Mujeres

LAS FEMINISTAS DE ANTAÑO Y EL BEBÉ DE BESCANSA

  

Las feministas de antaño nos dicen a las madres feministas de ahora que estamos intentando dar marcha atrás. Que nos consiguieron guarderías y estamos escupiendo sobre ellas. Que ellas consiguieron que fuésemos mujeres liberadas que rendían en el trabajo y nosotras no hacemos más que lloriquear por tener que abandonar a nuestros hijos e hijas en una institución 
Muchas gracias, señoras feministas de antaño, por todo lo que hicieron por nosotras. No sé si tendrán o han tenido alguna vez hijas adolescentes. Llega un momento que empiezan a vivir su vida de adultas y esa vida está a décadas de la nuestra, y es diferente. Nuestras soluciones dejan de funcionar para ellas. Tienen problemas diferentes en tiempos diferentes. Ya no estamos en los 80. Me imagino lo que debió ser madre en los 80, en los 70, en los 60, pero ese tiempo ya pasó. Los problemas son otros. Ya no hay vuelta atrás, sino vueltas de tuerca. 
Lo que sí es verdad es que las soluciones de antes son parte de los problemas de ahora. Institucionalizar a nuestros hijos e hijas a los 4 meses se nos hace cuesta arriba. Nosotras, que venimos de maternidades con lactancias de 3 meses y pelargón a cucharadas mientras nuestra madre (y nuestro padre) se iba a trabajar y no sabía dónde dejarnos hemos querido hacer las cosas de forma diferente. Hemos reaccionado ante esa brutal ruptura del vínculo que supone dejar a tu bebé en manos desconocidas que le van a dejar llorando en una habitación de lactantes desconsolados. Hemos querido vivir nuestra maternidad y hemos querido que nuestras hijas e hijos tengan cantidad de calidad y calidad de cantidad. Pero también hemos querido estudiar, trabajar, leer… Vivir. Lo hemos conseguido a medias, pero somos conscientes de que nuestro objetivo es, en parte, contribuir a un mundo más humano que recupera la infancia para ponerla en el centro. 
Ser madre no es un trámite. “Cuando llegas a los 30 debes ir pensando en que se te pasa el arroz” es un mantra que machaca el cerebro de muchas mujeres. Y luego, cuando los tienes, te das cuenta de que no es como te contaron. Que los niños y las niñas requieren gran cantidad de energía y amor para crecer emocional y físicamente. Y que la conciliación es un cuento que nos contaron alguna vez y que ni existe ni existirá en una sociedad que no respeta a sus criaturas. Nosotras hemos traído a la conciencia femenina que la presión a la que nos someten para ser madres es una trampa. No queremos ser madres así, como si fuésemos maquinaria que, una vez expulsado el producto, sigue funcionando como si nada hubiese pasado.
¿Y nuestros maridos? Señoras feministas de antaño, en algunos casos, el marido ni está ni se le espera. En otros, la conciliación es tanto problema para nosotras como para ellos (sin contar con la lactancia, que eso ellos no pueden hacerlo y nosotras sí, si queremos). Y en otros casos, el marío sale de casa sin preguntarse qué va a pasar ese día con sus hijos. Espetar en la cara de una mujer que va con su bebé “Oye guapa, ¿dónde está tu marido?” es culparnos a todas de la ausencia del progenitor biológico de la criatura. Y eso una feminista no lo hace, señoras feministas de antaño.

No es teta todo lo que reluce

  

Yolanda era una niña de 6 años. Como yo. Era mi mejor amiga. Mi única amiga. Rosi era la matona de la clase. Ella y sus secuaces esperaban a Yoli a la salida para pegarle. Pero yo le acompañaba, y como era alta para mi edad, y además era la hija de la maestra en una pequeña escuela rural, le dejaban en paz. No entendía por qué nadie quería ir con ella. Ni lo entenderé nunca. 

La única vez que estuve en casa de Yolanda probé las patatas cocidas por primera vez. Nunca más una patata cocida me ha sabido tan a gloria como aquella. Quizás porque su madre me la ofreció como si de un gran tesoro se tratase, como ofreciéndome lo más valioso que había en aquella casa. La casa estaba construída aprovechando una cueva. Era oscura y sin ventanas. No estuvimos mucho tiempo allí y solo recuerdo la ropa negra de su madre y el sabor de esa patata. Después corrimos otra vez a la calle y jugamos a las maestras. 

Yo siempre hacía de maestra y Yolanda era la alumna. Yo me sentía bien en el rol dominante, y ella parecía disfrutar del rol obediente. Hacía todo lo que yo le decía y disfrutaba tanto obedeciendo como yo mandando. Éramos felices juntas. La echo de menos. Un día, cuando ya nos habíamos ido a vivir a Madrid, le pregunté a mi madre por ella. Todos se callaron y se me quedaron mirando con cara de circunstancias. Yolanda había tenido cáncer y había muerto. Nadie me había dicho nada hasta entonces. Sentí que mi infancia se diluía en un instante. Hasta entonces, siempre había supuesto que algún día volvería al pueblo y le daría una sorpresa llamando a la puerta de su casa. No contemplé la posibilidad de no volver a verla nunca más.

Muy pocas veces he vuelto a sentir una amistad como aquella. Quizás mi memoria infantil magnifique los pocos momentos que pasamos juntas, pero esos momentos fueron auténticos. Sin rencillas, sin envidias, sin reproches, sin luchas de poder. Ella aceptaba mis rarezas. Yo aceptaba las suyas. A partir de entonces, el mundo cambió a peor. Nunca me he manejado bien entre mujeres. No comparto esos códigos. No me gustaba entonces (y mucho menos ahora) seguir a las divas y apoyar sus maniobras de acoso y derribo a los objetivos elegidos por ellas. Tampoco me gustaba convertirme en diva y tener seguidoras a las que manipular a mi antojo: odio la adulación y los aplausos de pié. Pero es realmente difícil encontrar un grupo de mujeres con las que entablar una relación igualitaria. 

Desisto. Paso de vosotras, chicas. Así, en general. Hay honrosas excepciones, eso no lo puedo negar. Pero, por lo demás, el paraíso prometido de sororidad, energía femenina entrañable y hormonas del amor ha resultado ser un fraude. Ya no me creo nada. El feminismo siempre ha estado presente en mi vida, y lo seguirá estando, pero está cambiando de ola. No podemos esperar que cambie la otra mitad de la población y nosotras seguir siendo como somos, actuando como actuamos con nosotras mismas. Es una mierda. De verdad, nos lo tenemos que hacer mirar. Así, como concepto. 

Dar la teta es un placer

  

Después de la entrada de ayer, me quedó la impresión de que estaba hablando de la maternidad como una terrible tortura que nos esclaviza. Y a veces es así, no nos vamos a engañar. Y no solo en los primeros años, sino durante toda nuestra vida. Pero la verdad es que sarna con gusto no pica, y hay placeres que las madres (y los padres, de vez en cuando) no deberían perderse, ya que tienen la oportunidad de experimentarlos. 

Ya sé que está de moda decir que amamantar es un tremendo sacrificio. Que es dificilísimo instaurar una lactancia exitosa, que lo de las grietas es terrible, que si el bebé no se engancha, que si no gana peso. Un no parar. Bueno, ya tenéis muchas entradas sobre esa terrible faceta de la lactancia. Un horror, una tortura. Pero yo os voy a hablar de la parte buena. 
Dar la teta es un placer. Cuando sabes cómo funciona el pecho de una mujer y tienes muy claro que quieres amamantar a tu bebé, cuando todos los hados se conjuran para que las cosas salgan bien y asumes que puede que salgan grietas y que duelan unos días, todo irá sobre ruedas. Y lo disfrutas. A tope. 
Uno de los requisitos para disfrutar de la lactancia es no hacer caso de mitos y leyendas. Antiguamente, en el campo corría el rumor de que las culebras entraban sigilosamente en el cuarto de las madres lactantes mientras éstas dormían y robaban la leche de sus pechos. Las criaturas comenzaban a perder peso y pasaban hambre. MENTIRA. Si eso fuese así, el pecho de la mujer produciría leche de sobra para su bebé y para la culebra. Si conociésemos cómo funcionan nuestros pechos, dejaríamos de creer esas estúpidas leyendas y dejaríamos de decir eso de “me quedé sin leche“. No, el pecho sano de la mujer sana da leche para aburrir. Si maman dos bebés, produce para dos bebés. Y si se saca leche, produce para el bebé y para donar al banco de leche. Somos mujeres fontana. 
Otra buena noticia es que, a partir del segundo mes, las cosas van rodadas. Puedes salir con tu bebé a cualquier sitio sin tener que preparar miles de potingues y llevar cientos de trastos. Con tus tetas tienes suficiente. De aquí para allá, cual vagabundos, puedes ir al cine, al teatro, a museos, al parque… donde quieras y donde te permitan. Hay veces que la gente se molesta por verte con la teta fuera. A mí nunca me pasó, y mi espíritu exhibicionista disfrutó durante 4 años escrutando las miradas curiosas de las y los espectadores. 
¿Y el reflejo de eyección? ¿Qué decir del reflejo de eyección? Durante el primer año, la leche sale sola de los pechos casi con solo mirarlos. A veces, un fino hilo de leche sale disparado del pezón mojando la cara de los curiosos que se pasan por ahí a husmear. Como en la foto que ilustra este post, nuestros pechos rezuman vida y se convierten en una pistola de agua. 
Pero lo mejor es su función de consuelo. ¿Que el niño se cae? Teta ¿Que el niño tiene sueño? Teta ¿Que el niño se coge una rabieta? Teta. La teta lo soluciona todo. Es un instrumento mágico que a todos gusta y a todos calma. Vale para todo y para todos. Tenemos a nuestro alcance la tecnología más sofisticada para conseguir la paz mundial. Hay que aprovecharla. 
Que sí, que dar la teta es un placer. Que es parte de nuestro ciclo sexual, no lo vamos a negar. Que el cuerpo se siente pleno y el bebé crece sano y rollizo. Podéis ver en esto que digo toda la perversión que queráis ver: es vuestro problema. ¿Podréis vivir con ello? 

La educación de adultas

 

La educación siempre implica asimetría. De una forma u otra, el que dice educar se cree en posesión de la verdad absoluta. Y eso no es una máxima educativa, sino una tara de nuestra comunidad: si hacemos caso a las teorías que nos muestran cómo se construye el conocimiento, las personas son agentes activos que desarrollan sus propios caminos de sabiduría.

Pero, por otra parte, el aprendizaje se produce dentro de una comunidad que tiene una historia y unos mecanismos de aculturación ya diseñados y preparados para actuar. Nuestra mente no navega libremente eligiendo de aquí y de allá la información, procesándola y sacando conclusiones. Y quien crea eso, es que se ha tragado las narrativas dominantes de la sociedad en la que vive (paradojas de la vida). Por lo tanto, actuamos dentro de un marco que simula libertad, pero en el que las opciones están tácitamente delimitadas a un reducido subconjunto. Quien elige acciones que no están en el catálogo, tiene reservada la cárcel, el manicomio o el ostracismo, así está organizado este intrincado sistema. Luego hay acciones más aceptadas y mayoritarias y otras acciones que son minoritarias y más outsiders, pero que son aceptadas como males menores, como rarezas necesarias con las que compararse y sentirse normal y miembro de pleno derecho del grupo. Todo esto si mantenemos constante el nivel adquisitivo, que es a la libertad de elección lo que el rozamiento es a la física.

En este contexto, la madreidad o la forma de ser madre es un espacio complejo. En este espacio, distintos agentes juegan papeles de opresión ya antiguos que van cambiando de vestido para disfrazarse, para que la gente que ha aprendido a distinguirlos y ha desarrollado formas eficaces de resistencia vuelva a caer en sus redes. Y uno de los agentes de opresión más eficaces en el espacio de la madreidad son las propias madres. Es importante que aprendamos a analizar y con ello destrozar el mecanismo opresivo del que formamos parte y con el que se mantiene el sistema cómodamente, mientras nosotras seguimos controlándonos unas a otras, ejerciendo de jueces y opresoras de nuestras iguales.

Cuando digo Guerra de las Madres, todas sabemos a lo que me refiero. El hecho de que a las mujeres, después de una larga postguerra, hayan vuelto a asomar el hocico en el mundo del trabajo y representen el sector de la población con mayor índice de estudios superiores (siempre estamos hablando de ese primer mundo privilegiado en el que habitamos) está provocando quiebras en el sistema que hay que controlar. Y nunca hay mejor forma de controlar a los elementos que haciéndoles creer que las decisiones que toman se generan en ellos mismos. Y si además, estos elementos se erigen en controladores y reguladores de los de su propia especie, tenemos un sistema que se autorregula autocensurándose. Un sistema convencido es un sistema sólido. Hace tiempo que se sabe que las medidas coercitivas pueden provocar el efecto contrario al deseado: la rebelión.

Resulta que la vida fuera de casa es excitante, estimulante, nos hace sentirnos libres e importantes, independientes (siempre y cuando tengamos en cuenta el factor “rozamiento”). Esto hace que, cada vez más mujeres, consideren que su tiempo está mucho mejor empleado en formarse, divertirse, trabajar y participar en distintas esferas de la vida social pública. Este planteamiento excluye el tiempo que se invierte en la maternidad. Cada vez hay más mujeres que deciden libremente no ser madres y dedicar ese tiempo que requiere criar a un bebé (o a varios) en otras actividades, antes exclusivas de los hombres. Pero también existen las mujeres que “lo quieren todo“: ser madres y participar en la vida pública. En ese “lo quieren todo” se encierra una de las trampas del mecanismo de opresión. ¿Sólo las mujeres quieren tener hijos? ¿Los niños y las niñas son solo nuestros? Parece que nosotras somos las únicas que estamos en la disyuntiva de “elegir” entre una vida privada y una pública. Si es así, conclusión: LOS NIÑOS Y LAS NIÑAS SON NUESTROS. Evidentemente, la respuesta a esta conclusión es un gran SÍ, JÁ. Un ejemplo de ello es la lucha encarnizada que emprenden las personas partidarias de la custodia compartida impuesta, la existencia de una educación obligatoria o el control sanitario tácitamente impuesto por el sistema de salud pública.

Por tanto, los niños son nuestros sólo en tanto en cuanto cumplamos los preceptos que la sociedad nos impone, y sólo nosotras hemos de asumir las consecuencias de tener hijos en una sociedad como la nuestra: ver reducido el tiempo posible de participación en la vida pública. Todo esto no es sólo sobre nosotras, claro está. Todo esto es la consecuencia de una estructura social en la que los niños están separados de la vida social pública de los adultos y en la que la división del trabajo está estrictamente establecida: los hombres son los encargados trabajar, de ocupar cargos públicos, de construir y de mantener  a la familia económicamente, mientras que nosotras somos las cuidadoras y sustentadoras del hogar.

En este sentido, puede haber grandes transgresiones (decidir no llevar a los niños a la escuela y educarles en casa, dejar de vacunarles, darles una educación religiosa alternativa, no casarse y tener hijos sola, etcétera) o transgresiones menores permitidas (darles de mamar hasta los 4 años o no darles de mamar nunca, dormir con ellos hasta los 5 o ponerles una habitación propia nada más nacer, ponerles chupete hasta que vayan al colegio o un collar de ámbar para el dolor de encías, divorciarse, etcétera). Por supuesto, las formas de criar favorecen a distintos intereses económicos y estructurales que imagino no escapan al entendimiento de las personas que hayan leído hasta aquí. Y, por otra parte, cuando estas decisiones son tomadas por mujeres cultas, formadas, y con cierto nivel adquisitivo, es más difícil desterrarlas al ostracismo, como ocurre con las prácticas de las “malas madres pobres”. Estas mujeres argumentan, crean asociaciones, se unen para protestar, escriben blogs. Son un frente a tener en cuenta. Por eso, tener a estas madres enfrentadas en dos grupos es bueno para el sistema, pues ellas mismas se convierten en su propio control.

No voy a poner en duda que, en el ámbito de la crianza, existen cuestiones éticas que están relacionadas con el cuidado de los seres más vulnerables: los niños y las niñas. Sin embargo, estas cuestiones éticas no pueden ser resueltas emprendiendo cruzadas particulares. Hacer responsables en exclusiva de las decisiones que se toman en la crianza a las madres, alimenta la falsa idea de la libertad en la toma de decisiones, de la igualdad de condiciones contextuales (redes de apoyo, solvencia económica y salud mental y física) y sigue situándonos como responsables exclusivas del cuidado de la infancia sin serlo en realidad (de hecho y de derecho). Ignorar que la crianza implica una inversión vital excesiva en un entorno que fomenta la crianza intensiva pero no apoya a las personas que, supuestamente, tienen que llevarla a cabo, es una postura cruel e injusta hacia nosotras mismas, además de ineficaz. Las madres ni estamos solas en la toma de decisiones, ni estas decisiones dependen de nosotras al 100%. Las madres comemos, respiramos, sufrimos, amamos, lloramos, tenemos derechos y deberes y somos personas que merecen respeto. Ignorar si todas estas necesidades se satisfacen para exigir que maternemos de una forma u otra es la postura más absolutista a la que pueda estar sometida una persona.

Esto no es un anuncio de leche en polvo. Esto es una reflexión sobre la inutilidad de la gerra de las madres, que existe. Lo podemos comprobar dando un breve paseo por los múltiples foros de discusión sobre maternidad(es) que existen en Internet. Los juicios sumarísimos solo producen resquemor. Ignorar nuestras necesidades solo produce tristeza y depresión. Ignorar nuestros derechos nos sigue situando en una posición social inferior y vulnerable. Si somos mujeres empoderadas, reconozcamos el derecho de las demás a elegir su propio camino de empoderamiento. Esto no va a hacer que haya menos niños y niñas que disfruten de la lactancia materna o del colecho, va a hacer que haya más mujeres con un respaldo suficiente para dejar los yugos impuestos. Y, para conseguir esto, somos nosotras mismas las que hemos de reconocer estos yugos.

 

¿Lo habrá dicho por mí?

  

Ya creo que queda muy poca gente que no esté de acuerdo con que las relaciones que se entablan en las redes sociales SON relaciones reales. Y si no, pensad en las posibilidades que nos han abierto Facebook, Twitter, Tumblr, Whatsapp, Tuenti, etcétera, para conocer gente nueva y establecer desde relaciones ligeras de buenos días y buenas noches, me gusta lo que publicaste, qué guapa estás en esa foto, hasta relaciones de amistad más profundas e incluso relaciones amorosas. 

Pero lo más interesante de las relaciones en las redes sociales (RRSS) es que estamos gestando las normas implícitas que las regulan partiendo de cero. Mientras que la interacción cara a cara ya es una vieja conocida y aprendemos sus normas desde pequeños, inmersos en nuestro grupo social, las RRSS no llevan más de 10 años en nuestras vidas y la de toda la humanidad como fenómeno de masas. Por tanto, vivimos una época histórica en la que estamos gestando las normas de la interacción en redes a partir de un proceso de ensayo y error. 

La red social que más uso es el Facebook. Aunque no soy tan ingenua para creer que mi intimidad está a salvo en mi muro restringido a mi grupo selecto de contactos, sí tengo una percepción mayor de control sobre quién ve mis publicaciones. Hace tiempo decía que Facebook es como un paseo en bicicleta y Twitter como un viaje en metro en hora punta. Poco a poco he ido aprendiendo que eso no es así del todo. Yo que me creo que todo el mundo es bueno, no había pensado que las publicaciones de mi muro podían viajar convertidas en capturas de pantalla hasta el fin de la galaxia. Pero sí: la captura de pantalla existe para algo. Los rumores, en el mundo de las RRSS, van avalados por pruebas físicas y escritas del propio puño y letra. Así que aprendí la máxima: nunca publiques nada que no quieras que se lea. 

Otra cosa que he tenido que aprender en Facebook es que nuestros muros, de vez en cuando, se convierten  en un sugerente test de Rorschach. Si una de tus amigas publicó el día anterior sobre la caza del cangrejo rojo y tú, sin haber visto esa publicación, publicas algo en contra de la caza del cangrejo rojo, ten por seguro que ella va a pensar que esa publicación va por ella. Aunque tú normalmente tengas la costumbre de ir de cara y decir lo que piensas aquí y alla: da lo mismo. Tu publicación se convierte, automáticamente, en una pseudomención. Y ya no te digo nada si esa misma publicación, la del cangrejo rojo, la ve la amiga de una famosa cazadora de cangrejos rojos a la que tú conoces de oídas pero que no tienes entre tus contactos. ¡¡Una pseudomención en diferido!! Albricias. La cosa se complica. Y puede ser mucho peor si entre tus contactos hay personas que no sintonizan mucho con la cazadora de cangrejos y se lían a dar al me gusta a tu publicación. En fin: la complejidad de las redes sociales. 

Esa inocente publicación contra la caza del cangrejo rojo, que era sincera, que surgió de tu más hondo sentimiento ecologista, se convierte en una fuente de conflictos. Pueden pasar días en los que el ambiente de tus noticias se enrarece y tus contactos no dejan de compartir carteles alusivos de El Circo (Boom) y mensajes breves y crípcicos que no logras descifrar del todo pero que contienen, casualmente, las palabras cangrejo, rojo o caza. Solo queda dejar pasar la tormenta. No puedes compartir esa sensación extraña que te queda con todo esto, porque posiblemente sea todo una paranoia. Y de hecho, lo es. 

Digamos que así funciona un poco la profecía autocumplida: tú no sabes muy bien de qué va el rollo y por qué a toda la peña le ha sentado tan mal la publicación sobre el cangrejo rojo, pero después de tanta inquina, te quedan ganas de seguir publicando sobre el cangrejo rojo aunque solo sea para joder. Y además, si tienes gracia y sentido del humor, lo harás de tal forma que provoque la risa de las enemigas de la cazadora y la ira en sus amigas. 

Ahora, para rizar el rizo, tendría que decir algo sobre la disonancia cognitiva y sobre la indefensión aprendida o sobre la psiquiatría como control social, todo ello ligado a la hermeneútica, pero creo que con lo que he dicho, queda claro mi argumento: la dinámica relacional de las redes sociales está por construir, y podemos decir que somos pioneras en establecer sus normas tácitas y ponerlas a prueba. 

Carta de una mujer al marido de la pediatra

Querido marido de la pediatra,

Muchas de nosotras leímos tu carta. Sí, la del otro día. Esa que escribió tu mujer por ti.  Esta, concretamente.

Bueno, lo que te quería decir es que no hacía falta que dirigieses las carta a todas las mujeres. Igual que tú crees que hombres y mujeres tienen sentimientos diferentes hacia la crianza, entre nosotras hay también diferencias. Quizás ese arreglo que propones funcione entre tu mujer y tú, no lo dudo (ella misma ha escrito esa carta como un grito de autoconvencimiento) pero lo cierto es que no todas las mujeres aceptarían tus argumentos.

Empezando por el final, a ver, a nosotras también nos gusta el sexo. Nunca se nos pasaría por la cabeza que no quieres a tus hijos por querer tener “sexo decente” con tu mujer. Pero si eso es así en tu caso, quizás deberías preguntarte por qué ella piensa eso cuando le sugieres una escapada. A nadie le amarga un dulce. Una escapada de fin de semana con tu amante-bandido es una propuesta a la que no se debe renunciar. ¿Por qué ella pone peros? Quizás haya algún motivo en el que tú no hayas pensado. Porque, como tú mismo dices, la visión que tenéis de la crianza es diferente. Yo que tú indagaba un poco, en vez de hacerte el ofendido y escribir una carta a todas las mujeres. El sexo, ya sabes, cuando es cosa de dos es más sexo. Y si en vez de sexo decente se puede tener sexo salvaje, pues mejor que mejor.

Intuyo por lo que dices que tu mujer se queja de tu falta de implicación en la crianza. Criar a un niño o niña, en esto estaremos de acuerdo aunque tengamos visiones diferentes (según tú), supone una implicación importante en todas sus actividades de la vida diaria. Y exceptuando la lactancia, que solo puede poner en práctica alguien con un par de tetas (aunque te sorprenderían algunos documentos antropológicos), el resto de las actividades son aptas para mujeres y hombres. No creo que en nuestra carga genética como mujeres vaya incluido un radar nocturno (lo sé, porque he conocido a padres que se levantan por la noche a atender a sus hijos) ni que en la vuestra vaya incluida la del padre enrollado que hace reír a sus hijos hasta reventar (de hecho, mi hijo dice que soy muy divertida, por algo será). Por eso, no estaría de más que te preocupases por la salud dental de tus hijas y por su limpieza. Ir con piojos al colegio es algo que sabemos, por experiencia, crea grandes epidemias incontrolabres. Hay tutoriales en internet que explican cómo eliminarlos eficientemente: te aconsejo que las busques porque con más de un/a niño/a en casa la tarea se hace muy cuesta arriba para una sola persona. Bueno, y además tu mujer tiene un blog en el que habla del tema: léela, préstale atención por una vez y ponte manos a la obra.

En cuanto a la organización de tu día a día, el que tú eligas dejar tiempo para hacer deporte y salir con tus amigos está muy bien, hay que tener vida más allá de la familia. Pero piensa que esa organización que te haces debe dejar la posibilidad de que tu pareja se organice también para tener un tiempo libre proporcional y usarlo como a ella le parezca. Si ella elige ir a hacer deporte, irse de compras, pintar o hacer el pino-puente ¿estarás tú ahí para quedarte con lxs niñxs? ¿O todos los momentos libres te los has cogido tú? Es una pregunta que te tengo que hacer, porque en tu carta se intuye que algo de eso hay. Pero si no es así, adelante con tu tabla diaria de ejercicios y tus cañitas del medio día: recuerda que la cena hay que hacerla todos los días. Y eso no va inscrito en el instinto maternal, por mucho que nos quieran convencer de lo contrario.

Mira, hay cosas que te disculpamos, porque, desengáñate, no son exclusivas de los hombres: olvidar las fechas de los cumpleaños, no saber combinar colores, decir palabrotas y ocuparte de tus necesidades. Nosotras (algunas) también somos así, aunque no lo asumimos como una característica constitucional de nuestra naturaleza y sabemos que a veces se puede hacer un pequeño esfuerzo para adaptarse a las circunstancias. Por eso, te animo a hacer un pequeño esfuerzo. Siéntate con tu mujer y organiza con ella la vida doméstica. Repartios las tareas, que son muchas, de manera equitativa. Es justo y necesario. Ella tendrá tiempo para ocuparse de sus necesidades y tú te responsabilizarás de tu hogar y de tus hijas. Seguro que vuestra vida de pareja mejora y tenéis ocasión de hacer esa escapada rural planificada entre los dos, como debe ser.

¿Lo entiendes ahora?

Comemos: es el problema

Ya han pasado años desde que dejé de amamantar. Desde entonces, lejos de sentirme liberada, el trabajo para alimentar a las bocas de la familia numerosa que me he labrado ha ido en aumento. Me imagino que a las demás os pasará lo mismo. Sin embargo, aunque podemos encontrar cientos de luchas encarnizadas en internet entre las detractoras y las partidarias de la lactancia materna, no encuentro por ahí las discusiones sobre si seguir alimentando a tu prole cuando llega una determinada edad o dejarlos a su suerte (el típico “dale 20 duros y que se compre lo que quiera”).

Esta ausencia de referentes me tiene bastante confundida. Veamos: son 7 días a la semana, 2 comidas principales al día (vamos a suponer que el desayuno y la merienda son cosas que ya se saben hacer ellxs solxs), es decir, 14 sentadas en una mesa llena de alimentos que previamente han sido comprados y cocinados. Esto para una familia como la Killer (6 personas, persona arriba, persona abajo) hace un total de 84 platos a la semana que tienen que estar llenos, eso sin contar que la mayoría de las veces comemos primero y segundo.

Y me pregunto yo… ¿qué hacen tantas y tantas mujeres discutiendo sobre lactancia sí, lactancia no, la lactancia me esclaviza, la lactancia me deja las tetas caídas, la lactancia bla bla bla? A ver: la lactancia dura lo que dura. Después, al niño o a la niña hay que darle de comer. Y lo del comedor escolar, que en un momento determinado te saca de un apuro, es un sitio inhóspito en el que los niños/as comen mal y pasan horas alejados del calor de su hogar. Yo lo usé por un tiempo, pero me pasaba la vida haciendo malabarismos para dejarles el menor tiempo posible, les sacaba del colegio inmediatamente después de comer y les dejaba sólo algunos días.

Llegan al instituto y resulta que no hay comedor escolar, así que, ¿para qué vas a dejar al pequeño si tienes que dar de comer a los mayores?. De modo que tenemos 6 comensales todos los días, con una jornada laboral y una casa que no se mantiene sola. En fin, bendita lactancia, qué queréis que os diga. Y hay que buscar con lupa (que no digo yo que no los haya) los blogs en los que nos cuenten cómo se sobrelleva esto junto con una carrera profesional de “alta implicación social”.

Eso sí, encontramos entradas en las que una mujer afirma ocuparse en cuerpo y alma de sus hijos/as, prestarles toda su atención, coser dobladillos, cocinar cupcakes y postres suculentos y además ser una eminencia en su campo profesional. Es entonces cuando te planteas “algo estoy haciendo mal”. Porque mi cocina es de lo más básico (macarrones con tomate es el plato más complejo en mi repertorio), tengo una pareja que cocina mucho más que yo, mi casa está hecha un desastre (algún día subiremos las fotos prometidas al feis), nunca tengo tiempo para nada y con el trabajo hago lo justo y necesario, que es lo que me da tiempo en mi jornada laboral. Y eso no da para ser una eminencia, más bien para ir con la lengua fuera. Porque que sepáis que para tener una producción escrita adecuada (es un poner) hay que invertir muchas horas que no entran dentro de las 8 laborales de rigor. Eso o tener esclavillos que trabajen para ti.

En fin, mujeres post-lactantes trabajadoras por cuenta ajena: os animo a escribir blogs en los que nos deis los trucos que usáis para sobrellevar el día a día. Aquí he de puntualizar que también me valen los blogs escritos por hombres (ay dios mío, si los hombres hablasen) porque al menos hablo por el que tengo a mi lado (tengo claro que la mayoría no dan ni palo en casa y se sientan a ver el futbol con los pies encima de la mesa), puedo decir que algunos de ellos no se quedan cortos en eso de la doble jornada.

El otro día veía una publicación en feis de uno de esos personajes anónimos que se hacen superfamosos y tienen un montón de seguidores (no tienen que hacer comida para 6, seguro) que decía “¿Si tuvieses que elegir entre poder vivir sin comer, sin beber o sin follar, qué elegiríais?” Me sorprendió la poca cantidad de gente que dijo “sin comer“. Yo lo tenía taaaan claro.

Culpa materna

imageAhora que está de moda hablar de las emociones, me gustaría abordar el tema de la culpabilidad materna. Pixar nos ha dejado claro para qué sirve la tristeza y por qué es una emoción que no hay que evitar sino acoger y gestionar de manera adecuada. Pero ¿para qué nos sirve a las madres sentirnos culpables y cuál es el origen de esta culpabilidad? 

Para responder esta pregunta, podemos acudir a otra película, esta vez de TriStar Pictures. Ricky, protagonizada por Meryl Streep, nos cuenta la historia de una mujer que deja a su familia para convertirse en estrella del Rock. Comienza la película con Ricky tocando en un antro de mala muerte, ya mayor, con una banda de viejas glorias tocando para un público anciano. Para sobrevivir, trabaja de cajera en un supermercado. Suena el móvil. Es su ex-marido que le pide que vaya. Su hija se ha intentado suicidar porque su marido le ha dejado por otra. Ricky viaja en avión para reencontrarse con su antigua familia que vive en una mansión increible. Dos hijos y una hija ya en la treintena. El padre se casó hace tiempo con Maureen, una mujer que asumió las tareas de madre y ama de casa de manera perfecta. image

A partir de aquí, la película trabaja a fondo los sentimientos de culpa de Ricky por haber abandonado a su familia, lo que sus hijos e hija se ocupan de reprochar infinitas veces. Todo ello a pesar de que le recuerdan, también hasta el infinito, que Maureen ha sido la madre perfecta para ellos.  No voy a meter más spoilers de la película, porque a estas alturas intuyo que estaréis deseando verla (guiño-guiño), pero os puedo decir que pasé la película con un nudo en la garganta.

Lo que parecen querer transmitir los autores del film es que, pase lo que pase, haga lo que haga, la madre biológica tiene el poder de destrozar la vida de sus hijos si no es un ama de casa y esposa ejemplar. Y eso hará que la odien. Pero ella les querrá por siempre, porque son sus hijos y no hay forma de deshacerse de eso. Y fin. Les regala una canción y todos contentos. Y tú pensando “qué horror, toda su vida a la basura por querer cumplir sus sueños absurdos, ser estrella de rock en vez de conseguir hacer el mejor café y las mejores tostadas del mundo (y que te lo digan)”.

¡¡Oh Wait!! ¿Que una madre no puede ser estrella de rock sin abandonar a su familia? La verdad es que, si hacemos un repaso a la filmografía americana, tenemos algunos ejemplos de que no. La mamá de Candace, Phineas y madrastra de Ferb, por ejemplo, tuvo una incipiente carrera e incluso grabó un disco. Pero lo dejó todo por su bonita familia.

Y luego está la propia Meryl Streep en Mamma Mia, una trouper que se queda embarazada y deja la música para cuidar a su hija. Pero mi preferida, aunque no tenga dotes musicales, es la abuela de Bart Simpson, Mona, activista hippie que abandonó a Hommer y a su padre para vivir el flower power, dejando a Homer un precioso mural psicodélico en el que le recordaba ser un espíritu libre.

En fin, que la película pone las cosas en su lugar. Si quieres ser madre, no esperes nada más de la vida. Especialízate, hazte una profesional de tus labores, una experta del cuidado, y conquistarás tu reino. Por el contrario, serás una fracasada que lo único que habrás conseguido será el odio de tus hijos.

El caso es que al final sales con un sentimiento de culpabilidad que no sabes muy bien de dónde sale. Porque, aunque no hayas abandonado a tus hijos e hija y te hayas ocupado puntualmente de comprarles el material para el colegio, hayas acudido a sus actuaciones, les hayas consolado cuando se cayeron al suelo y hayas escuchado sus confidencias adolescentes, resulta que nunca has sabido cocinar, que siempre has llevado fatal no poder dormir las horas suficientes y no has sido paciente cuando te despertaban a las 5 de la mañana. Que no has pasado mínimo 2 horas al día leyéndoles cuentos y empujando el columpio en el parque. En fin, que no has sido ni de lejos la madre perfecta que todo niño y niña desea, porque lo ve en las películas.

Me pregunto si estas graves máculas en el currículum de madre les causará un trauma irreversible. Pero a mi desde luego me dejan agotada. Estas culpas impuestas y autoimpuestas que las mamás llevamos encima como si nos las cosieran a la chepa nada más parir son insufribles. Si supiera hacer películas, haría la peli anticulpa. Una película que nos quitase transcendencia a las madres y se lo diese a todo lo demás. Que hablase de libertad, resiliencia y responsabilidad.

A ti, mujer que no quieres tener hijxs

  

En los últimos tiempos, las redes se han llenado de artículos y entradas de blog en los que una mujer afirma sentirse super presionada para ser madre y hace una declaración de intenciones: “no quiero tener hijos”. Podéis leer algunos de esos artículos aquí y aquí. Siempre que leo uno de esos artículos pienso qué mala vida deben tener esas mujeres que escriben en el Vice, el Huffington Post, el Guardian, etc. para verse impulsadas a plantear miles de excusas sobre su decisión y lanzarlas al interespacio. La verdad es que no tener hijos es fácil si usas los medios anticonceptivos adecuados o ejerces tu derecho al aborto. Hoy en día, en el mundo occidental de clase acomodada, el tener hijos o no es, en un porcentaje muy elevado, una cuestión de decisión personal y responsable. No así en los países en los que no se reconoce el derecho al aborto y el uso de medios anticonceptivos es un lujo o no hay una educación sexual adecuada.  

Una de las primeras cosas de las que se quejan estas mujeres que escriben en los medios de comunicación es de que las llaman egoistas. No sé muy bien qué puede haber de egoista en no tener hijos. No puedes ser egoista con alguien que no existe. Y si eso os lo dice vuestra madre por su deseo de tener nietos, en fin, siempre podéis regalarle una muñeca Reborn. El resto de la sociedad podremos vivir si decidís no tener descendencia. No me preocupa personalmente el tema del envejecimiento de la población, ya que creo que no sois responsable de ello en absoluto. 

En cuanto al tema de la esterización que algunas mujeres en edad fértil han pedido encontrando la negativa de los médicos, conseguir que este procedimiento se acepte en la sanidad pública requeriría una lucha continuada y constante. No obstante, recordad que, en cuanto salud reproductiva se trata, estas luchas son largas y muy difíciles. Como muestra están la lucha por el derecho al aborto y por el derecho de las personas trans a ser como ellas/os decidan ser. El convertirse en esteril tendría que adquirir primero el estatus de derecho en una lucha persistente contra los discursos que no aceptan este planteamiento. Si estáis dispuestas a emprenderla, os deseo suerte. 

¿Que la gente os dice que cambiaréis de opinión y os arrepentiréis? ¿Que llegaréis a los 40 y desearéis tener hijxs? Bueno, quizás lo mejor ante eso es conceder el beneficio de la duda y vivir el presente. Existe una posibilidad de que eso suceda, pero hoy por hoy NO queréis tener hijxs y punto. Ese planteamiento solo os resultará ofensivo si os tomáis la cuestión como un reto en el que necesitáis llevar la razón. La decisión es vuestra y, lo que digan los demás, importa muy poco. Si siguen insistiendo, podéis tomar medidas más drásticas, pero la tontería social, que todas y todos tenemos que sufrir a lo largo de nuestras vidas en algún que otro momento, se cura ignorándola.

Una última cosa que me gustaría deciros es que el hecho de que no queráis tener hijxs no implica necesariamente que os debáis convertir en antagonistas de las personas que SI los tenemos. Seguramente no os tengo que recordar que las niñas y los niños son ciudadanxs de pleno derecho en nuestra sociedad y, como tales, viven en nuestros pueblos y ciudades, habitan nuestras calles y plazas y tienen una peculiar característica: están en proceso de crecimiento. Lxs niñxs lloran, gritan, ríen, corren, tocan. Sí, y viven entre nosotrxs. Sé que esto no pasa entre todas las personas que toman la decisión de tener hijos e hijas, pero sí es cierto que algunos sectores del llamado movimiento “childfree” se sienten sumamente ofendidos con cualquier contacto que puedan mantener en un espacio público con nuestras hijas e hijos. Solo recordarles que  en algún momento ellos y ellas tuvieron una infancia. Y que siempre pueden irse a uno de esos hoteles que prohiben el paso a menores. Es una opción.

En fin, que si no queréis tener hijxs, no los tengáis y punto. ¿Que la sociedad os presiona? Pues tomadlo con alegría: es vuestra decisión y la mantenéis con buenas razones. Y punto pelota. ¿Que vais a escuchar cosas que no os van a gustar? Eso nos pasa a todas las personas que no somos lo que se llama “mainstream”, es algo que hay que asumir. Es un hecho que muchas personas no han tenido hijxs y han tenido vidas plenas y muy productivas. Así que adelante con vuestra decisión. No hace falta que os sigáis excusando.