EL INTERÉS SOCIAL DE LA INFANCIA

Los niños y las niñas se han convertido en una masa objeto de gran interés cuando se trata de adoctrinar para conseguir adeptos, votantes, fieles, forofos, etc. de las diversas sectas de las que se compone nuestra sociedad. La iglesia quiere meter mano en la escuela para introducir a los niños en la cabeza la idea de dios y que, cuando sean mayores, no duden en marcar la casilla de la iglesia en su declaración de la renta. Los ganaderos quieren meter mano en la escuela con la idea de elevar la muy selectísima pero minoritaria afición de nuestra sociedad por la fiesta nacional y así seguir embolsándose la pasta por torturar animales en un ruedo. Los políticos quieren manipular los materiales de aprendizaje de nuestros hijos y nuestras hijas para tener su oportunidad de fijar un modelo de sociedad obsoleto y caduco en sus mentes vírgenes.

Pero a pesar de este grandísimo interés por la infancia, las familias seguimos teniendo grandes dificultades para conciliar nuestra vida laboral con un cuidado y una atención de calidad hacia nuestros hijos e hijas.El ser humano tiene crías, se reproduce: es un hecho. Un hecho que parece que a algunos y a algunas no les parece bien, sobre todo cuando las personas que los tienen son empleadas o compañeras de trabajo. No voy a hablar aquí de las medidas de conciliación de la vida familiar y laboral, sobre las que ha corrido tinta, y es bien sabido que son mucho mejores en países como Alemania o Finlandia. Voy a hablar de la falta de consideración de la propia sociedad hacia las personas que tenemos hijos e hijas, que, por suerte o por desgracia, empezamos a ser minoría. Voy a hablar de las situaciones cotidianas en las que tener niños nos convierte en bichos raros, estorbos, casi antisistemas.
Primer caso. La amiga despechada.
Imaginad la situación: dos buenas amigas que salen juntas, hablan por teléfono todos los días, comparten hobbies y aficiones, toman café, van a la piscina. Una de ellas queda embarazada y, a las 40 semanas (semana arriba, semana abajo) tiene un bebé. Entonces, su vida cambia radicalmente. Un bebé no es un gatito, no se alimenta de pan y leche. Un bebé requiere de una atención continuada de 24 horas al día. La mamá que lo atiende (y el papá que atiende a la mámá, si es que la mamá tiene esa suerte) está a menudo extenuada, y los pocos ratitos libres que tiene los dedica a descansar, a asearse, a comer y a otras actividades que mantienen sus constantes vitales equilibradas. Es entonces cuando la amiga advierte que algo ha cambiado. Sus llamadas ya no son atendidas puntualmente, su amiga ya no va a la piscina ni toma café con ella. Su amiga siempre está cansada y evita las largas conversaciones sobre los múltiples amores y desamores que, en ese momento, le suenan a Peterpanmanía pura y dura. Y entonces un día, la mamá extenuada se encuentra con esta sentencia lapidaria acompañada de una mirada de desprecio: “¿Te has dado cuenta de que te has quedado sin vida? La has sustituido por ese bebé.”
Muy comprensiva hay que ser para que esta amistad siga su curso. Los malestares se van acumulando, los desencuentros se amontonan, hasta que la relación se rompe y no vuelve nunca más. Porque si alguien que se llama “amiga” no comprende que mi vida y ese bebé ahora son la misma cosa, es muy difícil que pueda integrarse en este río de acontecimientos que supone la maternidad.
Segundo caso. El colegio sabe más de crianza que yo.
Eso parece ser, y se permiten decirle a las madres de infantil en la reunión previa al primer día de colegio de sus niños y niñas de 3 años que no les tienen que mimar, que si lloran que ya se les pasará, que no le den mayor importancia. Que se vayan tranquilas a sus quehaceres: el colegio se ocupará de esas rabietas sin sentido. Pero vamos a ver, ¿en qué país vivimos? ¿Es que en magisterio nadie ha estudiado a Bolwy y la angustia de separación? ¿No saben que lo normal es que un niño llore si le separan de su madre, que lo extraño sería lo contrario? ¿Y cómo pretenden que me dé la vuelta indiferente ante el llanto de mi hijo? Y encima te vetan la entrada al centro. ¿Qué esconden ahí, instrumentos de tortura quizás?
Ya, ya sé que estoy exagerando un pelín… pero tanto secretismo te hace sospechar ¿no? ¿Tanto perturbamos el ritmo perdagógico del dibujado de círculos amarillos (tarea predominante en primero de infantil) que no podemos entrar a echar un vistacillo a nuestro peque?
Bueno, vale, aceptamos barco. Pero que encima me den consejos de cómo criar a mi hijo, eso si que no. Vamos, que le digan a la madre de tres hijos o más a qué hora se tienen que acostar, qué tienen que hacer los fines de semana y qué tienes que darles de cenar me parece una intromisión excesiva en mi vida familiar. Y encima que no me pregunten nunca: ¿Qué le gusta a Vampirín? ¿Cuál es la forma de comunicarse con él? ¿Cuáles son sus peculiaridades? Una extraña sensación se apodera de nosotras: nuestro hijo se ha convertido en un número. Esta sensación no te abandona hasta que llegan a la universidad, donde siguen siendo un número pero independiente, con fundamento.
Tercer caso. Participación en la vida de la comunidad. 


Desde que tengo hijos me adquirido una gran cultura sobre animación infantil, conciertos cutres de jóvenes saltarines disfrazados de seres extraños, cabalgatas en las que te fríen a caramelazos… es una pena, pero todo aquello que está dirigido a los niños es un bodrio absoluto. No recuerdo haberme entretenido con una película de dibujos animados desde que estrenaron BUSCANDO A NEMO. Y encima, más adelante, tuve que ir a ver High School Musical y Crepúsculo. SÍ, ME GUSTARON, LO CONFIESO. Llega un momento que tu cerebro entra en un estado de enajenación que te tragas lo que te echen. Pero por favor, dejadnos entrar con los niños en actividades de adultos. No os molestéis tanto cuando escucháis a un niño llorar o cuchichear. En una reunión, una conferencia, la proyección de una película, una obra de teatro ¿no nos dejaríais estar un rato sin empezar a chistar como locos? O al menos ¿No podríais facilitar nuestra participación en la vida social adulta de alguna forma? Si nos preguntáis, os podemos dar ideas.
Cuarto caso. Los sin hijos (parafraseando a Cosas que (me) pasan) Ya en el primer caso hemos hecho un acercamiento. Sin embargo, merece la pena incidir en este aspecto. No se os ocurra decir “qué cansada estoy” delante de un o una sin hijos. Yo he obtenido algunas respuestas de este tipo: 
Cansada ¿de qué? si  o has hecho nada. Reacción: mirada asesina y desearle que tenga pronto un bebé de los de alta demanda que le sacuda las entrañas de arriba a abajo y de dentro a afuera. La maldición está echada. 
Verbalizas muy a menudo que estás cansada. Deberías revisar lo que estás haciendo mal en tu vida.  Esta frase épica es de la amiga despechada. No voy a decir lo que pensé en ese momento, porque ya pongo bastantes tacos en el blog y no es plan de sobrarme hoy. Pero una buena hostia si que la hubiese dado. 
Hay que comprometerse en la lucha social. Deja a los niños en algún sitio y ven a la asamblea. A ver, define algún sitio. Porque me gustaría saber qué hay en tu cabeza cuando piensas en algún sitio. ¿El cuarto de las ratas? ¿La despensa con candado tipo Carrie, tupida de imágenes de Cristo crucificado? ¿O quizás una más normalita, como en la que encerraban a Harry Potter (malditos muggles)? Venga, encuentra el sitio adecuado y después de la reunioncilla me recoges al niño, le das de cenar y le acuestas, please. 
Estos casos no agotan las ocasiones en los que las personas con hijos e hijas nos sentimos ignoradas,  incomprendidas y marginadas. Pero no lo olvidéis: existimos, gracias a nosotras y nosotros cobraréis (a lo mejor, quizás, con suerte) vuestras pensiones. Y si quitan las pensiones, espero que lo hagan de forma selectiva: solo tendremos derecho a ella los que hemos invertido nuestro tiempo, nuestro amor y nuestra riqueza personal criando a nuestros hijos. 

5 respuestas

  1. Has descrito muy bien la realidad social que nos rodea. A veces tengo la sensación de vivir en un mundo en el que parece que los niños molestaran, que no se da la importancia que tiene a la infancia…
    Te has dejado a los que están a punto de ser padres, y hacen afirmaciones categóricas en plan, pues yo no pienso dejar que mi vida cambie, voy a seguir haciendo exactamente lo mismo… Y yo pienso, pues entonces para qué quieres tener hijos? Aunque siempre me queda la esperanza de que al convertirse en padres, cambien y se den cuenta de que pueden tener una vida diferente pero igualmente plena y maravillosa.

  2. Ahahahajaja, esos son los que más placer me producen, porque están en puertas de darse de bruces con la realidad. Esta es una sociedad que no nos prepara para la maternidad, de modo que muchas veces, cuando te das cuenta de que las cosas no son como esperabas, se produce una convulsión vital que te sacude hasta la médula. Y es entonces cuando les puedes decir eso de “bienvenidos a mi mundo”.

  3. Me ha encantado tus reflexiones,supongo q a parte de gustarme tu estilo escribir (directo,claro y sin tapujos) me siento muy identificada con las mismas.Aunque confieso fui de las “listas” q creía y pregonaba a los vientos al borde de parir mi primer cachorro, frases del tipo “mi futuro hijo se tendra q adaptar a mi vida q no pienso cambiar” , ya he pagado por ello si fue en venganza de este comportamiento q tuve!! Pero también me gustaría hoy manifestar y decirle a DOÑA SOCIEDAD, un poquito de respeto no nos lo pongáis más difícil pues ganamos todos y todas y tod y tu y yo!! ;))

  4. Querida Wendy, todas nos creímos mejores y màs capaces en algún momento: yo voy a parir y no me va a doler, yo voy a dormir como un tronco y que llore, a mí no me va a hacer esto ni lo otro… y luego el batacazo ZAS.
    Doña sociedad se va a acordar algún día de sus negligencias con nosotras, pero ya se habrá ido todo al carajo.
    Un bico Wendy, esperi verte más a menudo por aquí.

  5. Me he reído mucho con como lo has contado a pesar de ser algo casi para llorar…
    Cuánto sufrí cuando mi amiguísima me echó en cara a los quince días de parir que no la llamaba y no entendía que mi hija que requiriera tanto tiempo, es algo que todavía tengo clavado y no se me va a olvidar tan fácilmente.
    En el tema social están todos esos actos a los que se invita a toda la familia como comidas, bodas y demás y se hacen en unos horarios totalmente incompatibles con los niños y encima hay que oír que están molestando.
    Yo también me apunto a que las pensiones sean selectivas!!
    Un saludo

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