KILLERFEMINISMO

La mascuniñidad

Ser niño en el instituto es duro. Y si, además, eres un niño al que no le gusta el fútbol, más aún. Y si encima todavía no has dado el estirón y no te gusta llamar la atención, tienes todas las papeletas para que te llamen rarito y te den un empujón. La presión social, en esas circunstancias, te lleva a convertirte en invisible o a tener que soportar las burlas de los niños que entran dentro del prototipo de populares, carismáticos y fortachones.

Sí, se pasa mal siendo niño cuando la identidad que estás cultivando no es la del seguidor madridista bebedor de cerveza, o la del deportista de élite, o la del integrante del grupo que grita al unísono a la señal del líder. Cuando te gusta leer, coleccionar cubos de rubick, hacer trucos de magia, leer manga y hacerte experto en videojuegos, la llegada al instituto es un poco truculenta.

A las nuevas masculinidades les está costando trabajo expandirse en nuestra sociedad. Mantenemos ideas muy inflexibles sobre lo que supone ser un chico y les criamos llamándoles machotes, riéndoles sus bravuconadas y torciendo el gesto cuando muestran su parte sensible. Ver llorar a un hombre todavía nos causa ese no se qué de desesperación, de vergüenza ajena que nos han imprimido los años de esculpir vetas de desafección en nuestras figuras masculinas.

Sí, la vida también es difícil para los niños. Nuestra sociedad patriarcal les impone cargas inmensas de tareas a cumplir en edades muy tempranas. Se la tienen que estar midiendo desde que, por primera vez, se pelean por un juguete en la guardería. Se les impone silencio sobre su tristeza, sobre su bondad, sobre sus sentimientos amorosos y de amistad, sobre su alegría, y estas palabras se ven sustituidas por sucedáneos como valentía, camaradería, honor, fuerza, etc.

No se les permite mostrar debilidad ni defenderse si no están dispuestos a enzarzarse en una pelea física y esto les pone límites en la defensa de su dignidad. Pelear con la palabra, argumentando y razonando, es más propio de niñas que de machotes, y no hay nada peor cuando eres adolescente que pongan en duda tu masculinidad. Entra en el ideario. Imaginad por lo que tienen que pasar, en este entorno, los adolescentes LGBTI.

Dar paso a nuevas masculinidades es una tarea educativa muy importante y que no podemos dejar sin trabajar durante más tiempo. El primer paso es liberarnos nosotras y nosotros mismos, los adultos que educamos, de esas ideas implícitas ligadas al “ser hombre” (y, por tanto, también de las ligadas al “ser mujer”). El segundo paso sería dejar de tratar a niños y niñas, desde su más tierna infancia, como diferentes: dejar de marcarles con pendientes y colores, dejar de asignarles calificativos diferenciales, dejar de asignarles tareas más y menos apropiadas, según nuestra ideología, a su sexo. Y por últimos, dejarles elegir, no forzar su inclusión en espacios asignados forzosamente a un género, como es el caso del fútbol o la danza, y no suprimir su emocionalidad. Es tremendamente difícil, pero muy necesario.

 

Pantalones cortos en el instituto

Algunas recordaréis esa carta de una niña de un instituto de Baleares a la que llamaron “putilla” por llevar pantalones cortos un mes de junio abrasador. Ayer, en la reunión inicial con las familias de 1º de la ESO, el director se dirigió a nosotras diciendo que “hay unas normas de vestimenta, los niños no pueden venir en bañador y chanclas y las niñas no pueden venir en pantalones cortos que enseñan el culete.” Me dio verdadera grima escuchar a un señor adulto referirse así a nuestras hijas de 12 años. Que una niña de 12 años en pantalón corto le pueda parecer algo obsceno a alguien es el problema.

Hoy, acudiremos a comprar pantalones ni demasiado largos para que la niña se muera de calor en este septiembre todavía abrasador, ni demasiado cortos para que la mente calenturienta de determinados señores adultos se quede en paz. Es vergonzoso que, desde tan temprano, las niñas deban sufrir esta sexualización de la que se les culpa a ellas, sin pensar que el que debería ser intervenido es el que se atreve a pensar en el culo de las niñas como algo perverso. Esas mismas personas a las que les parece mal que haya niñas que vayan con chador a clase.

Iremos a por los pantalones no porque creamos que llevar pantalones vaqueros cortos esté mal. Lo haremos para que la niña no tenga que sufrir algún tipo de intervención humillante por parte del director del centro, que parecía muy preocupado por este asunto. No queremos que se vea expuesta a exabruptos machistas directos por parte de personas que están por encima de ella. Queremos ahorrarle ese mal trago. Lo malo es que, haciendo eso, quizás la estemos enseñando a someterse y a acatar la visión sexualizada que tienen ciertos adultos de ella. Es un dilema con el que tenemos que lidiar en esta sociedad en la que vivimos.

El caso es que la voz del pueblo, por lo general, aclama posturas de este tipo (fuera pantalones cortos enseñaculetes de los centros educativos) en aras de la decencia, ese concepto tan franquista que perdió su significado sobre las buenas constumbres para la convivencia para referirse normalmente a los preceptos que debía cumplir una mujer para ser buena. Desde muy pequeñas, se nos imponen unas normas para no provocar la lujuria del varón, mientras a éste se le deja a su libre albedrío. En vez de educar a los niños para que respeten a sus compañeras y las traten como personas y no como objetos, se educa a las niñas para que no enseñen demasiada carne y aprendan a parar los embites de sus pobres compañeritos, a los que les empuja el deseo y la naturaleza.

Qué difícil va a ser darle la vuelta a la tortilla: educar a los niños para que no vean un culete, sino una niña que va vestida de acuerdo al clima de la temporada. Y atrevernos a decir a esos señores que dejen de mirar a nuestras niñas así, que dan miedo.

Las niñas y el Whatsapp

Parece ser que lo primero que hacen las niñas cuando se conocen es preguntar “¿Me dejas ver tu WhatsApp?”. Quizás sea una costumbre del entorno rural en el que me hallo, una extraña forma contemporánea de tomar contacto, un rito de admisión en un grupo femenino. Si a mí una futura amiga me pidiese ver mi whatsApp, la mandaría a la mierda directamente. Lo que hizo esta niña fue pedirle, a cambio, que le enseñase el suyo. Y ahí estaban las dos, repasando los mensajes de la tercera y vistiéndola de blanco, poniéndola a caldo, vamos. Que si no sabe escribir, que mira qué tonterías dice, es que es tonta, es que no le cae bien a nadie, etc.

Cuando yo era niña, el dar el teléfono a alguien en un trozo de papel sólo implicaba que esa persona, quizás, se atreviese algún día a marcar tu número y podríais hablar en la distancia. Ahora, con los sistemas de mensajería, las relaciones se han transformado. Dando tu teléfono, la gente tiene acceso también a tu foto y a tu estado (a no ser que lo configures adecuadamente) y pueden mandarte mensajes cuando quieran. Y este cambio en las condiciones comunicativas requiere de análisis y educación en las nuevas circunstancias.

Pues bien, en esto que estaban repasando mutuamente su WhatsApp cuando la una le dice a la otra: “Pues ella te tiene guardada a ti como la rara” La forma en que otra persona nos tiene guardadas en el WhatsApp no se puede saber fácilmente, de modo que esto era un cotilleo, un correveidileismo en toda regla. Pero claro, que alguien a quien acabas de conocer te guarde como la rara toca bastante los ovarios, así que, ni corta ni perezosa, coge el teléfono y manda un audio a la susodicha en un tono de reprimenda bastante duro. Los audios, lo que tienen, es que una vez enviados los puede escuchar cualquiera. Así que la madre de la susodicha lo escucha y graba ella misma un audio de respuesta reprendiendo a la otra niña.

Considero que, como adultas, meterse como parte integrante de esta interacción es, cuanto menos, inconsciente. Quizás empiece a ser importante enseñar a nuestras preadolescentes a gestionar las relaciones de manera más honesta y sensata. ¿Qué cosas podríamos enseñar en esta situación?:

  1. Los mensajes de WhatsApp son personales e intransferibles. No debemos enseñar a terceros las conversaciones mantenidas con una amiga, ya que estamos quebrantando su intimidad. Eso entra en el terreno del cotilleo y el buylling.
  2. No se insulta ni se envían mensajes amenazantes por WhatsApp. Si tienes algún conflicto con una amiga, espera a verla en persona para hablar con ella. Si nunca la ves y tienes conflictos, quizás ha llegado el momento de usar la opción de bloqueo.
  3. Como adulta, nunca te metas directamente en los conflictos entre las niñas. Puedes aconsejar, asesorar, incluso defender a tu hija enseñándola a usar la opción de bloqueo y a gestionar los conflictos en persona, pero enviar a una niña un mensaje en los mismos términos verduleros que lo hizo ella es muy poco maduro.
  4. Nunca mandes por WhatsApp algo que puedas decir en persona. Si estás viendo todos los días a esa niña, ¿qué sentido tiene que la insultes por escrito? Ya sabemos que hacerlo así es mucho más fácil. Por eso, es importante enseñar a postergar el momento y a enfrentarse en un entorno cara a cara, en el que la comunicación será más rica y honesta.

En conclusión, es importante enseñar a nuestras hijas (e hijos) a usar las “nuevas” herramientas de comunicación con sensatez. Esto entra dentro de la educación en valores. Enseñar a comunicar con honestidad y no difamar y criticar a otros/as a sus espaldas para socavar su imagen pública es muy importante y forma parte de esa educación necesaria para terminar con el Buylling.

La inquisición ¿feminista?

No sé si se ha cruzado en vuestro camino esa nueva orden de personas que, en aras del feminismo maternocentrado, se atreven a opinar sobre nuestras vidas de forma gratuita. Que si nos divorciamos de los padres de nuestros hijos y nuestras hijas, que si nos juntamos con parejas que no son los padres de nuestras criaturas, que si qué malas somos por hacer eso, que exponemos a nuestros vástagos a un peligro y a un trastorno en su desarrollo innecesario, bla bla bla.

Me recuerdan a la iglesia católica arengando por la indisolubilidad del matrimonio. Y si tienes que disolver la unión, si resulta que la convivencia era insoportable e insostenible, ponte un burka hasta los 18 (de las criaturas, tú ya 45 o 50 para esa época, o haberlos tenido joven). Por eso, igual que paso de la iglesia católica, pongo entre paréntesis a las personas que se dedican a decirnos qué es lo que tenemos que hacer con nuestras vidas para que ellas estén felices y nos den el visto bueno.

Las niñas y los niños deben ser bien tratados y cuidados por TODAS  las personas adultas. Sea cual sea el vínculo biológico de esas personas adultas con las criaturas. Y, nos guste o no, el bienestar, la crianza, el cariño, el amor, no solo lo ofrecen las madres (o los padres). De hecho, hay veces que las madres son incapaces de ofrecer amor y, en esos casos, tener otra figura a la que apegarse, en la que reflejarse, que te aporte una mirada amorosa, es esencial. Y ya sé que bla bla bla la teta. Pero de verdad, la teta dura lo que dura. La teta y el porteo son una ínfima parte de la crianza y de la educación posterior. La teta y el porteo no aseguran nada si eres una persona inestable que no eres sostenida para sostener a tus criaturas. Que me parece genial que os creáis superwomans, pero yo, en mi caso particular, necesito sentirme querida y apoyada para poder funcionar con mis criaturas.

¿Que eso es amor romántico? Me la suda, sinceramente. Si ese amor romántico resulta que me sostiene, me ayuda, ama a las criaturas que crecen en mi hogar y las enriquece, me mira por las mañanas y me sonríe, me dice que me quiere y cocinamos juntos, pues estoy encantada de la vida. No pienso esperar a que mis hijos crezcan para tener eso (no lo he hecho, la verdad). Y si sale mal, seguro que somos capaces de que todas las personas implicadas acaben sintiéndose bien, porque somos adultos amorosos, que queremos a las criaturas aunque no tengamos un vínculo biológico con ellas.

En serio, no somos (solo) tetas. Y ellos no son solo penes (o lo intentan). Que el hecho de que ya no funcionemos como pareja no quiere decir que ya no funcionen como padres. Que el hecho de no tener vínculos biológicos no quiere decir que no haya un amor y un cuidado de las criaturas menores con las que convivimos. Y eso ocurre porque el origen del amor no es biológico (únicamente), sino que las personas son honestas, responsables, amorosas y quieren al grupo con el que conviven. Yo paso de todo ese rollo biologicista que nos quieren meter en las cabezas. El grupo humano se debe responsabilizar de sus criaturas, sin que tengamos que exigir a las madres o a las mujeres que se hacen cargo de criaturas que permanezcan sin pareja “por lo que pueda pasar” o “porque no se puede meter a cualquiera en la crianza”.

Así que, de verdad, paso de vosotras. Con vuestra vida podéis hacer lo que queráis, pero dejad de fiscalizar la mía. Si queréis hablar de los peligros que nuestra sociedad entraña para las criaturas (que son ciertos y reales), hacedlo por doquier, pero dejar de imponer juicios morales y de valor sobre la vida de (mayoritariamente) las mujeres.

Katharine Graham y la Wiki

Ayer fuimos a ver la última de Spielberg, Los papeles del Pentágono, que cuenta la historia de una mujer que tuvo que ponerse al frente del periódico de su padre cuando su marido, Phil Graham, que se había dado al alcohol y había pillado una depresión, se suicidó. Katharine Graham tomó la presidencia del Washington Post, que le correspondía por derecho propio. Ella era periodista, pero su padre pensó que una mujer no podía ocuparse de tamaña empresa.

Meryl Streep hace, como siempre, una interpretación magistral y nos muestra a una mujer abrumada en un mundo de señores con corbata que se vio envuelta en uno de los episodios más fascinantes de la historia de la prensa: la publicación de un informe secreto en el que se detallaban todas las mentiras que los políticos habían vertido durante 6 años sobre las visicitudes de la guerra de Vietnam. Ella tomó la decisión decisiva de que su periódico publicase datos del informe bajo una amenaza de la fiscalía del estado.

Pero no, no vengo a hablar aquí sobre las relaciones entre WikiLeaks, los papeles del Pentágono y el Watergate. Vengo a hablar de la forma en que la Wikipedia en español trata a Katharine Graham. Os cuento los pasos que di hasta llegar a su curiosa biografía.

En primer lugar fui a la entrada del Wasingthon Post, en donde se cita en varias ocasiones a Graham. Pero yo fui directamente a ver quién era el director del periódico. Una mujer, ¡sorpresa! Katharine Weymouth, cuyo nombre no tiene ningún hipervínculo para navegar y saber de ella, así que la googleo. Y no, renunció a su cargo en el Post en 2014. Pero voy a ver quién es su familia. Claro, como no podía ser de otra forma, es la nieta de Katharine Graham. Ay, esa manía de tomar los apellidos de los maridos y que los de la madre desaparezcan nos lía siempre.

Pero la mayor sorpresa me la llevo cuando leo la biografía de Katharine, la abuela. Soy bastante morbosa, lo reconozco, y si pone que murió por accidente, pues me gusta saber qué accidente fue ese. Así que me voy a la biografía de la Wikipedia de Katharine Graham y pasa lo siguiente: Su biografía se compone de cuatro párrafos. Ya sabemos que Spielberg no ha acudido a la Wikipedia para documentarse, pero más escueta, imposible. En el primer párrafo se habla de sus orígenes, un padre banquero y una madre (¡sorpresa!) periodista. En el segundo se cuenta que estudió periodismo y que entró a trabajar en el San Francisco News, hasta que su padre compró el Washington Post en una subasta. En el tercero cuenta que se casó con Phil Graham, abogado. Abogado, no periodista. Y lo que sigue es premonitorio: “…obtiene pronto la confianza de su suegro, …que le ofrece el puesto de director del periódico. Esta elección fue realizada en detrimento de su hija al considerar que el cargo no era el adecuado para una mujer. Katharine Graham pasa a un segundo plano.”

El cuarto párrafo, el más extenso, nos cuenta la vida del marido y su muerte por suicidio. Y fin. Nada más sabemos de Katharine Graham. Ha quedado en segundo plano desde que su padre decide dejar la dirección de un periódico a un abogado en vez de a una periodista. Así que me quedo sin saber cómo murio Katharine (en realidad no, seguí buscando información, esta vez en inglés.)

En fin, que os animo a ver la película, en la que resoplaréis en más de una y de diez ocasiones. Spielberg ha sabido reflejar el mundo #StopSeñores a la perfección, entre el humo de sus cigarrillos, sus camisas, sus corbatas, sus canas, sus trajes oscuros. Y Meryl Streep nos hace sentir el síndrome de la impostora con cada gesto, cada silencio, cada sapo que se traga. Y si os animáis a editar la wikipedia para solventar el descalabro biográfico y hacer que la biografía de Katharine Graham sea la suya y no la de su marido, sería estupendo.

Las señoras feministas y el placer de amamantar;

En un metanálisis publicado en enero de 2016 en The Lancet, un grupo de investigadoras e investigadores de distintos países concluye que la lactancia materna protege de las infecciones, reduce el riesgo de padecer obesidad y diabetes y está relacionado con un mayor índice de inteligencia en los niños y niñas, mientras que reduce el riesgo de padecer cáncer de mama y de ovarios y diabetes tipo 2 en las mujeres que amamantan. Según este estudio, se podrían prevenir nada más y nada menos que 823.000 muertes anuales de niños/as menores de 5 años y 20.000 muertes anuales debidas al cáncer de mama.

Sin embargo, las mujeres damos poco de mamar. Muchas porque no quieren. Pero muchas más, porque han visto fracasar sus intentos de lactancia. Muchas mujeres se quejan de que se han visto presionadas para amamantar a sus bebés: tal es el celo con el que a veces el personal sanitario se toma su labor de promoción de la lactancia materna. Sin embargo, otras se lamentan de la escasa o nula información, incluso de la desinformación que les conduce a perder su producción de leche.

Lo que sentimos nosotras en relación a nuestros pechos y el amamantamiento es muy importante. Porque se trata de nuestros cuerpos, de nuestro tiempo, de nuestra vida y de nuestros hijos e hijas. Pero ten cuidado: sentir placer está prohibido. Puedes sentir una gran tristeza por no haber logrado amamantar a tu hijo/a, o un gran alivio por haber decidido retirarte la leche tomando pastillas. Puedes sentir alegría por ver a tu hijo/a succionar alegremente de un pezón o de una tetina. Pero no: no puedes sentir placer.

A principios de los 90, una joven madre estadounidense, Denise Perrigo, llamó a un número de información para contactar con la Liga de la Leche. La pregunta que quería hacer, y que le transmitió al voluntario que atendió la llamada fue si era normal sentir placer sexual mientras amamantaba a su hija. El voluntario, en vez de darle el teléfono que había solicitado, le dio el número de atención de crisis en casos de violación. Los servicios sociales le quitaron a su hija de 2 años, a la que no pudo recuperar hasta un año después. Todo esto hubiese sido innecesario si nuestra sociedad conociese más a fondo la fisiología de la lactancia materna y reconociese a la madre como un ser sexual. Sí, sentir placer al amamantar es normal. Y no, no somos unas pervertidas: nuestro cuerpo está diseñado para amamantar a los bebés que parimos, y que mejor forma de asegurar nuestra supervivencia como especie que hacer que la lactancia sea un acto placentero.

Sé que, desde el feminismo hegemónico (parafraseando a Patricia Merino), hay cierta tendencia a llamar Iluminati y a tratar con desprecio a las mujeres que optan por una lactancia prolongada. Se tiene la idea de que la única función del amamantamiento es su función nutricia. Las madres nos vemos, desde esta perspectiva, encasilladas en determinados estereotipos tradicionales. Desde el imaginario hegemónico, las mujeres que optan por una lactancia prolongada son esclavas del patriarcado que han abandonado sus carreras y dependen de sus parejas masculinas para sobrevivir. Pero, paradójicamente, este mismo feminismo hegemónico arremete contra las mujeres que desarrollan negocios que les permiten trabajar desde sus casas para atender a sus hijas e hijos sin tener que depender de los horarios esclavos y los bajos sueldos que predominan en el mercado de trabajo.

Las investigaciones sobre la prevalencia de la lactancia materna (en adelante, LM) señalan que, a mayor duración de la lactancia, mayor es el nivel de estudios de las mujeres. Esto pudiera estar relacionado con que las mujeres con más recursos educativos y económicos tienen más posibilidades de acceder a información actualizada y correcta sobre la LM. También podría indicar que las mujeres con condiciones laborales más flexibles pueden optar por amamantar más tiempo, si así lo desean. Por otra parte, no es verdad que haya gran cantidad de mujeres que “abandonan sus carreras” por la maternidad. Yo diría que son pocas las mujeres que hacen eso, y están en su completo derecho, si así lo quieren. Lo que es un verdadero problema en el mundo laboral de nuestro país es que las mujeres siguen estando peor pagadas que los hombres, sufren discriminación por ser mujeres, se les pregunta en las entrevistas de trabajo si tienen pensado tener hijos y trabajan en condiciones nefastas por un sueldo de mierda. Eso son problemas, no que decidan amamantar a sus criaturas el tiempo que estimen oportuno (que, por lo general, no son más de tres meses en un porcentaje elevadísimo de mujeres).

Si dentro de este escenario, además tenemos que soportar que mujeres que se autodenominan feministas nos llamen pervertidas y pedófilas por sentir placer en un proceso fisiológico absolutamente normal, todo esto toma tintes muy retrógrados. Las madres no somos ángeles puros y sacrificados que lo damos todo por nuestras criaturas hasta que nos desvanecemos envueltas en un halo de santidad. Sabemos lo que es el placer y cuándo lo sentimos. Y sabemos que el placer que sentimos cuando amamantamos a nuestras crías no es ese que lleva a cometer violaciones y abusos. Señoras feministas, no sean represoras, no hagan que ocultemos la parte placentera de la lactancia. La succión y estimulación de los pezones produce oxitocina. Y con poco que investiguen verán que la producción de oxitocina está relacionada con la respuesta sexual. Esto no quiere decir que amamantemos para tener orgasmos (vaya chorrada), sino que un porcentaje de mujeres pueden tenerlos como resultado subsidiario del acto de amamantar.

¡¡Buscaos a una pareja adulta que os chupe los pechos!! – han llegado a decir las feministas hegemónicas. Señoras feministas jefas: qué mal gusto, por favor. ¿Quién les dice a ustedes que amamantamos a nuestros bebés por el placer sexual que experimentamos? Obviamente, amamantar no es lo mismo que mantener una relación sexual satisfactoria con una pareja adulta. Amamantar es un acto nutricio de amor. Nuestros bebés se nutren de nuestros pechos, pero no solo eso: también calman su miedo y su ansiedad, se relajan, duermen y juegan mientras succionan. Y no, no es una relación de esclavitud, es una relación de amor. Una mujer que no da el pecho a sus criaturas puede adoptar otras estrategias para conseguir esos efectos, por supuesto. Pero nosotras optamos por la LM prolongada. Y les aseguro que es una opción absolutamente libre, dado que la opción mayoritaria y más aceptada en nuestra sociedad no es la LM prolongada precisamente.

¿Y los hombres? ¿Qué hacen los hombres? (siempre que exista un hombre en todo este tinglado, claro). Pues los hombres pueden hacer muchas cosas. Pueden limpiar, hacer camas, hacer la comida, ir a la compra y un largo etcétera. Además, a partir de los 6 meses, pueden preparar la comida que complementa la LM y dársela al bebé. Porque han de saber que, a partir de los 6 meses, los bebés se alimentan de más cosas. Y cada vez comen más. Cuando decimos que nuestros hijos e hijas han mamado hasta los 4 años, por ejemplo, esto no quiere decir que mamen durante todo el día (o durante toda la noche) como hacían de recién nacidos. Un niño o una niña de 4 años come bastante, se alimenta de lentejas, arroz, filetes, potajes y cocidos. Y toma leche materna, si quiere y si su madre le deja, en algunos momentos del día o de la noche.

En fin, que dar la teta no es el demonio que esclaviza a las mujeres. El demonio del patriarcado es mucho más grande y más estructural. Ese demonio tiene una faceta que pretende negar nuestra capacidad de nutrir, poniendo en el centro de nuestras vidas nuestra capacidad productiva para el sistema. La LM y el parto no medicalizado (sobre el que también podríamos hablar largo y tendido) no vienen a destrozar nuestras vidas como mujeres que disfrutan, salen, trabajan y leen aunque tengan hijas/os. Pueden hacer todo lo contrario: facilitar los cuidados y permitirnos disfrutar más y mejor. Pero bueno, eso ya lo he contado en otras entradas de este blog.

El club de las madres chungas

Este club surge de mano de nuestra amiga Marta, gran administradora del grupo BDD. Y es que hace falta ya. Hace falta, porque esto se está yendo de las manos. Estamos hartas de que se nos infantilice y menosprecie. Estamos hartas de que los profesores megaestrella y sus maestras esbirras en las RRSS nos traten de ignorantes, simples y catetas. Y encima lo hagan desde una presuposición profundamente clasista y machista: que las madres, las pobres, no han tenido tiempo para formarse, no saben nada de educación y navegan por las redes sociales criticando a profesionales excelsos que solo desean el bien de sus hijos e hijas. Incluso que les van a salvar de ellas a los pobres.

Uno de los casos más sangrantes es el del profesor de Enseñanza Secundaria, Pablo Gallardo Poo, que en su libro “Espabila, chaval”, nos pide que imaginemos a una madre abogada que, como no sabe biología, no deduce que el dolor de barriga de su hijo se debe a un simple virus. La pobre madre abogada lleva a su hijo al hechicero más cercano, en vez de darle, dice el profesor Poo textualmente, antibióticos. En este párrafo, incurre en varias estupideces. En primer lugar, creer que hace falta que una madre estudie biología para llevar a su hijo al pediatra. Cuando, seguramente, cualquier madre esté más informada que Poo sobre el hecho de que los virus NO se curan con antibióticos, y sin haber estudiado biología.

En hecho de que las madres (#NotAllMothers) gocemos de tan mala prensa entre los grupos de docentes se debe seguramente al imaginario social de los años 50, en el que las madres eran aquellos ángeles del hogar que horneaban los applepie que humeaban en las ventanas y preparaban el almuerzo al hijo. Ese dulce ser reía de bromas entre hombres que no entendía, cuidaba a los inteligentes machos que traían el pan a casa y nunca se preocupaba por los terribles hechos que relataban los periódicos y la radio. Ellos, que nos tienen en ese pedestal de ser bueno y tonto, de repente se encuentran con que las madres les rebaten sus argumentos, cuestionan su concepto de evaluación por competencias, les afean sus actitudes altaneras y clasistas hacia sus alumnos y las familias de sus alumnos y les piden respeto. Es entonces cuando nos convertimos en MADRES CHUNGAS.

A las madres chungas se les han acabado las manzanas para la maestra. Saben detectar una mala práxis en el entorno escolar en cuanto la ven, y además saben cuándo y cómo pedir un cambio. Saben distinguir la manida hiperprotección de su responsabilidad de velar por los derechos y el bienestar de sus hijos. Por tanto, no se dejan llevar por los sibilinos discursos que nos sitúan como histéricas que van a defender a sus maleducados vástagos. Que a veces, señor profesor, señora profesora, la maleducada es ustéd. Y a veces, nuestros hijos e hijas llegan tan bien educados de casa que no soportan que un señor al que conocen de lejos (y que les conoce de lejos) presuponga que les tiene que increpar para que espabilen.

Yo entiendo que un gremio que ha necesitado que, en algunas comunidades, les eleven a condición de autoridad pública para defenderse de las personas a las que se supone que tienen que educar tiene que estar muy falto de formación educativa. Porque si una madre abogada que no ha estudiado biología corre el riesgo de llevar a su hijo a un hechicero, un profesor que no ha estudiado, digamos, pedagogía, corre el riesgo de educar usando los lemas “la letra con sangre entra“, “la memoria y el conocimiento son lo importante” o “aquí, el que manda soy yo” mientras gritan al cielo que en la escuela se enseña y en la familia se educa.

Las madres chungas no nos callamos. Leemos, nos informamos y sabemos cuándo un libro sobre educación es una joya o una bazofia. Porque formarse, en la edad adulta, y con ciertas competencias de aprender a aprender, tan denostadas por esos profesores de la vieja escuela, es posible. Señor profesor, su pedestal no es tan elevado. Tiene que aprender a respetar a las personas que hablan de educación basándote en argumentos reales y no en falacias de autoridad. Es duro tener que argumentar con madres, con señoras, a las que tan poco conocimiento se les supone en general ¿verdad? Pero todo es acostumbrarse. Y mientras, no le vendría mal estudiar un poco de biología.

Madres que no esconden que necesitan tiempo para cuidar de sus hijos/as

Hace unos días, leía un artículo en el que una serie de hombres hablaban de su papel en la crianza de sus hijos e hijas. Siendo positivo que por fin haya hombres que se impliquen en estas tareas, el tono del artículo no terminó de gustarme. Me parecía que, lo que yo, como madre, llevo haciendo toda la vida, ellos lo estuviesen, de alguna forma, representando, como si de una obra de teatro se tratase.

Por ejemplo, yo he dejado durante muchos años de viajar por motivos de trabajo, hasta hace muy poco, que he retomado estos viajes dado que mis hijos se han hecho mayores y se pueden quedar sin problemas solos o con su padre. Cuando eran pequeños, ni se me pasaba por la cabeza “llevar a cabo dos tácticas”, como hace Javier, el primer protagonista del artículo en cuestión. Llamar “tácticas” a lo que les dices a las personas que te invitan, para que les quede claro que tienes niños que cuidar (aunque luego vayas a ir de todas formas, total, es un juego para que se hagan conscientes de que podría decir que no puedo ir porque tengo que cuidar a mis hijos) denota lo engañoso del problema. Cuando yo tenía hijos pequeños no había tácticas ni tácticas: sencillamente, no viajaba. No quería cargar a mi pareja con el peso que suponía estar solo con los niños y tener que externalizar los cuidados sometiendo a los niños a un estrés innecesario.

Pero claro, nosotras tenemos más interiorizado eso de que hay que renunciar a ciertas cosas cuando tienes prole. Si no se puede viajar, no se viaja, ya se podrá más adelante. Pero ¿qué me decís de David, el autónomo que se dedica al mundo audiovisual? Vaya, parece que lo que hace cuando lleva a su hija a trabajar es “visibilizar que tiene una hija”. Mi sensación, cuando me he tenido que llevar a alguno de mis hijos a mi trabajo ha sido de “vaya marrón”. Es un día en el que no estás al 100% ni trabajando ni cuidando. En ningún momento mi preocupación ha sido visibilizar nada (ya era bastante evidente que no tenía con quién dejar al niño ese día), sino hacer las cosas que tenía que hacer lo mejor posible sin desatender al pequeño que me acompañaba.

¿Y qué me decís de Charlie, ese freelance que no trabaja los jueves? Menos mal que su pareja está de baja, que si no, no podría ir a la oficina de 9 a 17 4 días a la semana. Yo tuve que ir a trabajar sin tener a nadie de baja en casa, y la verdad es que muchas veces lo veía como un privilegio, en comparación con mi pareja, que se iba a trabajar sin preocuparse de lo que pasaría a lo largo del día, si llamarían de la guardería porque el niño estaba malo, si fallaría la persona que venía a cuidarlo o si yo tenía trabajo extra que no podía desatender.

En cuanto a Lukasz, me he reído cuando he leído lo de que escribía en sus ratos libres para sacar algo más de dinero. ¿Ratos libres? Cuando estás criando de verdad, perdona, pero no existe tal cosa. Y lo de hacer las reuniones en casa también me ha llegado al alma, al igual que decirle a la niña que “cada cual necesita tiempo para sus cosas”. Querido Lukasz, te deseo mucha suerte con tu crianza.

Pero en fin, lo que me ha roto el alma definitivamente es que el articulista nos pregunte que cómo creemos que ha sido posible que escribiese ese artículo. Pues seguramente porque su mujer está cuidando de sus hijos, pero si fuese de otra forma, eso no deja de ser una brizna de hierba entre el prado de mujeres que escriben con los niños saltando sobre su cabeza, robando minutos mientras viajan en transporte público, pidiendo favores a familiares, vecinas o amigas o, símplemente, dejando de dormir. ¿Nos extraña que en todos los eventos profesionales importantes, veamos una mayoría de hombres en la foto? A mí en absoluto. Aunque esa foto sea la de la conciliación, por la que llevamos tanto tiempo luchando.

Vístete

Lo del tema de la vestimenta de las niñas (y los niños) y el comentario del Juez Calatayud de que las niñas se hacen fotos como putas lleva dando titulares 4 días. Lo desacertado de estas declaraciones es evidente, en alguien que se llama juez y que se supone que está ahí para impartir justicia, no para decirle a las víctimas que son las culpables de lo que les pasa. Por otra parte, seas niña o seas puta, tienes derecho a que no te violen ni te agredan sexualmente, sea cual sea tu pose en una foto o tu ropa elegida.

Dicho esto, hablemos de nuestra ropa y de nuestros cuerpos. Hablemos de las niñas y de su autoestima. Hablemos de las populares, sus ropas y su maquillaje. Hablemos de la comodidad, del tanga que se mete por la raja del culo, de esos tacones que te destrozan los pies y la columna y de las 20 fotos que nos hacemos antes de colgar la buena en Instagram. ¡Qué lacra para toda la vida, ser fea y no poder recibir cientos de likes cuando cuelgo un vídeo en musical.ly! No, señor Calatayud. El problema no es que las niñas posen como putas (que, por cierto, no sé cómo es eso de posar como una puta, igual hubiese sido más acertado “como una cantante”, “como una actriz” o “como una YouTuber). El problema es que su autoestima resida en el efecto que su imagen produce en los demás. Una niña de 10, 11, 12 años posa de acuerdo a los modelos que le ofrece su entorno como exitosos, adecuados y agradables. Y esos modelos, hoy por hoy, son mujeres despampanantes que posan haciendo morritos y con ropas que les quedan fenomenal, no intelectuales listísimas que dedican su tiempo a escribir, a leer y a pensar en vez de a ir al gym y a la peluquería.

El otro día veía una serie de esas de adolescentes, Pequeñas Mentirosas, y me preguntaba cómo conseguían ir esas niñas al instituto tan perfectamente conjuntadas, con ese maquillaje profesional y ese peinado de peluquería espectacular. Las cejas, depiladas y delineadas, el lápiz de labios cuidadosamente escogido para la ocasión y un conjunto para cada momento del día. Si esos son nuestros referentes, la vida real nos debe parecer una verdadera mierda. Y una cosa curiosa: estas series pasarían el test de Bechdel estupendamente.

No, la verdad es que cuando veo a las niñas posando en Instagram, no me preocupa (solo) lo expuestas que puedan estar a desalmados y pederastas. Me preocupa (también) la forma en que se ven a sí mismas, qué es lo que valoran en ellas, cómo interactúan con su entorno, cómo están desarrollando su identidad. Y me preocupan no solo las que posan, sino también las que no posan, ese mundo oculto de niñas que no se atreven a poner su foto en Instagram, que no bailan en público y que se creen “feas”. Esas niñas, todas las niñas, merecen otros modelos para amarse y respetarse. Merecen mujeres de verdad, con sus granos, sus gafas y su inteligencia diciéndole al mundo “porque yo lo valgo“. Y a la mierda el Juez.