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La reunión inicial con la señorita Porvicio

Una reunión inicial sirve para introducir. Una reunión inicial sirve para poner en común. Una reunión inicial sirve para presentarse y conocerse, para intercambiar pareceres. Una reunión inicial es para iniciar una relación, como su propio nombre indica.

Por tanto, en una reunión inicial de un centro educativo, lo que se espera de las docentes y especialistas (femenino genérico) es que expliquen a las familias lo que van a hacer en dicho centro con sus hijas. Les informarán de sus protocolos, normas, procedimientos de enseñanza, filosofía educativa y de todo lo que sea relevante. Las familias quieren saber, necesitan saber, tienen derecho a saber lo que van a hacer sus hijas desde que entran en el centro hasta que salen, cuáles van a ser sus rutinas, incluso hay familias que pueden estar interesadas en los marcos teóricos en los que se apoyan las prácticas educativas que van a usar las educadoras.

Ahora veamos este tuit:

Desde el punto de vista de la señorita Porvicio, es muy normal entrar a una reunión general con las familias a principio de curso y ponerse a decirles lo que tienen que hacer EN SUS CASAS. Independientemente de lo buenísismos que pudieran ser los consejos que da Porvicio, la sensación de esas familias al recibir pautas sobre lo que tienen que hacer en sus casas en vez de recibir información sobre lo que la maestra de audición y lenguaje va a hacer (ella) para mejorar el aprendizaje lingüístico de sus hijos es un poco chocante. ¿Por qué, de repente, entrar en el sistema educativo tiene que significar que llegue una señora que se presenta como AL y te diga cómo organizar tu mañana? Amén de dar por supuesto que tu peque toma biberón o lleva chupete.

Por otra parte, dando por supuesto que hay niños y niñas de 3 años que todavía llevan chupete y toman biberón por las mañanas, si se desea cambiar estas rutinas no se debe hacer dando pautas generales al aire. Se debe hacer estudiando cada caso particular, analizando las circunstancia de cada familia y dando estrategias adaptadas a la situación de cada niña y cada niño. Hacerlo de otra manera es como decirle a alguien que debe dejar de fumar, y que lo vaya haciendo poco a poco: ¿qué clase de pauta es esta? El cambio de rutinas familiares es una cosa muy seria y que puede acarrear muchos problemas, por lo que soltar pautas generales en una reunión inicial es absurdo. Repito: este no es el objetivo de una reunión inicial. Y quizás tampoco sea la misión de una AL de un colegio. Para dar este tipo de orientación están las psicólogas y pediatras, que dan una atención más individualizada y pueden abordar de forma más directa el caso particular en el entorno familiar (lo que viene a ser un “zapatero a tus zapatos”).

En otro orden de cosas, hablemos de la apostilla del tuit, ese “no se si voy a salir viva“. Diciendo esto, la señorita Porvicio demuestra que s abe que, de alguna forma, va a crear incomodidad, y que esta incomodidad va a conducir a cierta resistencia a sus pautas dadas al aire. Lo que me pregunto es que, si teme salir viva, ¿cuál es el objetivo de su acción? Hemos de decir que mientras el objetivo de la Porvicio es, de alguna forma, arrancar a las familias de esos hábitos salvajes que dificultan de por vida el lenguaje de sus hijas (no, no os preocupeis, van a hablar), aunque sea incomodándoles y diciéndoles lo mal que lo hacen, las familias están ahí para que ella les cuente lo bien que lo va a hacer ELLA trabajando con sus hijas. ¿Puede salir algo bueno de esta divergencia de intereses? Lo dudo.

Por último, tranquilizar a las madres/padres/cuidadoras en general que, por alguna razón u otra, tienen niñas y niños de 3 años que todavía toman el biberón o usan chupete: esto no va a producir ningún retraso en el lenguaje de sus hijas. El uso del biberón pudiera estar relacionado quizás con problemas de maloclusión de la mordida que pueden derivar en dificultades de pronunciación (dislalias), pero los estudios son escasos y no es nada que no se pueda corregir con el tiempo.

Pantalones cortos en el instituto

Algunas recordaréis esa carta de una niña de un instituto de Baleares a la que llamaron “putilla” por llevar pantalones cortos un mes de junio abrasador. Ayer, en la reunión inicial con las familias de 1º de la ESO, el director se dirigió a nosotras diciendo que “hay unas normas de vestimenta, los niños no pueden venir en bañador y chanclas y las niñas no pueden venir en pantalones cortos que enseñan el culete.” Me dio verdadera grima escuchar a un señor adulto referirse así a nuestras hijas de 12 años. Que una niña de 12 años en pantalón corto le pueda parecer algo obsceno a alguien es el problema.

Hoy, acudiremos a comprar pantalones ni demasiado largos para que la niña se muera de calor en este septiembre todavía abrasador, ni demasiado cortos para que la mente calenturienta de determinados señores adultos se quede en paz. Es vergonzoso que, desde tan temprano, las niñas deban sufrir esta sexualización de la que se les culpa a ellas, sin pensar que el que debería ser intervenido es el que se atreve a pensar en el culo de las niñas como algo perverso. Esas mismas personas a las que les parece mal que haya niñas que vayan con chador a clase.

Iremos a por los pantalones no porque creamos que llevar pantalones vaqueros cortos esté mal. Lo haremos para que la niña no tenga que sufrir algún tipo de intervención humillante por parte del director del centro, que parecía muy preocupado por este asunto. No queremos que se vea expuesta a exabruptos machistas directos por parte de personas que están por encima de ella. Queremos ahorrarle ese mal trago. Lo malo es que, haciendo eso, quizás la estemos enseñando a someterse y a acatar la visión sexualizada que tienen ciertos adultos de ella. Es un dilema con el que tenemos que lidiar en esta sociedad en la que vivimos.

El caso es que la voz del pueblo, por lo general, aclama posturas de este tipo (fuera pantalones cortos enseñaculetes de los centros educativos) en aras de la decencia, ese concepto tan franquista que perdió su significado sobre las buenas constumbres para la convivencia para referirse normalmente a los preceptos que debía cumplir una mujer para ser buena. Desde muy pequeñas, se nos imponen unas normas para no provocar la lujuria del varón, mientras a éste se le deja a su libre albedrío. En vez de educar a los niños para que respeten a sus compañeras y las traten como personas y no como objetos, se educa a las niñas para que no enseñen demasiada carne y aprendan a parar los embites de sus pobres compañeritos, a los que les empuja el deseo y la naturaleza.

Qué difícil va a ser darle la vuelta a la tortilla: educar a los niños para que no vean un culete, sino una niña que va vestida de acuerdo al clima de la temporada. Y atrevernos a decir a esos señores que dejen de mirar a nuestras niñas así, que dan miedo.

El pisacharquismo como corriente educativa

La crítica al sistema educativo es un sano ejercicio, imprescindible sin ninguna duda para impulsar el cambio de un sistema que, hasta ahora, ha sido eminentemente transmisivo y bancario, como señalara en su momento Paolo Freire. Sin embargo, desde mi punto de vista, la crítica a nuestro sistema, que es nuestro, público, mantenido con nuestros impuestos y constituido sobre la base del derecho a la educación, no debería caer en un negacionismo absoluto de la necesidad de una educación obligatoria. Quizás haya que aclarar que la obligatoriedad de la educación surge con el ánimo de universalizar la educación, aunque se pueda interpretar (de manera bastante acertada), desde posturas de clase media, como una manera de uniformizar a la población y convertir a las masas en siervos fieles del poder establecido. Estas dos formas de interpretar la obligatoriedad de la educación, lejos de ser incompatibles, son postulados claramente relacionados: la búsqueda de la igualdad tiene a veces su lado oscuro en la imposición de uniformidad.

Nadie me puede acusar de ser permisiva y apoyar las inconsistencias de nuestro sistema (solo hace falta darse una vuelta por el blog). Sin embargo, no acabo de estar de acuerdo con la corriente pisacharquista de la educación en dos aspectos concretos: 1) la forma en que plantean el currículum y su teoría sobre el aprendizaje basada en los preceptos rousseaunianos y 2) esa crítica demoledora al sistema educativo, que lo dibuja como el enemigo del desarrollo personal.

En primer lugar, desde el pisacharquismo, como su propio nombre indica, el culmen del momento educativo son un montón de niños pisando charcos y rebozándose en el barro. No digo yo que esto pueda ser una experiencia maravillosa para algunas personas, pero como espacio de aprendizaje es bastante limitado. Por una parte, se eclipsan los momentos sosegados de trabajo intelectual como espacios placenteros de desarrollo. Por otro, minusvaloran la potencialidad de un buen educador o una buena educadora para orientar los intereses infantiles hacia aspectos de la realidad cultural que les serán de mucha utilidad en la sociedad en la que vivimos. Yo no digo que haya que ignorar los intereses infantiles, pero existen muchas formas de percibir estos intereses desde un punto de vista educativo. Desde el pisacharquismo, los intereses se conciben como algo puro e indiscutible que emana del niño y de la niña en desarrollo. Lo que les gusta es lo que necesitan y viceversa. Todo será bueno, sano, consistente, ameno y formativo si emana de los intereses genuinos de un infante. (Esto me recuerda el vídeo que he visto esta mañana de una niña comiendo a puñados de un bote de Nutella… hay intereses que pueden ser bastante indigestos).

Sin embargo, hay otras formas de incluir los intereses en marcos educativos que orientan hacia aspectos de la cultura que están por descubrir. Un niño o una niña que crece rodeada de charcos pero que no ve nunca un libro, un lienzo o un instrumento musical ¿cómo puede generar intereses genuinos hacia estos materiales? Soy consciente de que estoy llevando la postura al extremo, pero es la única forma de desmontar un planteamiento que se basa en principios teóricos incuestionables. Una de las afirmaciones del bando pisacharquista que siempre intento rebatir es esa supuesta preparación del cerebro para la lectura a partir de los 6 años, afirmación en la que se basan para decir que no se debe enseñar a leer hasta esa edad. ¿Dónde se ha visto una cultura que aleje a los niños y las niñas de uno de sus instrumentos más valiosos, bajo la premisa de que hasta cierta edad no existe una preparación biológica? ¿Se aleja a los niños recién nacidos del lenguaje oral porque todavía no están preparados para hablar? Por supuesto que no. En realidad, lo que no es adecuado, ni a los 3, ni a los 6 ni a los 11, es la forma en que se enseña el código de escritura en las escuelas. Enseñar la lengua escrita es enseñar a usarla en situaciones reales y funcionales, cosa que hacemos desde que el bebé nace, al menos en entornos letrados de clase media.

Aquí enlazamos con el segundo punto: la crítica al sistema educativo desde una perspectiva de clase invisible, dando por supuesto que todas y todos los niños tienen las mismas posibilidades y oportunidades educativas. Reconozcamos que las escuelas pisacharquistas y el homeschooling (que no es lo mismo que no llevar a las criaturas al colegio por desidia o falta de medios culturales o económicos) no están al alcance de todas las familias y son una elección de la familia intelectual y progresista tipo que decide darle a su prole una educación libre,especial, más cuidadosa y respetuosa que la que se ofrece en los colegios de la red pública o concertada. Siendo esta una elección perfectamente legítima, lo que no comparto es que se hable de la misma como algo a lo que todo el mundo puede optar y que, si no se hace, es por una especie de inconsciencia y falta de responsabilidad para con la educación de tus hijas e hijos. Por ejemplo, veamos este meme:

Leyendo este meme, lo primero que pensé fue que los tiempos en los que se dignificaba la educación y la cultura como un medio de liberación de la mente habían acabado. Ahora resulta que el mensaje que se transmite es que ir a la escuela es malo. ¿Cuál es la alternativa que se ofrece? ¿No ir a la escuela? ¿Formarse en la escuela de la calle? ¿Ir a una selecta escuela Waldorf para que nos conviertan en librepensadores que van a liberar al mundo de sus cadenas? ¿O convertirnos en dealers y chirleros libres de las cadenas de los impuestos, la élite y los políticos?

Es interesante pensar cuál es la audiencia a la que va dirigida este meme. ¿A los jóvenes o a sus padres? ¿A los chavales de mi barrio y a sus padres obreros y madres amas de casa? ¿A la joven pareja de intelectuales que ha decidido que ha llegado el momento de tener su primera criatura? ¿A la familia numerosa de funcionarios que viajan en verano a una casa rural del norte? ¿A la familia que vive en una casa de tres habitaciones con tres generaciones conviviendo en el mismo espacio?

Hace tiempo, la amenaza para el sistema era la gente formada. Ahora, la amenaza es la gente que no va a la escuela: esos serán los que pensarán por sí mismos, no se graduarán, no conseguirán un trabajo, no pagarán impuestos y, por tanto, no perpetuarán este sistema corporativo de servidumbre ni sustentarán a la élite y su séquito de políticos. Lo que me pregunto es qué harán en vez de eso.

Mi postura es bastante carca en este asunto: considero que la escuela pública es la mejor opción para luchar contra la servidumbre que nos imponen las élites y su séquito de políticos. Considero que el segregacionismo escolar es el peor enemigo de una sociedad democrática. La escuela pública no se puede convertir en un ghetto al que solo acude el lumpen y los hijos e hijas de algún progre despistado. La escuela pública es un espacio de convivencia que podemos construir entre todas y todos y al que todo el mundo tiene acceso. Es la fuente del cambio social. Pretender alejar a nuestras hijas e hijos de la realidad de su cultura, de su sociedad, sí es convertirles en mentes alienadas que solo ven el mundo a través de unos ojos manipulados.

La inquisición ¿feminista?

No sé si se ha cruzado en vuestro camino esa nueva orden de personas que, en aras del feminismo maternocentrado, se atreven a opinar sobre nuestras vidas de forma gratuita. Que si nos divorciamos de los padres de nuestros hijos y nuestras hijas, que si nos juntamos con parejas que no son los padres de nuestras criaturas, que si qué malas somos por hacer eso, que exponemos a nuestros vástagos a un peligro y a un trastorno en su desarrollo innecesario, bla bla bla.

Me recuerdan a la iglesia católica arengando por la indisolubilidad del matrimonio. Y si tienes que disolver la unión, si resulta que la convivencia era insoportable e insostenible, ponte un burka hasta los 18 (de las criaturas, tú ya 45 o 50 para esa época, o haberlos tenido joven). Por eso, igual que paso de la iglesia católica, pongo entre paréntesis a las personas que se dedican a decirnos qué es lo que tenemos que hacer con nuestras vidas para que ellas estén felices y nos den el visto bueno.

Las niñas y los niños deben ser bien tratados y cuidados por TODAS  las personas adultas. Sea cual sea el vínculo biológico de esas personas adultas con las criaturas. Y, nos guste o no, el bienestar, la crianza, el cariño, el amor, no solo lo ofrecen las madres (o los padres). De hecho, hay veces que las madres son incapaces de ofrecer amor y, en esos casos, tener otra figura a la que apegarse, en la que reflejarse, que te aporte una mirada amorosa, es esencial. Y ya sé que bla bla bla la teta. Pero de verdad, la teta dura lo que dura. La teta y el porteo son una ínfima parte de la crianza y de la educación posterior. La teta y el porteo no aseguran nada si eres una persona inestable que no eres sostenida para sostener a tus criaturas. Que me parece genial que os creáis superwomans, pero yo, en mi caso particular, necesito sentirme querida y apoyada para poder funcionar con mis criaturas.

¿Que eso es amor romántico? Me la suda, sinceramente. Si ese amor romántico resulta que me sostiene, me ayuda, ama a las criaturas que crecen en mi hogar y las enriquece, me mira por las mañanas y me sonríe, me dice que me quiere y cocinamos juntos, pues estoy encantada de la vida. No pienso esperar a que mis hijos crezcan para tener eso (no lo he hecho, la verdad). Y si sale mal, seguro que somos capaces de que todas las personas implicadas acaben sintiéndose bien, porque somos adultos amorosos, que queremos a las criaturas aunque no tengamos un vínculo biológico con ellas.

En serio, no somos (solo) tetas. Y ellos no son solo penes (o lo intentan). Que el hecho de que ya no funcionemos como pareja no quiere decir que ya no funcionen como padres. Que el hecho de no tener vínculos biológicos no quiere decir que no haya un amor y un cuidado de las criaturas menores con las que convivimos. Y eso ocurre porque el origen del amor no es biológico (únicamente), sino que las personas son honestas, responsables, amorosas y quieren al grupo con el que conviven. Yo paso de todo ese rollo biologicista que nos quieren meter en las cabezas. El grupo humano se debe responsabilizar de sus criaturas, sin que tengamos que exigir a las madres o a las mujeres que se hacen cargo de criaturas que permanezcan sin pareja “por lo que pueda pasar” o “porque no se puede meter a cualquiera en la crianza”.

Así que, de verdad, paso de vosotras. Con vuestra vida podéis hacer lo que queráis, pero dejad de fiscalizar la mía. Si queréis hablar de los peligros que nuestra sociedad entraña para las criaturas (que son ciertos y reales), hacedlo por doquier, pero dejar de imponer juicios morales y de valor sobre la vida de (mayoritariamente) las mujeres.

Las señoras feministas y el placer de amamantar;

En un metanálisis publicado en enero de 2016 en The Lancet, un grupo de investigadoras e investigadores de distintos países concluye que la lactancia materna protege de las infecciones, reduce el riesgo de padecer obesidad y diabetes y está relacionado con un mayor índice de inteligencia en los niños y niñas, mientras que reduce el riesgo de padecer cáncer de mama y de ovarios y diabetes tipo 2 en las mujeres que amamantan. Según este estudio, se podrían prevenir nada más y nada menos que 823.000 muertes anuales de niños/as menores de 5 años y 20.000 muertes anuales debidas al cáncer de mama.

Sin embargo, las mujeres damos poco de mamar. Muchas porque no quieren. Pero muchas más, porque han visto fracasar sus intentos de lactancia. Muchas mujeres se quejan de que se han visto presionadas para amamantar a sus bebés: tal es el celo con el que a veces el personal sanitario se toma su labor de promoción de la lactancia materna. Sin embargo, otras se lamentan de la escasa o nula información, incluso de la desinformación que les conduce a perder su producción de leche.

Lo que sentimos nosotras en relación a nuestros pechos y el amamantamiento es muy importante. Porque se trata de nuestros cuerpos, de nuestro tiempo, de nuestra vida y de nuestros hijos e hijas. Pero ten cuidado: sentir placer está prohibido. Puedes sentir una gran tristeza por no haber logrado amamantar a tu hijo/a, o un gran alivio por haber decidido retirarte la leche tomando pastillas. Puedes sentir alegría por ver a tu hijo/a succionar alegremente de un pezón o de una tetina. Pero no: no puedes sentir placer.

A principios de los 90, una joven madre estadounidense, Denise Perrigo, llamó a un número de información para contactar con la Liga de la Leche. La pregunta que quería hacer, y que le transmitió al voluntario que atendió la llamada fue si era normal sentir placer sexual mientras amamantaba a su hija. El voluntario, en vez de darle el teléfono que había solicitado, le dio el número de atención de crisis en casos de violación. Los servicios sociales le quitaron a su hija de 2 años, a la que no pudo recuperar hasta un año después. Todo esto hubiese sido innecesario si nuestra sociedad conociese más a fondo la fisiología de la lactancia materna y reconociese a la madre como un ser sexual. Sí, sentir placer al amamantar es normal. Y no, no somos unas pervertidas: nuestro cuerpo está diseñado para amamantar a los bebés que parimos, y que mejor forma de asegurar nuestra supervivencia como especie que hacer que la lactancia sea un acto placentero.

Sé que, desde el feminismo hegemónico (parafraseando a Patricia Merino), hay cierta tendencia a llamar Iluminati y a tratar con desprecio a las mujeres que optan por una lactancia prolongada. Se tiene la idea de que la única función del amamantamiento es su función nutricia. Las madres nos vemos, desde esta perspectiva, encasilladas en determinados estereotipos tradicionales. Desde el imaginario hegemónico, las mujeres que optan por una lactancia prolongada son esclavas del patriarcado que han abandonado sus carreras y dependen de sus parejas masculinas para sobrevivir. Pero, paradójicamente, este mismo feminismo hegemónico arremete contra las mujeres que desarrollan negocios que les permiten trabajar desde sus casas para atender a sus hijas e hijos sin tener que depender de los horarios esclavos y los bajos sueldos que predominan en el mercado de trabajo.

Las investigaciones sobre la prevalencia de la lactancia materna (en adelante, LM) señalan que, a mayor duración de la lactancia, mayor es el nivel de estudios de las mujeres. Esto pudiera estar relacionado con que las mujeres con más recursos educativos y económicos tienen más posibilidades de acceder a información actualizada y correcta sobre la LM. También podría indicar que las mujeres con condiciones laborales más flexibles pueden optar por amamantar más tiempo, si así lo desean. Por otra parte, no es verdad que haya gran cantidad de mujeres que “abandonan sus carreras” por la maternidad. Yo diría que son pocas las mujeres que hacen eso, y están en su completo derecho, si así lo quieren. Lo que es un verdadero problema en el mundo laboral de nuestro país es que las mujeres siguen estando peor pagadas que los hombres, sufren discriminación por ser mujeres, se les pregunta en las entrevistas de trabajo si tienen pensado tener hijos y trabajan en condiciones nefastas por un sueldo de mierda. Eso son problemas, no que decidan amamantar a sus criaturas el tiempo que estimen oportuno (que, por lo general, no son más de tres meses en un porcentaje elevadísimo de mujeres).

Si dentro de este escenario, además tenemos que soportar que mujeres que se autodenominan feministas nos llamen pervertidas y pedófilas por sentir placer en un proceso fisiológico absolutamente normal, todo esto toma tintes muy retrógrados. Las madres no somos ángeles puros y sacrificados que lo damos todo por nuestras criaturas hasta que nos desvanecemos envueltas en un halo de santidad. Sabemos lo que es el placer y cuándo lo sentimos. Y sabemos que el placer que sentimos cuando amamantamos a nuestras crías no es ese que lleva a cometer violaciones y abusos. Señoras feministas, no sean represoras, no hagan que ocultemos la parte placentera de la lactancia. La succión y estimulación de los pezones produce oxitocina. Y con poco que investiguen verán que la producción de oxitocina está relacionada con la respuesta sexual. Esto no quiere decir que amamantemos para tener orgasmos (vaya chorrada), sino que un porcentaje de mujeres pueden tenerlos como resultado subsidiario del acto de amamantar.

¡¡Buscaos a una pareja adulta que os chupe los pechos!! – han llegado a decir las feministas hegemónicas. Señoras feministas jefas: qué mal gusto, por favor. ¿Quién les dice a ustedes que amamantamos a nuestros bebés por el placer sexual que experimentamos? Obviamente, amamantar no es lo mismo que mantener una relación sexual satisfactoria con una pareja adulta. Amamantar es un acto nutricio de amor. Nuestros bebés se nutren de nuestros pechos, pero no solo eso: también calman su miedo y su ansiedad, se relajan, duermen y juegan mientras succionan. Y no, no es una relación de esclavitud, es una relación de amor. Una mujer que no da el pecho a sus criaturas puede adoptar otras estrategias para conseguir esos efectos, por supuesto. Pero nosotras optamos por la LM prolongada. Y les aseguro que es una opción absolutamente libre, dado que la opción mayoritaria y más aceptada en nuestra sociedad no es la LM prolongada precisamente.

¿Y los hombres? ¿Qué hacen los hombres? (siempre que exista un hombre en todo este tinglado, claro). Pues los hombres pueden hacer muchas cosas. Pueden limpiar, hacer camas, hacer la comida, ir a la compra y un largo etcétera. Además, a partir de los 6 meses, pueden preparar la comida que complementa la LM y dársela al bebé. Porque han de saber que, a partir de los 6 meses, los bebés se alimentan de más cosas. Y cada vez comen más. Cuando decimos que nuestros hijos e hijas han mamado hasta los 4 años, por ejemplo, esto no quiere decir que mamen durante todo el día (o durante toda la noche) como hacían de recién nacidos. Un niño o una niña de 4 años come bastante, se alimenta de lentejas, arroz, filetes, potajes y cocidos. Y toma leche materna, si quiere y si su madre le deja, en algunos momentos del día o de la noche.

En fin, que dar la teta no es el demonio que esclaviza a las mujeres. El demonio del patriarcado es mucho más grande y más estructural. Ese demonio tiene una faceta que pretende negar nuestra capacidad de nutrir, poniendo en el centro de nuestras vidas nuestra capacidad productiva para el sistema. La LM y el parto no medicalizado (sobre el que también podríamos hablar largo y tendido) no vienen a destrozar nuestras vidas como mujeres que disfrutan, salen, trabajan y leen aunque tengan hijas/os. Pueden hacer todo lo contrario: facilitar los cuidados y permitirnos disfrutar más y mejor. Pero bueno, eso ya lo he contado en otras entradas de este blog.

El club de las madres chungas

Este club surge de mano de nuestra amiga Marta, gran administradora del grupo BDD. Y es que hace falta ya. Hace falta, porque esto se está yendo de las manos. Estamos hartas de que se nos infantilice y menosprecie. Estamos hartas de que los profesores megaestrella y sus maestras esbirras en las RRSS nos traten de ignorantes, simples y catetas. Y encima lo hagan desde una presuposición profundamente clasista y machista: que las madres, las pobres, no han tenido tiempo para formarse, no saben nada de educación y navegan por las redes sociales criticando a profesionales excelsos que solo desean el bien de sus hijos e hijas. Incluso que les van a salvar de ellas a los pobres.

Uno de los casos más sangrantes es el del profesor de Enseñanza Secundaria, Pablo Gallardo Poo, que en su libro “Espabila, chaval”, nos pide que imaginemos a una madre abogada que, como no sabe biología, no deduce que el dolor de barriga de su hijo se debe a un simple virus. La pobre madre abogada lleva a su hijo al hechicero más cercano, en vez de darle, dice el profesor Poo textualmente, antibióticos. En este párrafo, incurre en varias estupideces. En primer lugar, creer que hace falta que una madre estudie biología para llevar a su hijo al pediatra. Cuando, seguramente, cualquier madre esté más informada que Poo sobre el hecho de que los virus NO se curan con antibióticos, y sin haber estudiado biología.

En hecho de que las madres (#NotAllMothers) gocemos de tan mala prensa entre los grupos de docentes se debe seguramente al imaginario social de los años 50, en el que las madres eran aquellos ángeles del hogar que horneaban los applepie que humeaban en las ventanas y preparaban el almuerzo al hijo. Ese dulce ser reía de bromas entre hombres que no entendía, cuidaba a los inteligentes machos que traían el pan a casa y nunca se preocupaba por los terribles hechos que relataban los periódicos y la radio. Ellos, que nos tienen en ese pedestal de ser bueno y tonto, de repente se encuentran con que las madres les rebaten sus argumentos, cuestionan su concepto de evaluación por competencias, les afean sus actitudes altaneras y clasistas hacia sus alumnos y las familias de sus alumnos y les piden respeto. Es entonces cuando nos convertimos en MADRES CHUNGAS.

A las madres chungas se les han acabado las manzanas para la maestra. Saben detectar una mala práxis en el entorno escolar en cuanto la ven, y además saben cuándo y cómo pedir un cambio. Saben distinguir la manida hiperprotección de su responsabilidad de velar por los derechos y el bienestar de sus hijos. Por tanto, no se dejan llevar por los sibilinos discursos que nos sitúan como histéricas que van a defender a sus maleducados vástagos. Que a veces, señor profesor, señora profesora, la maleducada es ustéd. Y a veces, nuestros hijos e hijas llegan tan bien educados de casa que no soportan que un señor al que conocen de lejos (y que les conoce de lejos) presuponga que les tiene que increpar para que espabilen.

Yo entiendo que un gremio que ha necesitado que, en algunas comunidades, les eleven a condición de autoridad pública para defenderse de las personas a las que se supone que tienen que educar tiene que estar muy falto de formación educativa. Porque si una madre abogada que no ha estudiado biología corre el riesgo de llevar a su hijo a un hechicero, un profesor que no ha estudiado, digamos, pedagogía, corre el riesgo de educar usando los lemas “la letra con sangre entra“, “la memoria y el conocimiento son lo importante” o “aquí, el que manda soy yo” mientras gritan al cielo que en la escuela se enseña y en la familia se educa.

Las madres chungas no nos callamos. Leemos, nos informamos y sabemos cuándo un libro sobre educación es una joya o una bazofia. Porque formarse, en la edad adulta, y con ciertas competencias de aprender a aprender, tan denostadas por esos profesores de la vieja escuela, es posible. Señor profesor, su pedestal no es tan elevado. Tiene que aprender a respetar a las personas que hablan de educación basándote en argumentos reales y no en falacias de autoridad. Es duro tener que argumentar con madres, con señoras, a las que tan poco conocimiento se les supone en general ¿verdad? Pero todo es acostumbrarse. Y mientras, no le vendría mal estudiar un poco de biología.

7 consejos para la vuelta a clase

Ey, profes de instituto: comienza el curso ¿no, carrocillas? Otra vez a tomarse el café de pie y con prisas mientras juramos en hebreo por tener que entrar a primera hora, otra vez entrar en un aula abarrotada de críos y crías que aúllan, otra vez la tiza y la pizarra, y a contar lo de siempre. No se puede empezar un curso a tontas y a locas: ¿has pensado todo lo que vas a hacer este curso? ¿Has actualizado contenidos, rediseñado materiales, pensado actividades para trabajar los conceptos fundamentales de tu asignatura, nuevas formas de evaluación, etc.? ¿Has pensado cómo mejorar tu docencia? Ya sé que está ajetreado viendo cómo suben las visitas a tu último video o artículo en el Huff, que no has tenido tiempo de reflexionar sobre las claves del éxito en tu docencia. Pero hoy, como si fueras un alumno en tu primer día de clase, te voy a dar siete consejos fundamentales para triunfar en las aulas.

1.- Ánimo, que tú puedes

Ya sé que ves en tus estudiantes una manada de vagos y vagas, pero tu misión es que se apasionen por tu asignatura. ¿Has pensado cómo motivarles, cómo vincular sus conocimientos previos con los nuevos conocimientos, cómo conseguir que caigan en la cuenta de lo interesante que es conocer lo que tú les puedes enseñar? Recuerda, además, que las medidas de atención a la diversidad en nuestro país no son muy boyantes, por lo que tendrás que hacer un esfuerzo extra para detectar las necesidades específicas de tus alumnos y ofrecerles algún tipo de apoyo. A lo mejor crees que no es tu obligación, pero todas las personas tienen derecho a la educación ¿no? Lo que te estoy proponiendo no es que conviertas tu clase en un circo, sino que aprendas a enseñar, cosa que va mucho mas allá de vomitar contenidos en un aula y corregir exámenes.

2.- Conoce a cada estudiante

Sí, ya sé, son muchos, muchísimos. Pero compréndelo: no todos ellos aprenden de la misma manera, ya se sabe que cada chaval o chavala es un mundo. Es fundamental conocer a cada uno de ellos y comprender sus peculiaridades. Unos aceptarán tus bromas y otros se enfadarán y no tolerarán que te pitorrees de ellos delante de la clase. Es interesante que les conozcas por su nombre y demuestres que no son para tí un simple número. Ya sabes que puede que te cueste adaptarte cada año a un nuevo grupo con sus diversidades y peculiaridades, pero siendo flexible y receptivo evitarás desencuentros y mejorarás tu docencia. No pretendas que la clase se adapte a tí: adáptate tú al grupo. Será más sencillo.

3.- Intenta revisar tu planificación a lo largo del curso

Esta es la gran utopía de cada año, pero sigue intentándolo. Para adaptarte a las necesidades de tus estudiantes será necesario, seguramente, revisar las actividades, los materiales y las formas de evaluación que tenías pensado poner en práctica. No hace falta que realices cambios drásticos y seguro que en la administración no te llaman la atención por introducir cambios por motivos pedagógicos (ups, he mentado a la pedagogía, sí). Recuerda que si dedicas tiempo en tus clases a realizar tareas que ayuden a profundizar en los contenidos, no dejarás al azar el aprendizaje de los estudiantes. Memorizar para un examen no es aprender: es algo que, después de nuestra experiencia como alumnas y alumnos, deberíamos tener claro.

4.- Sondea el aprendizaje de tus estudiantes: ¿tienen dudas?

Recuerda que debes tener estrategias para saber si tus estudiantes están aprendiendo y comprendiendo lo que les intentas enseñar más allá del examen, en el día a día, poco a poco, para que al final no te encuentres con un aula que no ha entendido nada de lo que les has contado. Entiendo que, a veces, la desidia os puede y os limitáis a soltar el rollo y observar sus caras inexpresivas. Si eres tímido puedes usar un montón de herramientas digitales que tienes a tu disposición. Kahoot! y Appgree son dos de ellas. Ya sé que estás en contra de todas esas cosas modernas, pero pruébalas: alucinarás.

5.- Coordínate con tus compañeros

En vez de dedicaros a tiraros los trastos en el claustro ¿habéis probado a constituiros como verdadero equipo docente? Yo os animo a ello este curso. Reuníos para pensar las cosas que podéis hacer en común para mejorar la convivencia del centro y el aprendizaje de vuestros estudiantes. La docencia en un centro de enseñanza como el vuestro no es una actividad individual, sino colectiva, y si no aprendéis a colaborar nunca alcanzaréis la excelencia que os habéis puesto como meta. Bueno, quizás exagero y no buscáis la excelencia, pero venga, coordinaos y haced de vuestro centro un centro mejor.

6.- Usa la agenda

Ya sabes lo importante que es la planificación para la buena marcha del curso escolar. Anota todos los hitos importantes, las actividades que harás en clase, las fechas de entrega de trabajos que les has dado a tus estudiantes a principio de curso, etc. Si tú estás organizado, ellos también se organizarán.

7.- Prueba y elige tu técnica de enseñanza

No sabes enseñar, y en parte es culpa de cómo esta organizado el sistema educativo español: deberían exigir una habilitación decente para el profesorado de secundaria. Pensáis que enseñar es decir lo que sabéis delante de una clase que os escucha en silencio y memoriza para el examen, y no es así. Por eso, vuestros estudiantes se desesperan en esas clases en las que os da la verborréa y luego, en casa, intentan desentrañar de qué iba todo ese discurso. También están aquellos que se aburren solemnemente, porque van sobrados y no necesitan tanta sobreexplicación y tantos consejos no solicitados.

Recuerda: la clave está en conocer a tus estudiantes y desarrollar estrategias educativas para que construyan activamente el conocimiento sobre aquello que quieres que aprendan. Fliparás con los resultados si observas, planificas y pones en marcha actividades motivantes en las que tengan que usar el conocimiento que quieres que asimilen. ¡Ánimo! El curso acaba de empezar. Todavía estás a tiempo.

Los nostálgicos de la nocilla arrementen contra el brócoli

No hay nada más absurdo que la nostalgia de los malos hábitos de nuestra infancia. Es verdad que éramos felices e inconscientes cuando viajábamos en la parte trasera del Seiscientos sin cinturon y durmiendo a pierna suelta. Eso no significa que ahora que tenemos hijos, queramos reproducir esos patrones que se han ido depurando con el descenso de muertes en accidentes de tráfico gracias a los sistemas de sujeción.

Lo mismo pasa con la alimentación. Antes, los refrescos de Cola, las cremas de cacao y el chocolate, la mantequilla y el chorizo eran nuestras meriendas habituales. Luego pasamos a los lácteos de distintos colores. Y las cosas no han cambiado mucho si comprobamos que las tasas de obesidad y sobrepeso infantil son altas y son consideradas un problema de salud pública. Por tanto, restarle importancia a las bondades de una dieta saludable y relacionar éstas con los "gurús de la alimentación sana" es irresponsable y absurdo.

Vivimos en una época en la que la gente tiene compulsión por la creación de etiquetas diagnósticas. En este contexto, Steven Bratman acuñó el término ortorexia  para referirse a un supuesto trastorno de la alimentación que consiste en la obsesión patológica por comer sano. Sin embargo, esto no significa que debamos calificar a todas las personas que se preocupan por su alimentación y la de sus hijos e hijas como ortoréxicas. Los alimentos procesados invaden las estanterías de nuestros supermercados, y los efectos de este tipo de comidas en nuestra salud están más que documentados. Querer cerrar los ojos a ello no debe suponer la patologización de las personas que se molestan por poner todos los días en su mesa una alimentación relativamente sana.

Nos guste o no, el azúcar refinado es muy perjudicial para nuestra salud. Y eso no lo dice un lobby que señala con el dedo a las mujeres que no dan el pecho. Lo dicen los estudios científicos, por ejemplo los que investigan la relación que pudiera haber entre el consumo de bebidas azucaradas y el TDAH. Y la causa de la bulimia y la anorexia nerviosa, trastornos alimenticios devastadores, no es la obsesión por una dieta sana, sino la presión que la sociedad aplica a nuestros jóvenes para tener un cuerpo perfecto y la distorsión de la propia imagen corporal. Precisamente, uno de los consejos que se ofrecen para prevenir estos trastornos es una adecuada educación para la salud, que incluye el saber alimentarse de una manera sana y equilibrada. Y el atracón no es la consecuencia de una dieta sana, sino de una dieta restrictiva que produce un déficit calórico. Para documentarse, se puede consultar el libro de Crispo, R., Figueroa, E., & Guelar, D. (1997). Anorexia y bulimia: lo que hay que saber. Gedisa.

Por tanto, cuando escribimos artículos de opinión como este, que son una oda nostálgica a la generación de la Nocilla, quizás deberíamos documentarnos un poco mejor y no soltar al aire ideas poco calibradas. Que cada cual se alimente como quiera, pero las familias que cuidan la alimentación de sus hijos no tienen por qué ser ridiculizadas y menospreciadas. Si ves a un niño merendando fruta, ya sé que algo se revolverá en ti y añorarás el pan con mantequilla y azúcar. Eres libre de correr a la nevera a ponerte uno, pero no quieras que todo el mundo te siga con pasión y alegría: los demás también somos libres de que eso nos parezca una guarrada.

Las madres felices


Sí, es así, afortunadamente. Existen madres felices. Madres que están conectadas con su útero cual antena wifi. Madres que han tenido un parto gozoso, una pareja amorosa y presente, una red de apoyo rica y surtida, un sostén económico que las permite gozar de la crianza como si fuera el paraiso: las viandas siempre listas y a su alcance, ausencia de dolor tanto físico como psicológico, llenas de oxitocina y de instinto animal. 

¿Quién va a protestar por algo así? ¿No es algo de lo que alegrarse? Pues claro que sí. Es genial. 

Lo que no me parece ya tan bueno es que este estado de embriaguez y feliz maternaje se presente como algo que cualquiera puede alcanzar. Igual que se ha criticado hasta la saciedad a Samantha Villar por sus quejas públicas hacia la maternidad por generalizar y por no haberse informado antes de qué era eso de tener hijos/as, plantear que la maternidad gozosa es algo que cualquiera puede alcanzar si se informa bien y hace las cosas como diosito manda es poco respetuoso hacia la realidad de muchas personas. 

En primer lugar, para gozar de la maternidad, muchas mujeres deben renunciar a la forma de vida para la que han sido criadas y educadas desde muy pequeñas. Criar con placer es incompatible con tener éxito en el ámbito profesional, al menos el éxito al que estamos acostumbradas y a lo que llamamos éxito en una sociedad patriarcal. Es una gran renuncia que hay que asumir y para la que hay que estar preparada. Luego ya puedes decir que has sido felicísima criando a tus hijos e hijas (yo lo he sido), pero llega un momento en que se van de casa, y ahí te quedas, con todo por hacer, empezando por donde lo dejaste y teniendo que recuperar 20 años que pasaron sin darte cuenta. Así que elige: o eres felicísima criando a tus hijos o eres felicísima criando a tus obras. Y sí, puedes entonar el Aleluyah por tu oxitocina, pero la oxitocina tiene fecha de caducidad y seguimos viviendo en el mismo mundo. Es verdad: es una frivolidad querer tener éxito en el trabajo, y mucho más mamífero y elevado espiritualmente moldear tu obra y dejar unos hijos e hijas maravillosas para la posteridad. 

En segundo lugar, la situación del parto en nuestro país está lejos de cambiar. Las mujeres siguen pariendo envueltas en maltrato institucional. La culpabilización de la víctima en este tema es muy canalla. La sociedad te marca el camino para parir en los hospitales españoles, con tasas de cesárea elevadísimas y con prácticas intrusivas discapacitadoras y alienantes. De estas situaciones de indefensión en el parto derivan muchas situaciones de depresión post-parto que no permiten la vinculación adecuada con la criatura y que convierten el puerperio en un calvario. Si me encuentro en ese momento con una de esas madres felices que me dice “haberte informado” lo único que se me ocurre es escupirle a la cara, de verdad. Incluso cuando digo que mi segundo parto fue un parto gozoso en casa lo hago con mucho cuidado, porque hay mujeres que no se lo pueden permitir, ya sea económica o psicológicamente. 

Y en tercer lugar, la familia es una institución que se desmorona. Por arriba y por abajo. Cada vez contamos menos con el apoyo de nuestra familia para criar, ya sea por la distancia física o por la distancia emocional. Y el índice de separaciones y divorcios es cada vez más elevado. En este contexto, encontrar una situación en la que la pareja es sustentadora y la red social de apoyo de la madre es sólida, pues es bastante raro. Y eso no se busca: se encuentra. Culpar a la víctima en estos casos no solo es canalla, sino que además denota maldad y falta de empatía. Seas o no madre feliz. 

En definitiva: ser feliz es maravilloso, pero no puedes ir por ahí diciendo a la gente que no es feliz porque no quiere. El que tus circunstancias te hayan llevado (con mucho esfuerzo, seguramente) a la felicidad materna no quiere decir que el resto de la gente quiera o pueda seguir tu camino. Me encanta cuando la gente dice que es feliz. Pero la verdad, cuando alguien te está diciendo que es infeliz, no es el momento adecuado para decir “pues mira, yo soy felicísima, porque he hecho esto, esto y esto, no como tú que lo has hecho fatal”. ¡¡Hombre ya!! Que no se trata de que seáis unas retrógradas (retrógradas hay en todos lados). Se trata de tener la empatía donde la espalda pierde su bello nombre.