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Los 11 mandamientos

Hace unos días, el proyecto Gestionando Hijos (fundado por un ex-alumno del colegio antes privado, ahora religioso concertado Santa María del Pilar y empresario de vocación) y la editorial SM, presúntamente implicada en la distribución de un libro de Biología y Geología de tercero de la ESO de contenidos homófobos, lanzaron un pacto educativo, jaztándose de haber adelantado al gobierno en tamaña empresa. Los 11 mandamientos del pacto educativo, los llaman, mostrando sin tapujos su trasfondo cristiano y su ideología basada en el amor al prójimo y la buena voluntad. Qué bonito. Y lo han hecho 16 divulgadores educativos  (léase gente que vive de dar charlas motivacionales sobre cómo los demás hemos de educar a nuestras hijas e hijos). 

Dice la periodista de El Mundo, Olga Martín, que este pacto ha ido a lo esencial y se ha dejado de coñas. Las coñas son los conciertos educativos, las lenguas co-oficiales o la asignatura de religión evaluable. Claro ¿por qué nos han de preocupar esas nimiedades, propias de rojos y ateos, de enemigos de la unidad patria y de la división de clases? Lo importante es que las madres (y los padres) mantengamos a raya nuestros grupos de WhatsApp y no cuestionemos las decisiones de los profesores. Porque claro, ya sabemos que todo el problema del sistema educativo español es que lo cuestionamos. Si no lo cuestionásemos, seguiríamos llevando manzanas a las maestras y todos tan contentos: los tontos con orejas de burro y los listos en la primera fila. 

Pero vamos a ir a los mandamientos que han suscrito estas madres y estos padres apañaos convencidos por los 16 divulgadores de prestigio. 
1. Colaboraré con los profesores considerándolos compañeros en la educación de mis hijos.

A ver, no. Los profesores (y las profesoras) son profesionales asalariados que se ocupan de la educación obligatoria de mis hijas e hijos en un horario lectivo. No son compañeros. Yo tengo la patria potestad y la custodia de mis hijas e hijos, y ellos/as colaboran en su educación, tal y como señala la LOMCE en su preámbulo. Por tanto sustituiría compañeros por colaboradores. 

2. No criticaré a los profesores (y menos aún delante de mis hijos) y, si surgen problemas, hablaré con ellos directamente. No usaré los grupos de WhatsApp de padres para cuestionar sus decisiones y fomentar el desencuentro.

A ver, el ser humano es gregario. Cuando tienes un problema, lo comparte con las personas de tu confianza. Los grupos de WhatsApp son un medio de comunicación más, podría comunicarme con otras madres también por teléfono, en el Facebook o en la puerta del colegio. No me comprometo a dejar de compartir mis problemas y, por supuesto, si hay que criticar al profesor o profesora delante de mis hijos, porque le han faltado el respeto o han tomado una decisión injusta, no dudaré en expresar mi desacuerdo delante de ellos. Quiero que mis hijos e hijas crezcan sabiendo que deben defenderse de las injusticias y rebelarse contra el poder establecido si es necesario. 

3. Haré todo lo posible por prestigiar la figura del profesor, participando en su reconocimiento social.

La figura del profesor se ha de prestigiar si es prestigiable, al igual que la de la madre, el padre o los abuelos. El reconocimiento social se gana mejorando la formación del profesorado, exigiendo calidad y evaluando al profesorado de manera fiable y válida. 

4. Estaré disponible para hablar con el profesor cuando lo considere necesario, comprometiéndome a dialogar con una actitud positiva. Escucharé con atención y buena disposición lo que los profesores me digan sobre mis hijos.

Igual que el profesor (o profesora) tiene sus necesidades y horarios de trabajo, yo tengo los míos. Siempre que una maestra ha querido hablar conmigo (que ha sido una vez o ninguna) he acudido, por supuesto. En cuanto a la actitud positiva y el diálogo, eso es cosa de dos. Hemos de tener en cuenta que somos dos personas adultas en un intercambio comunicativo, y ninguna de las dos estamos por encima de la otra. Por tanto, la actitud positiva, la atención y la buena disposición debe ser mutua. 

5. Pondré a disposición de profesores y de la escuela en general mis conocimientos, al objeto de participar activamente en una verdadera comunidad de aprendizaje.

Fíjate, eso me encanta. Yo, con mis conocimientos sobre educación, sobre alfabetización, sobre lengua escrita… y para lo único que me han llamado es para cocinar el plato típico de algún país y para hacer disfraces. Yo no sé ni coser ni cocinar, pero como soy madre, se supone que es eso lo que puedo aportar a la comunidad de aprendizaje. Por tanto, no, en esas condiciones no me pongo a disposición de nadie. 

6. Haré todo lo que esté en mi mano para colaborar con los profesores y la escuela para erradicar el acoso escolar. Yo también soy responsable de exterminar esta lacra.

Por supuesto que soy responsable. Mis hijos e hijas tienen una educación sobre el respeto y la igualdad que han mamado desde la cuna. Pero cuando están en el centro educativo, quiero que estén seguros y que el profesorado ponga todos los medios para que no sufran acoso escolar. Por tanto, espero que el centro escolar tome en serio las denuncias sobre insultos y agresiones físicas y no se consideren “cosas de niños”.

7. No haré los deberes ni los trabajos a mi hijo, sólo le ayudaré y animaré a hacerlos, ya que con ello estaré entrenando a mi hijo en la responsabilidad y en la no dependencia.

Siempre que mis hijas/os me han pedido ayuda es porque la han necesitado. No piden ayuda porque son vagos y quieren que yo les haga las cosas. La piden porque tienen dificultades para resolver tareas escolares que solo se pueden resolver con apoyo. Así que lucharé para que ese apoyo educativo se de donde se tiene que dar, en el aula, y así las familias puedan dedicarse a hacer las tareas que son propias de su grupo humano y que no tienen nada que ver con libros de texto ni cuadernillos Rubio, sino con parques, piscinas, paseos y cine. 

8. Contagiaré emociones positivas a mis hijos sobre su escuela, sus profesores y el aprendizaje. Veré la escuela como mía.

No veo la escuela como mía, es que es mía. Es nuestra. La pagamos con nuestros impuestos y forma parte de nuestra comunidad. Por tanto, contagiaré a mis hijos emociones positivas para que la sientan suya y sepan que, si hay que luchar para erradicar las faltas de respeto, las injusticias y la mala praxis, se lucha. 

9. Trabajaré en equipo con los profesores en la mejora y progreso de la sociedad a través de la educación […]

Si los profesores quieren llamarme alguna vez para que colabore con ellos (y ellas) en algo, no tendré ningún inconveniente, siempre que sea compatible con mi vida laboral y familiar. 

10. Me plantearé a diario qué estoy haciendo yo para que la escuela de mis hijos sea mejor.

Bueno, eso me lo planteo todos los días. Por eso, alguna vez he escuchado eso de “tú ocúpate de lo tuyo y no te metas en los asuntos de los demás”. 

11. Recordaré que educar a mis hijos con conciencia e ilusión es garantizar una sociedad mejor. Seré plenamente consciente de la importancia de mi papel educativo y jamás rehuiré esa responsabilidad.

Con conciencia, ilusión y un buen sueldo. Cuando tu hábitat es la escuela pública y te rodeas de personas de todo tipo de procedencia, te das cuenta de los esfuerzos que hacen algunas familias para sacar adelante a sus hijas e hijos. Luchar por la justicia social es una forma de vida. Yo sé que yendo a colegios en los que la mayoría de las familias tienen dos sueldos y una casa en condiciones se vive al margen de otras realidades que también existen. Pero hay que tomar conciencia de las dificultades por las que pasan muchas familias en nuestro país y dejar de hacer atribuciones culpabilizadoras de clase media. Es raro que una madre o un padre rehuyan su responsabilidad, aunque estén trabajando 12 horas al día por un sueldo de mierda. Vamos a tomar conciencia todas y todos. 

El Black Friday


Andaba yo ayer husmeando por el Facebook y observé que había una división clara entre los detractores del Black Friday y las vehementes defensoras de esta fecha tan señalada. Ya ves… ayer que era 25 de noviembre, día de denuncia en contra de la violencia machista, el Black Friday se imponía como tema de debate. Nunca hubiese pensado que un día de descuentos (o rebajas, como se ha llamado de toda la vida) pudiese levantar tanta polvareda. La verdad es que me la trae un poco al pairo, aunque como tema de reflexión sociológica me parece muy interesante.

Yo, que soy perezosa por naturaleza para esas cosas de las compras, paso por el Black Friday sin pena ni gloria. Porque, por una parte, me da pereza ponerme a pensar en qué necesito y qué me compraría que cupiese en una casa ya de por sí llena de trastos. ¿Una secadora quizás? ¿Y dónde la meto? Descartado. Por otra parte, irme a comprar al tun tun, después de haberme convencido de que el consumismo es el mal y el dinero que gano con esfuerzo mejor reservarlo para lo necesario, pues no mira. Paso de encontrarme en casa con objetos inútiles que pueblan mis estanterías y se llenan de polvo. Tengo libros, electrodomésticos, de cepillos ando sobrada, dispositivos no me faltan y la tostadora sigue funcionando. 

En cuanto a las ofertas de cursos on-line, webinares y toda la pesca, pues en este momento ando bien de conocimientos y reflexiones propias. Además, estoy haciendo un MOOC que me sale gratis en Miriadax y no tengo que andar agitando pompones ni nada de eso. Lo que sí que pagaría con gusto es un intensivo de Yoga, a ver si se me van las contracturas del cuello, pero por lo demás, aprender me sale gratis, no tengo que buscar gangas en el Black Friday. Esto no quiere decir que a otras personas les vengan de perlas los cursos ofertados y puedan beneficiarse de tan suculentas rebajas. 

Me voy a poner seria un momento para decir que me da mucha pena la locura que se desata en las calles con este tipo de fenómenos. No es que me parezca mal que la gente compre o venda. Es tontería. Lo que me entristece es cómo la compra desatada de objetos llena los huecos de nuestra vida. No soy autosuficiente (más quisiera), pero me gustaría serlo. El proceso es difícil, lento, costoso. Ya se ha ocupado esta sociedad nuestra de tenernos bien atados temporal y físicamente. Pero de ahí a abandonarme al consumo desatado que suponen este tipo de eventos va un trecho. 

Ahora llega la Navidad, y me da muchísima pereza. Por no comprar, no he comprado ni lotería. No entiendo esos llenos en las tiendas y esas compras anticipadas. Quizás es que yo sea muy rancia, pero me parece estúpido comprar toneladas de comida para tirar la cuarta parte a la basura mientras intentas cebar a los comensales de una manera desmedida. ¿Y los adornos navideños? Pues tengo el mismo árbol prefabricado con las mismas bolas y los mismos adornos desde hace casi 10 años. Qué horror ¿verdad?

Eso sí, en mi casa no falta la sidra en Navidad (Ah, ¿que mejor el cava? Puffff)

#VDLN 115: Señoras bien (Las Bistecs)


¿Conocéis a esas señoras? Ay, esa sonrisa hipócrita, esa frase hecha en todo momento… esa huída impecable cuando empiezas a profundizar más de lo debido. Y es que ellas son las reinas de la superficialidad. Chochocéntricas, han aprendido desde pequeñitas a escaquearse del trabajo que les buscó su papá y que las dejó tan bien situadas. 

Pero qué mas quieren: tienen su fondo de armario, sus ropajes de boutique, sus bragas de puntilla y sus polvos Clinique. Y que les quiten lo bailao. Lloronas con mala suerte de estrella, Marilinmonroes de pacotilla que viven de las rentas y del trabajo que los demás hacen por ellas. Son damas desorientadas que siempre tienen la comida hecha y la casa recogida porque les cuesta desordenar su mundo. Y el puesto que ocupan les viene tan grande que a veces tienen graves crisis de ansiedad y se inflan a pastillas mañana y noche. 

Ay señoras, su estupidez no tiene límites. Y su maldad es tan inconsciente que da pena reprocharles algo. La vida pasa sin grandes sobresaltos, sin grandes amores, sin grandes placeres. Pero no han olvidado conjuntar el bolso con los zapatos. Salen a la calle a pasear su absurda visión del mundo y taconean hasta llegar a la tienda de la esquina. Pon cara de mosquita muerta, que no se te note, que nadie sepa lo que hay detrás de la máscara. 

Esa delgada línea…

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Desde que llegué al mundo de la crianza, que fue cuando me quedé embarazada por primera vez, he observado una delgada línea entre la crianza con respeto, el puritanismo y el machismo feminista. Por empezar por algún sitio, empecemos por el feminismo. Siempre he defendido que la maternidad debe ser protegida como uno de los estados de mayor vulnerabilidad. Tienes hijos y la sociedad ignora la necesidad de las crías de ser cuidadas y de la madre de cuidar a sus crías. Hasta ahí estamos de acuerdo. Pero a partir de ahí, toda decisión de la mujer con respecto de las actividades a las que se va a dedicar después de tener un bebé son cuestión suya. No ayudan esas afirmaciones carlogonzalescas de que “La conciliación no existe, hay que decidir entre el trabajo o la familia”. Esas afirmaciones, dirigidas a personas que no forman parte de nuestras vidas, solo cumplen una función: la de extorsionar a las mujeres que hayan decidido seguir con su carrera profesional o que tengan que seguir trabajando sin más y ponerlas bajo el punto de mira como si hubiesen tomado una decisión egoista y desnaturalizada.

Así, secuestrando la voz del feminismo, diciendo a las mujeres lo que deben sentir al ser madres, lo que deben hacer y lo que deben pensar, cumplimos la misma función que en los años 50 cumplieron los discursos machistas que culpaban a las mujeres del descenso de puestos de trabajo y las exhortaban a volver al hogar para mantener a la familia unida. Ahora la bandera es el vínculo sagrado y reprimido entre la madre y la criatura. Ese vínculo que no vemos, que no sentimos porque estamos oprimidas, porque estamos heridas, porque llevamos una coraza de acero.

Al final, nos quedamos en un puesto tan difícil como en el que ocupamos en aquellos años de las tartas humeantes en el alfeizar de la ventana, ahora convertidas en sabrosos cupcakes y maravillosos tratados sobre como mantener el orden en casa. Las madres volvemos a ser esas santas puras que mantienen cada cosa en su sitio, tanto física como socialmente. Y, por supuesto, tenemos el deber de velar por el desarrollo sagrado e intocable de la bondad de nuestros infantes.

Aquí es donde entra en juego el puritanismo. La teoría del vínculo sagrado va acompañada habitualmente de una creencia Roussoniana del desarrollo infantil. Los niños y niñas son almas puras que se desarrollan de manera perfecta si lo hacen en plena libertad. Y nosotras, sus madres, hemos de velar por la imperturbabilidad de esta pureza en desarrollo. Toda intervención en este proceso sacro es inadecuada, incluso los premios y las alabanzas se transforman en manipulaciones inadmisibles y violentos sobornos.

El lugar que antes ocupaba el Rock’nd Roll, esa música del diablo que pervertia a los jóvenes de antaño según las mentes bien pensantes,  es ocupado ahora por el sucio regeton,  que hipersexualiza a las mujeres según la feminista blanca de clase media. Ahora solo se admite la música infantil y, en todo caso, el pop clásico.

Y así andamos, convirtiendo discursos antiguos y actualizándolos para los tiempos que corren.  Discursos que ignoran por completo las diferencias de clase y que nos tratan a todas por igual, ignorando las múltiples circunstancias que nos conforman en la historia de nuestra vida. Triunfa la que, habiendo sorteado miles de obstáculos, consigue criar a sus cachorros cual lobos en manada y se convierte en bloguera o en coach de madres y mujeres. Y la que no lo consigue, pasa sus días lamentándose por la sociedad en la que le ha tocado vivir. Esta sociedad enferma que le impide alcanzar la tierra prometida.

El feminismo no aboga ninguna forma de vida. No tiene nada que ver con la imposición  de un modelo de mujer (la que siente el instinto maternal biológicamente determinado) ni de madre (la que permanece en casa junto a sus crías durante sus primeros años de vida). El feminismo persigue la igualdad y la libertad de elección. También la de las madres que quieren quedarse en casa para criar. Y la de las madres que eligen otras formas de conciliación. Y la de las mujeres que no quieren ser madres.

Child Free, please

Creo que en ningún momento de la sociedad humana y en ninguna cultura se había llegado al punto de exigir espacios de ocio sin niños y niñas y, por añadidura, sin los adultos/as que les acompañan. Pienso en lo que ha podido motivar este fenómeno y, aunque puede ser que la búsqueda de paz y silencio sea un motivo, escucho a mi alrededor y lo que oigo principalmente son voces adultas. No voy a decir que los niños y niñas no den por saco algunas veces con sus discusiones, balones, movimientos incontrolados y demás, pero si no conviven en sociedad no hay manera de educarles. 

Eso fue lo que les debió ocurrir a esos 6 chavalotes de entre 20 y 30 años que se pusieron a nuestro lado en la playa el otro día. Con su balón de reglamento daban patadas sonoras frente al lugar donde estabamos nosotros con nuestros niños, que miraban atónitos el despliegue de gilipollez supina de los colegas. Toda la tarde nos tuvieron vigilando para que no nos dieran un balonazo ni a nosotros ni a nuestros hijos. Y cuando acababan con el puto balón, pasaban a las paletas. 

A todo esto, nos dimos cuenta de que, dos sombrillas más allá había un grupo de chicas bastante monas. Dedujimos que todo ese despliegue machuno se debía a ellas. Ellos intentaban por todos los medios llamar su atención. La familia que estaba a nuestro lado estaba bastante incómoda también por el despliegue de medios de los 6 galanes y acabaron marchándose. Solo les quedábamos nosotros para lograr su objetivo, y sus juegos de pelota se intensificaron. De repente, las chicas, que pasaban de ellos de manera evidente, recogieron sus cosas y se marcharon. ¡¡¡Oh, pobrecitos, cómo se desinflaron!!! Ni balón ni paletas podían consolarles. Criaturas. Al rato recogieron también sus cosas y se marcharon. 

PAZ. Eso sí que era paz. Y es que los adultos no nos damos cuenta de lo molestos que podemos llegar a ser. O sí, pero como a nadie se le va a ocurrir pedir que los sitios sean libres de gente maleducada, pues así andamos, creyendo que la paz nos la da la ausencia de niños y niñas. A mí me gustaría, por pedir, un mundo ausente de forofos del futbol, de domingueros, de gente que hace balconing, de adultos que se toman dos copas y se creen los dueños del universo, de locos del volante que te acosan en la autopista, de rabaneras y de gente escandalosa en general. Pero este es el mundo en el que vivimos es una cuestión complicada encontrar el sitio ideal sin tener que excluir a nadie. En los 80 no dejaban entrar en las discotecas si llevabas calcetines blancos o deportivas. Siempre me llamó la atención ese tema, no sabía si era una leyenda urbana y cuáles eran las motivaciones. Quizás era la forma de que los sitios fueran Friki Free o de marcar las diferencias de clase. Qué asco. 

La última hipótesis que he elaborado es que, más allá de la búsqueda de la paz, lo que quiera alguna gente que buscan sitios Child Free es que no les quiten el sitio en el tobogan ni en las camas elásticas. Es inadmisible que los niños y niñas acaparen toda la atención que le corresponde a una generación de treintañeros y treintañeras que se niegan a abandonar su infancia. Y yo lo entiendo: es duro tener que competir con mis hijos para usar la nintendo y la play o para elegir la película del Netflix. Nos obligan a dejar de ser niños y niñas demasiado pronto y les miramos con recelo, envidiando su capacidad de disfrute y su deshinibición. Quizás deberíamos permitirnos más a menudo actividades de niños y niñas. No hace faltan que desaparezcan las criaturas para existir nosotras, las adultas, en todo nuestro esplendor.

Si te enfadas, estás perdida


Después de muchos años de ser una persona malhumorada que se enfada siempre que le hacen una putada, se ríen de ella, le ponen la zancadilla o le hacen el vacío, he descubierto que mi enfado da fuerza a los otros. Sí, aunque parezca mentira, si te defiendes y te enfadas, quedas en una posición de desventaja. Tardé mucho en darme cuenta, pero cuando comprobé que la gente se sentía con la libertad de hacerme mil feos y desplantes y que, aún así, la que quedaba de super mala malísima era yo, me di cuenta de que mi enfado me ponía en el punto de mira del público y mis ofensores se convertían, como por arte de magia, en ofendidos. 

Fue entonces cuando entendí lo de los dientes de la Pantoja. En una sociedad cínica, si te están jodiendo, tú tienes que hacer como si fueses la persona más feliz del mundo, porque si te enfadas se ríen de tí y disfrutan de lo lindo. Qué contradicción ¿verdad? Es todo un poco truculento, porque si el enfado, que es la consecuencia natural de un agravio, no cumple su función natural, la venganza por detrás y la puñalada trapera parece que toman un lugar preponderante como respuesta a una ofensa. 

Otra solución puede ser desaparecer de la vida de la gente. Eso puede funcionar si esa gente no es tu familia (queda fatal enfadarte con tu familia y dejar de verles) o si no vives en un pueblo de mala muerte. En ese segundo caso, te encontrarás una y otra vez a esas personas de cuya vida se supone que has desaparecido, y es muy incómodo hacer como si una persona no existiera y que ves a través de ella. En estos casos, cuando te encuentras con esas personas de cuya vida desapareciste, compruebas cómo el perdón es un acto muy difícil en la vida de las personas adultas y a veces es más difícil que te perdonen por haberte enfadado que por haber cometido alta traición, así de contradictoria es la vida. 

Por todo esto, ahora estoy probando nuevos comportamientos alternativos al cabreo. Aunque se me lleven los demonios en privado, quiero aprender a respirar tranquila, a sonreir al/a la que me está dando por saco y a ser esa persona conciliadora con la que nadie puede. De esa forma, de momento he conseguido quitarme de encima tareas laborales que me llevaban mucho tiempo y por las que no obtenía ningún reconocimiento. También he conseguido rebajar el número de haters a niveles mínimos en las redes sociales, aunque eso, he de reconocer, es bastante aburrido. Ahora quiero conseguir tener un verano tranquilo. Es un reto que tengo por delante y me lo pongo como tarea de aprendizaje. No sé si lo conseguiré, pero he comprobado que hay personas que logran desaparecer y hacerse invisibles en los momentos cumbre y eso las hace ser seres súper buenos y poco conflictivos que todo el mundo adora. ¿Que no dices ni haces nada? Todo el mundo te adora. ¿Que a todo dices que sí, aunque luego hagas lo que te de la gana? Todo  el mundo te adora. ¿Que pones cara de compungida cuando hay un conflicto y no intervienes en ningún momento? Todo el mundo te adora. 

Ya estoy bostezando de pensar lo aburrida que va a ser mi vida a partir de ahora. Tendré que llevar un diario secreto con mis cabreos cotidianos. O convertirme de verdad en una persona adorable. Noto que desaparezco entre tanto buenrrollismo. Me desvanezco entre azúcares y almíbares. Me abriré un nuevo blog que se llame Sweetie Mother y os aburriré con largos post sobre las sonrisas y el optimismo. Y en los #VDLN solo pondré canciones de los 40 o de cantautores antiguos para que la gente no diga que voy de lista. Hasta nunca mundo cruel. 

Las verdaderas maestras tienen algo que enseñar: Encuentro Orquestal Sinfónico (EOS)


(Nota: en esta entrada uso el femenino genérico porque me da la gana)

Este verano, nuestras niñas fueron a un campamento organizado por el Grupo Concertante Talía, dirigido por Silvia Sanz Torre. El campamento dura 12 días, y las niñas se levantan a las 8:30, asisten a clases de disciplinas variadas (instrumento, teatro, vídeo, música pop, etcétera) y por la tarde ensayan en la orquesta un repertorio con el que luego nos deleitarán a familias y lugareños de Alba de Tormes. Es un ritmo de trabajo verdaderamente intenso. Las niñas, de 9 a 18 años, van con su respectivo instrumento, dispuestos a darlo todo, a aprender y a poner toda su alma para que su música se una a la de los casi 100 que componen la orquesta. 

Parece mentira que, después de todo un curso académico de clases de mates, lengua, naturales, sociales  y demás, les queden fuerzas para volver a embarcarse en una rutina de trabajo. ¿Dónde está la diferencia? ¿Por qué las niñas terminaron el curso echando pestes del colegio y, sin embargo, lloraban desconsoladamente cuando terminó el campamento? ¿Qué tenían esas profesoras que todas se querían hacer fotos con ellas y besarlas antes de irse?

Sospecho que cuando enseñas algo que amas con todo tu corazón, transmites ese amor a esas estudiantes. Les trasmites tu admiración, el esfuerzo que has hecho para conseguir dominar un instrumento, la pasión que sientes cuando interpretas, cuando diriges, cuando la orquesta suena como tú imaginas. En este encuentro, se pone de manifiesto una vez más que las comunidades de aprendizaje tienen que construirse de manera natural: yo tengo algo que enseñarte, tú tienes algo que aprender. Y ese algo lo aprendes haciendo y observando a las maestras y a tus compañeras con más experiencia. Se aprende música haciendo música. Y se aprende de la gente que se dedica a hacer música. 

Por el contrario, la escuela no es una comunidad de aprendizaje, sino una fábrica de merchandising del conocimiento. Nada es real ahí. Todo viene empaquetado en cápsulas de papel. Nada de lo que ahí se hace o dice sirve más allá del sistema educativo. Es lógico: en EOS, lo que se hace solo sirve para tocar en una orquesta. 

La escuela está fuera de lugar, ese es su problema. Sin duda, aprender a leer y escribir y “las cuatro reglas”, como se decía antiguamente, es útil. Pero la desvinculación que de la vida cotidiana tienen estas actividades es el lastre que lleva a la escuela a ser un espacio plagado de rutinas que se auto-alimentan. Las maestras de escuela se quejan de que sus estudiantes no tienen entusiasmo por el saber y de que solo se interesan por Pokémon Go. Pero me pregunto por qué esas niñas se deberían entusiasmar. ¿Por ese saber sin alma que emana de los libros de texto? Para eso tienen las lecturas libres que hacen en casa, las actividades extraescolares que, de vez en cuando, se convierten en vocación y los campamentos monográficos, en los que encuentran verdaderas maestras dedicadas a enseñar con pasión lo que saben hacer. 

En septiembre las niñas volverán al colegio. Esperarán meses y meses a que llegue otra vez ese momento de aprendizaje verdadero, que significa sumergirse en una comunidad que hace cosas, que crea cosas, que recrea y que construye. Hasta entonces, maestras de colegio ¿podéis hacerles más fácil la espera?

#VDLN 106: Icona Pop/I Love It (Malas Madres)


Pues sí, he ido a verla. Y no ha decepcionado: es tan mala como me esperaba. Sobre un discurso que apoyaría hasta la muerte, que las mujeres somos capaces de sobreponernos a todos los baches y contratiempos que se ponen en nuestro camino y que hemos de querernos, amarnos, cuidarnos y seguir disfrutando de la vida (¿a pesar de ser madres?), está ese posillo machirulo insoportable. Ese planteamiento que nos dice: llegar a ser presidenta del AMPA del cole es lo máximo a lo que podéis aspirar. 

La canción de Icona Pop acompaña uno de los momentos cumbre de la película, el desmadre de las tres simpáticas protagonistas en el supermercado. Tres mujeres perfectas y que no tienen ningún problema para ponerse tibias a whisky con hielo en el pub del barrio y asaltar el ultramarinos bebiendo ginebra a morro. Los hijos en casa seguramente solos, ya que una es madre soltera, la otra acaba de echar a su marido de casa y el de la tercera es un padre ausente. 

I got this feeling on the summer day when you were gone

I crashed my car into the bridge, I watched, I let it burn

I threw your shit into a bag and pushed it down the stairs

I crashed my car into the bridge

El mensaje es… ¿claro? No tienes por qué ser una madre perfecta. Bebe y desmádrate con tus amigas siempre que quieras, ves conduciendo como una loca cantando y bailando en el coche cuando llevas a tus hijos al colegio, búscate un tío buenorro que te cuide como a una reina y ponle las cosas claras a tu jefe. A poder ser, que el tío buenorro sea viudo y lleve a los niños al mismo cole que tú: eso facilitará mucho las cosas. 

En fin. Lo de siempre: al final todo sigue siendo igual. Todo esto está muy bien si lo que estamos proponiendo es una sociedad de amazonas en las que los hombres solo hacen de sementales. O una situación de fantasía en la que, de la noche a la mañana, los padres empiezan a ocuparse de sus hijos porque de repente les has gritado por el móvil que lo hagan. 

Lo que apoyo con entusiasmo es la desaparición de las AMPAS tal y cómo las conocemos. Y de las presidentas del AMPA que se convierten en policías de la bondad materna. Ser del AMPA está sobrevalorado. El curso pasado hice una maldad: no me apunté al AMPA del cole por primera vez en 13 años que llevamos ahí. ¿Y sabéis qué pasó? Nada. No noté ninguna diferencia. Así de simple. 

Ni periscope ni hostias


Hace unos días se hacía viral un vídeo grabado y transmitido en streaming de una madre gritándole a su hija algo sobre un tal Periscope y de un tío con la polla al aire. La madre no sabía lo que estaba pasando. Si hubiese sido consciente de que miles de personas estaban siguiendo su bronca en directo seguro que se hubiese maqueado, hubiese puesto su mejor sonrisa y habría intentado inculcar el buen hacer en las redes sociales y los supuestos peligros del Periscope. 

Para quienes no no sepan (yo no tenía ni idea, porque dejé de usar twitter hace unos años gracias a dios o al infierno), Periscope es un sistema que permite emitir vídeos en directo a través de twitter, de modo que otros usuarios pueden verlo e ir reaccionando al vídeo con comentarios. Funciona igual que los vídeos en directo del Facebook, pero en lugar de ver un montón de corazones, manos y caritas volando, salen los comentarios de los espectadores. 

Pues bien, dos adolescentes están en la habitación de una de ellas con un móvil, retransmitiendo un vídeo en directo. Sus colegas o seguidores les van dejando comentarios hasta que, de repente, la madre de una de ellas entra en la habitación gritando “NI PERISCOPE NI HOSTIAS, UN TÍO CON LA POLLA AL AIRE…”, les quita el móvil y sigue gritando mientras todo, absolutamente todo, se publica en streaming y los seguidores de las niñas, estupefactos, van dejándole mensajes a la madre a través de twitter. 

Todo muy raro ¿verdad? . En primer lugar ¿dónde está el tío con la polla al aire? Una versión que circula es que la madre entra en twitter con su propia cuenta y pilla el streaming de alguien exhibiendo sus genitales. En ese momento imagina, piensa, cree, que su hija y la amiga, por alguna razón, están viendo lo mismo que ella y entra en bucle. En este punto es conveniente que nos detengamos y pensemos un poco. Si un señor enseña la polla a nuestra hija ¿es adecuado echarle la bronca a la niña? ¿Está la niña haciendo algo malo? ¿Qué hay de malo en quedarse mirando algo que no se suele ver… al aire? En ese momento, han surgido todos los miedos ancestrales hacia el falo. Si nos paramos a pensar un poquito, quizás la madre podría haber tomado ese momento como una oportunidad pedagógica y explicarles a su hija algo sobre exhibicionismo y comportamientos sexuales. Pero claro… las niñas no estaban mirando ninguna polla, de modo que se hubiesen quedado a cuadros si su madre entra y empieza a hablarles del asunto. 

Es evidente que la madre no domina la tecnología. Y todo lo que no se domina es temible. Yo aconsejo a toda madre que tenga miedo de que sus hijas e hijos se pierdan por culpa de las redes sociales, que se esfuercen un poco en conocer el terreno en el que se mueven. Esta madre no tenía una comprensión adecuada del funcionamiento de Periscope. Igual que la avestruz esconde su cabeza en la arena y se cree invisible, ella creía que todo lo que veía ella lo estaba viendo su hija. Y claro, existe por supuesto la posibilidad de que la hija encuentre el streaming del tipo con la polla al aire, pero ella estaba a sus cosas de adolescente y no buscando cosas turbias y morbosas, como puede que hagamos las madres para confirmar nuestras sospechas de que las redes sociales son el mal. 

En resumen, más formación digital, más confianza en nuestras hijas e hijos y más preocupación por formarles en valores en vez de arrancarles el móvil de las manos. A la larga será mucho más útil para ellos si saben discernir tipos de contenidos en las redes, intenciones de los usuarios y gestión de los tiempos que se pasan en internet.