POLÍTICA

La educación de adultas

 

La educación siempre implica asimetría. De una forma u otra, el que dice educar se cree en posesión de la verdad absoluta. Y eso no es una máxima educativa, sino una tara de nuestra comunidad: si hacemos caso a las teorías que nos muestran cómo se construye el conocimiento, las personas son agentes activos que desarrollan sus propios caminos de sabiduría.

Pero, por otra parte, el aprendizaje se produce dentro de una comunidad que tiene una historia y unos mecanismos de aculturación ya diseñados y preparados para actuar. Nuestra mente no navega libremente eligiendo de aquí y de allá la información, procesándola y sacando conclusiones. Y quien crea eso, es que se ha tragado las narrativas dominantes de la sociedad en la que vive (paradojas de la vida). Por lo tanto, actuamos dentro de un marco que simula libertad, pero en el que las opciones están tácitamente delimitadas a un reducido subconjunto. Quien elige acciones que no están en el catálogo, tiene reservada la cárcel, el manicomio o el ostracismo, así está organizado este intrincado sistema. Luego hay acciones más aceptadas y mayoritarias y otras acciones que son minoritarias y más outsiders, pero que son aceptadas como males menores, como rarezas necesarias con las que compararse y sentirse normal y miembro de pleno derecho del grupo. Todo esto si mantenemos constante el nivel adquisitivo, que es a la libertad de elección lo que el rozamiento es a la física.

En este contexto, la madreidad o la forma de ser madre es un espacio complejo. En este espacio, distintos agentes juegan papeles de opresión ya antiguos que van cambiando de vestido para disfrazarse, para que la gente que ha aprendido a distinguirlos y ha desarrollado formas eficaces de resistencia vuelva a caer en sus redes. Y uno de los agentes de opresión más eficaces en el espacio de la madreidad son las propias madres. Es importante que aprendamos a analizar y con ello destrozar el mecanismo opresivo del que formamos parte y con el que se mantiene el sistema cómodamente, mientras nosotras seguimos controlándonos unas a otras, ejerciendo de jueces y opresoras de nuestras iguales.

Cuando digo Guerra de las Madres, todas sabemos a lo que me refiero. El hecho de que a las mujeres, después de una larga postguerra, hayan vuelto a asomar el hocico en el mundo del trabajo y representen el sector de la población con mayor índice de estudios superiores (siempre estamos hablando de ese primer mundo privilegiado en el que habitamos) está provocando quiebras en el sistema que hay que controlar. Y nunca hay mejor forma de controlar a los elementos que haciéndoles creer que las decisiones que toman se generan en ellos mismos. Y si además, estos elementos se erigen en controladores y reguladores de los de su propia especie, tenemos un sistema que se autorregula autocensurándose. Un sistema convencido es un sistema sólido. Hace tiempo que se sabe que las medidas coercitivas pueden provocar el efecto contrario al deseado: la rebelión.

Resulta que la vida fuera de casa es excitante, estimulante, nos hace sentirnos libres e importantes, independientes (siempre y cuando tengamos en cuenta el factor “rozamiento”). Esto hace que, cada vez más mujeres, consideren que su tiempo está mucho mejor empleado en formarse, divertirse, trabajar y participar en distintas esferas de la vida social pública. Este planteamiento excluye el tiempo que se invierte en la maternidad. Cada vez hay más mujeres que deciden libremente no ser madres y dedicar ese tiempo que requiere criar a un bebé (o a varios) en otras actividades, antes exclusivas de los hombres. Pero también existen las mujeres que “lo quieren todo“: ser madres y participar en la vida pública. En ese “lo quieren todo” se encierra una de las trampas del mecanismo de opresión. ¿Sólo las mujeres quieren tener hijos? ¿Los niños y las niñas son solo nuestros? Parece que nosotras somos las únicas que estamos en la disyuntiva de “elegir” entre una vida privada y una pública. Si es así, conclusión: LOS NIÑOS Y LAS NIÑAS SON NUESTROS. Evidentemente, la respuesta a esta conclusión es un gran SÍ, JÁ. Un ejemplo de ello es la lucha encarnizada que emprenden las personas partidarias de la custodia compartida impuesta, la existencia de una educación obligatoria o el control sanitario tácitamente impuesto por el sistema de salud pública.

Por tanto, los niños son nuestros sólo en tanto en cuanto cumplamos los preceptos que la sociedad nos impone, y sólo nosotras hemos de asumir las consecuencias de tener hijos en una sociedad como la nuestra: ver reducido el tiempo posible de participación en la vida pública. Todo esto no es sólo sobre nosotras, claro está. Todo esto es la consecuencia de una estructura social en la que los niños están separados de la vida social pública de los adultos y en la que la división del trabajo está estrictamente establecida: los hombres son los encargados trabajar, de ocupar cargos públicos, de construir y de mantener  a la familia económicamente, mientras que nosotras somos las cuidadoras y sustentadoras del hogar.

En este sentido, puede haber grandes transgresiones (decidir no llevar a los niños a la escuela y educarles en casa, dejar de vacunarles, darles una educación religiosa alternativa, no casarse y tener hijos sola, etcétera) o transgresiones menores permitidas (darles de mamar hasta los 4 años o no darles de mamar nunca, dormir con ellos hasta los 5 o ponerles una habitación propia nada más nacer, ponerles chupete hasta que vayan al colegio o un collar de ámbar para el dolor de encías, divorciarse, etcétera). Por supuesto, las formas de criar favorecen a distintos intereses económicos y estructurales que imagino no escapan al entendimiento de las personas que hayan leído hasta aquí. Y, por otra parte, cuando estas decisiones son tomadas por mujeres cultas, formadas, y con cierto nivel adquisitivo, es más difícil desterrarlas al ostracismo, como ocurre con las prácticas de las “malas madres pobres”. Estas mujeres argumentan, crean asociaciones, se unen para protestar, escriben blogs. Son un frente a tener en cuenta. Por eso, tener a estas madres enfrentadas en dos grupos es bueno para el sistema, pues ellas mismas se convierten en su propio control.

No voy a poner en duda que, en el ámbito de la crianza, existen cuestiones éticas que están relacionadas con el cuidado de los seres más vulnerables: los niños y las niñas. Sin embargo, estas cuestiones éticas no pueden ser resueltas emprendiendo cruzadas particulares. Hacer responsables en exclusiva de las decisiones que se toman en la crianza a las madres, alimenta la falsa idea de la libertad en la toma de decisiones, de la igualdad de condiciones contextuales (redes de apoyo, solvencia económica y salud mental y física) y sigue situándonos como responsables exclusivas del cuidado de la infancia sin serlo en realidad (de hecho y de derecho). Ignorar que la crianza implica una inversión vital excesiva en un entorno que fomenta la crianza intensiva pero no apoya a las personas que, supuestamente, tienen que llevarla a cabo, es una postura cruel e injusta hacia nosotras mismas, además de ineficaz. Las madres ni estamos solas en la toma de decisiones, ni estas decisiones dependen de nosotras al 100%. Las madres comemos, respiramos, sufrimos, amamos, lloramos, tenemos derechos y deberes y somos personas que merecen respeto. Ignorar si todas estas necesidades se satisfacen para exigir que maternemos de una forma u otra es la postura más absolutista a la que pueda estar sometida una persona.

Esto no es un anuncio de leche en polvo. Esto es una reflexión sobre la inutilidad de la gerra de las madres, que existe. Lo podemos comprobar dando un breve paseo por los múltiples foros de discusión sobre maternidad(es) que existen en Internet. Los juicios sumarísimos solo producen resquemor. Ignorar nuestras necesidades solo produce tristeza y depresión. Ignorar nuestros derechos nos sigue situando en una posición social inferior y vulnerable. Si somos mujeres empoderadas, reconozcamos el derecho de las demás a elegir su propio camino de empoderamiento. Esto no va a hacer que haya menos niños y niñas que disfruten de la lactancia materna o del colecho, va a hacer que haya más mujeres con un respaldo suficiente para dejar los yugos impuestos. Y, para conseguir esto, somos nosotras mismas las que hemos de reconocer estos yugos.

 

TWITTER HA MUERTO. VIVA TWITTER.

Millan Astray

En Twitter, nadie es tu amigo. No sé si te habrás dado cuenta, pero eso es así. Ya sé que eso de tener la impresión de que eres famosa o famoso se sube a la cabeza como el champán. Pero desengáñate: igual que subes, bajas. Si expones tu nombre y tus apellidos, incluso tu foto y tu currículum al escrutinio público, debes ser muy cuidadoso/a. Ah, ¿que ya la has cagado? Pues bien, no hay remedio. Seguro que hay algo que has dicho a lo que alguien es capaz de sacarle punta hasta el infinito y más allá. Aunque nunca hayas probado a jugar con los límites del humor ni hayas hecho una ronda escrita de chistes de gitanxs, negrxs, judíxs, mujeres en general, discapacitadxs o cualquier otro colectivo oprimido/oprobiado.

¿Imagináis que hubiese habido Twitter en la España de los 30? Unamuno hubiese sido un excelente tuitero. “El general Millán-Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada…” Esto dicho el 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, a un Millán-Astray cojo, tuerto y manco, hubiese sido portada del ABC y bueno, Unamuno hubiese sido defenestrado por aludir a la discapacidad del creador de la legión. Aunque éste no se quedó corto, contestando al rector: “Muera la intelectualidad traidora”. En fin, hubiese sido TT. Pero en aquella época, las cosas quedaban en las aulas, los paraninfos, los pasillos, los artículos de prensa, que llegaban a un sector reducido de la población en comparación a la difusión que alcanzan hoy en día este tipo de noticias.

Hemos de sopesar seriamente si merecen la pena unos minutos de gloria tuitera en comparación con la terrible experiencia de un linchamiento virtual. Y si ya, el linchamiento virtual asciende a los blogs y los periódicos y de ahí a Facebook, ya olvídate de tu intimidad por los siglos de los siglos. El olvido no existe en internet. Tu nombre estará ligado al escándalo POR SIEMPRE. ¿No querías fama? ¿No querías gloria? Ahí la tienes.

¿Qué tiene el escarnio público que puede generar tantos correlatos fisiológicos en tan poco tiempo? Taquicardia, sudoración, ansiedad, pánico. El sentimiento de agobio y desasosiego puede durar semanas, incluso meses. Si se cronifica, puede convertirse en una depresión. Lo que es seguro es que puede afectar seriamente a la vida familiar y profesional. La violencia simbólica que se ejerce en la plaza virtual del pájaro azul puede tener consecuencias devastadoras en una persona. Pero lo curioso es la falta de empatía que demuestran las y los integrantes de estas jaurías tuiteras que caen sobre un ente digital incorpóreo. La mayoría de las veces, el supuesto pecado no se corresponde en absoluto con el desproporcionado castigo que recibe su autor (o autora).

Pero el enemigo virtual no siempre es el bocachancla que responde a tu tuit la primera burrada que se le ocurre y le pasa por su corta mollera. Hay un enemigo mucho más peligroso, y es el que permanece agazapado en la esquina de tu time line leyendo todos y cada uno de tus tuits sin decir nada. Así pueden transcurrir años. Y un día, te das cuenta que hay gente que sabe mucho de ti, que ha atesorado cada bit de información que has soltado al aire. Y esa gente, de cuya existencia simbólica no eras consciente, comienzan a usar esa información en situaciones de la vida “real”. Son esos seguidores (o amigas/os del Facebook) siempre discretos, que no publican, no comentan, no respiran apenas para no ser notados ni vistos. Hasta que salta la liebre.

Si sospechas de alguno de estos espías silenciosos, puedes hacer una prueba muy sencilla: restríngele el acceso o bloqueale. En poco tiempo notarás que da señales de vida. Hará notar de alguna forma su malestar por no tener acceso a tu información. Hay gente que se pone tan nerviosa que intentan obtener datos a través de terceros, los cuales, alarmados por esa reacción tan fuera de lugar, te comentan la agresiva reacción de X por creer que “le has borrado del feisbuk”.

Es evidente que las redes sociales han transformado enormemente las dinámicas de interacción social. Sobre todo las de las personas que las usamos, porque luego está esa parte de la población que no tiene cuenta de tuiter o no vive enganchada a ella. Para esas personas (la mayor parte, todo hay que decirlo) todas nuestras aventuras simbólicas no son más que extrañas paranoias que nos hacen perder el tiempo y delirar más de la cuenta. Tened por seguro que si decidiésemos dejar de usar Twitter un buen día, la masa enfurecida dejaría de tener poder sobre nosotras (femenino genérico, por cierto).

Mi hija de 15 años, que es una experta tuitera, dice que Twitter tiene los días contados. Y no puedo dejar de estar de acuerdo con ella. La frescura de Twitter murió con Zapata y con Soto. Se acabaron los días de vino y rosas, donde el Twitter era una fiesta de la palabra, una vomitera de expresión incorrecta, creativa, desatada. Nos dimos cuenta de que el escrutinio público y la permanencia de la palabra escrita no son buenos compañeros de la interacción social a granel. En breve, Twitter se llenará de cuentas falsas imposibles de controlar. Todos los personajes públicos abandonarán sus cuentas o estas se harán extremadamente aburridas y anodinas. Ya no encontraremos a nuestros conocidos tuiteando como descosidos su vida privada, y los que haya tendrán el mojigato candadito de guardián de tuits. Nos recluiremos en facebook y tendremos mucho cuidado con lo que decimos. Va a ser muy aburrido… y lo sabéis.

 

El himen de Leticia

Leticia

Creo que Leticia Sabater no requiere presentación. Esta mujer, que pobló las pantallas de TV en los programas infantiles hace décadas, ha tomado la decisión no solo de reconstruirse el himen y perder su no-virginidad, sino que además de difundirlo por las redes sociales. Twitter es un clamor. Facebook se llena de comentarios sobre el asunto en cuanto publicas algo al respecto. Hay un antes y un después desde que Leticia comunicó que se había reconstruido el himen. 

Pero bajo el clamor de risas y coñas (lógicas) sobre el evento, quizás sea interesante hacer una reflexión seria sobre el asunto. Leticia se ha reconstruido el himen. Ya solo esta simple afirmación tiene su aquel. A saber dónde estaban los restos del hipotético himen original de Leticia. Porque el hecho de reconstruir implica que se construye a partir de unos restos. Y esto, permitidme que os lo diga, es imposible. No me voy a molestar en indagar sobre los entresijos de la operación en cuestión, pero apuesto a que la telilla que se hace llamar himen tras esa intervención es cualquier cosa menos un himen. 

Por tanto, lo que aquí importa sobre todas las cosas es el concepto de himen. El himen como símbolo que reviste a la persona que lo porta. El himen como objeto que, al romperse, nos deja vulnerables a la penetración, nos cambia de estatus. La ruptura del himen implica, de una forma u otra, una pérdida de valor: el que consigue romper un himen posee por siempre el alma de esa mujer y se convierte en el depositario del derecho a penetrar y usar el vientre femenino como receptor de su descendencia. 

La ruptura de un himen supone, en las culturas tradicionales, pérdida de la propia esencia. La mujer deja de pertenecerse a sí misma (o a su padre), para pasar a pertenecer a su marido. En la cultura occidental, este proceso ha perdido su dogmatismo, y solo queda reflejado en las ceremonias matrimoniales por el velo de la novia y el vestido blanco, que se siguen usando de manera puramente estética. Sin embargo, la pérdida del himen es uno de nuestros hitos de paso no escritos que más presente está durante la adolescencia. Mamá, ya no soy virgen. Seguramente muy pocas adolescentes escojan este formulismo para anunciar su nuevo “estatus” que supone “no ser” o “dejar de ser”. Y tras esta especie de confesión, cae una nueva mirada sobre esa mujer. Ya no es lo que era. Ya no es esa joya que hay que proteger. Ya puede ser usada sin cuidado. Ya se la puede culpar de no protegerse, de vestirse como una zorra, de provocar, de mirar con descaro. 

Las mujeres nos tenemos, de alguna forma, que liberar del poder el himen para volver a respetarnos y a pedir respeto. Una mujer que se precie como liberada del himen, lo debe ser desde el momento mismo del nacimiento. Dejar de suponer himen a las personas asignadas como mujer al nacer  sería un gran paso adelante en nuestro empoderamiento y afectaría a todo el conjunto de la sociedad. Todas las personas se verían liberadas del poder del himen y muchos actos violentos hacia niñas y mujeres perderían su valor simbólico e incluso podríamos empezar a trabajar para su completa desaparición. 

Con todo esto, vuelvo a la reconstrucción del himen de Leticia. Una mujer sin himen pierde su estatus. Los hímenes se han reconstruido durante siglos para sortear y evadir el castigo que supone su ruptura no autorizada. Una vez reconstruido, la mujer sigue manteniendo su valor simbólico como mercancía de intercambio. Por otra parte, a la facción masculina siempre se le ha supuesto una compulsión malsana a romper hímenes que no les pertenecen. El desvirgar a alguien es una prebenda de gran valor en este mundo “imaginario” del que estamos hablando. ¿Qué busca una mujer como Leticia con la reconstrucción del himen? Si es verdad que lo ha hecho (cosa que no podemos comprobar a ciencia cierta, o yo al menos no) el hecho tendría una parte interna y subjetiva y una parte externa y de espectáculo. 

En la parte interna y subjetiva, todas y todos podemos suponer que Leticia le da mucha importancia a su aspecto juvenil y su promoción como objeto sexual. Aunque sus actuaciones, vídeos y presentaciones públicas desaten la mofa generalizada, esto no quiere decir que su visión de sí misma sea la que todas y todos los demás tenemos de ella. La reconstrucción del himen la pone, de forma simbólica, de nuevo en circulación. Le rejuvenece, le dota de un valor que perdió hace mucho tiempo. Es un proceso de dignificación y de resimbolización de su cuerpo, si me lo permitís. Es el culmen de una serie de transformaciones corporales técnicas que culminan con la vuelta atrás definitiva: la reconstrucción del símbolo de la pureza original. No hay patas de gallo que se resistan a un himen reconstruido. 

En la parte externa y de espectáculo, a ver, Leticia se va a pagar la operación y va a difundir la existencia y la posibilidad de la misma entre todas las mujeres interesadas en ese proceso de resimbolización. Por tanto, además de hacernos mucha gracia, sus tonterías en el twitter llegan a los subconscientes de mujeres vulnerables, sin autoestima, que no se sienten amadas y que quizás piensen en un momento dado que la reconstrucción del himen puede ser una solución a sus problemas. 

Así, a lo tonto, ya tenemos en la arena pública, y en primera línea, una operación de cirugía estética que reconstruye nuestra esencia y nos devuelve el tesoro perdido. Perverso. Es un ejemplo bestial de lo que B.P. llama farmacopornoterrorismo. 

¿Por qué censuran los pezones?

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Ayer, la Fox nos sorprendió con un acto de censura absurdo y cateto: el que dicen que es el cuadro más caro de la historia, Las damas de Argel, de Picasso, apareció con los pezones de las damas emborronados. ¿Quizás los de la Fox temían que nos excitásemos con la visión de los pezones de un cuadro cubista? ¿Seguro que este gesto responde exclusivamente a la patanería de los responsables de una cadena de televisión?

Si tenéis una cuenta en Facebook, sabréis de su obsesión por los pezones. Si hay algo que les produce pavor a los administradores de esa red social es el cuerpo de las mujeres, y especialmente nuestras tetas y su puntiagudo acabado. En el siglo XXI, en el que la pornografía es el negocio que más dinero genera en Internet, no creo que esta obsesión censuradora esté originada en un inocente pudor derivado de valores tradicionales. Por el contrario, considero que este afán por censurar nuestros pezones deriva de un acto intencional que tiene como objeto hacer del pezón femenino un elemento de connotaciones exclusivamente sexuales. 

¿Y que tiene de malo que el pezón femenino tenga connotaciones sexuales? Diréis. Pues nada, si no viviésemos en una sociedad hipócrita que difunde violencia y pornografía de manera indiscriminada y después construye la sexualidad como un conjunto de actividades secretas que deben permanecer ocultas en los espacios públicos. Lo único que tienes que hacer para revestir algo de un halo de suciedad es prohibirlo. Y prohibir la visión de los pezones femeninos es algo que se manifiesta con más fuerza en una época en la que la difusión de la imagen en forma de vídeos y fotos caseras se ha extendido a la población general como parte de la era digital. Nuestro mundo está dominado por la imagen, y todo el que tenga una cuenta en una red social tiene la capacidad de difundir sus fotos. Sin embargo, a nosotras se nos veta la posibilidad de difundir fotos de nuestros pechos. Incluso las imágenes de amamantamiento han entrado en la categoría de censurables. 

Y es aquí donde quería llegar. Hubo un momento no muy lejano en la historia en el que dar el pecho en público era la cosa más normal del mundo. El ser humano es una especie mamífera, y los pechos femeninos, en fin, aunque no haga falta decirlo, tienen una función alimenticia en nuestra especie y se han usado hasta no hace mucho tiempo para amamantar a las crías. La historia del arte nos ha dejado gran cantidad de vírgenes de la leche que pueblan los museos europeos.

Virgen de la leche. Bartolomé Bermejo.
Virgen de la leche. Bartolomé Bermejo.

Censurar sus pezones sacros supondría una ingente labor de lavado de cerebro y de atentado contra el patrimonio. Pero la ignorancia social que nos invade, acompañada de la invasión mediática de las redes sociales y de la intolerancia de ciertos organismos públicos (tiendas, piscinas, museos bibliotecas de las que se expulsa a las madres lactantes), crean una visión de persecución social y rechazo de la lactancia materna. 

¿Y quién se beneficia con todo esto? Pues, como no podía ser de otra forma, las grandes multinacionales que nos venden sus productos artificiales para alimentar a nuestros bebés, y entre ellas, Nestlé, multinacional suiza que lleva 140 años en el mercado, obteniendo pingües ganancias con lo que llama “salud y nutrición”. Imaginad que la lactancia materna volviese a recuperar su puesto como forma de alimentación prioritaria de las niñas y los niños. Imaginad que los partos fuesen respetuosos y no medicalizados, no se separase a los bebés recién nacidos de sus madres nada más nacer, se usase la técnica de la cesárea solo cuando fuese estrictamente necesario y las bajas por maternidad permitiesen amamantar hasta los 6 meses en exclusiva y al menos hasta los 2 años con alimentación complementaria. Imaginad que pudiésemos sacar nuestros pechos en cualquier sitio sin sentirnos censuradas, juzgadas y castigadas. Eliminando todas esas trabas para el establecimiento de una lactancia materna exitosa, se acabaría el negocio de la leche materna (aunque ya sabemos que Nestlé tiene recursos para todo, y se va a engañar a las mujeres del “tercer mundo” cuando las del primero dejan de enriquecerle).

Así es cómo la mojigatería hipócrita de nuestra sociedad ante nuestros pechos desnudos controla prácticas de subsistencia tan básicas cono el amamantamiento y contribuye al enriquecimiento de unos pocos basado en el sufrimiento de muchos. Este es uno de los ejemplos de cómo la era digital controla nuestras prácticas y nuestros cuerpos. Si has conseguido, tras los muchos obstáculos que te pondrán y las múltiples informaciones erróneas sobre la lactancia materna que difunden personas de bata blanca, ofrecer la leche que tú misma generas y que es gratis, a tu bebé, todavía te queda enfrentarte al rechazo público de tus pezones. Y quizás decidas llevarte un biberón esos días que sales de casa y estás fuera todo el día. Porque sacar la teta en un espacio público te supone sudores y disgustos.

La censura pública recluta múltiples adeptos y adeptas que, con su ignorancia, están contribuyendo a que otros (que no son ellos) conserven sus ganancias a costa de nuestra salud. Por eso, movimientos como el #FreeTheNipple , al que se han unido famosas de todo el mundo, o el #MamáNoTeEscondas , promovido por madres y padres blogueras españolas, son de gran importancia y actúan como formas de resistencia al control semiótico que los medios de comunicación digital pretenden instaurar sobre nuestros pezones. 

La persistencia en la censura de los pezones los sitúa en una posición comprometida ante los ojos de millones de internautas y televidentes que, obedientes y sumisos en unas ocasiones, o pagados por intereses que no dan la cara en otras, van sembrando la inquina en las redes sociales con sus comentarios y denuncian el mínimo indicio de pezón que encuentren por ahí. Todo grupo de mujeres sobre parto natural o sobre lactancia tiene su troll. Con todo el tiempo del mundo, este personaje se dedica a denunciar puntualmente las fotos de amamantamiento o de partos naturales y a censurar, cargado/a de razón, a aquellas madres que se sienten en el derecho de mostrar prácticas que están en el corazón de nuestra existencia como especie. 

Se habla mucho últimamente (y con razón) de los ataques que sufren los grupos de feministas en las redes sociales. Aquí podríamos incluir los ataques que estamos sufriendo las personas que defendemos la lactancia natural y el parto respetado, que nos posicionamos en contra de la violencia obstétrica y de la medicalización excesiva, masiva y no necesaria de la infancia. Todo esto va en contra de intereses económicos muy poderosos (el alimenticio y el farmacéutico) que dependen, entre otras cosas, del control del cuerpo femenino para subsistir. Lo único que podemos hacer contra estos ataques es resistir. Y el único arma que tenemos es la unión, el apoyo mutuo y la difusión de la información. 

El valor de las personas

tiempo_cambioEstamos en época pre-electoral (y electoral) y oímos hablar con frecuencia sobre el valor de las personas. La victoria de Syriza en grecia ha desatado una oleada de vítores y aspavientos, en los que me he visto inmersa, lo reconozco, para caer después en la cuenta de que, siendo una bella victoria simbólica (o sintrólica, como queráis llamarla), no es mi, no es nuestra victoria. Nosotras seguimos donde estábamos: algunas en nuestras casas, otras en nuestros despachos, las menos engrosando las listas paritarias de la arena política, una arena política que sigue siendo eminentemente masculina.

Pero volvamos al valor de las personas. Este es un tema complejo. Si nos preguntan por qué valoramos a una persona, para responder debemos situarnos en un lugar, en un punto concreto para desarrollar el discurso. En un terreno comunicativo. Una persona puede ser valorada por su amabilidad, su simpatía, su capacidad para apoyar a los demás, su sentido del humor, su honradez. Para valorar todas estas cualidades, hemos tenido que tener cierto contacto con esa persona y percibir la energía que emana de sus palabras, sentirnos reconfortadas por su sonrisa y su tacto, reconocer la seguridad que nos da su presencia. Antes (estoy hablando de tiempos remotos) el liderazgo recaía en estas cualidades propias de terrenos comunicativos próximos, cara a cara, en los que la vista, el oído, el tacto se aliaban para dar poder a nuestra intuición.

Ahora, los discursos prefabricados, el Photoshop y los mantras propagandísticos han sustituido a toda esa amalgama de elementos perceptivos que daban brillo a la figura de un líder (o una lideresa, si cabía esa posibilidad). El brillo de la propaganda nos ofrece la ilusión de que la persona que hay detrás de ella tiene la solución a nuestros problemas, de que nos va a conducir por el camino de la liberación y el cambio. Es lo que tiene los grandes slogans: se introducen en nuestro cerebro cual martilleo repetitivo, enganchando con nuestros miedos, nuestras esperanzas, nuestras penas y alegrías. Esa presa emocional nos arrebata lo que nos quedaba de pensamiento racional y nos conduce a las calles y a las plazas cual ninfas y faunos, saltando por las aceras y enarbolando nuestras banderas de colores. Es la euforia, la alegría, la que nos hace confiar en esas valiosas personas que nos hablan de los idiomas que dominan, las carreras que han estudiado, lo bien que debaten y se enfrentan a los periodistas, los esquisitos textos que escriben y los mil países en los que han estado. Todo ello porque quieren estar en un puesto que les permita dominar una parte del mundo.

¿Estaremos perdiendo el norte a la hora de valorar a las personas? No me cabe la menor duda. Una vez alejadas del terreno comunicativo próximo, nada sabemos de lo que hay detrás de cada mantra recitado. No sabemos de la alegría de aquel que nos incita a estar alegres porque ha llegado la hora del cambio. No sabemos de su capacidad de servicio e implicación con el prójimo, que pueden ser inmensas, pero también pueden ser un espejismo que reflejan sus palabras preparadas tras horas de reflexión autocomplaciente.

No os estoy llamando a la paranoia, y mucho menos a la histérica protesta ni a la tristeza más miserable. Estoy hablando de la reflexión en el aquí y el ahora. ¿Pensamos seriamente que esas personas van a cambiar nuestras vidas? Si es así, exijamos cualidades verdaderas, exijamos cualidades que se valoren en la proximidad. Honestidad, honradez, transparencia, han llegado a parecer palabras vacías y sin sentido, que se dicen por decir. Pero se pueden volver a dotar de significado. Podemos volver a valorarlas. Debemos hacerlo si lo que queremos es un cambio real.

Y es que, al fin y al cabo, no hay cambio sin una transformación de los valores que se refleje en la vida cotidiana. Hablemos el idioma del cambio en nuestra vida. Pidamos el cambio en cada acto y en cada gesto. Si queremos cambiar, cambiemos. Y hagámoslo ya.

Esas niñas

El otro día, mi niño de 8 años me sorprendía con una afirmación:

– En mi clase somos 28, con María y Sara (nombres supuestos). Me sorprendió esta formulación.
– ¿Qué pasa con María y Sara? Le pregunté.
– Nada…
– ¿Entonces por qué no dices “somos 28, con Pedro y Juán”? (nombres supuestos de sus mejores amigos).
– Es que María y Sara vienen muy pocas veces a clase y no hacen lo mismo que hacemos los demás.

María y Sara son dos niñas gitanas. Sabemos poco de ellas. A veces las veo en la fila, pero raras veces Vampi las menciona. Por lo que he podido averiguar, una de las niñas no tiene libros. Su madre no puede permitirse el comprarlos, y nuestra comunidad autónoma eliminó la gratuidad de los mismos. Además, los libros son nuevos, porque ha entrado en vigor la nueva ley educativa, así que nadie se los puede prestar.

Hasta aquí la historia. Ahora la pregunta: ¿Qué clase de sistema educativo es ese que relega a un niño o una niña a las últimas filas, a hacer tareas diferentes a sus compañeros y compañeras, porque no poseen unos libros? Unos libros, todo sea dicho, redactados por unas editoriales que se forran a costa de nuestros hijos e hijas. Unos libros que difícilmente llegan a trabajar las competencias propuestas por el curriculum oficial. Unos libros que invitan a realizar ejercicios de lápiz y papel y entienden el aprendizaje como algo pasivo que se realiza sentado en un pupitre.

No puedo llegar a entender que un/a profesional no sea capaz de integrar en el aprendizaje de su aula a una niña que no tiene libros de texto. El aprendizaje cooperativo y por experimentación activa fue propuesto hace décadas, y tiene la ventaja de integrar a todos los aprendices, cualquiera sea su nivel o sus necesidades educativas, en actividades que se realizan entre toda la clase, bien en el grupo completo bien en pequeños grupos. Aprender las tablas de multiplicar, las propiedades de flotación de los cuerpos, el ciclo del agua o la composición y lectura de textos no depende (o no debería depender) de tener dinero para comprar libros o de que los servicios sociales tengan a bien facilitártelos.

La brecha socioeconómica que da lugar al fracaso escolar comienza en las aulas de primaria, y se podría evitar si las formas de enseñar y de concebir al aprendiz cambiasen. Pero es mucho más fácil delegar la programación a las editoriales y dejar en sus manos las actividades que tienen que realizar los niños y niñas en el espacio pedagógico del aula.

En los años 90 realicé un estudio etnográfico en las ya inexistentes aulas de compensatoria. Estas aulas eran espacios en los que se separaba a los niños y niñas, en su mayoría gitanos/as, para supuestamente complementar las lagunas de aprendizaje que iban acumulando con los años. Eran niños y niñas despiertos, activos e implicados en cualquier actividad que propusieras. El problema social que les acompañaba era complejo, pero aprendían y se integraban en las actividades como cualquier niño de su edad. Ya no existen estas aulas, y las maestras y maestros de apoyo han desaparecido gracias a los recortes sufridos en educación. Nunca me gustó la solución de aislar a estos alumnos de sus compañeros de aula, pero tampoco me gusta que estos niños y niñas queden relegados a las últimas filas y a taréas de relleno para que no molesten a sus compañeros, que están “aprendiendo de verdad”. En estos años hemos avanzado muy poco a este respecto.

Esta situación no me gusta porque no es justa socialmente, y no me gusta porque mi hijo está siendo testigo de la cara más cruda de la discriminación. Si se nos llena la boca de que educamos en valores, educamos para la paz, la igualdad, la justicia, etc etc, estas situaciones son contradictorias con lo que se pretende enseñar. Pero siempre es más fácil culpar de todo a una cultura que se “automargina” de la sociedad fetén, de los blancos de clase media, que hacen las cosas como deben de hacerse, cumplen con las normas establecidas, no trabajan en mercados ambulantes y llevan a su prole todos los días al colegio. Sin mencionar lo que emocionalmente supone para una niña de 8 años estar sentada en una esquina copiando números mientras sus compañeros y compañeras “aprenden de verdad”.

MATERNIDAD Y FEMINISMOS: UN RETO PARA PODEMOS

(Escribí esta entrada cuando se presentaron las propuestas económicas Navarro-Torres para Podemos. Ahora, las propuestas relativas a igualdad se han plasmado en el documento “Reorganizar el sistema de cuidados: condición necesaria para la recuperación económica y el avance democrático”, de María Pazos y Bibiana Medialdea. Lo que escribí entonces es igualmente válido ahora.)

(Vuelvo otra vez a editar este post. Mis planteamientos sobre Podemos no son ya los mismos. No estoy segura de que eso de “Juntas Podemos” se haya dicho nunca en serio. Se ha abandonado la metodología podemita y se ha tomado los platós de televisión. La verdad, poco queda de aquel Podemos que me convenció en su momento. Es una verdadera pena. Pero ahí queda este post, como un momento de inocencia, de creer que las cosas podían cambiar realmente)

Estamos en un momento de definiciones. Podemos ha abierto una brecha de esperanza en nuestra sociedad que nos ofrece la oportunidad de rediseñar nuestra realidad, y así lo hemos visto muchas y muchos. El plantear un movimiento social donde se pueden escuchar todas las voces ha provocado una oleada de ilusión que nos ha hecho lanzarnos a las calles, a las plazas y a los teclados para decir cómo nos gustaría que fuese nuestra sociedad. 

Las mujeres (no muchas) también hemos llegado a Podemos. Nos ilusiona poder construir desde cero y desde el feminismo un lugar amigable y en el que desarrollarnos políticamente. Sin embargo, es difícil. Las estructuras de participación siguen estando regidas por estructuras ideológicas patriarcales, y las propuestas de igualdad surgen, una vez más, sin habernos consultado a nosotras. 

En este documento quiero hablar de estos dos temas, que están muy relacionados: las propuestas para alcanzar la igualdad en el documento Navarro-Torres y las propuestas para favorecer la participación de la mujer en Podemos. 

El día que se presentó el documento Navarro-Torres, fui testigo de un conjunto de desilusiones con nombre de mujer y madre. Aparecieron en un grupo de mujeres que, sintiéndose excluidas de esa propuesta, alzaron sus teclas para decir “No nos representa”. 

La insistencia de Navarro en su presentación en que la igualdad de la mujer pasaba por la creación de una potente red de escuelas infantiles, así como la inclusión en el documento de la propuesta de permisos de maternidad y paternidad iguales e intransferibles, levantaron muchas dudas en las mujeres que no ven la maternidad como una traba para su desarrollo como ciudadanas y que, por el contrario, desean, por parte del estado, una defensa de su derecho a la misma.

Está claro que distintas mujeres han desarrollado distintas estrategias para enfrentarse a estos estereotipos impuestos. Hay feminismos que han rechazado la vinculación biológica con la maternidad, desmitificandola como un fenómeno cargado de felicidad, amor infinito y entrega desmedida y negando la existencia del instinto materno. Yo agradezco a esas feministas haber tenido la valentía de hablar de la parte oscura de la maternidad en tiempos en los que estas confesiones eran difíciles de digerir por la sociedad. Que expusieran a la conciencia pública que la maternidad no es eso que nos quieren hacer creer y se rebelaran en contra de la imposición de ser madres como parte integrante de su identidad.

Sin embargo, también siento un profundo respeto por las mujeres que han tomado el camino contrario, el de la maternidad consciente y gozosa. Estas mujeres se han rebelado en contra de la violencia que nuestra sociedad impone a nuestras maternidades: la violencia obstétrica, la violencia contra el vínculo, la falta de respeto y la imposición de olvido a la lactancia materna, la priorización de la autonomía de nuestras criaturas frente a la crianza lenta y cuidadosa. Esta forma de concebir la maternidad nos hace exigir algo que, en cierta forma, es un contrasentido: nuestro derecho a ser madres y disfrutar de ello. Ese contrasentido tiene su origen, como no podía ser de otra forma, en las estructuras patriarcales y capitalistas que se imponen a nuestras vidas como personas, como mujeres, como hombres, como niños y niñas, y que dicen que la maternidad siempre es gozosa. En este sentido, esta postura se acerca mucho a la primera, ya que en ambas se reconoce las dificultades a las que se enfrenta la maternidad en nuestra sociedad, la primera negándola, la segunda, negándose a negarla y luchando contra las estructuras que la convierten en un calvario. 

En cualquiera de los dos casos, los modelos de mujer que nos impone la sociedad patriarcal oprimen nuestras ideas y nos enfrentan de una manera estructuralmente impecable. La madre perfecta, horneadora de cup-cakes y amantísima esposa, que ofrece su regazo cálido a su prole, se enfrenta a la mujer independiente, emprendedora y ambiciosa que progresa en su carrera profesional. Los modelos de la buena madre, la mala madre y la no-madre planean sobre nuestras cabezas, y nos piden que les ofrezcamos un lugar donde colocarse para no seguir mezclándose y chocando unos con otros hasta el infinito.

Cuando planteamos que la forma de liberar a la mujer de sus cargas y hacer que alcance la igualdad es institucionalizar en escuelas infantiles a las niñas y a los niños desde las 16 semanas de vida no estamos teniendo en consideración todo lo que esto supone. Sé que muchas mujeres no pueden entender nuestro rechazo a esta medida como forma de liberación femenina. Desde luego, no nos negamos a que existan escuelas infantiles. Nos negamos a que esta sea la medida pensada para todas nosotras y elevada al rango de solución decisiva. Es esta una forma más de invisibilizar nuestro sufrimiento y nuestras dificultades cuando, habiendo decidido amamantar a nuestras criaturas (o no), llega el momento de incorporarnos a nuestro puesto de trabajo y dejar a nuestro bebé en manos extrañas. Este sufrimiento es minusvalorado, nuestras preocupaciones tomadas como quejas ridículas de mamás lloronas y puérperas con depresión post parto y tendentes a malcriar y mimar demasiado a sus bebés enmadrados. Se pasa por alto lo que supone para un bebé de tan solo unas semanas de vida separarse de sus figuras de apego y de su atención individualizada, restando importancia a este suceso vital y observándolo desde un punto de vista adultocéntrico. Y todo ello en aras de una supuesta liberación femenina que se basa en que la mujer se incorpore al mercado de trabajo, igualándolas ante los empresarios al conceder a los hombres permisos de maternidad de igual duración e intransferibles. Nada cambia para nosotras en el terreno de los cuidados, excepto en lo que respecta a la posibilidad de contar con una escuela infantil para dejar a nuestro bebé las 35 horas semanales. 

No me voy a extender aquí sobre la importancia de la forma de nacer, los beneficios de la lactancia materna (recomendada por la OMS hasta los 6 meses en exclusiva y hasta los 2 años complementada) y el papel imprescindible del afecto en el desarrollo de los bebés. Pero sí tengo que decir que una propuesta que habla de la maternidad como el obstáculo para el logro de la igualdad no puede ofrecer soluciones reales a las mujeres, trabajadoras y madres. Porque el hecho de concebir la maternidad como un obstáculo, la anula y nos instala en la creencia de que lo que nos oprime es ser madres y no las condiciones estructurales en las que lo somos.

Por supuesto que la mía es una visión privilegiada, desde el punto de vista de una mujer trabajadora con estudios superiores. Por supuesto que hay situaciones muy diversas, situaciones de profunda pobreza y riesgo social, situaciones de monoparentalidad, situaciones de maltrato, de abandono, de trabajos mal pagados y jornadas interminables. Pero todas ellas tienen en común una cosa: la deshumanización de la tribu. Como señala Carolina del Olmo en su libro “¿Dónde está mi tribu?”, la sociedad nos ha dejado solas en la inmensa tarea de criar y educar.  Las ciudadanas y ciudadanos menores de edad son de nuestra exclusiva responsabilidad, quizás no de derecho, pero sí de hecho. Y esto marca las condiciones de maternaje de una forma decisiva. Incluso si el padre de nuestros hijos e hijas está dispuesto a paternar de forma responsable y corresponsable le es difícil y se le ponen trabas (ver el interesante artículo de El País, “Ellos también crían”). En este sentido, para que haya un cambio real en las condiciones de la mujer en relación a los cuidados de la infancia, la sociedad tiene que asumir su responsabilidad en el adecuado desarrollo de sus niñas y niños. Y esto implica la protección de la maternidad en todas sus circunstancias.

En conclusión, las medidas económicas propuestas por el documento Navarro-Torres parten de la premisa, falsa para muchas de nosotras, de que la maternidad es el obstáculo para alcanzar la igualdad. Las medidas que propone, por tanto, son medidas que solucionan este inconveniente, cambiando a las criaturas de unas manos a otras, es decir, anulando la maternidad. Podría pedir que se tuviesen en cuenta otras medidas que seguro nos satisfarían más, como la prolongación de los permisos maternales durante al menos el tiempo que debe durar la lactancia en exclusiva o la compensación económica por tener un hijo/a y otras medidas económicas de protección a la maternidad que ya existen en otros países. Pero creo que el un lugar como Podemos lo más importante es propulsar un cambio de conciencia y decir que no es la maternidad la que impone obstáculos a nuestra liberación, sino la forma en que la maternidad está situada en la estructura patriarcal. A mí y a muchas mujeres nos gustaría que la maternidad dejase de ser uno de esos temas irrelevantes que quedan relegados a carteras de segunda fila y que solo sirven para lucirse en tiempos electorales y pase a ocupar el lugar que merece entre los asuntos relevantes de un estado de derecho. 

El segundo tema que quiero abordar es el de la participación de las mujeres en Podemos. Es un hecho, ya mencionado en muchos foros y escritos, que hay pocas mujeres que se impliquen en la vida política. Las alarmas han saltado desde el momento en que ha habido que hacer listas paritarias en los municipios. En algunos lugares ha habido que sacar a las mujeres a tirones. Hombres había de sobra, y todos dispuestos a engrosar las listas. 

El punto IV de los principios éticos de Podemos nos compromete a “Promover la igualdad tanto en la sociedad como dentro de Podemos, luchando contra toda forma de racismo, de xenofobia, de machismo o de exclusión por identidad de género u orientación sexual. Además se deberá promover la participación política de las mujeres en Podemos y comprometerse con incluir en los reglamentos de cada espacio la necesidad de habilitar guarderías en los actos y asambleas de la organización”

De nuevo aparecen las guarderías como solución para promover la igualdad. La inclusión de guarderías en los actos colectivos no es una idea de Podemos, desde luego. Las asociaciones de mujeres llevan incluyendo esta medida hace años en sus estructuras organizativas. Pero estas asociaciones también asumen que la guardería no es la solución para todo. Hay bebés y niños que no pueden o no quieren quedarse al cuidado de otras personas, y en el grupo se asume que estos bebés y estos niños y niñas están presentes en el desarrollo del acto, y que estarán llorando, riendo, gritando, corriendo, hablando y jugando sin prestar atención a nuestras sesudas disquisiciones. Por otra parte, estas asociaciones asumen que las reuniones y asambleas a las que las mujeres asisten con su prole deben ser a horas razonables para una familia. Es difícil asistir a una asamblea que se celebra por la noche, un día entre semana, con niños y niñas de cualquier edad, haya o no servicio de guardería. Pero esto, y es a lo que quiero llegar, es un problema de la familia, y no solo de la mujer, como en la redacción del punto IV de los principios éticos se asume de forma implícita. 

Por otra parte, si el problema para la participación de la mujer en la vida política estuviese restringido a su maternidad, las asambleas de Podemos estarían llenas de mujeres sin hijos, cosa que, desde mi experiencia, no es cierta. Por lo tanto, deberíamos comenzar a indagar cuáles son los motivos del desinterés de las mujeres en general por participar en estos ámbitos de manera activa y trabajar por cambiar estas circunstancias. La invisibilización femenina, la trivialización de nuestras propuestas, el concepto de liderazgo y las formas de debate en los espacios públicos tienen mucho que ver en la exclusión de lo femenino. Y cambiar esto requiere un trabajo sostenido  en la inclusión de formas alternativas de interacción y la potenciación de la muy necesaria sororidad.

En conclusión, hemos de ser nosotras las que potenciemos el cambio. Hemos de dar un paso al frente y tirar de nuestras hermanas para que ellas también lo den. No esperemos que nuestros compañeros en los círculos nos den permiso para participar. Trabajemos en la corresponsabilidad de nuestras parejas para asumir su parte en los cuidados de niños y niñas. Trabajemos en nuestros círculos para que asuman la presencia infantil en las asambleas. Trabajemos en nuestros grupos para cambiar las formas de debate y apoyemos las intervenciones activas de otras mujeres que se acercan tímidamente a participar. Y asumamos cargos de responsabilidad que nos están vetados por costumbre. 

¡¡Juntas Podemos!!

Esos hombres


martinez-caminoLas madres y padres conscientes e implicados/as y responsables en la crianza de sus criaturas, desde que surge Internet como herramienta de comunicación , se han constituido en una compacta comunidad que está cambiando mentalidades y actitudes. Podemos decir que somos afortunadas y afortunados de poder compartir con esta comunidad nuestras dudas, desvelos, dificultades, alegrías, ideas, etcétera.

Pero con la llegada de la maternidad 2.0 aparecen un tipo de especímenes del género masculino que en seguida vais a reconocer. Son los hombres que todo lo saben y que se permiten darnos consejos a las mujeres y decirnos, desde su encumbrada autoridad de machos, lo que debemos hacer. Estos hombres suelen presentar el siguiente perfil:

– Se presentan como defensores radicales de la infancia y la crianza respetuosa.

– Son defensores a ultranza de la lactancia materna, el colecho y otras prácticas ligadas a este tipo de crianza

– Y aquí viene el problema: se dedican  a aleccionar a diestro y siniestro a las mujeres para que cumplan con los requisitos que ellos creen imprescindibles para seguir estos preceptos.

Por ejemplo, según ellos las mujeres que trabajamos estamos engañadas, somos unas egoistas y estamos abandonando a nuestros hijos e hijas a su suerte. A ver, no lo dicen así de claro, pero de sus intervenciones se puede derivar esta conclusión. Normalmente, su pareja no trabaja y cuida a sus hijos/as a tiempo completo, opción totalmente respetable. Pero cuando planteas que tu opción ha sido otra, los ataques arrecian. No eres libre, eres una inconsciente, no te has planteado con responsabilidad lo de la crianza, etcétera etcétera. Es indiferente lo que plantees en el ámbito de la crianza, que hayas mantenido una lactancia prolongada, que hayas colechado, da lo mismo: lo tuyo no vale y punto. 

Esta postura absolutamente irrespetuosa da por supuesto que todas las mujeres tenemos una relación duradera y estable con el padre de nuestras criaturas, y que podemos dejar de trabajar para ocuparnos de la casa, mientras él trabaja y trae los alimentos. También da por supuesto que todas las familias son biparentales. Además, rechaza la opción de que la conciliación es posible, y desprecia a la mujer trabajadora por sistema, culpándola de todos los males de nuestra sociedad. Y, por supuesto, da por hecho que las mujeres están hechas para el cuidado, y si optan por el trabajo, deben renunciar a tener descendencia.

Cada vez me producen más rechazo esta postura neomachista y patriarcal disfrazada de buen padre preocupado por la infancia. Los hombres que se meten en los grupos de mujeres a decir qué tenemos que hacer nosotras para criar bien a nuestras hijas e hijos, sencillamente, SOBRAN. Empiezan diciendo que lo de quedarse en casa puede hacerlo cualquiera de los dos, padre o madre, (dando por supuesto, como ya he dicho, que todas las familias son biparentales y nucleares), pero pronto se destapan y nos aleccionan sobre lo que debemos hacer NOSOTRAS. Se disfrazan de buenismo proponiendo vidas austeras y anticapitalistas dedicadas a nuestra prole.

Chicos, la vida tiene muchos caminos. No nos intentéis estrangular imponiéndonos el vuestro a través del juicio y la amenaza de los mil males que caerán sobre nosotras por trabajar. Hace tiempo que hago oídos sordos a vuestras peroratas por Internet, y, por supuesto, no compro ninguno de vuestros libros. Pero creo importante que las mujeres seamos conscientes de la existencia de estos individuos. Mujeres, somos, sois dueñas de vuestras decisiones. No os dejéis maltratar por personas ajenas a vuestra vida y condiciones. No os dejéis culpabilizar, haced oídos sordos a esos curillas 2.0 que intentan meterse cual virus en nuestras mentes y sembrar discordia. Nuestras decisiones son nuestras y de nadie más. Y los predicadores, a los púlpitos. 

Crear escuelas infantiles: la solución para todo

En los últimos días estoy escuchando demasiadas veces, para mi gusto, que para que la mujer pueda incorporarse al mercado de trabajo y participar activamente en la vida política la solución son las escuelas infantiles y las guarderías. Y la verdad, no lo entiendo. Nunca he sentido que mi traba para trabajar fuesen la falta de escuelas infantiles, ni he echado en falta las guarderías en las reuniones políticas. No digo que no deban existir. Cuando las he tenido que usar, las he usado. Pero para mí es mucho más importante tener una pareja implicada con sus hijos e hijas que una escuela infantil a la puerta de mi casa. Quizás porque he tenido la suerte de tenerlas, he podido trabajar y tener hijos. Porque había otra persona, además de yo, que era responsable de ellas y ellos. Pero no: el discurso persiste. QUEREMOS IGUALDAD PARA LA MUJER, y para ello proponemos contratar personas que hagan lo que ellas van a dejar de hacer cuando trabajen. ¿¿¿Perdona??? Eso no es igualdad. Con esos planteamientos seguimos igual o peor que estábamos. No solo tenemos que trabajar, sino que ahora tenemos que dejar a nuestros hijos e hijas en manos de extraños. 

Quizás Ana Matos se sienta estupendamente cuando ve que otra persona viste a sus hijos por las mañanas. Pero a la mayoría de las madres (y a muchos padres) les gusta ocuparse personalmente de sus hijos e hijas. Los hijos no deberían ser considerados como un estorbo para nuestra “liberación”. Al menos a mí no me gusta ver así el asunto y me molesta profundamente cuando leo o escucho estos planteamientos. Mis hija y mis hijos no son un estorbo para que yo me “realice”. Lo que es un estorbo es esta sociedad rancia y patriarcal que me sigue considerando como cuidadora por excelencia y responsable única de ellos y ella. Las escuelas infantiles y las guarderías no solucionan el problema de la desigualdad. Son una herramienta que las familias podemos usar en caso de necesidad. Pero nuestras hijas e hijos necesitan de una atención permanente que es mucho más satisfactoria cuando se comparte con personas que les quieren igual que nosotras y que no perciben un salario por cuidarles, por ejemplo sus padres. 

Incluso cuando el padre no está presente, las escuelas infantiles y las guarderías siguen siendo un parche. Dejar a un niño durante 8 horas o más en un establecimiento tiene consecuencias. Eso solo lo sabemos quienes lo hemos tenido que hacer. Los niños no salen radiantes de felicidad, y les recogemos preguntándonos qué habrá pasado todo ese tiempo, qué habrán vivido, cómo les tratarán, si habrán llorado mucho, y la culpabilidad preside esos años con la sensación de que les hemos abandonado a su suerte en un mundo hostil. En cuanto a las guarderías en las reuniones políticas, yo prefiero que la gente se acostumbre a ver a niños y niñas en brazos de sus madres y padres o correteando por la sala que tener que luchar para que un niño se quede con una persona que no conoce mientras yo debato con un grupo de adultos.

La lucha por la igualdad va mucho más allá de la creación de escuelas infantiles, sí. Las mujeres que no tienen hijos no son más iguales que las que sí los tenemos. Se ven acosadas por su entorno por la imperiosa necesidad de hacerlas comprender que deben tenerlos para sentirse completas. Y mientras, a las que los tenemos, no se nos reconoce el derecho a vivir nuestra maternidad con plenitud. Incluso desde algunos espacios feministas se nos recrimina el querer estar con nuestros hijos el mayor tiempo posible, como si eso fuese una renuncia a nuestra condición de mujeres pensantes, como si fuese imposible disfrutar amamantando, criando, educando, dando vida. ¿Qué hay de ese aumento del permiso de maternidad? ¿Se nos ha olvidado? ¿Ahora los países nórdicos no son la referencia?

Mucho tiene que cambiar la perspectiva para que nos sintamos iguales. Ahora mismo, con estas propuestas, me siento de vuelta al periodo de la Revolución Industrial: la mujer a la fábrica y los niños a las escuelas/inclusas. ¿Para cuando una humanización de la infancia? No nos basta con que nos ofrezcáis lugares en los que dejar a nuestras hijas e hijos. Además, queremos una corresponsabilidad del hombre en su crianza y una concienciación de la sociedad de que los niños y niñas no son estorbos, sino brotes verdes que hay que regar con cariño y responsabilidad.