Su madre no puede permitirse el comprarlos, y nuestra comunidad autónoma eliminó la gratuidad de los mismos. Además, los libros son nuevos, porque ha entrado en vigor la nueva ley educativa, así que nadie se los puede prestar.

Hasta aquí la historia. Ahora la pregunta: ¿Qué clase de sistema educativo es ese que relega a un niño o una niña a las últimas filas, a hacer tareas diferentes a sus compañeros y compañeras, porque no poseen unos libros? Unos libros, todo sea dicho, redactados por unas editoriales que se forran a costa de nuestros hijos e hijas. Unos libros que difícilmente llegan a trabajar las competencias propuestas por el curriculum oficial. Unos libros que invitan a realizar ejercicios de lápiz y papel y entienden el aprendizaje como algo pasivo que se realiza sentado en un pupitre.

No puedo llegar a entender que un/a profesional no sea capaz de integrar en el aprendizaje de su aula a una niña que no tiene libros de texto. El aprendizaje cooperativo y por experimentación activa fue propuesto hace décadas, y tiene la ventaja de integrar a todos los aprendices, cualquiera sea su nivel o sus necesidades educativas, en actividades que se realizan entre toda la clase, bien en el grupo completo bien en pequeños grupos. Aprender las tablas de multiplicar, las propiedades de flotación de los cuerpos, el ciclo del agua o la composición y lectura de textos no depende (o no debería depender) de tener dinero para comprar libros o de que los servicios sociales tengan a bien facilitártelos.

La brecha socioeconómica que da lugar al fracaso escolar comienza en las aulas de primaria, y se podría evitar si las formas de enseñar y de concebir al aprendiz cambiasen. Pero es mucho más fácil delegar la programación a las editoriales y dejar en sus manos las actividades que tienen que realizar los niños y niñas en el espacio pedagógico del aula.

En los años 90 realicé un estudio etnográfico en las ya inexistentes aulas de compensatoria. Estas aulas eran espacios en los que se separaba a los niños y niñas, en su mayoría gitanos/as, para supuestamente complementar las lagunas de aprendizaje que iban acumulando con los años. Eran niños y niñas despiertos, activos e implicados en cualquier actividad que propusieras. El problema social que les acompañaba era complejo, pero aprendían y se integraban en las actividades como cualquier niño de su edad. Ya no existen estas aulas, y las maestras y maestros de apoyo han desaparecido gracias a los recortes sufridos en educación. Nunca me gustó la solución de aislar a estos alumnos de sus compañeros de aula, pero tampoco me gusta que estos niños y niñas queden relegados a las últimas filas y a taréas de relleno para que no molesten a sus compañeros, que están “aprendiendo de verdad”. En estos años hemos avanzado muy poco a este respecto.

Esta situación no me gusta porque no es justa socialmente, y no me gusta porque mi hijo está siendo testigo de la cara más cruda de la discriminación. Si se nos llena la boca de que educamos en valores, educamos para la paz, la igualdad, la justicia, etc etc, estas situaciones son contradictorias con lo que se pretende enseñar. Pero siempre es más fácil culpar de todo a una cultura que se “automargina” de la sociedad fetén, de los blancos de clase media, que hacen las cosas como deben de hacerse, cumplen con las normas establecidas, no trabajan en mercados ambulantes y llevan a su prole todos los días al colegio. Sin mencionar lo que emocionalmente supone para una niña de 8 años estar sentada en una esquina copiando números mientras sus compañeros y compañeras “aprenden de verdad”.

3 respuestas

  1. Ya te digo… pero es que lo peor es que las maestras en las aulas no sean conscientes de que lo que están haciendo se llama DISCRIMINAR.

  2. Querida que buen post , mi primer trabajo fue en un colegio con un 43% de alumnado gitano, tenia 23 años(eran mediados de los 90) y desarrollaba un programa destinado a alumnxs de necesidades especiales para llevar a cabo actuaciones de Compensación educativa subvencionado por el MEC, uno de los objetivos era reducir el absentismo escolar…Ahí es na…recuerdo el trabajo de la maestra de ” los gitanos”… cuanto aprendí de los gitanos y aun más de las gitanas, lograr que llevarán a sus hijxs era relativamente fácil pero conseguir que “no les hecharan” eso ya…tiene un nombre que bien apuntas DISCRIMINACIÓN
    ¿que ofrece el sistema educativo a lxs gitanos? La última fila… no gracias.
    Un beso amore

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