KILLEREFLEXIONES

La educación deshumanizada


Hace unos días, una compañera del grupo de Facebook Basta de Deberes comentaba el paralelismo que se puede establecer entre la deshumanización del parto y la de la educación. Lo hizo como respuesta a nuestro uso de la expresión educación alternativa cuando hablamos del tipo de educación que nos gustaría para nuestros hijos/as: una educación respetuosa con los ritmos de las niñas y niños, basada en la experiencia y la investigación, sin pupitres, castigos ni libros de texto y que fomente la creatividad y el pensamiento crítico. Ella decía que, al igual que un parto respetado en el que se deja decidir a la mujer y donde no hay intervencionismo médico es un parto normal y no algo especial y exclusivo, lo que nosotras llamábamos educación alternativa es lo que deberíamos empezar a llamar EDUCACIÓN NORMAL

Y no le falta razón. Echando la vista atrás, podemos ver cómo la educación formal ha ido dejando tras de sí lo que tenía de normal. Antaño, quien quería ejercer una profesión entraba de aprendiz a las órdenes de un maestro. Se apredía en contacto con las prácticas reales en las que, a su vez, se generaba el conocimiento. Era inaudito que alguien aprendiese física o química alejado de un laboratorio y de los procesos de investigación y experimentación. Lo mismo con cualquier saber, desde los más prácticos y aplicados hasta los más abstractos. 

Ahora, sin embargo, tenemos un ejército de educadores/as que no saben nada y lo saben todo. Ofrecen píldoras de conocimiento sin explicar de dónde han salido. El conocimiento, de esta forma, se ha desvinculado del contexto en el que se produce, dando lugar a la falsa ilusión de que existe ahí fuera, para que cualquiera lo introduzca en su cabeza y lo vomite en un examen. Se ha perdido la perspectiva con respecto al conocimiento y ahora, todo lo que se dice en un aula, se toma como una verdad absoluta que alguien dijo una vez y quedó grabada a fuego en los anales de la historia. 

Este es el origen del pensamiento acrítico, de la creencia en una historia que se cuenta tal y como sucedió, en unos descubrimientos científicos independientes de la persona que los publica y en unas tradiciones que no deben cambiar porque, si las cosas siempre han sido así, así deben seguir. Y esta es la forma más sencilla de que, mientras unos pocos siguen generando conocimiento, la gran masa de la población sea ajena a lo que está pasando en la cumbre aunque tenga la ilusión de dominarlo todo. 

La marcha atrás en este proceso no es fácil. Nuestra sociedad depende de tal manera de la escuela que cambiarla implicaría transformar la sociedad al completo. La escuela es el reflejo de la sociedad en la que vivimos. Por eso, es bastante paradógico que hayamos depositado en ella la misión de lograr la igualdad. Se supone que una escuela pública de calidad será capaz de uniformizar a la población, independientemente de su procedencia. Pero lo cierto es que una institución fuertemente enraizada en una sociedad clasista nunca será capaz de cumplir esta misión. 

Lo único que podemos hacer es educar a nuestros hijos e hijas para que comprendan que el conocimiento no es inamovible, no para de cambiar aunque se imprima en libros de texto y se produce en lugares ajenos a la escuela. Que el verdadero aprendizaje se produce cuando se usa el conocimiento para hacer cosas en la vida real y que el hecho de aprobar un examen no quiere decir que hayan aprendido. 

Las mal llamadas extraescolares


La típica respuesta de la masa docente cuando damos argumentos en contra de los deberes que nos imponen desde la escuela es que las familias cargamos de extraescolares la agenda de nuestros hijos e hijas. Este argumento de quítate tú para ponerme yo funciona mal. Cuando las niñas y niños salen de la escuela, después de 5 horas lectivas, el tiempo es gestionado por la familia, y lo que hagamos con ese tiempo no puede ser decidido desde una institución ajena a la misma.

En muchos casos, ese tiempo se aprovecha, además de para descansar y tener un rato de ocio libre, para aprender cosas que la escuela española no enseña ni de refilón. Tocar un instrumento, aprender lenguaje musical, a jugar al tenis, a nadar, a pintar o a practicar un arte marcial. Ese tipo de cosas son, en muchos casos, vocaciones y talentos que nunca se desarrollarían si no fuese por esta inversión extra-escolar.

Pero el hecho de llamarlas “extraescolares” las sitúa en referencia a la escuela. Como si fuesen algo añadido a la escuela y subordinadas a ella . Nada más lejos de la realidad. En estas disciplinas que no se trabajan en la escuela, bien porque no se les ha dado la suficiente importancia, bien porque no existen profesionales preparados para enseñarlas en esa institución, se trabaja de forma radicalmente diferente a la escuela. Las niñas y niños aprenden haciendo. Nada de estar sentados en un pupitre con lápiz y papel, copiando o escribiendo al dictado lo que un adulto dice y realizando miles de ejercicios sin referente en la vida real. Si un niño o una niña aprende a tocar un instrumento, formará parte de una agrupación o de una orquesta y tocará delante de un público desde el primer momento. Formará parte de una comunidad en la que va asumiendo más responsabilidad a medida que adquiere más destrezas y conocimiento. Y nada de calificaciones: en este entorno, la recompensa es la satisfacción de hacer las cosas mejor cada día. Todo esto no tiene nada que ver con la innovación, sino que es algo normal y más bien antiguo. Se aprende como se aprendía antes, formando parte de una comunidad de práctica y participando en ella, primero en la periferia y pasando poco a poco hacia el centro, a medida que se va aprendiendo más y más.

En estas disciplinas sí que se trabaja la cultura del esfuerzo. Las niñas y los niños aprenden que el buen desempeño va acompañado de muchas horas de práctica, de entrenamiento, de ensayos y de estudio. Y estas horas se ven recompensadas cuando llegan a ser capaces de hacer algo que antes no sabían hacer. Es entonces cuando reciben los aplausos y la enhorabuena, el nuevo cinturón o un puesto más cercano a la directora de orquesta.

Este tipo de actividades de aprendizaje no son extraescolares. Son comunidades de aprendizaje independientes del colegio. Actividades extraescolares son las academias a las que algunas familias llevan a sus hijas e hijos para hacer los deberes que mandan en la escuela, o para reforzar destrezas en las que el colegio invierte mucho tiempo pero no acaba de enseñar bien, como por ejemplo una segunda lengua. Las extraescolares siguen los mismos métodos de transferencia de contenidos y realización de ejercicios a los que son sometidos niñas y niños durante 5 horas al día. Mis hijos nunca han ido a este tipo de actividades, principalmente porque son ellos los que eligen qué hacer.

En conclusión, el tiempo no lectivo es un tiempo que gestiona la familia y que no está sujeto a las imposiciones que se hagan desde la institución escolar. La educación obligatoria tiene su tiempo asignado y no puede exigir que las familias nos convirtamos en una extensión de la escuela. Es demencial imponer a niños y niñas de 3 a 11 años que dediquen gran parte de su tiempo libre a estar sentados frente a un libro de texto y un cuaderno. Comparar esto con las actividades que las niñas y los niños hacen de forma libre y voluntaria y en las que aprenden destrezas inalcanzables para ellas y ellos en el colegio es un sinsentido.

Me parece increíble tener que estar escribiendo sobre esto. ¿No os da la impresión de que las instituciones se inmiscuyen cada vez más en nuestras vidas?

La amiga sin hijos

Elena Ferrante, tanto en su novela Los días del abandono (Crónicas del desamor, Lumen, 2011, recopilación de las tres primeras novelas de la autora) como en la última novela de su tetralogía Dos Amigas (La niña perdida, cuarto volumen de la saga Dos Amigas, Lumen, 2015) se refiere a una situación que me fue muy familiar: la de la amiga que se hace cargo de los hijos de una madre desquiciada, haciendo sentir a esta como ineficaz, egoísta y poco comprensiva. La madre, inmersa en los cuidados desde la mañana a la noche, frustrada porque no consigue ni una hora del día para escribir, harta de los coqueteos de su exitoso marido con otras mujeres, sola, sin una red social de apoyo, en una ciudad que no es la suya, ve cómo esta mujer intima con sus hijas y consigue de ellas cosas inauditas: las niñas sonríen, hablan, obedecen, juegan con entusiasmo. Y la mujer que consigue estas cosas, perfectamente arreglada y vestida, de sonrisa permanente, dirige a la madre miradas de censura y la contradice delante de sus hijas.

No sé si esta situación os es familiar. Yo recuerdo una época de mi vida en la que tuve una amiga así. Persona que se las daba de tener una gran inteligencia emocional, no era consciente del derroche de energía que supone ocuparse de 3 niños pequeños durante todo el día. Levantarse, prepararles para ir al colegio y a la guardería, mal-prepararte tú, llevarles, irte a trabajar, mal.comer, recoger a los niños, pasar la tarde con ellos, llevarles a clase de música, o de fútbol, o de Kunfú, o lo que quiera que hayan elegido  hacer ese curso, volver, hacer la cena mientras se pelean…. y entonces llegaba ella.

Ella, rodeada de tules y olor a incienso. Ella, vestida de blanco, recién salida de la clase de yoga. Ella, pidiéndote que respirases y que hablases despacio. Ella… ralentizando la hora de irse a la cama. Ella, postergando mi momento de descanso, ese momento en el que yo podría sentarme, respirar en soledad, fumarme un mísero cigarro, cerrar los ojos.

Yo necesitaba que llegase ese momento. Me dolía todo el cuerpo. Lo necesitaba. Y ella, en cada movimiento que hacía, cada palabra que decía, me comunicaba lo mal que lo estaba haciendo. Mis hijos estaban encantados de tener una amiga adulta que les ayudase a alargar el momento de irse a la cama. Y yo acababa haciéndolo fatal, regañando a mis hijos, enfadándome con mi amiga y mandándoles a todos a la cama de mala manera.

¿Qué le hubiese pedido yo a mi amiga, si pudiese dar marcha atrás? Que me dejase hacer a mi manera. Que no usurpase mi lugar. Que aunque ella creyese que lo iba a hacer mucho mejor que yo, el sistema que se había establecido era el que era. Yo no podía hacer lo que hacía ella: no podía postergar la hora de irse a la cama hasta las 11 de la noche. Y ella no debía hacer lo que era mi responsabilidad: no podía dar a los niños la impresión de que yo era una mala persona que no hacía las cosas de una forma divertida, con sutileza, con energía, con amor. No debía hacerles creer que podrían tener una madre dulce y comprensiva, pero me tenían a mí. La culpa estaba presente en esa relación, es más que evidente, soy más que consciente.

Así que, amigas bien intencionadas, tías enrolladas que llegáis un día para no quedaros, haced el favor. Si no vais a estar ahí todos los días para ayudar, no hace falta que despleguéis todos vuestros encantos con nuestros hijos. Seguro que podéis ser de mucha ayuda en muchísimas circunstancias y que nuestros hijos pueden disfrutar de vosotras en innumerables ocasiones. Pero en los momentos que nos tocan a nosotras, dad un paso atrás. Ya sabemos que estáis más descansadas y con más energía, pero quizás esas lecciones que queréis darnos no nos hagan mucho bien. Porque no son realistas. Porque ignoran nuestras circunstancias y nos atribuyen esa identidad de mala madre de la que todas huimos.

¿Que nos sentimos culpables por no llegar a todo de la manera perfecta que nos gustaría? Seguramente. Somos así de absurdas. Pero quizás un día, si es que os decidís a tener hijos, comprenderéis lo que sentimos cuando intentáis parafrasearnos delante de nuestros hijos y conseguir que ellos ratifiquen vuestra elevada calidad como posibles madres.

O puede que decidáis que, finalmente, no los vais a tener. Es una decisión perfectamente comprensible. Entonces, os recomiendo otra lectura: Diario de una Buena Vecina, de Doris Lessing (1983).

No va sobre crianza ni sobre respeto


Seguro que alguna vez os habéis cruzado por las redes sociales con gente que se autoproclama defensora de la Crianza con Respeto (CR). Hasta ahí, todo correcto. El respeto es algo precioso y necesario en las relaciones con nuestros hijos e hijas. Y fomentar la atención cuidadosa hacia nuestros comportamientos en la crianza es muy útil, sin duda, en una sociedad en la que el maltrato a la infancia está normalizado. 

Sin embargo, existe un grupúsculo de madres, que se dicen abanderadas de la CR, que siembran el caos y el desencuentro en las redes sociales. Atesoran bloqueos de cuenta, disputas épicas en hilos kilométricos que duran días y días, tanto en sus muros como en grupos de Facebook. Su afán parece ser la defensa a ultranza de los niños y niñas. Sin embargo, todo se tuerce cuando sus intervenciones toman un tinte mesiánico que te conmina a reconocer tus errores, a flagelarte en público como madre que calló en las garras de la sociedad enferma, a penar día tras día por todo lo que el mundo tiene de malo y de adultocéntrico y de podrido. Y mira, lo tiene. Pero hay ocasiones en que el mundo es maravilloso, las personas que te rodean son amorosas y los niños y las niñas son felices. Y vas tú, pobre de ti, y se te ocurre comentar lo maravillosa que es la vida. O decir que no es tan mala, oye tú. Ahí pierdes puntos como criandera con respeto. No te importa una mierda, pero los pierdes y además lees durante días estados del Facebook dedicados a tu disonancia cognitiva, a tu coraza de hierro y a todo el odio que encierras. 

Si reconocéis todo esto, es que habéis estado cerca de uno de estos grupúsculos de Maternidad Punky, como dice una amiga mía. Y si lo estáis, sabréis que tenéis que ir con pies de plomo con lo que os atrevéis a decir en las redes, no vaya a ser que alguna Pussy Riot de la crianza se de por aludida y tergiverse lo que habéis dicho para convertirse en la mártir de la CR, una víctima maltratada por sus ideales excelsos, por la pureza de sus creencias y por todo el amor que va dejando a su paso. Si esto sucede, tendréis que aguantar falta de respeto tras falta de respeto. Porque ellas, las damas blancas (ups perdón, blancas no, mejor… ¿rosas?) de la crianza, son muy respetuosas con los niños y las niñas, pero a los demás seres humanos les pueden dar mucho por culo. Te insultarán, te difamarán, incluso se permitirán mencionar a tus hijos e hijas en un alarde de sinvergonzonería nivel superior. 

Esta es una de las cosas que mejor saben hacer estas señoras: hablar de los hijos e hijas de otras personas. Se creen con el derecho de decir quién lo hace bien y quién lo hace mal. Se erijen en jueces sumarísimas de mujeres que pasaban por ahí y tuvieron la insensatez de comentar de manera natural algo sobre su vida cotidiana o algo que les pasó en la crianza de sus hijos. Cuantas mujeres no habrán caído en esa trampa y habrán salido dañadas de esas disputas sin sentido, que solo buscan herir al adversario para conseguir la auto-afirmación del grupo. 

Ya con mis hijos mayores, la verdad es que me paso por el forro lo que me diga ese grupúsculo. Ahora andan diciendo que no me arrepentí de aplicar el método Estivill. ¿Pero quién coño son ellas para hablar de mi vida? ¿Quiénes son ellas para hablar de la vida de cualquier madre? Independientemente de que el método Estivill me parezca una basura con la que un sinvergüenza se lucró, ¿qué derecho tienen estas señoras a decirle a nadie que se arrepienta humildemente de lo que hizo? Y lo peor es que, aunque yo me lo pase por el forro, estas actitudes de secta mesiánica con su gurusa a la cabeza hacen daño a muchas mujeres que están en momentos muy vulnerables de su crianza. Eso no me da lo mismo. Eso me cabrea mucho: que en nombre del respeto, un grupo de skinheads de la maternidad se permitan ir repartiendo inquina y mala sangre a diestro y siniestro. Eso sí: las malas somos las demás, que tenemos los ojos cerrados a la verdad, nuestra herida primal sangra y no somos capaces de ver la luz que ven ellas, las salvadoras de los niños y las niñas en un mundo de adultos rapaces y crueles. 

No me da la gana callarme

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Hola chicas. Que venía por aquí para deciros que estoy un poco harta de que, cuando se monta un escándalo, me preguntéis “¿Qué has liado ahora?” Sobre todo porque yo no lío nada: a mí me la lían. Y es que estoy más que harta de no poder expresarme en mi propio muro de Facebook y en mi Twitter. Estoy harta de la Santa Inquisición, de las personas que no toleran que pienses diferente a ellas y que si lo haces te acusan de:

– No contribuir a la revolución (como si yo fuese necesaria y estuviese contraviniendo las normas de un grupo armado)

– No haber completado mi camino espiritual (como si me importase una mierda lo que pienses de mi evolución kármica)

– Regodearme en su dolor y su desesperación por una vida plagada de demonios y dificultades (como si no tuviese otra cosa que hacer)

– Ser poco respetuosa con mis hijos y por extensión, con la humanidad entera (como si supiesen algo de mi vida y sus circunstancias)

– Lucrarme con la Crianza Respetuosa (esto es lo más curioso, en la vida me he dedicado a nada parecido y menos de manera lucrativa, cosa que algunas de la Santa Inquisición no pueden decir)

– Ser poco tolerante y no dejar que me lleven la contraria en mi muro (cuando no han dado un solo argumento para apoyar su postura y se limitan a despotricar y buscar apoyo en su grupo)

– Ser una pandillera que acosa a las pobres madres conscientes (cuando yo no me muevo de mi sitio, mis estados son privados y no me apoyo en un grupo que insulta y difama a la gente que no piensa como yo)

Mirad chicas, estoy harta de que el mundo de las mamás 2.0 sea un entorno desquiciado de neuróticas que están todo el día quejándose y peleándose. Y no me da la gana callarme. No me da la santa gana. Harta estoy de tener miedo a expresarme y a decir lo que pienso sin que venga alguien a agredirme. Si tienes algo que decir, lo puedes decir con respeto. Y deberías también respetar que alguien diga lo que le venga en gana en sus espacios privados. Si te sientes atacada y agredida, no tengo inconveniente en que lo hablemos y aclaremos las cosas, no suelo tener intenciones agresivas a no ser que necesite defenderme. Pero voy a decir lo que pienso cuando me venga en gana. Porque las ideas están para ser debatidas y comentadas y a veces puede que no estemos de acuerdo: es ley de vida.

Dejad de sentiros juzgadas y criticadas cada vez que leáis algo que va en contra de vuestras ideas. Y si no os gusta lo que digo, como lo hago en mis espacios privados, podéis salir de ellos cuando os venga en gana. Así contribuiremos a que la gente no vea este mundo de las mamás 2.0 como una panda de energúmenas que se dedican a pelearse de la manera más rastrera y malintencionada. Nos haremos todas un favor.

Si te enfadas, estás perdida


Después de muchos años de ser una persona malhumorada que se enfada siempre que le hacen una putada, se ríen de ella, le ponen la zancadilla o le hacen el vacío, he descubierto que mi enfado da fuerza a los otros. Sí, aunque parezca mentira, si te defiendes y te enfadas, quedas en una posición de desventaja. Tardé mucho en darme cuenta, pero cuando comprobé que la gente se sentía con la libertad de hacerme mil feos y desplantes y que, aún así, la que quedaba de super mala malísima era yo, me di cuenta de que mi enfado me ponía en el punto de mira del público y mis ofensores se convertían, como por arte de magia, en ofendidos. 

Fue entonces cuando entendí lo de los dientes de la Pantoja. En una sociedad cínica, si te están jodiendo, tú tienes que hacer como si fueses la persona más feliz del mundo, porque si te enfadas se ríen de tí y disfrutan de lo lindo. Qué contradicción ¿verdad? Es todo un poco truculento, porque si el enfado, que es la consecuencia natural de un agravio, no cumple su función natural, la venganza por detrás y la puñalada trapera parece que toman un lugar preponderante como respuesta a una ofensa. 

Otra solución puede ser desaparecer de la vida de la gente. Eso puede funcionar si esa gente no es tu familia (queda fatal enfadarte con tu familia y dejar de verles) o si no vives en un pueblo de mala muerte. En ese segundo caso, te encontrarás una y otra vez a esas personas de cuya vida se supone que has desaparecido, y es muy incómodo hacer como si una persona no existiera y que ves a través de ella. En estos casos, cuando te encuentras con esas personas de cuya vida desapareciste, compruebas cómo el perdón es un acto muy difícil en la vida de las personas adultas y a veces es más difícil que te perdonen por haberte enfadado que por haber cometido alta traición, así de contradictoria es la vida. 

Por todo esto, ahora estoy probando nuevos comportamientos alternativos al cabreo. Aunque se me lleven los demonios en privado, quiero aprender a respirar tranquila, a sonreir al/a la que me está dando por saco y a ser esa persona conciliadora con la que nadie puede. De esa forma, de momento he conseguido quitarme de encima tareas laborales que me llevaban mucho tiempo y por las que no obtenía ningún reconocimiento. También he conseguido rebajar el número de haters a niveles mínimos en las redes sociales, aunque eso, he de reconocer, es bastante aburrido. Ahora quiero conseguir tener un verano tranquilo. Es un reto que tengo por delante y me lo pongo como tarea de aprendizaje. No sé si lo conseguiré, pero he comprobado que hay personas que logran desaparecer y hacerse invisibles en los momentos cumbre y eso las hace ser seres súper buenos y poco conflictivos que todo el mundo adora. ¿Que no dices ni haces nada? Todo el mundo te adora. ¿Que a todo dices que sí, aunque luego hagas lo que te de la gana? Todo  el mundo te adora. ¿Que pones cara de compungida cuando hay un conflicto y no intervienes en ningún momento? Todo el mundo te adora. 

Ya estoy bostezando de pensar lo aburrida que va a ser mi vida a partir de ahora. Tendré que llevar un diario secreto con mis cabreos cotidianos. O convertirme de verdad en una persona adorable. Noto que desaparezco entre tanto buenrrollismo. Me desvanezco entre azúcares y almíbares. Me abriré un nuevo blog que se llame Sweetie Mother y os aburriré con largos post sobre las sonrisas y el optimismo. Y en los #VDLN solo pondré canciones de los 40 o de cantautores antiguos para que la gente no diga que voy de lista. Hasta nunca mundo cruel. 

Las mujeres envejecemos peor

http://www.fucsia.co/moda/famosos/articulo/mujeres-iconos-de-moda-mayores-de-60-anos/64948

Uno de los primeros pasos para cambiar algo es hacerse consciente de ello. Y una cosa que está empezando a hacerse evidente es que a las mujeres, a partir de los 50, no se las toma en serio. No es que antes de los 50 sea una maravilla y nos tengan en un pedestal, no. Es que, en el ideario común, la mujer a partir de 50 adquiere un estatus de ignorante, inocente y gracioso ser que hace muy buenas croquetas pero que no entiende nada de lo que dicen los jóvenes y los hombres.

Ya sé que los lugares comunes, si no se viven y experimentan, no se comprenden. Pero imaginad. Una mujer, 50 años, baila en una discoteca. Una mujer, 50 años, va a la quedada de Pokemon Go en la Puerta del Sol de Madrid. Una mujer, desconocida, 50 años, da una opinión política en una tertulia. ¿Qué os ha pasado por la cabeza? Seguramente lo mismo que cuando veis a Iris Apfel (que ya pasó la cincuentena) vistiendo esos llamativos ropajes y collares. No es común ¿verdad? Lo típico de una mujer de 50 es estar recluida en su hogar vistiendo una bata de flores y solo saldrá del brazo de su marido con la media melenita teñida con mechas y las lorzas embutidas en un vestido por debajo de la rodilla.

Pero vamos llegando a la cincuentena, e igual que en su momento me negué a adoptar el papel de madre reciente, que deja atrás los pearcing y los tatuajes para cambiarlos por la coleta y las chanclas, me niego ahora a que se me encasille y se me mire por encima del hombro por estar llegando a un sitio al que todos y todas vamos a llegar. No es solo ya la típica actitud de los adolescentes que creen que sus madres no saben nada. Eso es comprensible y puedo vadear con ello. Es además la actitud de tus compañeros de trabajo más jóvenes, que se creen con una sabiduría infinita que tú nunca rozaste, la forma en que la gente que no te conoce te sitúa en las conversaciones, el modo en que empiezas a escuchar la palabra señora de los hombres expertos en chapuzas varias en el hogar y en el automóvil, etc.

Yo entiendo que cuando no se pasa por un etiquetado colectivo tácito e inconsciente, no se comprende cómo se vive esta situación. Pero es muy desagradable que los demás quieran que seas de una manera que te es absolutamente ajena. Se empeñan en hacernos envejecer según la idea que tienen en su mente de lo que debe ser eso. Pero lo siento, no creo que cumpla con vuestras expectativas. Nunca he sabido dónde venden esa ropa de señora, esas batas de flores y esas zapatillas imposibles. Nunca me he puesto ni faja ni combinación, no me pienso poner mechas y no pienso dejar de leer y opinar sobre política. Y lo que es peor: nunca he sabido hacer croquetas.

Para que os hagáis una idea de cómo nos sentimos las mujeres cuando llegamos a los 50, os dejo aquí un vídeo que me ha pasado una amiga mía, muy lúcida en el terreno del impacto visual y narrativo. Somos las viejas brujas locas a las que nadie tiene en cuenta, peligrosas y apestosas. Nuestra experiencia profesional, nuestras competencias, nuestras virtudes se han corrompido al llegar a los 50. Dejad paso a las jóvenes promesas y atended los consejos de los viejos expertos. Donde esté un Merlín y un hada joven y buena, que se quite Madam Mim.

La herida primal es una metáfora


Una herida es una lesión que se produce en el cuerpo debido a golpes o desgarros en la piel. Una herida es lo que veis en la foto. Una herida se cura con agua oxigenada, si es muy profunda se cose y normalmente deja una cicatriz visible de por vida. Eso es una herida en términos médicos. Se sabe cuándo se ha producido, causa dolor y daño y deja un rastro físico. Cuando tenemos una intentamos sanarla. Puede infectarse o curar con el tiempo. La podemos dejar al aire o taparla con apósitos. Duele, pero si no te tienen que cortar el miembro, la herida sana y deja un rastro blanquecino que nos recuerda el momento del accidente. No te hurges la herida, no te arranques la costra, si pica es que está curando o hay que dejarla sangrar son expresiones comunes que oímos sobre nuestras heridas. 

Y ahora vamos con lo de la herida primal. Me imagino que ya sabréis que es Freud el que habla por primera vez de la teoría primal, planteando que las experiencias de la infancia son decisivas para la constitución de la personalidad en la vida adulta y el origen de las neurosis. En particular, las experiencias traumáticas tienen, de acuerdo con esta teoría, un poder decisivo para la constitución de nuestras vidas. A partir de aquí, se cataloga como trauma cualquier evento que frustre la obtención de placer por parte de la criatura, siendo el impulso hacia el placer el motor que mueve al niño y a la niña hacia el desarrollo natural y pleno. 

Aquí ya vemos el primer viso de la metáfora. Un trauma, en términos médicos, es un golpe que causa una herida o un daño en el cuerpo físico. A partir del planteamiento de la teoría psicoanalítica, este término se asimila al ámbito psicológico y se define como trauma cualquier hecho que daña el sistema psíquico del individuo y deja una huella duradera que deja ver sus efectos a lo largo de la vida. 

En su libro Metáforas de la Vida Cotidiana, Lakoff y Johnson nos dice que “la esencia de la metáfora es entender y experimentar un tipo de cosa en términos de otra“. Plantean que nuestro entramado conceptual es metafórico y que las metáforas que organizan nuestro conocimiento tienen un efecto decisivo en nuestra forma de actuar. Ponen ejemplos tan ilustrativos como entender la discusión como una guerra o el tiempo como dinero. Estas son potentes metáforas de la cultura occidental que marcan nuestras interacciones y nuestras formas de actuar. La discusión podría ser conceptualizada con otro tipo de metáfora (la danza, la orquesta, el trabajo en equipo, etcétera) pero al entenderla como un campo de batalla, los contendientes tienen el objetivo de ganar la discusión, batir al adversario, atacar los puntos débiles de los argumentos, etcétera. Es difícil hacer de la discusión un acto constructivo y cooperativo en estos términos. 

Partiendo de este planteamiento, usar la metáfora de la herida para aludir a las experiencias tempranas y sus efectos en nosotras tiene consecuencias contundentes en nuestras formas cotidianas de actuar, hablar, pensar y argumentar sobre este tema. Una de las cosas que más les molesta a las personas que usan la metáfora de la herida cuando les dices que están usando una metáfora es la posibilidad de que estés sugiriendo la inexistencia de la herida primal. Eso es algo que, desde luego, es imposible hacer con las heridas en la piel: son claramente visibles tanto ellas como sus huellas. Pero las heridas como metáforas de los efectos emocionales que producen los sucesos tempranos no se ven, lo cual pone en riesgo su estatus de realidad. De hecho, la metaforización de estos efectos y su corporización como herida física cumplen la función de ofrecer estatus de realidad a este constructo teórico. 

En este sentido, la herida se tiene que corporeizar. Las investigaciones que hablan de sustancias segregadas, pérdidas neuronales, formación de conexiones sinápticas y demás hechos “duros” se ponen a la cabeza como sustanciación de la herida. Cuanto más grande es el golpe, más grande es la herida y más difícil es sanarla. Las huellas, las cicatrices, la sangre que mana de la herida abierta se manifiestan en nuestra incapacidad para llevar una vida normal en nuestra vida adulta. La neurosis se convierte en la herida que hay que sanar. Tienes que sanar tu herida y el primer paso que tienes que dar para hacerlo es reconocer su existencia. El recuerdo  del trauma y su integración en el flujo de conciencia se convierten en el objetivo vital de los planteamientos terapeúticos que mantienen esta metáfora viva. No hay mercromina para la segregación de cortisol.

Los traumas pueden ser pequeños eventos o sucesos arrasadores. Cada cortapisa a la consecución del placer es un trauma. Desde el llanto desatendido en la cuna hasta la la violación más abominable. De esta forma, quedan catalogadas en el mismo estante y son tratadas desde la misma perspectiva moral: golpes que producen heridas que necesitarán sanar para poder llevar una vida normal. De este modo, solo se catalogan como heridas aquellos daños ocasionados en nuestro aparato emocional desde el nacimiento hasta los 12 años aproximadamente (según las teorías psicoanalíticas). A partir de los 12 años, los golpes que nos da la vida no tienen el carácter de trauma, y las heridas son superficiales y consecuencia, quizás, de aquellas heridas antiguas que no hemos sanado. En este orden de cosas, los perpetradores de las heridas son las personas que han tenido contacto con el niño o la niñas y que estaban a cargo de sus cuidados. Y son ellos los responsables no solo de los traumas infantiles, sino de las consecuencias de estos traumas en la vida adulta. Alguien que fue tratado con desamor, tratará con desamor. Alguien que fue golpeado, golpeará. Alguien que fue violado, violará. Y la culpa no la tendrá él o ella, sino sus ancestros. Aunque sí tendrá la responsabilidad de hacerse consciente de la herida y sanarla, rompiendo así el ciclo. Creo que os sonará esta argumentación. La podéis encontrar en los últimos escritos de la Gutman y la polémica por su visión de los pederastas como víctimas. 

La metáfora es un potente instrumento simbólico que estructura nuestro sistema conceptual y determina nuestras formas de actuar. Por ello, es muy importante ser consciente de las metáforas que usamos en nuestra vida cotidiana. La metáfora de la herida primal nos hace ver al ser humano como un organismo frágil que lleva siglos de historia sufriendo por el pecado original de sus padres primigenios. Nos despoja de la responsabilidad de nuestra propia vida, pone como meta un paraíso que nunca llegaremos  a alcanzar y nos inunda de la tristeza de lo que pudo ser y no fue. Ademas, desecha nuestra capacidad de supervivencia en entornos hostiles, la vida como una trama narrativa de aprendizaje continuo, el sufrimiento de las clases oprimidas por las injusticias estructurales y otras formas de contar nuestra historia y metaforizar nuestras vidas. 

No quiero acabar sin mencionar el arma arrojadiza que emplean los creyentes y usuarios de la metáfora de la herida primal. Si tus palabras les sugieren una mínima alusión a la inexistencia de la herida, te conviertes en una persona inconsciente de sus propios traumas por la directa. Insensible, dañada y dañadora, generadora de heridas por doquier y alguien que se lo tiene que hacer mirar. Así funcionan las metáforas de la vida cotidiana: perméan nuestros conceptos y se convierten en ellos, creando un mecanismo de protección ante cualquier intruso o intrusa que ose intentar desbaratar el entramado. Y nos pasa a todas sin excepción: nadie está libre de metáforas. Yo tampoco. 

La filosofía de las madres

Intento recordar mi infancia y a las que entonces eran madres hablando de su maternidad como lo hacemos nosotras en el Facebook y no encuentro parangón en mi memoria. Por más que busco sólo recibo las ondas de tardes de café con las vecinas contando muchos chismes, pero nunca éramos nosotrxs (o al menos muy pocas veces) lxs protagonistas de estas conversaciones. Sin embargo, entro en las redes y ahí están las madres, venga darle vueltas a un hecho aislado protagonizado por un niño, una situación en el parque, en el colegio, en una tienda, en la piscina o en el autobús. Y el nivel de profundización en este hecho me hace recordar cuando estudiaba el Discurso del Método de Descartes. Parece que estemos desgranando la existencia de Dios a veces.

Esto demuestra varias cosas: la maternidad ha llegado por fin al ámbito de la filosofía. Algo que antes era ignorado en los discursos más enrevesados de los filósofos masculinos está tomando relevancia como objeto de reflexión profunda. Y no lo digo de coña. ¿Es más elevado e importante hablar de la existencia de Dios que de la crianza en el hogar? Teniendo en cuenta que lo segundo es algo que ha sido y sigue siendo considerado como cosa de mujeres, es comprensible que haya sido ignorado por los señores pensadores de antaño.

Pero siempre que a una mujer le ha dado por pensar públicamente (en privado lo hacemos todas, aunque algunos tengan serias dudas al respecto), ha hablado de la maternidad. Y no me hagáis enumerar nombres. Podría mencionar a Simone de Beauvoire, Margaret Mead, Celia Amorós, Victoria Sau e incluso nuestra querida Amelia Varcárcel. Pero me interesan mucho más nuestras reflexiones: mujeres anónimas que abordamos el tema de la maternidad desde las tripas, el corazón y la garganta, y nos lanzamos a nuestros teclados a mostrar nuestros dolores, nuestras dudas, nuestra culpa, nuestro amor, nuestra soledad.

Muchas veces no estamos de acuerdo y defendemos con uñas y dientes nuestras posturas. Va nuestra identidad en ello, y quién sabe si algo más. Seguramente, cuando dejamos el teclado y nos encontramos de nuevo con nuestros hijos e hijas lo hagamos con una pizca más de sabiduría, o con unas cuantas dudas azotando nuestros pensamientos. Pero ningún debate es en vano. Cada debate lleva un poco de nuestras vidas y de nuestros desvelos. Quizás por eso, la contraparte de estos salones de café virtuales sea la creación de facciones enfrentadas que se baten en duelo en los grupos. Las de la Herida Primal vs. las de la Pedagogía Blanca. O las Malas Madres vs. las Madres Reales. O las blogueras comerciales vs. las blogueras independientes.

No creo que estas disputas sean muy diferentes a las que tienen los académicos y académicas en sus reuniones científicas. Una disputa siempre está investida de ego. Hay una parte de nosotras mismas que está en riesgo. Negar la herida primal y los efectos nocivos de la represión del alma infantil puede ser tan amenazante como negar la existencia de Dios. Sostener que la conciliación pasa por los permisos iguales e intransferibles tan drástico como decir que el lenguaje da forma a la realidad. Y cada cuál tiene sus argumentos bien aprendidos y ensayados. Alcanza la gloria la que construye el argumento más novedoso y contundente.

Bueno, y ahora os dejo que voy a ver cómo sigue la última discusión. Promete mucho. Creo que resolveremos, de una vez por todas, la cuadratura del círculo.