El valor de las personas

tiempo_cambioEstamos en época pre-electoral (y electoral) y oímos hablar con frecuencia sobre el valor de las personas. La victoria de Syriza en grecia ha desatado una oleada de vítores y aspavientos, en los que me he visto inmersa, lo reconozco, para caer después en la cuenta de que, siendo una bella victoria simbólica (o sintrólica, como queráis llamarla), no es mi, no es nuestra victoria. Nosotras seguimos donde estábamos: algunas en nuestras casas, otras en nuestros despachos, las menos engrosando las listas paritarias de la arena política, una arena política que sigue siendo eminentemente masculina.

Pero volvamos al valor de las personas. Este es un tema complejo. Si nos preguntan por qué valoramos a una persona, para responder debemos situarnos en un lugar, en un punto concreto para desarrollar el discurso. En un terreno comunicativo. Una persona puede ser valorada por su amabilidad, su simpatía, su capacidad para apoyar a los demás, su sentido del humor, su honradez. Para valorar todas estas cualidades, hemos tenido que tener cierto contacto con esa persona y percibir la energía que emana de sus palabras, sentirnos reconfortadas por su sonrisa y su tacto, reconocer la seguridad que nos da su presencia. Antes (estoy hablando de tiempos remotos) el liderazgo recaía en estas cualidades propias de terrenos comunicativos próximos, cara a cara, en los que la vista, el oído, el tacto se aliaban para dar poder a nuestra intuición.

Ahora, los discursos prefabricados, el Photoshop y los mantras propagandísticos han sustituido a toda esa amalgama de elementos perceptivos que daban brillo a la figura de un líder (o una lideresa, si cabía esa posibilidad). El brillo de la propaganda nos ofrece la ilusión de que la persona que hay detrás de ella tiene la solución a nuestros problemas, de que nos va a conducir por el camino de la liberación y el cambio. Es lo que tiene los grandes slogans: se introducen en nuestro cerebro cual martilleo repetitivo, enganchando con nuestros miedos, nuestras esperanzas, nuestras penas y alegrías. Esa presa emocional nos arrebata lo que nos quedaba de pensamiento racional y nos conduce a las calles y a las plazas cual ninfas y faunos, saltando por las aceras y enarbolando nuestras banderas de colores. Es la euforia, la alegría, la que nos hace confiar en esas valiosas personas que nos hablan de los idiomas que dominan, las carreras que han estudiado, lo bien que debaten y se enfrentan a los periodistas, los esquisitos textos que escriben y los mil países en los que han estado. Todo ello porque quieren estar en un puesto que les permita dominar una parte del mundo.

¿Estaremos perdiendo el norte a la hora de valorar a las personas? No me cabe la menor duda. Una vez alejadas del terreno comunicativo próximo, nada sabemos de lo que hay detrás de cada mantra recitado. No sabemos de la alegría de aquel que nos incita a estar alegres porque ha llegado la hora del cambio. No sabemos de su capacidad de servicio e implicación con el prójimo, que pueden ser inmensas, pero también pueden ser un espejismo que reflejan sus palabras preparadas tras horas de reflexión autocomplaciente.

No os estoy llamando a la paranoia, y mucho menos a la histérica protesta ni a la tristeza más miserable. Estoy hablando de la reflexión en el aquí y el ahora. ¿Pensamos seriamente que esas personas van a cambiar nuestras vidas? Si es así, exijamos cualidades verdaderas, exijamos cualidades que se valoren en la proximidad. Honestidad, honradez, transparencia, han llegado a parecer palabras vacías y sin sentido, que se dicen por decir. Pero se pueden volver a dotar de significado. Podemos volver a valorarlas. Debemos hacerlo si lo que queremos es un cambio real.

Y es que, al fin y al cabo, no hay cambio sin una transformación de los valores que se refleje en la vida cotidiana. Hablemos el idioma del cambio en nuestra vida. Pidamos el cambio en cada acto y en cada gesto. Si queremos cambiar, cambiemos. Y hagámoslo ya.

1 respuesta

  1. Te has vuelto a confundir de día. Otra vez das la nota en jueves. En mi criterio, por forma y por fondo, muy alta. Como creo que podrías imaginar, lo suscribo.

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