KILLEREFLEXIONES

Las y los jóvenes de hoy en día

Estoy tremendamente harta de la línea de pensamiento que se está instaurando hoy en día sobre esa supuesta sobreprotección que ejercemos las madres sobre nuestros vástagos ya mayores. Es como si, llegados a cierta edad, los y las jóvenes tuviesen que andar por la vida como si no tuviesen familia, un sustento imprescindible para alzar el vuelo tanto en lo económico como en lo emocional. Hay familias que consideran que, llegados a los 18, las personas ya no deben contar con la ayuda de su madre (figura principalmente demonizada como “la sobreprotectora”) para hacer gestiones tales como alquilar pisos o hacer la matrícula. Con ingresarles el dinero en una cuenta y decirles “tira para delante” debe de bastar.

Sin embargo, emanciparse es un proceso en el que toda ayuda es poca. A nadie le parece extraño la extrema implicación de las familias en las formas de emancipación tradicionales: el matrimonio. Las dos familias, la de la novia y el novio, se metían hasta en la sopa, aportando ajuar para la casa, orquestando la ceremonia y el banquete, preparando el futuro hogar de los novios, etc. Sin embargo, ahora se ve con malos ojos que las familias ayuden a sus hijas e hijos a irse de su hogar, en el que han estado viviendo desde su nacimiento.

Emanciparse requiere de un acompañamiento. No hay nada malo en apoyar en el proceso a la persona que se va de casa. Los casos más difíciles son aquellos en los que la persona tiene que dejar su ciudad natal o el sitio en el que ha residido en su infancia y adolescencia para trasladarse a la ciudad en la que va a comenzar sus estudios universitarios. Hay que hacer trámites que no han hecho nunca en su vida, además de que hay que tener en cuenta que el alquiler de pisos no se puede hacer sin un aval adulto con nómina: es imposible no apoyarles en ese paso si vamos a subvencionar su emancipación. Me entra la risa cuando los treintañeros sobrados exclaman que ellos lo hicieron todo solitos. No se lo creen ni ellos, a no ser que tuviesen la suerte de poder sufragarse una residencia. Y luego están la mudanzas. Bueno, sí, siempre puede ser que seas un niño o niña de papá con un coche amplio para hacer tú sola la mudanza, pero si eso no es así, lo más normal es que la familia ayude en el traslado.

Es algo inevitable: el curso en el que los/as hijos/as tienen que irse a estudiar fuera es un trasiego de idas y venidas. Y, emocionalmente hablando, es importante tener un apoyo, un sitio a donde volver, donde siempre te esperan, tu casa. No entiendo esas familias que, cuando sus hijas e hijos salen por la puerta, desmantelan sus cuartos. No es lo mismo irse para formar una familia que irse a estudiar fuera a los 18 años. El vínculo familiar todavía es fuerte y necesario. He visto muchas chavalas y chavales fracasando en el primer año de universidad por esa falta de apoyo familiar tan importante cuando dejas el hogar y te vas a un sitio extraño en el que no tienes ningún vínculo.

En todo este tinglado, las madres aparecemos como grandes obstáculos para nuestras hijas e hijos y se ponen como ejemplo casos extremos en los que las madres van a hablar con los profesores (y profesoras) de la universidad para sacar las castañas del fuego a sus pobres bebés o se sacan de contexto situaciones en las que las madres ayudan a sus hijos/as a elegir vivienda. Afortunadamente, no necesitamos que nuestras/os hijas/os se conviertan en Marines de guerra. Solo son estudiantes jóvenes que comienzan su andadura. En la mayoría de los casos, la inmensa mayoría, estas ayudas son necesarias y proporcionadas. Dejad de ridiculizar a las madres y de exigir un desapego que, desde ningún punto de vista, se ha demostrado que sea más beneficioso para el desarrollo de las/os jóvenes adultas/os.

Quiero ser vulnerable

 

Años renegando de los libros de autoayuda y, de repente, encuentro lo que necesitaba. Es lo que tiene tener hijos mayores: que te abren un mundo a cosas nuevas, a cosas sobre las que la gente de mi edad o de mi entorno ya está de vuelta. Tus hijos e hijas te descubren el mundo visto con ojos nuevos, sin prejuicios ni resistencias. Así es como llegué al concepto de vulnerabilidad, planteado por Brené Brown, una investigadora social. Para acercaros a él de manera directa y sencilla tenéis esta charla.

Sí, hace ya 7 años de esa charla. Nunca me hubiese interesado por ella si no pasase por una época de bloqueo emocional intenso. Miedo, inseguridad, cuestionamiento de todo lo que he sido y todo lo que he hecho hasta ahora. Echo la vista atrás y veo coraje y desvergüenza. Me atrevía con todo, estaba conectada conmigo misma, pero quizás me faltaba conexión con las personas que me rodeaban.

Bueno, quizás no: seguro. La gente me saca de quicio. No tengo paciencia con los procesos de aprendizaje. Es algo que tengo que trabajar, aunque pienso “¿ya para qué?. Total, he estado toda la vida siendo una borde despiadada, ¿quién se va a creer que he dejado de serlo?”.

Ahí estaría mi espacio de vulnerabilidad: ser capaz de conectar con paciencia. Manifestar ternura. Emocionarme más allá del “buah, otra vez la llorona esta, a ver si aprende de una vez.” Mi bloqueo en ese espacio de conexión está elevado a la enésima potencia. Hay tres cosas que me producen gran rechazo: la debilidad, la pereza y la incapacidad de razonamiento lógico y cuando percibo alguna de las tres, ya no escucho, no dejo hablar, no dejo espacio para la confidencia ni para el apoyo.

Pero lo cierto es que, si todo el mundo fuese como yo, irían con una coraza de acero de aquí para allá, sin inmutarse por las múltiples vicisitudes de la vida y todo sería mucho más aburrido. No tengo claro que quitarse la coraza sea la solución, aunque sí sería la liberación de un gran peso. Pero es complicado, después de tanto tiempo acostumbrada a ella. No tengo claro que sepa actuar sin una protección permanente: ahí está el tema clave de la cuestión. Me siento constantemente AMENAZADA por lo de fuera y, para evitar cualquier tipo de agresión, permanezco dentro.

En línea con el tema clave, la amenaza se disipa si acepto mi imperfección. Es duro vivir con el dogma de ser perfecta en todos los sentidos, de no desviarme de una línea de coherencia permanente. Respirar en una imperfección tolerable es lo máximo a lo que aspiro ahora mismo. No puedo exigirme más, de momento. Y aceptando ese espacio pequeño, minúsculo, de vulnerabilidad propia, aceptar también la imperfección de los demás.

Ese drama costumbrista…

Ha terminado la época del drama costumbrista. No me parece mal en absoluto que haya gente que quiera seguir abundando en ese tema, pero, en lo que a mí respecta, ha llegado el momento de pasar página. Los tiempos de la casa de Bernarda Alba han pasado. Ahora, los dramas cotidianos están cargados de transversalidades y conflictos entre lo analógico y lo digital. Ahora, la gente que crea tiene ganas de aportar otras perspectivas al lacrimógeno panorama de los terribles dramas españoles, sin necesidad de esconder entre risas un truculento mensaje, una verdad incómoda o un horrible secreto.

Hay toda una generación que viene a reinventar nuestro imaginario tradicionalista de coplas y mujeres sufrientes, de hombres violentos y humillados, de jefes déspotas y sádicos, de guardias civiles asesinos, de madres dominantes y patologizantes, de padres ausentes y autoritarios. Lo habéis visto, ¿verdad? Las imágenes de una generación las produce un grupo determinado de personas, los creadores (normalmente en masculino). Y son sus conflictos, sus problemas, sus dilemas, sus miedos y sus placeres los que absorbemos y hacemos propios. Recuerdo cuando de adolescente consumía literatura, cine español de los 80, películas antiguas de los 50 y 60, todas esas cosas. Recuerdo pararme a pensar qué tenían que ver conmigo todas esas cosas. Yo no había nacido en una familia adinerada, como algunas de las protagonistas de Almudena Grandes, ni en una familia extremadamente pobre, como la de Germinal o la de Cañas y Barro, no había vivido la Guerra Civil ni la postguerra, como en Libertarias o Las cosas del querer, ni me veía reflejada en absoluto en las mujeres de las películas de Almodovar.

Ahora parece que la cosa se empieza a democratizar un poco más. Sigo sin verme reflejada en las producciones artísticas de la época, pero al menos parece que la carga en blanco y negro con fondo de rezos y rosario va desapareciendo. De todas las crisis y vacíos creativos surge una visión nueva y revolucionaria y creo que eso puede estar a punto de estallar. La mirada está cambiando. Nos vamos cansando de las imposiciones creativas, de hablar de dramas y dolores evidentes (que nunca deben ser desterradas, por supuesto) y los dolores actuales y cotidianos de una sociedad sumida en lo digital y apartada de la tierra salen a la luz y van cobrando el derecho de ser expresados. El arte de lo aparentemente intrascendente se abre paso. Porque ¿quién marca la trascendencia de las cosas? ¿Quién tiene el poder de hacerlo?

Me gustan las expresiones culturales que desafían al macho intelectual, ese que va al teatro sin saber a dónde va para luego pontificar desde su sabiduría ancestral. Ese que desprecia la literatura escrita por mujeres porque no toca los temas importantes de la vida (la política y la economía, el top del aburrimiento perorato del señor petardo). Ese que desprecia a las y los jóvenes creadores “porque no saben nada de la vida”. Señor (o señora, que alguna hay): desaprender es tan importante como aprender. Y no siempre los viejos son más sabios que los jóvenes. Hay que bajarse del púlpito de la adultez y la seriedad, de la profunda erudición, para disfrutar de las nuevas y frescas miradas que están surgiendo.

Sé que duele. A veces duele dejar de estar en el candelabro (como decía nuestra Belén, la princesa del pueblo), pero es bonito ver cómo crece otra manera de abordar la vida. Hay gente que envejece rechazando el cambio. Quiere seguir leyendo novelas en las que la violación es un acto supremo de romanticismo o en las que el luto amarga la vida de las jóvenes. Quieren anclarse en el pasado. Pero la vida se abre camino y lo nuevo requiere otras maneras de caminar sobre las aceras (la hierba quedó lejos hace tiempo). Quizás estoy relatando mi propio cambio, pero es un cambio que considero muy necesario y al que no renunciaré aunque mil tipos con puro y gafas de pasta proclamen la intrascendencia del ahora.

Quien decide tiene la culpa

 

En momentos de indecisión en grupo ¿has notado que siempre tomas tú las decisiones? ¿Que la gente que te rodea siempre espera a que tomes la última palabra y digas qué debemos hacer? Siempre hay alguien en un grupo que termina diciendo “pues venga, vamos a ello”… ¿eres tú esa persona? Pues la has cagado pero bien. Si las cosas salen mal, no podrás evitar sentirte culpable.

Cuando te das cuenta del tema y dejas de decir la última palabra, el grupo colapsa, se queda varado en el error de la última decisión tomada y te miran suplicantes para que tomes las riendas. Y como no te da la gana, el bloqueo persiste y todo el grupo asume que no va a haber decisión, que vamos a seguir varados, que no hay salida. Tú miras suplicante al segundo de a bordo, al tercero, al cuarto, pero nadie toma la palabra. Impasibles, parecen indiferentes ante la situación.

Al día siguiente, la gente se queja de la mierda de tarde, o del truño de película que se han tragado, o de la bazofia de comida que se tragaron en aquel sitio de mala muerte, pero en el momento de tomar la decisión, esa que podría haber evitado el mal trago, nadie se menea. Todos tragan y adelante, que el que decide es el que lleva la carga.

Y es que, cuando se toman decisiones en un estado de indecisión, en un estado de incertidumbre, se corren riesgos. Y los riesgos inmovilizan (y si no, que se lo digan a Puigdemont). Quien toma decisiones en estos momentos será el chivo expiatorio del mañana. “Tú fuiste quien dijo que lo hiciésemos” es el grito de los huevones y las huevonas. Por eso es tan raro encontrar esa figura cándida y valiente que alienta al grupo para que actúe. Porque una vez que se quema, ¿quién es el guapo o la guapa que toma el relevo?

En otro post hablaba de cómo lo complejo es lo sencillo , y cómo las estructuras ocultan el corazón del asunto. El dicho como arriba es abajo lo define muy bien. El tema es que la diplomacia, esa gran capacidad de negociar con el contrario, oculta a veces el miedo a decir lo que se quiere y necesita y dar motivos claros y contundentes al respecto. Ya, es verdad que es mejor negociar, dialogar, debatir con argumentos, llegar a un consenso. Pero hay momentos en los que te la cuelan y la diplomacia te impide que lo que es de ley salga adelante. También es verdad que si te la han colado, poco vas a poder hacer, pero al menos que quede constancia de que te has dado cuenta.

Todo esto es una perorata sin mucho sentido para la audiencia, lo sé. Lo importante es lo que pasa cuando el que toma las decisiones se retira. Y el por qué se retira. Hay múltiples circunstancias en las que esto puede pasar, pero una cosa habitual es que el grupo se quede estancado. Y no puede ser de otra forma. Hay ocasiones en las que hay que aceptar que el grupo no puede progresar ni actuar al mismo ritmo que lo haces tú, que la gente necesita tiempo. Tiempo para darse cuenta de los errores cometidos y de las decisiones mal tomadas. El hecho de que tú tengas claro lo que hay que hacer no significa que el grupo lo tenga claro, así que ajo y agua, como decíamos de pequeñas.

Seguro que hay gente ahí fuera, leyendo esto, que me comprende perfectamente. Para vosotras y vosotros, una lista de consejos no pedidos:

1. Si hay que tomar una decisión, deja que primero se pronuncie otra persona del grupo. No te lances a hacer propuestas, no te signifiques en un primer momento. No te hagas abanderada/o del asunto: si lo haces, será mucho más difícil retirarse.

2. Si nadie se pronuncia, siempre puedes hacer una sugerencia. Algo así como tímido, como quien no quiere la cosa.

3. Si encuentras una callada por respuesta, no insistas: no hay quorum. Hay que dar tiempo al grupo para que asimile el problema y lo sopese. Por mucho que creas tener la visión completa del asunto, no va a servir de nada que lo expliques una y otra vez: hay que seguir una serie de pasos para alcanzar la comprensión.

4. Cuando el desastre se avecina, nunca digas “os lo dije”. Muchas veces pasa. El grupo se ha quedado varado y no ha tomado decisiones importantes. Llega el toro y nos pilla. Hay que asumir las consecuencias con el grupo y tirar para delante.

5.Ten paciencia: en algún momento caerán en la cuenta. Pero lo cierto es que, si el grupo o la mayor parte del grupo no cae en la cuenta, no hay nada que hacer más que esperar.

6. A veces hay soluciones alternativas que tú no habías considerado.  Únete alegremente a ellas alegremente, sin rencor y suspirando con alivio. Hay veces que estás rodeado/a de gente capaz y competente, gente buena y maravillosa que ve las cosas desde otra perspectiva que también conduce a la solución.

Si este post os ha parecido condescendiente, lo siento mucho. Es lo que hay.

Lo sencillo

Hoy, mi hijo pequeño me ha dicho que tiene “miedillo”. Me ha preguntado si puede haber una gerra civil, y no le he podido asegurar que no. Nos ha escuchado comentar que el presidente de nuestro país ha rechazado la mediación y nos ha preguntado que qué es eso. Le he dicho que la mediación es algo que se hace para poner paz, y se ha echado las manos a la cabeza. ¡Cómo puede alguien rechazar la paz! ¡Cómo puede un político mandar a la policía a pegar a la gente! He pensado que para qué iba a explicarle todo lo que he leído estos días: para él las cosas son sencillas. La paz es mejor que la guerra, la violencia es el mal y cuando las personas no están de acuerdo deben hablar para solucionar sus problemas.

Disfrazar el interés de orgullo patrio, la dignidad de venganza trapera, unas leyes escritas hace más de 50 años de escrituras sagradas y una amenaza de legalidad establecida no le va a convencer, porque él está ligado a las explicaciones sencillas. Por las mañanas nos levantamos de una cama caliente, desayunamos, acudimos al colegio y al trabajo, nos alimentamos, jugamos, leemos, estudiamos. En casa no hay banderas. La pobreza es un fallo del sistema que deberíamos solucionar, así como el cambio climático. ¿Por qué no hacemos nada, mamá? ¿Por qué discuten y no aportan ninguna solución? ¿Por qué cobran un sueldo?

Las cosas son sencillas. Y cuando nos parecen difíciles es porque son falsas o porque se han levantado estructuras artificiales que las convierten en inaccesibles. Ya no labramos la tierra, ya no producimos nuestro propios sustento. Trabajamos para otros por un número en una pantalla que se actualiza todos los meses. Este número va bajando para engordar los números de otras pantallas. Aseguramos la casa, el coche, la vida, las manos, los ojos… por si acaso. Vamos al supermercado, y rara vez tocamos la tierra que hay bajo nuestros pies.

Las cosas son fáciles cuando son de verdad. Y todo lo que está pasando estos días es una farsa. Señores que salen muy serios a amenazarse en público, recubiertos de solemnidad y galones. Señores que se esconden y no salen. Señora de negro que parece que está dando una homilía. Señores con faldas y gorros puntiagudos que no tienen nada que ver con nuestras vidas y que dicen que van a mediar. Señores que quieren mediar pero no les dejan. Y el patio digital ardiendo. Me da risa todo. Lo veo tan lejos… Ah, y vecinas y vecinos que cuelgan trapos rojos y amarillos y siguen con su vida miserable, de paro, jornadas laborales interminables y mal pagadas, sanidad de mierda y educación deteriorada.

Hoy la luna luce maravillosa, en este mes de octubre caluroso y convulso. Y mañana saldrá el sol, para iluminar vuestros ridículos juegos. Lo sencillo persiste, espero que no acabéis con ello.

Señoras, sí señoras

Imaginemos una escena. Un grupo de mujeres en pleno climaterio admiran la belleza de un hombre de 30, mientras hablan entre ellas, ríen y pasan un buen rato. La cosa no llega a más: ni le tocan el culo, ni le lanzan piropos, ni dificultan su trabajo con sus insistentes embites. Sin embargo, sufren de cierta censura, la gente las mira con sorna, hablan sobre sus ciclos menstruales y su ovulación y, finalmente, quedan como unas trasnochadas locas y poco preocupadas por su imagen social.

Ser mujer de 50 es una actividad de riesgo. Si te ríes demasiado fuerte, si hablas de sexo con demasiada codicia, si tienes ganas de aprender, si tienes competencias inusuales, si eres mejor en lo tuyo que los/as jóvenes sobradamente preparados/as, si manejas las redes sociales con soltura y gracia, si te gusta seguir vistiendo y peinándote como siempre, si estás al día, siempre habrá alguien que te recuerde que ese no es tu lugar y que intente desplazarte de un culetazo a tu zona de comportamientos esperados en una señora de 50.

La censura se siente por doquier. Es casi imposible seguir comunicándote con la peña como lo has hecho siempre, porque en cuanto el gesto se interpreta como un intento de hablar de igual a igual, de entablar una simple conversación, todo son caras de extrañeza. ¿Qué hace una señora de 50 intentando hablar conmigo como si tal cosa? ¿Se creerá que tiene 20? ¿Se creerá que sabe lo que yo sé, si la pobre no sabe ni usar el WhatsApp?

Eso es misoginia, me dicen por aquí. Pero una misoginia muy focalizada en un grupo de edad muy concreto. Existimos como grupo definido y con una función social: ser el admereir, prototipo de la ignorancia y de la estulticia. Somos las que restauramos al Ecce Homo, las que miramos por encima del hombro a las jóvenes emancipadas, las que llamamos piojosos a los chavales que llevan rastas, las que comemos chorizo y jamón a dos carrillos en las bodas de las sobrinas, las que votamos al PP y las que estamos en contra de la democracia y el amor libre.

Pero os voy a contar un secreto: con suerte, llegaréis a los 50. Os va a pasar. Y os creeréis que vosotras y vosotros (lo vuestro también tiene tela) sois diferentes, sois adalides del cambio social, sois lo más enrollado de la vida y nada os cambia, ni los prejuicios, ni la edad ni la hostia. Que no sois como vuestras madres, las pobres, que eran un poco lerdas y no sabían cómo funcionaba eso del mundo. Y de repente ZAS, un niñato os va a mirar con condescendencia y se os van a caer todos los palos del sombrajo. Pero no os preocupéis, nos tendréis aquí a las de 70 y 80 para descargar vuestras frustraciones.

Pediatras tuiteras

Si no teníamos bastante con la supuesta política sanitaria de la “revisión del niño sano”, ahí tenemos a la policía sanitaria de twitter. Las pediatras en la red están para aconsejarte, para reconducirte al rebaño, para que no te creas que existe eso de la autonomía sobre la salud propia y la salud de nuestros hijos e hijas. Es maravilloso que, en la época y el país en el que vivimos, podamos acudir a una persona a la que le suponemos sabiduría sobre los procesos biológicos que se producen en nuestro cuerpo que nos de consejos sobre la manera más adecuada de sanarlo. Está bien que se establezcan políticas de prevención de enfermedades y que se fomente entre la población el ejercicio y la alimentación sana, entre otras cosas. ¿Pero de verdad es necesario que haya alguien permanentemente diciéndonos cómo alimentar a nuestros hijos e hijas, cómo dormirles, cómo tratarles, qué objetos ofrecerles, etcétera?

No hace falta estudiar medicina ni enfermería, ni siquiera hacer un ciclo de puericultura, para criar a un bebé. Ni siquiera hace falta que haya cerca ninguno de estos profesionales. Empiezo a percibir vuestros aspavientos. Ya, ya sé que creéis que es, no necesario, sino imprescindible, que existan a nuestra disposición ciertos compuestos inyectables y gente que los pueda subministrar por un módico precio. Pero hoy no voy a hablar de esos compuestos que se empeñan en inocularnos a toda costa y que, si osamos poner en duda su utilidad e inocuidad, nos acosarán por tierra, red y aire. No. Ya hablan bastante de esos productos las pediatras tuiteras. De hecho, yo diría que el principal objetivo de la presencia de estas pediatras tuiteras en la red es la defensa a ultranza de estos compuestos.

Pero lo cierto es que los niños y niñas pueden crecer sanos y fuertes sin visitar al pediatra en ausencia de enfermedad y sin consultar a una o uno de ellos día sí día también. El control sobre nuestra salud y la de nuestros hijos e hijas está en nuestras manos. ¿Alguien lo duda? ¿Alguien ha creído por un momento que tengo que perdirle permiso a un pediatra para alimentar a mis hijos e hijas de una forma o de otra? ¿Alguien ha pensado alguna vez que la revisión del niño sano es obligatoria? ¿Alguien cree que para alimentarse correctamente hay que acudir a un nutricionista o que hay especialistas que saben más de la lactancia materna que las madres que han dado de mamar a sus hijas/os durante años? Pues pareciera que sí. Hablar de temas de alimentación infantil en la red se está empezando a convertir en un deporte de riesgo, sobre todo si tienes opiniones sobre nutrición diferentes a las de las pediatras tuiteras. Ellas suelen ser abanderadas de la alimentación mainstream, y enarbolan con furia los casos de niños muertos porque sus padres les alimentaban con leche de soja.

A mí la verdad es que me importa un huevo y parte del otro la opinión de las pediatras tuiteras. Cuando llevo a mi hijo al pediatra es por voluntad propia y a pedir consejo, nunca a recibir órdenes. Y agradezco mucho tener ese recurso a mi disposición, además de agradecer no necesitarlo con frecuencia. Pero las pediatras tuiteras, así como las boticarias tuiteras, me son bastante indiferentes. En primer lugar, porque no me interesan sus opiniones médicas. Si las pongo en cuestión, rara vez argumentan o me ofrecen evidencias contundentes sobre lo que están diciendo. Ignoran mis argumentos. En segundo lugar, porque sus intervenciones en la red dan la impresión de ser publicidad encubierta. Cuando se ponen a hablar de productos antipiojos todas a la vez y, casualmente, del mismo producto, suena raro ¿verdad? Así que prefiero seguir con mis métodos particulares de toda la vida, que siempre han funcionado.

En Twitter me gusta informarme, divertirme y odiar, odiar mucho, pero no recibir consejos no solicitados ni ponerme a las órdenes de sargentos no nombrados por mi regimiento. Así que, de momento, solo veo a las pediatras tuiteras cuando son retuiteadas por alguien a quien sigo. Bueno, no pasa nada, con ignorar las soflamas médicas y seguir con mi vida es suficiente.

No me toques el pelo

Seguro que os parece una frivolidad que me ponga a hablar del pelo, habiendo conflictos tan importantes en nuestro país actualmente: el referendum catalán, el Villarejo que resurge de sus cenizas, todOs ahí hablando de cosas importantes de señores importantes que tienen opiniones importantes… pero es que estoy viendo que entre nosotras, las que tocamos esos temillas absurdos, está siendo un clamor: estamos hartas de los prejuicios en las peluquerías.

Yo creía que era una cosa mía eso de que, aunque yo fuese con la idea de hacerme un corte transgresor y modernillo, siempre saliese de la peluquería con pinta de señora. A ver, que soy una señora, no nos vayamos a equivocar, pero no “esa” clase de señoras. Nunca me pongo laca ni me cardo el pelo. Bueno, sí, lo hice alguna que otra vez en los ochenta, pero eran otros tiempos. Pues eso, que, pida lo que pida, el resultado no coincide ni de lejos con mis expectativas. Un día le dije a mi peluquera: “mira, tú y yo nos conocemos desde hace tiempo, ¿verdad?, llevo viniendo años aquí. Pues la próxima vez, no vuelvo.” Y no volví. Porque, pidiese lo que pidiese, siempre acababa con ese peinadito arreglao pero informal que me daba ganas de arrancarme la cabeza nada más salir por la puerta.

A ver, ¿qué tiene de malo que yo me quiera rapar la nuca? ¿Qué tiene de malo que quiera llevar flequillo recto y melena larga? ¿Qué inconveniente hay en que no quiera un peinado tipo Victoria Beckham ni harta de vino? Pues nada, parece que pidas lo que pidas, ahí lo tienes. Y si te sales del tiesto, te hacen un desaguisado. Porque claro, los peinados deben ir con las edades, ligados a ellas de manera inamovible. No vaya a ser que salgas de la peluquería con un peinado un poco descarado para tu edad y la gente pregunte a qué peluquería vas, y se les llene el local de locas del coño.

Pues nada, el otro día, cogí las tijeras y me corté yo misma el pelo, porque sabía que, si iba a la peluquería, saldría como siempre: tirándome del pelo para que crezca rápido. Me dejé llena de trasquilones, pero por lo menos, no odio a nadie. Y me ahorré un montón de pasta. ¡Que os den! Y si me lo quiero rapar, me lo rapo. Que ya está bien, hombre, de soportar en mi pelo vuestros estereotipos.

Bueno, ya podéis seguir leyendo cosas importantes de hombres, que creo que el parlamento anda revuelto con no se qué del referendum, los votos perdidos y la madre que los parió a todos y todas. A mí, es que la verdad, me la trae todo al pairo desde hace tiempo. Total, van a hacer lo mismo que las peluqueras: lo que les venga en gana.

Los nostálgicos de la nocilla arrementen contra el brócoli

No hay nada más absurdo que la nostalgia de los malos hábitos de nuestra infancia. Es verdad que éramos felices e inconscientes cuando viajábamos en la parte trasera del Seiscientos sin cinturon y durmiendo a pierna suelta. Eso no significa que ahora que tenemos hijos, queramos reproducir esos patrones que se han ido depurando con el descenso de muertes en accidentes de tráfico gracias a los sistemas de sujeción.

Lo mismo pasa con la alimentación. Antes, los refrescos de Cola, las cremas de cacao y el chocolate, la mantequilla y el chorizo eran nuestras meriendas habituales. Luego pasamos a los lácteos de distintos colores. Y las cosas no han cambiado mucho si comprobamos que las tasas de obesidad y sobrepeso infantil son altas y son consideradas un problema de salud pública. Por tanto, restarle importancia a las bondades de una dieta saludable y relacionar éstas con los "gurús de la alimentación sana" es irresponsable y absurdo.

Vivimos en una época en la que la gente tiene compulsión por la creación de etiquetas diagnósticas. En este contexto, Steven Bratman acuñó el término ortorexia  para referirse a un supuesto trastorno de la alimentación que consiste en la obsesión patológica por comer sano. Sin embargo, esto no significa que debamos calificar a todas las personas que se preocupan por su alimentación y la de sus hijos e hijas como ortoréxicas. Los alimentos procesados invaden las estanterías de nuestros supermercados, y los efectos de este tipo de comidas en nuestra salud están más que documentados. Querer cerrar los ojos a ello no debe suponer la patologización de las personas que se molestan por poner todos los días en su mesa una alimentación relativamente sana.

Nos guste o no, el azúcar refinado es muy perjudicial para nuestra salud. Y eso no lo dice un lobby que señala con el dedo a las mujeres que no dan el pecho. Lo dicen los estudios científicos, por ejemplo los que investigan la relación que pudiera haber entre el consumo de bebidas azucaradas y el TDAH. Y la causa de la bulimia y la anorexia nerviosa, trastornos alimenticios devastadores, no es la obsesión por una dieta sana, sino la presión que la sociedad aplica a nuestros jóvenes para tener un cuerpo perfecto y la distorsión de la propia imagen corporal. Precisamente, uno de los consejos que se ofrecen para prevenir estos trastornos es una adecuada educación para la salud, que incluye el saber alimentarse de una manera sana y equilibrada. Y el atracón no es la consecuencia de una dieta sana, sino de una dieta restrictiva que produce un déficit calórico. Para documentarse, se puede consultar el libro de Crispo, R., Figueroa, E., & Guelar, D. (1997). Anorexia y bulimia: lo que hay que saber. Gedisa.

Por tanto, cuando escribimos artículos de opinión como este, que son una oda nostálgica a la generación de la Nocilla, quizás deberíamos documentarnos un poco mejor y no soltar al aire ideas poco calibradas. Que cada cual se alimente como quiera, pero las familias que cuidan la alimentación de sus hijos no tienen por qué ser ridiculizadas y menospreciadas. Si ves a un niño merendando fruta, ya sé que algo se revolverá en ti y añorarás el pan con mantequilla y azúcar. Eres libre de correr a la nevera a ponerte uno, pero no quieras que todo el mundo te siga con pasión y alegría: los demás también somos libres de que eso nos parezca una guarrada.