KILLEREFLEXIONES

Que el altruismo no nos ciegue

Hoy, Violeta Assiego plantea en este artículo la diferencia entre vientres de alquiler y gestación subrogada, aludiendo a la supuesta necesidad de regular esos casos en los que determinadas mujeres podrían desear servir de gestantes para concebir un hijo o hija de personas que no son capaces de hacerlo con sus propios cuerpos. Estas mujeres actuarían de manera altruista, sin cobrar nada, sin agencias intermediarias y los subrogantes sólo tendrían que pagar los gastos médicos.

Me pregunto de cuántos casos estamos hablando. Me pregunto si es necesario legislar para atender los deseos de un número ínfimo de mujeres, dispuestas a pasar por un embarazo, un parto y un postparto por nada. Me pregunto si es necesario arriesgarse a que haya personas que, enmascarándose tras esta legislación, trafiquen con personas aduciendo que lo hacen de forma altruista y recibiendo bajo cuerda sumas de dinero desconocidas. Me pregunto si es necesario hacer de nuestro país un sitio en el que puedan pasar ese tipo de cosas.

Yo creo que no es necesario. Y además, creo que la polémica de la gestación subrogada está enmascarando temas realmente importantes, como son el del aumento de la infertilidad en la población española y las dificultades en los procesos de adopción. Que es verdad que la adopción no está hecha para colmar los deseos de pater/maternidad de las personas, pero es una forma hermosa de satisfacer las necesidades de niñas y niños sin familia dejándolos al cuidado de gente que desea cuidar.

La causa principal del aumento de la infertilidad es el retraso del deseo reproductivo. Del deseo o de la posibilidad. Tener hijos e hijas a los 20 años, como hacían las madres de antaño, se ha convertido en ciencia ficción. Hay otras muchas causas, pero esa es la que ha dado lugar a un aumento notable de personas que buscan ayuda para poder gestar. La edad media de la primera maternidad ha aumentado 4 años desde los años 70 (Delgado, López y Barrios, 2006). Esta situación está ligada a los cambios en la forma de vida, que no necesariamente son negativos, pero que han transformado el paisaje conceptual e ideológico ligado a la maternidad, la crianza y la familia. Por otra parte, las parejas gays también tienen deseos de cuidar sus propios hijos e hijas, algo que se ha hecho posible en sociedades como la nuestra y que considero muy positivo.

Entre todo este revuelo, quizás sería sensato hacer una reflexión sobre lo que está pasando. Cada vez que oigo hablar de gestación subrogada, no puedo evitar pensar en los hijos de Cristiano Ronaldo, Elton John o Kim Kardashian y Kanye West. Me incomoda que los bebés se estén convirtiendo en un objeto de lujo que pueden ser comprados por las grandes estrellas por altas sumas de dinero. Pero entonces surge la palabra “altruismo” y parece que mi mente debe dejar de elucubrar y centrarse en esas mujeres que quieren ser los ángeles gestantes de otras personas. Pero, sinceramente, creo que no va a haber mujeres altruistas para satisfacer tanto deseo de mater/paternidad.

Por otra parte, la adopción es un asunto delicado: no olvidemos que detrás de cada adopción hay un abandono, una muerte, una situación de pobreza, etc. Lo deseable sería que no hubiese niños y niñas en adopción, y si existe esta fórmula jurídica, es en beneficio de los niños y niñas. En este sentido, las altruistas son las familias adoptantes, y no podemos exigir que se agilicen las adopciones en tanto en cuanto están sujetas a procesos jurídicos que garanticen los derechos de los menores.

Sé que lo que voy a decir no va a ser muy popular, pero quizás deberíamos repensar, como sociedad, el lugar que ocupa la maternidad y la paternidad en nuestros idearios sociales. Tener hijos e hijas, cuidarlos, criarlos, es una cosa muy bella y muy seria, pero no es un derecho. Cuando la maternidad se convierte en deseo insatisfecho es demoledora, no tengo ninguna duda, pero no podemos moldear la sociedad para satisfacer este deseo. Quizás debamos aprender a sublimar los deseos de maternidad y pensar, a largo plazo, como solucionar los problemas que giran en torno a nuestra esencia como especie: la gestación, la maternidad, los cuidados de nuestros pequeños en un grupo social que ha perdido su equilibrio y debe recuperarlo de alguna forma.

Diálogo sobre el diálogo


Cuando hablamos con otras personas, discurrimos por dos vías paralelas. En ambas pueden surgir acuerdos y desacuerdos. La primera vía es la de los argumentos (el qué): planteamos nuestras razones, ejemplos, contraejemplos y demás para apoyar la postura que mantenemos. La segunda vía es la de las reglas, implícitas o explícitas, que empleamos en este intercambio. Esta segunda vía es tan importante o más que la primera. Es importante atender a la forma en que transcurre el intercambio comunicativo y cómo se establecen las reglas de estos intercambios. 

El establecimiento de reglas en los intercambios es una cuestión de poder. La forma en que conformamos nuestros intercambios comunicativos dice mucho de con quién estamos hablando y para qué. Por tanto, imponer reglas a priori es decirle al otro o la otra que la finalidad del intercambio está acotada por una de las partes. Esto, aunque tenga su origen en unas muy buenas intenciones, no es muy conveniente. 

Todo esto viene al caso de un post que puso una mujer en Facebook el otro día diciendo que iba a ser la abanderada del feminismo dialogante y planteaba un debate sobre la gestación subrogada. Sin entrar en este, sin duda, interesante debate, esta referencia al diálogo plantea la necesidad de llegar a un consenso sobre el tema. Es muy loable que la gente quiera llegar a consensos, pero de sobra sabemos que el diálogo tiene un límite, que es el de los puntos en los que uno u otro participante no tiene la menor intención de cambiar de opinión. 

Esto me recuerda a una antigua relación que mantenía esta posición dialogante en todos los intercambios que teníamos. Cuando hablábamos de temas que despertaban mi vehemencia debatiendo, me daba la razón y parafraseaba mi argumento dándole la vuelta. De este modo, era yo la que siempre quedaba en una posición inestable en el “diálogo”, porque él me había dado la razón y, aún así, yo le tenía que volver a rebatir. Esa estrategia agresivo-pasiva consiguió que dejásemos de intentarlo. No digo que mi estrategia sea mejor, pero desde luego hay una cosa que me parece esencial en un debate: la honestidad. 

En cualquier debate hay que estar dispuesta/o a cambiar de opinión o a dar la razón. Pero también hay que estarlo para detectar los puntos irreconciliables entre los debatientes. Estos puntos suelen estar relacionados con las prioridades de cada debatiente. Puedes priorizar los deseos de paternidad de ciertas personas o, por el contrario, priorizar que la capacidad de gestar es un aspecto privado de la mujer con el que no es legítimo comerciar. Cuando llegamos a ese momento en que estos puntos se enfrentan, podemos seguir dialogando, seguro. Por hablar, que no quede. 

Por otra parte, hay que definir muy bién en qué consiste eso del diálogo. Hay temas muy delicados y polémicos e los que hay personas que se sienten muy implicadas y en los que no pueden evitar emocionarse y acalorarse en el debate. Pueden ser víctimas de malos tratos, de negligencias médicas, de abusos, y cuando se habla de temas relacionados con estos aspectos sacan su parte más pasional y dolida. A estas personas ¿qué tipo de diálogo les podemos exigir? Desde luego, guardar las formas es exigible en cualquier tipo de intercambio comunicativo, pero establecer normas que destierren la emocionalidad del debate excluye del mismo a estas personas que están emocionalmente implicadas con el tema. 

Por tanto, debemos tener en cuenta que poner normas en los debates abiertos requiere de una definición muy clara de lo que se espera de las personas participantes (por ejemplo, poner normas del tipo no está permitido insultar y atacar personalmente a los demás participantes) y siempre hay que estar preparados para que haya un intercambio en el que las personas que participan no están de acuerdo. Y no pasa nada. La tolerancia al desacuerdo es una de las competencias más importantes para el diálogo. Luego está la asertividad, el ser capaz de sobrellevar este desacuerdo. Eso no todo el mundo lo consigue. 

La envidia 

Recuerdo que hace ya muchos años estuve en una conferencia de Derrida en la Residencia de Estudiantes de Madrid en la que habló sobre la mentira. Decía que lo importante de la mentira no es su oposición a la verdad, sino las intenciones del que miente y los efectos que tiene la mentira. Además, hablaba de una transformación de la mentira de un fenómeno privado a uno público. Ahora, las mentiras son globales y tienen efectos internacionales. 

Me hubiese encantado escuchar una charla parecida sobre la envidia. Desde una postura realista, en la que la envidia es el sentimiento de odio hacia la persona que tiene algo que deseamos, hasta una definición de la envidia como una práctica social con múltiples usos existe un camino largo e interesante. Normalmente, las personas no reconocen tener envidia. Son los demás los que usan este concepto como acusación a partir de ciertos signos externos. La envidia no se ve ni se confiesa, de modo que siempre es algo que se infiere de ciertos elementos. En este sentido, la envidia no es algo definitivamente evidenciable que puede ser descubierto. Es algo que se sospecha pero nunca puede probarse fehacientemente.

Por lo tanto, las pruebas a partir de las que acusamos a alguien de padecer envidia son un aspecto digno de atención. Vamos a explorar algunas.

1) La falta de reacción ante las alegrías y los éxitos del otro o de la otra: Una de las cosas que nos puede llevar a acusar a alguien de ser envidioso/a es que no se alegre públicamente de nuestros progresos, éxitos o alegrías. Por tanto, antes de que se produzca un sentimiento de envidia existe antes una difusión de los éxitos de la persona envidiada. La persona envidiada es cubierta de alabanzas, y aquellas personas que no se unen a la algarabía son tachadas de envidiosas. 

2) La emulación de la persona envidiada: Puede ser que la envidia no vaya ligada a la comunicación de grandes éxitos. Acusamos de envidiosa a la persona que nos imita o emula, que hace lo que a nosotras/os nos proporciona éxito y alegría. Imaginemos que en una reunión alguien hace un chiste y todos/as se ríen y alaban a la persona por su buen sentido del humor. Acusamos de envidia a aquellas personas que no se ríen del chiste y acto seguido empiezan a hacer chistes en cadena.

3) La crítica hacia el acto o la obra a partir de la que hemos cosechado el éxito: Por último, se infiere envidia de la crítica inmediata hacia lo que nos produce alegría y/o éxito. Mientras recibimos halagos por nuestra obra, definimos como envidiosos/as a aquellas personas que miran con recelo lo que hemos hecho y encuentran sus partes negativas. Esto se ve como un intento de eclipsar nuestra felicidad y echar abajo nuestro éxito. 

Estos tres elementos que son tomados como pruebas de lo que llamamos envidia no son, como ya he dicho, pruebas irrefutables de la existencia de un sentimiento de envidia. Dado que la envidia es un sentimiento inconfesable (a no ser lo que llamamos envidia “sana”) nunca podemos constatar que realmente la persona acusada de envidia sienta realmente inquina hacia nosotros/as. 

Por tanto, sería mucho más efectivo prescindir de la necesidad de probar que alguien nos envidia y constatar que alguien presenta alguno de estos tres tipos de comportamiento que hemos definido anteriormente (no-reacción, emulación o crítica). No obstante, hemos de ser consciente que poner de manifiesto que alguien hace cualquiera de estas tres cosas nos sitúa en el pundo de mira de la vanidad y la soberbia. Por tanto, la acusación de envidia o la constatación de existencia de alguna de estas tres pruebas es algo que tiene que hacer otra persona (una palmera o un palmero). De ahí surge la conocida expresión “lo que pasa es que te tiene envidia”, a lo cual nuestra única respuesta posible es “¿Ah, sí?”.

A partir de aquí, podemos observar que los medios de comunicación y las redes sociales se han convertido en entornos propicios para observar actos de envidia colectivos y públicos muy interesantes. Desde las figuras públicas del mundo de la farándula hasta los políticos de todas las especies evidencian en algún momento actos de envidia reseñables y constatables. Pero esto será objeto de otro post. 

#VDLN 131: Blessed (Elton John)

El budismo dice que el sufrimiento proviene del deseo, el apego y la ignorancia. Hoy me voy a centrar en el deseo, esa pulsión que Nietzsche reifica cuando dice que, en última instancia, lo que amamos es a nuestro deseo más que al objeto deseado. Y eso pasa cuando surge el deseo de la pater/maternidad. Ese deseo crece, se construye, se expande, se alimenta de nuestras necesidades de afecto, de nuestra imagen futura como guías. Y si ese deseo se encuentra con dificultades para ser satisfecho, el sufrimiento es inmenso, porque la persona ya había generado una autoimagen futura de madre/padre perfecta/o, colmando de bendiciones a ese pequeño ser que traemos al mundo.

El niño-deseo solo existe para satisfacer estas ansias de completitud en un universo onírico que ha construido el o la deseante. Esto hace que fantaseen con que ser padres, tener un hijo o una hija que cumpla con sus expectativas tan largamente mantenidas, es un derecho adquirido desde el mismo momento en el que se nace.  Pero no lo es. Un derecho nunca se puede definir por la posesión de otra persona. Tenemos derecho a una vida digna, pero esa dignidad no está vinculada a ningún estatus concreto, sino a unas condiciones generales de salud, entorno acogedor, alimentación y desarrollo personal que nunca puede implicar la posesión de una persona que todavía no es, y que para ser tiene que haber alguien que te preste una parte de su cuerpo.

Por tanto, cuando el deseo de ser madre o padre no se ve satisfecho por distintas razones, implica las vidas de otras personas. Por ese simple hecho, no es un derecho. Solo es un deseo que se puede satisfacer de una manera altruista, adoptando a niños y niñas que se han quedado sin familia, o de una manera mercantilista, comprando los servicios de alguien que puede gestar un bebé por ti. Y como dicen en mi casa, esta segunda opción solo se contempla en un mundo capitalista, en el que la dignidad de las personas parte de un supuesto libre albedrío, y no de la reflexión anticipada de lo que supone convertir  a  las personas en moneda de cambio.



“Eso no es científico”: Las creencias populares sobre la construcción del conocimiento 

La cultura popular está desarrollando mecanismos súmamente perniciosos de control. Poco podemos decir fuera de los límites de lo revestido por la autoridad suprema: la ciencia. La ciencia entendida, por supuesto, como un proceso de búsqueda de la verdad, nunca como un proceso de construcción del conocimiento a partir de métodos sentenciados como científicos. 

Porque la ciencia no es nada más y nada menos que eso: construir conocimiento usando procedimientos determinados. Se parte de una hipótesis y trata de averiguarse si es falsa a partir de un experimento. Los experimentos consisten en diseñar situaciones controladas que simulen lo mejor posible las condiciones naturales en las que se produce un fenómeno y hacer mediciones de ciertas variables en estas circunstancias, para contrastar la hipótesis formulada. Si la hipótesis se confirma, esto nunca quiere decir que esta sea la verdad, ya que lo único que podemos comprobar a ciencia cierta (valga la redundancia) es que la hipótesis es falsa. Solo en este caso podemos estar seguras de que eso no es lo que estamos buscando. 

Popper siempre me ha producido un gran desasosiego. Saber que lo único que podemos tener por cierto es lo que es falso y que la experiencia solo nos puede llevar a corroborar, pero nunca a verificar, me dejó a las puertas del relativismo. Sin embargo, la dureza de la ciencia persistió en mi cabeza hasta que empecé a viajar a lugares recónditos del microanálisis. Las hipótesis que siempre rondan nuestra cabeza son las que explican un todo universal e inmanente. La física y la química son las ciencias duras por antonomasia. Estudiar el mundo no orgánico se nos antoja totalmente accesible y explorable en profundidad, sin necesidad de protocolos de ética científica que se ponen en el camino de las científica de lo orgánico (excepto si formas parte del equipo del Dr. Menguele et al). Sin embargo, ¿tenemos claro cómo se realizan las investigaciones en estas ciencias durísimas y exactísimas?  Son muy interesantes a este respecto los trabajos de etnografía de la ciencia, que observan de cerca el trabajo de las científicas y de los científicos en los laboratorios. 

Las ciencias de la vida y las ciencias humanas y sociales trataron de adoptar el método hipotético-deductivo (llamado científico) en el desarrollo de su conocimiento. Esto implica, intevitablemente pero de manera tácita, construir un modelo de ser humano-máquina, que es estudiable ignorando su historia de significados y su entorno social, en el que funciona como una pequeña célula de un organismo complejo. Esto no quiere decir, desde mi punto de vista al menos, que el estudio del ser humano como individuo sea inadecuado o inutil, ni que no existan métodos adecuados para estudiar los procesos y prácticas humanas. Los métodos cualitativos de investigación son poderosas herramientas para adentrarnos en el mundo social, lingüístico y cultural de los entornos de interacción humana, pero son poco populares y denostados por los legos como no científicos, inexactos o poco creíbles

El quid de la cuestión es cuál es el objetivo cuando investigamos los procesos humanos. ¿Es encontrar una verdad inmanente sobre lo que somos, cómo actuamos, cómo nos desarrollamos, cómo vivimos, cómo interactuamos? Entonces, quizás, el objetivo está reflejando una idea del ser humano más que una realidad universal. Uno de los dilemas principales en el estudio de los procesos de pensamiento del ser humano han sido las diferencias culturales en las formas de razonar sobre el mundo. De este modo, el hecho de que un investigador occidental investigue la mente humana determina decisivamente lo que busca y lo que encuentra. Por eso, algunas ramas de la Psicología proponen métodos inductivos en vez de hipotético-deductivos para estudiar el funcionamiento de la mente en su contexto, aunque ni siquiera esto nos libra de la mente del que investiga. 

Por otra parte, pareciera que el único conocimiento válido fuese el universal y el que revela lo genético y natural. En este sentido, estoy encontrando últimamente un rechazo absurdo al estudio científico de las prácticas educativas y su optimización, que son prácticas culturales e históricas. La gente que no ha tenido contacto con una investigación educativa en su vida, desprecia como no científico y poco creíble el extenso campo de estudio que existe sobre los procesos de enseñanza-aprendizaje. Desde mi punto de vista, y volviendo al principio de esta entrada, el concepto de ciencia dura está haciendo mucho daño al progreso social que podría aportar la investigación en humanidades y ciencias sociales. Los legos tienen su folk-psychology bien asentada en sus neuronas y no van más allá. Mientras, en otros sitios, se reflexiona sobre la práctica educativa, se ponen a prueba distintos métodos de enseñanza, se hace microanálisis de la interacción en el aula, se reflexiona sobre el discurso educativo, etcétera etcétera. 

El reto es convertir los resultados de todas estas reflexiones y estudios, denostados por no producirse en un laboratorio, en conocimiento transferible y divulgable. Pero esto también es un peligro: en un mundo inundado de artículos periodísticos sobre cualquier tema, lo que se hace urgente es enseñar a distinguir entre conocimiento construido siguiendo los métodos adecuados de indagación y razonamiento y el conocimiento que proviene de las creencias o posturas políticas del momento, que interesa difundir y asentar en el ideario de la población. Eso nos haría menos manipulables y más rebeldes. Un peligro en potencia. 

Libertad de expresión


Hay gente a la que le cuesta escuchar cosas con las que no está de acuerdo. Las reacciones pueden ser diversas, pero algo que tiene en común su respuesta es la intolerancia. Creen que la firme convicción que tienen sobre algún tema determinado les da el derecho a censurar a las personas que piensan distinto a ellas. Y cuando escuchan algo que no les gusta insultan, gritan, difaman y buscan por todos los medios acallar a quien habla. 

A veces basta con compartir un enlace de una entrevista interesante para que esas personas, que se creen en la posesión de la verdad más absoluta, monten en cólera. Apelan a lo que ellas creen que son preceptos inquebrantables y dicen tonterías bastante monumentales, como llamar pseudociencia a la sociología para apoyar un argumento biologicista pseudocientífico. Pero su realidad personal debe prevalecer por encima de cualquier otra realidad y recurren a la emocionalidad más desgarrada como señal de que tienen razón.

El recurso a la ridiculización y aplastamiento de las ideas ajenas ya está muy visto. Nadie os dice que dejéis de ser como sois y de pensar lo que pensáis. Podéis seguir vuestra vida aunque veamos las cosas de manera distinta. Pero tanto empeño en taparnos la boca me hace pensar que hay algo de totalitarista en vuestros planteamientos y que para que podáis vivir en paz, todas las mujeres tenemos que pensar lo mismo que vosotras.

Pues va a ser que no. Me da pena veros temblar de rabia cuando escucháis cosas que no queréis oír. Pero la diferencia sigue existiendo, por mucho que os empeñéis en sacar las cosas de quicio. Espero que se os pase pronto el aturdimiento al comprobar que, una y otra vez, la gente es capaz de pensar de forma distinta a vosotras. Respirad profundo, apelad con fuerza a vuestro instinto mamífero y salid de mi vida retropropulsadas por la leche que sale de vuestros pechos a borbotones. Yo, mientras, seguiré leyendo Píkara o lo que me salga del coño.

Relación sentimental y cuñadología

Lo peor que te puede pasar si eres mujer y no estás casada con tu pareja es que te detenga la policía. Desde ese momento, pasas a tener una relación sentimental con alguien. Yo me pregunto si se considera agravante del delito tener una relación sentimental. Porque claro, eso suena así como a que vives en concubinato, mantienes relaciones sexuales poco convencionales y tu vida es ciertamente desordenada. 

Si eso va acompañado de tu edad, apaga y vámonos. Analicemos el siguiente párrafo: 

“Esta mujer, de 42 años y sin antecedentes policiales que mantenía una relación sentimental con el padre del referido alumno, fue detenida como presunta autora de un delito de daños informáticos y falsificación de documento público.”

Vamos a jugar. ¿Qué creéis que hizo esta mujer para ser detenida? Algo truculento, muy truculento. A esa edad, tener una relación sentimental, y encima CON EL PADRE DE UN ALUMNO, no es de recibo. ¿Daños informáticos? ¿Le tiraría el ordenador a la cabeza a alguien? ¿Al alumno, quizás? Y esa relación sentimental ¿comenzaría en la barra de un bar? ¿En una discoteca? ¿En la fiesta de fin de curso, quizás, en uno de los baños del centro?

Vamos a ver cómo podríamos cambiar este párrafo para que esas visiones no vengan a nuestra mente al leer la noticia: 

“Esta mujer, de 42 años y sin antecedentes policiales, pareja del padre del referido alumno, fue detenida como presunta autora de un delito de daños informáticos y falsificación de documento público.”

Ha cambiado la cosa, ¿verdad? Parece como que la relación toma más consistencia. Ya es una relación más duradera, como algo más formal. A ver, si lo que quiere expresar el periodista al transmitir la noticia sin modificar una coma del informe policial es que la mujer y el padre del alumno eran novietes y se acababan de conocer (que a lo mejor es así) pues lo de la relación sentimental queda un poco más adecuado. Pero si no se ha preocupado por indagar al respecto o considera que no es relevante, lo mejor es utilizar un término sin connotaciones. Porque, seamos serias, nadie va diciendo por ahí que tiene una relación sentimental con alguien: eso solo lo dice la policía cuando te detiene. Tener una relación sentimental, en ese sentido, es chungo. Significa que estás detenida. 

Siguiendo con el párrafo, me pregunto qué relevancia tiene la edad de la mujer en la noticia. Vamos a pensar de nuevo que los periodistas copian la ficha policial textualmente y lo mandan a publicar. Pero lo que ya lo borda es que no tenía antecedentes policiales. El hecho de poner eso suena a que podría tenerlos. “Mujer de 42 sin antecedentes policiales” suena a mala persona, aunque no lo haya demostrado hasta ahora. En ningún momento podemos decir que el periodista mienta. Pero vamos a dar otro retoque al párrafo, a ver qué tal queda: 

“La jefa de estudios y profesora en el centro, pareja del padre del referido alumno, fue detenida como presunta autora de un delito de daños informáticos y falsificación de documento público.”

¿Os vais haciendo ya una idea? Os dejo una de las muchas noticias publicadas sobre el caso. Todas han copiado la ficha policial, pero esta está especialmente mal escrita

La educación deshumanizada


Hace unos días, una compañera del grupo de Facebook Basta de Deberes comentaba el paralelismo que se puede establecer entre la deshumanización del parto y la de la educación. Lo hizo como respuesta a nuestro uso de la expresión educación alternativa cuando hablamos del tipo de educación que nos gustaría para nuestros hijos/as: una educación respetuosa con los ritmos de las niñas y niños, basada en la experiencia y la investigación, sin pupitres, castigos ni libros de texto y que fomente la creatividad y el pensamiento crítico. Ella decía que, al igual que un parto respetado en el que se deja decidir a la mujer y donde no hay intervencionismo médico es un parto normal y no algo especial y exclusivo, lo que nosotras llamábamos educación alternativa es lo que deberíamos empezar a llamar EDUCACIÓN NORMAL

Y no le falta razón. Echando la vista atrás, podemos ver cómo la educación formal ha ido dejando tras de sí lo que tenía de normal. Antaño, quien quería ejercer una profesión entraba de aprendiz a las órdenes de un maestro. Se apredía en contacto con las prácticas reales en las que, a su vez, se generaba el conocimiento. Era inaudito que alguien aprendiese física o química alejado de un laboratorio y de los procesos de investigación y experimentación. Lo mismo con cualquier saber, desde los más prácticos y aplicados hasta los más abstractos. 

Ahora, sin embargo, tenemos un ejército de educadores/as que no saben nada y lo saben todo. Ofrecen píldoras de conocimiento sin explicar de dónde han salido. El conocimiento, de esta forma, se ha desvinculado del contexto en el que se produce, dando lugar a la falsa ilusión de que existe ahí fuera, para que cualquiera lo introduzca en su cabeza y lo vomite en un examen. Se ha perdido la perspectiva con respecto al conocimiento y ahora, todo lo que se dice en un aula, se toma como una verdad absoluta que alguien dijo una vez y quedó grabada a fuego en los anales de la historia. 

Este es el origen del pensamiento acrítico, de la creencia en una historia que se cuenta tal y como sucedió, en unos descubrimientos científicos independientes de la persona que los publica y en unas tradiciones que no deben cambiar porque, si las cosas siempre han sido así, así deben seguir. Y esta es la forma más sencilla de que, mientras unos pocos siguen generando conocimiento, la gran masa de la población sea ajena a lo que está pasando en la cumbre aunque tenga la ilusión de dominarlo todo. 

La marcha atrás en este proceso no es fácil. Nuestra sociedad depende de tal manera de la escuela que cambiarla implicaría transformar la sociedad al completo. La escuela es el reflejo de la sociedad en la que vivimos. Por eso, es bastante paradógico que hayamos depositado en ella la misión de lograr la igualdad. Se supone que una escuela pública de calidad será capaz de uniformizar a la población, independientemente de su procedencia. Pero lo cierto es que una institución fuertemente enraizada en una sociedad clasista nunca será capaz de cumplir esta misión. 

Lo único que podemos hacer es educar a nuestros hijos e hijas para que comprendan que el conocimiento no es inamovible, no para de cambiar aunque se imprima en libros de texto y se produce en lugares ajenos a la escuela. Que el verdadero aprendizaje se produce cuando se usa el conocimiento para hacer cosas en la vida real y que el hecho de aprobar un examen no quiere decir que hayan aprendido. 

Las mal llamadas extraescolares


La típica respuesta de la masa docente cuando damos argumentos en contra de los deberes que nos imponen desde la escuela es que las familias cargamos de extraescolares la agenda de nuestros hijos e hijas. Este argumento de quítate tú para ponerme yo funciona mal. Cuando las niñas y niños salen de la escuela, después de 5 horas lectivas, el tiempo es gestionado por la familia, y lo que hagamos con ese tiempo no puede ser decidido desde una institución ajena a la misma.

En muchos casos, ese tiempo se aprovecha, además de para descansar y tener un rato de ocio libre, para aprender cosas que la escuela española no enseña ni de refilón. Tocar un instrumento, aprender lenguaje musical, a jugar al tenis, a nadar, a pintar o a practicar un arte marcial. Ese tipo de cosas son, en muchos casos, vocaciones y talentos que nunca se desarrollarían si no fuese por esta inversión extra-escolar.

Pero el hecho de llamarlas “extraescolares” las sitúa en referencia a la escuela. Como si fuesen algo añadido a la escuela y subordinadas a ella . Nada más lejos de la realidad. En estas disciplinas que no se trabajan en la escuela, bien porque no se les ha dado la suficiente importancia, bien porque no existen profesionales preparados para enseñarlas en esa institución, se trabaja de forma radicalmente diferente a la escuela. Las niñas y niños aprenden haciendo. Nada de estar sentados en un pupitre con lápiz y papel, copiando o escribiendo al dictado lo que un adulto dice y realizando miles de ejercicios sin referente en la vida real. Si un niño o una niña aprende a tocar un instrumento, formará parte de una agrupación o de una orquesta y tocará delante de un público desde el primer momento. Formará parte de una comunidad en la que va asumiendo más responsabilidad a medida que adquiere más destrezas y conocimiento. Y nada de calificaciones: en este entorno, la recompensa es la satisfacción de hacer las cosas mejor cada día. Todo esto no tiene nada que ver con la innovación, sino que es algo normal y más bien antiguo. Se aprende como se aprendía antes, formando parte de una comunidad de práctica y participando en ella, primero en la periferia y pasando poco a poco hacia el centro, a medida que se va aprendiendo más y más.

En estas disciplinas sí que se trabaja la cultura del esfuerzo. Las niñas y los niños aprenden que el buen desempeño va acompañado de muchas horas de práctica, de entrenamiento, de ensayos y de estudio. Y estas horas se ven recompensadas cuando llegan a ser capaces de hacer algo que antes no sabían hacer. Es entonces cuando reciben los aplausos y la enhorabuena, el nuevo cinturón o un puesto más cercano a la directora de orquesta.

Este tipo de actividades de aprendizaje no son extraescolares. Son comunidades de aprendizaje independientes del colegio. Actividades extraescolares son las academias a las que algunas familias llevan a sus hijas e hijos para hacer los deberes que mandan en la escuela, o para reforzar destrezas en las que el colegio invierte mucho tiempo pero no acaba de enseñar bien, como por ejemplo una segunda lengua. Las extraescolares siguen los mismos métodos de transferencia de contenidos y realización de ejercicios a los que son sometidos niñas y niños durante 5 horas al día. Mis hijos nunca han ido a este tipo de actividades, principalmente porque son ellos los que eligen qué hacer.

En conclusión, el tiempo no lectivo es un tiempo que gestiona la familia y que no está sujeto a las imposiciones que se hagan desde la institución escolar. La educación obligatoria tiene su tiempo asignado y no puede exigir que las familias nos convirtamos en una extensión de la escuela. Es demencial imponer a niños y niñas de 3 a 11 años que dediquen gran parte de su tiempo libre a estar sentados frente a un libro de texto y un cuaderno. Comparar esto con las actividades que las niñas y los niños hacen de forma libre y voluntaria y en las que aprenden destrezas inalcanzables para ellas y ellos en el colegio es un sinsentido.

Me parece increíble tener que estar escribiendo sobre esto. ¿No os da la impresión de que las instituciones se inmiscuyen cada vez más en nuestras vidas?