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La flexibilidad educativa de las familias bien

Ya estamos en agosto y nuestro sistema educativo se ha ido de vacaciones, dejando a las familias españolas sumidas en la duda de cómo va a empezar el nuevo curso 20/21. Mientras que la UNESCO alerta del desastre que puede suponer el dejar a cientos de miles de menores sin docencia presencial, hay familias que creen haber encontrado una solución: la flexibilidad educativa.

Alegan estas familias que, si permiten quedarse en casa a sus criaturas recibiendo docencia online, bajaría la ratio y los niños y niñas que no pueden quedarse en sus casas a cargo de un adulto podrían ir a los centros educativos de manera segura. En principio, no parece una mala propuesta, hasta que te pones a indagar en todo lo que supone.

En primer lugar, están planteando que se monte un sistema de docencia online paralelo al presencial. Eso supone un aumento de recursos que va en detrimento de la mejora absolutamente necesaria de la presencialidad. Es invertir en algo que es deseable que no se perpetúe. Si hay enseñanza online, será pasajera y será para todas y todos. En este caso, habría que invertir, y mucho, en formación. En caso contrario, los recursos deben ir dirigidos íntegramente a bajar la ratio de forma real, aumentar el profesorado y mejorar los espacios presenciales.

Pero imaginemos que esta le pueda parecer una buena idea a las autoridades. Imaginemos que se permite que las familias elijan y, de entre las 1000 que conforman un centro determinado eligen enseñanza online 50. ¿Se van a invertir recursos para que 50 familias tengan educación a la carta sin que la ratio haya bajado sustancialmente? El caso contrario es aún más conflictivo: ¿y si 900 deciden dejar de llevar a sus hijas e hijos? ¿Cómo abordamos esta descompensación? ¿Cómo aseguramos que esos 900 niños y niñas están atendidos y cuidados en sus hogares?

La ONU hizo un llamamiento de alerta a los países sobre el aumento de abusos y maltrato a la infancia durante el confinamiento. Abrir una vía de enseñanza a distancia debe de ir acompañado de un sistema de garantías de protección a la infancia. Seguramente que, a quienes hacen esta propuesta, esto les parece absolutamente innecesario. Desde su privilegio de “familias bien” no ven más allá de su círculo social.

La propuesta de flexibilidad educativa no deja de ser un intento de reparto del pastel entre familias de clase media en centros concertados o públicos selectos. El “yo me quedo en casa para que tú disfrutes de la bajada de ratio” funcionaría solo en centros de características muy concretas mientras que, a otros, les abocaría a riesgos de exclusión y abandono mayores a los existentes en la actualidad.

Por otra parte, esta propuesta está apareciendo vinculada al homeschooling, opción educativa de larga tradición que lleva años luchando por legitimarse. Sin embargo, el homeschooling no tiene nada que ver con la educación a distancia. Una cosa es que, como madre o padre, decidas que vas a dedicar tu tiempo a educar y formar a tu prole en casa y otra muy distinta es pedirle al sistema que te monte una vía educativa exclusiva online. El homescholing no tiene nada que ver con eso. Si quieres un sistema alternativo diferente al público tienes dos opciones: elegir un colegio privado o currarte la educación en casa. Pero intentar aprovechar la coyuntura para intentar legalizar el homeschooling es, en estas circunstancias, oportunista y arriesgado.

En ciertos aspectos, es beneficioso que el sistema público de educación se gentrifique, pero siempre que los cambios beneficien a todas y todos por igual. Ahora, todos los recursos deben ir dirigidos a apuntalar las bases del sistema y conseguir que nuestras hijas e hijos, todas y todos, puedan seguir disfrutando de la mejor forma posible de su derecho a la educación, sin desviarnos con elucubraciones pequeño-burguesas y neocon.

Nadie al volante

Simón ha dejado de habitar mis sobremesas. Ahora solo escucho a los barones autonómicos dar palos de ciego: uno confina, otro decreta mascarillas obligatorias y otro dice que por qué Pedro Sánchez no obliga a todo el mundo a ponerse mascarillas. En esta línea temporal, nadie tiene claro que hacer, pero tienen que hacer como que sí.

Directoras y jefas de estudios de los centros educativos (permitidme que use el femenino genérico, que ya la gente hace lo que quiere a estas alturas) dan vueltas de un lado a otro sin saber qué hacer, mientras que consejeros y consejeras hacen brindis al sol diciendo cuántos profesores van a contratar y cuántos dispositivos electrónicos van a comprar. Nadie las tiene todas consigo sobre cómo será la normalidad después del verano, la verdadera “nueva normalidad”.

Da miedo saber que no existe Dios ni tenemos líderes. Mientras llega el temido 1 de septiembre, hacemos cábalas, bebemos cervezas en las terrazas y seguimos teletrabajando… o no. A la ministra de educación se le ha ido la pinza y no sabe qué hacer, y el de Universidades, con lo majo que era, está pensando que por qué no se jubiló cuando estaba a tiempo.

Nuestros líderes tienen canas y nuestros niños quieren volver a la normalidad. Quieren ir al colegio y al instituto, quieren que sus abuelas y abuelos estén seguros. Quieren vivir en paz. Y nosotras y nosotros, los adultos, no sabemos qué hacer. Nos ponemos la mascarilla al salir. Nos echamos hidrogel en las manos y hacemos como si todo siguiese igual. Pero no. Nada es igual que antes.

De los profesores que odiaban a sus estudiantes

Hay un espécimen de profesor que habita en las redes sociales (y, desafortunadamente en las aulas de nuestras hijas e hijos) que tiene un perfil muy concreto. Suele ser un señor (aunque él se crea un chaval) que presume de sus títulos universitarios y de un oficio siempre distinto al de docente (dicen ser escritores, científicos o divulgadores.)

Ese especimen es bastante egocéntrico. Suele tener gran aprecio por su persona y, en cuanto te descuidas, te habla del premio que le dieron hace tiempo un grupo de pseudofeministas trasnochadas o de cuando fueron nominados para algún premio docente de esos que han salido ahora como setas para dar un poco de glamour a una profesión claramente devaluada.

Pero ¿qué es lo que llama más la atención de este tipo de docente? Es muy llamativo su odio hacia el alumnado. Su alumnado adolescente, esos chavales y chavalas que están pasando por una etapa de su vida de emociones y cuerpos cambiantes, con las hormonas en ebullición, son objeto de su más exaltado desprecio y, aún diría más, de su odio.

En la página del Ministerio del Interior, podemos ve la definición de un delito de odio:

“(A) Cualquier infracción penal, incluyendo infracciones contra las personas o las propiedades, donde la víctima, el local o el objetivo de la infracción se elija por su, real o percibida, conexión, simpatía, filiación, apoyo o pertenencia a un grupo como los definidos en la parte B;

(B) Un grupo debe estar basado en una característica común de sus miembros,  como su raza real o perceptiva, el origen nacional o étnico, el lenguaje, el color, la religión, el sexo, la  edad, la discapacidad intelectual o física, la orientación sexual u otro factor similar.” (OSCE, 2003)

Por lo tanto, las injurias generalizadas hacia los adolescentes que profieren esos docentes en sus páginas personales de Facebook, en su blog, en sus cuentas de twitter, etc., pueden ser considerados delitos de odio. Delito más grave si cabe cuando es proferido por una figura de autoridad como un docente que trabaja en un centro público. Delito que puede ser denunciado por las familias de sus estudiantes, dado que, muchas veces, llevados por su egocentrismo, esos personajes escriben esas soflamas antiadolescentes y las firman con nombre y apellido.

¿Os imagináis que un día, paseando por las redes sociales, os encontráis al profesor de vuestro hijo o vuestra hija diciendo que son eructos que habéis traído al mundo como eructos? Si os pasa, denunciad.

Es hora de que las familias exijamos respeto hacia nosotras y nuestros hijos e hijas. Pasear por las redes sociales y leer a personas que se suponen profesionales y que se dedican a la docencia insultando a su alumnado, mofándose de ellos y ellas, contando cómo les humillan y las cosas que les contestan, publicando trabajos suyos y hablando de ellos y ellas con desprecio es una verdadera vergüenza. También invito a la inspección educativa a que, de vez en cuando se pasee por las redes y observe lo que allí ocurre y la cantidad de docentes que dejan a la profesión por los suelos.

Educación y conciliación

Hoy, escuchando el debate parlamentario, me ha sorprendido la ausencia de preguntas sobre dos temas que son imprescindibles para recuperar la normalidad: la educación y la conciliación. Pareciera que reactivar el sector del turismo es mucho más acuciante , pero es indudable que las personas que viven del turismo también tienen hijos/as en edad escolar, menores que tienen derecho a la educación y a que se garantice su bienestar.

Si algo ha descubierto esta pandemia es que a niñas, niños y adolescentes no se les presta gran atención como grupo de características peculiares que es. Como metáfora perfecta, hoy he pasado por delante de una terraza abarrotada de adultas y adultos bebiendo alcohol, mientras que el parque infantil de al lado permanecía sellado con cintas de plástico.

No se está cuidando a la infancia. Diría más: se la está ninguneando. No podemos estar a fecha de hoy sin que haya propuestas de financiación para la adaptación del sistema educativo a partir de septiembre. Esto se une a la mentalidad imperante de que las personas dependientes son problema de su familia unicamente, y no de todo el grupo social. Estoy harta de leer comentarios de gente que asevera muy ofendida que la obligación de “los padres” es cuidar a sus hijas/os, aunque tengan que ir a trabajar.

Bueno, seguramente esta gente no tiene criaturas, de modo que cree que los bebés son como un gatito que puedes dejar con agua y comida en casa mientras te vas a trabajar, o bien ha heredado las tierras de su tía Ágata y pueden montar una granja y vivir de los productos de su huerta… yo qué se.

En fin, que la que se avecina no es pequeña. Aunque el profesorado se niega a volver a las aulas, eso es una posibilidad que debe descartarse (al menos en los niveles de infantil y primaria). Y si secundaria quiere relajar la vuelta, desde luego la administración debe ponerse las pilas con la formación del profesorado para la enseñanza online: no se puede seguir con esta parodia sin sentido.

Ya he sacado el libro

Por fin he tenido tiempo y he hecho una recopilación de entradas del blog organizadas en 4 partes.

Parte 1: Introducción. Sobre Mother Killer y los motivos por los que empecé a escribir.

Parte 2. Feminismo y maternidad.

Parte 3. Crianza, lactancia y parto.

Parte 4. Educación en el cole

Parte 5. Educación en casa

Parte 6. Anécdotas familiares

Lo podéis encontrar en Ámazon y en Kindle Unlimited. Espero que os guste.

La menopausica esa

Si ponéis en el buscador de twitter la palabra “menopáusica” encontraréis un montón de gente usando esa palabra como insulto. La mujer con menopausia se equipara con una vieja arpía con inestabilidad emocional, poco atractiva, sin actividad sexual y que envidia la belleza y atractivo de las mujeres más jóvenes.

Viejofobia y misoginia se unen en este uso despectivo de la palabra menopausia. Y una idea subyacente pulula en todo el discurso: el valor de la mujer se acaba cuando ya no se puede reproducir. El caso es que el pasar de los 45 inhabilita a una mujer para tener credibilidad, autoridad, sabiduría y prestigio social. Tampoco es que una mujer en edad reproductiva tenga mucho de eso, pero al menos no la llaman vieja histérica.

La señora cincuentona es un arquetipo despreciable. La mujer de esta edad es expulsada del paraiso y recluida en las mazmorras de lo feo, lo molesto, lo absurdo y lo desechable. El sistema médico la trata como a una enferma a la que hay que medicar y se lucra a su costa prescribiendo hormonas y psicofármacos. Las y los jóvenes comienzan a tratar con condescendencia a su madre aunque tenga un doctorado y les haya enseñado todo lo que saben de las redes sociales y los smartphones. Porque la señora de 50, la menopáusica, es ignorante por definición, una cosa tonta que no sabe usar el WhatsApp y que publica fotos de flores en su cuenta de Facebook.

Aludir a la señora menopáusica para hacer una gracieta es algo que se lleva mucho entre los y las jovencitas. Ya se sabe que una de las taras de la juventud es creer que se va a ser joven por siempre. Ensalzar en un altar el ser joven y tener la piel tersa lo único que consigue es unas crisis brutales cuando se llega a los cuarenta y una adicción al botox. Además, el despreciar a los mayores, y, en especial, a las mujeres, conlleva una terrible pérdida de memoria histórica que vamos acumulando generación tras generación (además de renunciar a la sabiduría y los consejos de las personas que ya han pasado por lo que estamos pasando).

Niñas, chicas, mujeres, al menos respetémonos entre nosotras. Ser mujer no se limita a tener atractivo sexual para el sexo opuesto. Ser mujer es una actitud que progresa y madura, que se va gestando y florece no solo en la adolescencia. La madurez tiene mil tesoros escondidos que no podemos ir pisoteando por la mierda patriarcal que nos han metido en la cabeza: que a partir de los cuarenta debemos escondernos porque dejamos de ser útiles, se nos resecan las neuronas y nos hacemos tontas perdidas. Valorémonos en todas nuestras facetas, respetémonos y hagámonos respetar. Y a todo/a el que use la palabra “menopáusica” como un insulto, block.

Ya no quiero verte más

En la “vida real” elegimos en cierta manera las personas con las que nos relacionamos, sobre todo cuando vivimos en una gran ciudad. Cuando yo vivía en Madrid, habitaba en un barrio al que, a partir de mi ingreso en el instituto, solo iba a dormir. Tenía conocidos/as pero pocas posibilidades de cruzarme con ellos/as. Por tanto, la gente a la que veía regularmente era más o menos fija y en dos o tres contextos diferentes en los que me solía mover.

Sin embargo, la vida en una pequeña ciudad es muy distinta: en cualquier momento te puedes encontrar a cualquier persona (grata o non grata) en una actividad distinta a aquella en la que la sueles tener situada. Y tienes que estar preparada para ese momento, si te has criado como urbanita. Ahí es cuando echas de menos el cómodo bloqueo feisbukiano: ya ni te veo ni me puedes ver, aunque… esos espacios en blanco en una conversación sean una locura. En la vida real no se puede hacer eso, así que, o te tragas a la persona en cuestión y tratas de ignorarle con la mayor elegancia posible o dejas de ir a los espacios que ella frecuenta.

Imaginad que pudiésemos bloquear en la vida real (tienen que hacer un episodio de Black Mirror sobre este tema YA). Llegamos a un evento y vemos como un grupo de personas contestan al aire y miran a un hueco vacío. Entonces sabemos que ahí hay alguien que nos ha bloqueado o a quien hemos bloqueado. Llegamos, saludamos y nos ponemos a hablar u optamos por pasar de esa interacción incómoda para todo el mundo, en la que van a existir disrupciones de significado, seguro. Pero ¿qué ocurre en la vida real? Pues optamos bien por enfrentarnos a la situación incómoda y seguir interactuando en un sitio en el que tenemos derecho a estar, aunque haya una persona con la que hemos tenido un conflicto, o bien por autoexcluirnos de esa interacción y dejar de ir a ese sitio.

Lo que es digno de análisis son las razones por las que bloqueamos en las redes sociales en comparación con la vida no virtual. Desde luego que si vamos por la calle y una pava viene a increparte, a juzgarte por lo que has dicho en x o en y grupo, a insultarte o a contestarte a cada cosa que dices en cualquier sitio, llamas a la policía para que te la quiten de encima. En este caso, el bloqueo de las redes es una opción sana y limpia que puede prevenir que la obsesión y el acoso, fruto de una interacción virtual mal entendida, se convierta en un problema crónico.

Por otra parte, en mi vida no virtual yo elijo con quién interactuar. Si hay una persona que me incomoda, porque hemos tenido un conflicto o porque no me gusta su forma de actuar, intento no mezclarme con ella. Eso no es óbice para que evite interactuar con las personas que tenemos en común. En el mundo virtual, este tipo de bloqueo es preventivo y muy útil. Puedes anunciarlo o no, pero desde luego en algún momento la gente se va a dar cuenta de que ha sucedido. En todo caso, para eso está la opción de bloqueo: para evitar situaciones incómodas y estresantes.

En tercer lugar, imaginad que estamos debatiendo pausadamente con una persona, y vienen treinta palmeros/as a increparnos, sin argumentos y usando ataques personales. En el mundo real, esto sería una situación clara de acoso. En el mundo virtual, puedes bloquear a los palmeros y a las palmeras y seguir debatiendo con la persona en cuestión, si es que tienes interés en dicha conversación. Sin embargo, la persona en cuestión igual se lo toma a mal, porque contaba con el apoyo de ese grupo de incondicionales que le hacen tener razón sin esforzarse mucho.

En definitiva, la interacción en redes es algo muy reciente, en comparación con la interacción cara a cara, la cual se lleva depurando y desarrollando milenios. Los recursos que nos ofrecen estas redes modelan nuestra interacción, igual que nuestra capacidad fonadora, auditiva y de expresión facial modela nuestra interacción “real”. Es ahora cuando estamos desarrollando las normas (no escritas) de cómo comportarnos en este mundo escrito, de emoticonos, reacciones, megusteos y bloqueos. No podemos pretender que todo el mundo comparta las mismas normas que nosotras consideramos son las adecuadas para relacionarse en las redes sociales. El que una persona no le de al me gusta a un comentario puede querer decir muchas cosas, y si nos emperramos en hacer interpretaciones de estos pequeños gestos podemos entrar en un bucle muy peligroso. Por ello, relajémonos. Siempre van a existir tensiones en los grupos y, sorprendentemente, siempre vamos a encontrar la forma de hacerlo notar. Pero no podemos imponer usos de una herramienta interactiva de forma unilateral: esos usos se van conformando con el tiempo y es cuestión de que las personas usuarias lleguen a acuerdos tácitos y acordes con el respeto a los demás.

Se me ha quedado en el tintero el tema de los pantallazos: una persona hace captura de pantalla para comentar la jugada en un espacio ajeno a la interacción original, exponiendo a la persona que interactúa sin que ella lo sepa. En el mundo 1.0 tenemos el correveidile, que es algo parecido. Reproducimos en otros espacios y fuera de contexto lo que ha dicho otra persona. Es lo que se llama, en términos vulgares, “hacerle un traje” a alguien. Y sí, esos son actos de gente cotilla y malintencionada. Pero ojo, tan malos son los pantallazos como el cotilleo tradicional, que nos lleva a pasamos una tarde hablando de alguien sin que ella (normalmente es ella) se pueda defender. Por eso, una cosa importante a aprender es a detectar la seguridad de un espacio, a pedirla y a ejercerla. Nada puede salir de un grupo cerrado: esa es una norma no escrita que deberíamos aplicar a todas nuestras interacciones, tanto virtuales como cara a cara. Por respeto.

#VDLN 148: El feeling es el feeling

Hoy estaba yo por poner algo de Ólafur Arnalds o de Sigur Rós, pero no hay manera. Hoy no tengo el feeling para el aire del intelecto. Hoy estoy más en la tierra y en la sangre, así que ahí va un vallenato bonito. Que a ver: no todo es reaggeton. Hay distintos géneros de música y baile latinos. Carlos Vives, colombiano, es conocido por popularizar el vallenato y la cumbia y fusionarlos con el pop. Y a mí me encanta desde los 90. Por esa época, tuve una amiga colombiana (a la que añoro mucho y con la que siento haber perdido el contacto por mi mala cabeza) que me enseñó muchas cosas, pero entre otras, me enseñó a bailar vallenato.

Cuánto siento haberte perdido de vista, mi negra. Si llego a saber que te iba a añorar tanto, te hubiese cuidado más, te hubiese mimado más y habría aceptado tus mimos. Ese merengue colombiano que tanto me empalagaba. Es muy triste que, cuando aprendemos las cosas, sea demasiado tarde. Ahora valoro a la gente que te da su alma, que tiene los sentimientos a flor de piel, que es fiel, delicada, amorosa y va con cuidado para no ofender a la brisa.

Bailando se van las penas, bailando no te olvido y te llevo siempre dentro de mi corazón. Allá donde estés, esta va por ti, negra bella.



Las señoras feministas y el placer de amamantar;

En un metanálisis publicado en enero de 2016 en The Lancet, un grupo de investigadoras e investigadores de distintos países concluye que la lactancia materna protege de las infecciones, reduce el riesgo de padecer obesidad y diabetes y está relacionado con un mayor índice de inteligencia en los niños y niñas, mientras que reduce el riesgo de padecer cáncer de mama y de ovarios y diabetes tipo 2 en las mujeres que amamantan. Según este estudio, se podrían prevenir nada más y nada menos que 823.000 muertes anuales de niños/as menores de 5 años y 20.000 muertes anuales debidas al cáncer de mama.

Sin embargo, las mujeres damos poco de mamar. Muchas porque no quieren. Pero muchas más, porque han visto fracasar sus intentos de lactancia. Muchas mujeres se quejan de que se han visto presionadas para amamantar a sus bebés: tal es el celo con el que a veces el personal sanitario se toma su labor de promoción de la lactancia materna. Sin embargo, otras se lamentan de la escasa o nula información, incluso de la desinformación que les conduce a perder su producción de leche.

Lo que sentimos nosotras en relación a nuestros pechos y el amamantamiento es muy importante. Porque se trata de nuestros cuerpos, de nuestro tiempo, de nuestra vida y de nuestros hijos e hijas. Pero ten cuidado: sentir placer está prohibido. Puedes sentir una gran tristeza por no haber logrado amamantar a tu hijo/a, o un gran alivio por haber decidido retirarte la leche tomando pastillas. Puedes sentir alegría por ver a tu hijo/a succionar alegremente de un pezón o de una tetina. Pero no: no puedes sentir placer.

A principios de los 90, una joven madre estadounidense, Denise Perrigo, llamó a un número de información para contactar con la Liga de la Leche. La pregunta que quería hacer, y que le transmitió al voluntario que atendió la llamada fue si era normal sentir placer sexual mientras amamantaba a su hija. El voluntario, en vez de darle el teléfono que había solicitado, le dio el número de atención de crisis en casos de violación. Los servicios sociales le quitaron a su hija de 2 años, a la que no pudo recuperar hasta un año después. Todo esto hubiese sido innecesario si nuestra sociedad conociese más a fondo la fisiología de la lactancia materna y reconociese a la madre como un ser sexual. Sí, sentir placer al amamantar es normal. Y no, no somos unas pervertidas: nuestro cuerpo está diseñado para amamantar a los bebés que parimos, y que mejor forma de asegurar nuestra supervivencia como especie que hacer que la lactancia sea un acto placentero.

Sé que, desde el feminismo hegemónico (parafraseando a Patricia Merino), hay cierta tendencia a llamar Iluminati y a tratar con desprecio a las mujeres que optan por una lactancia prolongada. Se tiene la idea de que la única función del amamantamiento es su función nutricia. Las madres nos vemos, desde esta perspectiva, encasilladas en determinados estereotipos tradicionales. Desde el imaginario hegemónico, las mujeres que optan por una lactancia prolongada son esclavas del patriarcado que han abandonado sus carreras y dependen de sus parejas masculinas para sobrevivir. Pero, paradójicamente, este mismo feminismo hegemónico arremete contra las mujeres que desarrollan negocios que les permiten trabajar desde sus casas para atender a sus hijas e hijos sin tener que depender de los horarios esclavos y los bajos sueldos que predominan en el mercado de trabajo.

Las investigaciones sobre la prevalencia de la lactancia materna (en adelante, LM) señalan que, a mayor duración de la lactancia, mayor es el nivel de estudios de las mujeres. Esto pudiera estar relacionado con que las mujeres con más recursos educativos y económicos tienen más posibilidades de acceder a información actualizada y correcta sobre la LM. También podría indicar que las mujeres con condiciones laborales más flexibles pueden optar por amamantar más tiempo, si así lo desean. Por otra parte, no es verdad que haya gran cantidad de mujeres que “abandonan sus carreras” por la maternidad. Yo diría que son pocas las mujeres que hacen eso, y están en su completo derecho, si así lo quieren. Lo que es un verdadero problema en el mundo laboral de nuestro país es que las mujeres siguen estando peor pagadas que los hombres, sufren discriminación por ser mujeres, se les pregunta en las entrevistas de trabajo si tienen pensado tener hijos y trabajan en condiciones nefastas por un sueldo de mierda. Eso son problemas, no que decidan amamantar a sus criaturas el tiempo que estimen oportuno (que, por lo general, no son más de tres meses en un porcentaje elevadísimo de mujeres).

Si dentro de este escenario, además tenemos que soportar que mujeres que se autodenominan feministas nos llamen pervertidas y pedófilas por sentir placer en un proceso fisiológico absolutamente normal, todo esto toma tintes muy retrógrados. Las madres no somos ángeles puros y sacrificados que lo damos todo por nuestras criaturas hasta que nos desvanecemos envueltas en un halo de santidad. Sabemos lo que es el placer y cuándo lo sentimos. Y sabemos que el placer que sentimos cuando amamantamos a nuestras crías no es ese que lleva a cometer violaciones y abusos. Señoras feministas, no sean represoras, no hagan que ocultemos la parte placentera de la lactancia. La succión y estimulación de los pezones produce oxitocina. Y con poco que investiguen verán que la producción de oxitocina está relacionada con la respuesta sexual. Esto no quiere decir que amamantemos para tener orgasmos (vaya chorrada), sino que un porcentaje de mujeres pueden tenerlos como resultado subsidiario del acto de amamantar.

¡¡Buscaos a una pareja adulta que os chupe los pechos!! – han llegado a decir las feministas hegemónicas. Señoras feministas jefas: qué mal gusto, por favor. ¿Quién les dice a ustedes que amamantamos a nuestros bebés por el placer sexual que experimentamos? Obviamente, amamantar no es lo mismo que mantener una relación sexual satisfactoria con una pareja adulta. Amamantar es un acto nutricio de amor. Nuestros bebés se nutren de nuestros pechos, pero no solo eso: también calman su miedo y su ansiedad, se relajan, duermen y juegan mientras succionan. Y no, no es una relación de esclavitud, es una relación de amor. Una mujer que no da el pecho a sus criaturas puede adoptar otras estrategias para conseguir esos efectos, por supuesto. Pero nosotras optamos por la LM prolongada. Y les aseguro que es una opción absolutamente libre, dado que la opción mayoritaria y más aceptada en nuestra sociedad no es la LM prolongada precisamente.

¿Y los hombres? ¿Qué hacen los hombres? (siempre que exista un hombre en todo este tinglado, claro). Pues los hombres pueden hacer muchas cosas. Pueden limpiar, hacer camas, hacer la comida, ir a la compra y un largo etcétera. Además, a partir de los 6 meses, pueden preparar la comida que complementa la LM y dársela al bebé. Porque han de saber que, a partir de los 6 meses, los bebés se alimentan de más cosas. Y cada vez comen más. Cuando decimos que nuestros hijos e hijas han mamado hasta los 4 años, por ejemplo, esto no quiere decir que mamen durante todo el día (o durante toda la noche) como hacían de recién nacidos. Un niño o una niña de 4 años come bastante, se alimenta de lentejas, arroz, filetes, potajes y cocidos. Y toma leche materna, si quiere y si su madre le deja, en algunos momentos del día o de la noche.

En fin, que dar la teta no es el demonio que esclaviza a las mujeres. El demonio del patriarcado es mucho más grande y más estructural. Ese demonio tiene una faceta que pretende negar nuestra capacidad de nutrir, poniendo en el centro de nuestras vidas nuestra capacidad productiva para el sistema. La LM y el parto no medicalizado (sobre el que también podríamos hablar largo y tendido) no vienen a destrozar nuestras vidas como mujeres que disfrutan, salen, trabajan y leen aunque tengan hijas/os. Pueden hacer todo lo contrario: facilitar los cuidados y permitirnos disfrutar más y mejor. Pero bueno, eso ya lo he contado en otras entradas de este blog.