KILLEREDUCACIÓN

Derecho a la educación

Se acerca septiembre y no sabemos las condiciones en las que nuestras hijas e hijos van a volver a las aulas. Se han dejado pasar meses sin un trabajo serio desde las administraciones y el profesorado, en los centros educativos, corre como pollo sin cabeza y algunos, los menos, intentan buscar soluciones para que su alumnado pueda seguir estudiando. Y, para qué engañarnos, la inmensa mayoría, a estas alturas, están de vacaciones.

Me pregunto si habrá muchas familias de la élite que estén dudando si sus hijos e hijas van a tener las condiciones necesarias el próximo curso para seguir formándose. Seguramente no: sus colegios son negocios que dan dinero a alguien. Las familias que hemos elegido la pública tenemos que aguantar la inoperancia de la administración educativa y los desprecios y menosprecios del profesorado funcionario que se hace cargo de estos centros. Uno de estos desprecios recurrentes es que queremos que vuelvan a las aulas para aparcarles. Seguramente porque ellos quieren que no les llevemos para no tener problemas: si no hay alumnos, no hay vuelta a las aulas.

Desde el 3 de julio no hemos tenido ninguna noticia del centro educativo en el que estudia mi hijo. Bueno, sí: supe de un documento que habían pasado a través del AMPA que querían que firmásemos individualmente con perlas como esta: “Dotar semanalmente de mascarillas FFP2 sin válvula para el profesorado, por ser personal de riesgo de alta exposición al contagio como consecuencia del desarrollo de su actividad laboral en espacios cerrados, con elevada densidad de alumnado y sin ventilación adecuada”.

No es sensibilidad mía, pero ¿no os parece que la mención al alumnado en este párrafo denota un desprecio evidente hacia las personas en formación que están en sus manos? Mi hijo, en este párrafo, ha pasado a formar parte de una masa que está hacinada sin ventilación, pero lo importante es que su profesor lleve una mascarilla FFP2 facilitada por la administración.

Desde luego, no me da demasiada tranquilidad que mi hijo acuda a un centro en el que hablan de él como si fuese ganado. Sin embargo, quiere volver. Es su mayor deseo: poder ir otra vez a clase, quedar en el portal con sus amigos e ir caminando juntos al instituto, estar en clase con ellos y con sus profesores (más con unos que con otros) y volver a aprender. Si lo de antes era malo, lo que han sufrido en el confinamiento es mucho peor.

Pero el profesorado no parece dispuesto a volver. Quieren una vuelta segura con condiciones que saben que son absolutamente inviables económicamente. Todavía no he visto ni un solo análisis de viabilidad de propuestas de bajadas de ratio drásticas y acondicionamiento de espacios, o de cómo implantar un modelo híbrido semipresencial con unas garantías de calidad. Solo oigo cacareos. El gremio docente, de repente, se ha convertido en el único que corre riesgos en la vuelta a su trabajo. Miles de personas que trabajan en Madrid tienen que ir en metro a trabajar y llevar mascarilla durante toda su jornada laborar. Sin embargo, ¿a quienes estamos escuchando quejarse por encima de sus posibilidades? A los docentes.

A ver, por supuesto que creo que la administración debe asegurar una vuelta segura, pero da muy poca confianza la actitud victimista del profesorado, que tan pronto arremeten contra las familias porque les queremos como “aparcaderos de niños”, tan pronto nos dicen que debemos remar todas/os juntos en una misma dirección. Predicado, tus muertos, la verdad. Incluso hay algunos que se han atrevido a sugerir que las familias hagan huelga y no lleven a sus hijos/as a los centros educativos. ¿Perdona? Huelgas encubiertas, nunca más. Si quieres luchar por tus derechos, haz huelga tú. Aunque a mí me daría vergüenza abandonar un servicio esencial en estos momentos, están en su derecho.

Lo cierto es que nuestros hijos y nuestras hijas tienen derecho a la educación pero parece que hay pocas ganas de garantizarlo. La educación no da dinero a corto plazo, y en este país somos eminentemente cortoplacistas. Cortoplacistas y poco previsores. En todos los países de nuestro entorno se ha vuelto a las aulas. En todos los países, las normas son 1,5 a 2 metros de distancia y mascarilla si no se puede asegurar. No es viable cambiar el sistema educativo en una semana. Podrían haber trabajado junio y julio en el cambio, pero no lo han hecho. Solo se oyen cacareos en las redes, que se acallarán en agosto y volverán en septiembre.

Historia de un confinamiento educativo

Las primeras semanas de confinamiento me sorprendió que el profesorado de la ESO de mi hijo no organizase clases virtuales. Mi hijo se levantaba todas las mañanas y hacía todas las tareas que algunos de sus profesores le enviaban por correo electrónico. Le veía haciendo fotos a hojas manuscritas de su cuaderno y me extrañaba que, trabajando a distancia y de manera digital, siguiesen sirviéndose de esas herramientas tan pasadas de moda. ¿Por qué no usaban el Google docs, ya que estaban usando Google Classroom?

En fin, misterios insondables. Mientras, mi hijo, que siempre ha sido muy independiente para sus cosas, hacía todas las tareas. Yo le preguntaba que qué tal y él se quejaba de que eran cosas que ya sabía hacer y que no le aportaban absolutamente nada. A veces me pedía ayuda para que le hiciese alguna foto o vídeo para enviar al de Educación Física o a la de Taller de Arte, pero no pasamos de ahí. El profesorado seguía sin hacer acto de presencia virtual y él hacía estoicamente todo lo que le mandaban.

Así fue hasta que salió la Orden EFP/365/2020, de 22 de abril, por la que se establecía el marco y las directrices de actuación para el tercer trimestre del curso 2019-2020 y el inicio del curso 2020-2021, ante la situación de crisis ocasionada por la COVID-19. Todo el mundo buscaba el párrafo en el que dijese que había un aprobado general o que los profesores iban a evaluar las tareas y a avanzar temario. Pasaron por alto los aspectos más importantes de esa orden y se ignoró lo crucial: cuidar el desarrollo y la educación de niños/as y adolescentes.

El mismo día en que salió la orden, mi hijo me preguntó “¿Entonces hay aprobado general?”. Le dije que no exactamente. Me dijo que iba a dejar de hacer las tareas, porque eran un aburrimiento y no aprendía nada. ¿Qué le vas a decir a un niño que ha trabajado siempre puntualmente de manera autónoma? Era la primera vez que mi hijo decía que no quería hacer algo. Las calificaciones de la primera y la segunda evaluación, todo sobresalientes y notables. Le dije, entonces, que sólo hiciese lo que le aportase algo.

Como no quería que el profesorado le empezase a exigir que entregase las tareas, envié un mensaje diciendo que mi hijo no las iba a hacer y por qué: no le aportaban nada. Para haceros una idea de hasta qué punto las tareas eran absurdas, había una de plástica que le instaba a adornar el balcón con motivos de las fiestas locales, banderas de nuestra ciudad y demás, hacerle una foto (imagino que desde la calle) y enviársela. Otra de Educación Física consistía en registrar todos los días las horas de sueño y de comidas y el tipo de alimentos que consumían. Quizás son tareas que pueden estar muy bien para 2º de primaria, pero no para 2º de la ESO, donde ya saben colorear y hacer gráficos de barras desde hace tiempo. No en vano, la normativa autonómica dice: “Los centros educativos y el profesorado utilizarán procedimientos de evaluación diversos que serán consecuentes con el sistema de educación a distancia, adecuados a cada etapa y a cada asignatura, a las capacidades y a las características del alumnado y se centrará en la evaluación continua.”

A partir de entonces, algunos y algunas profesoras comenzaron tímidamente a dar clases on-line, al menos una por semana. Mi hijo se volvió a enganchar a esas asignaturas y a hacer tareas, dejando de lado aquellas otras en las que lo único que hacían era mandar listados de tareas (de las que, por cierto, no daban retroalimentación). La importancia de conectarse en directo, escucharse, verse, volver a ser un grupo, ha sido ignorada por gran parte del profesorado de la pública aun siendo un recurso imprescindible para mantener el vínculo educativo y emocional con el alumnado.

Y llega el 30 de abril y una resolución de la Junta obliga al profesorado a hacer una adenda a las programaciones didácticas, de las que deben informar a las familias. El 15 de mayo recibimos un documento de 28 páginas llenas de tablas (la adenda), farragosa e indescifrable. La comunicación con las familias ha sido muy deficitaria en general, fría, sin mostrar ningún interés (excepto honrosas excepciones) por el estado físico o anímico de mi hijo o de su familia. Llegados a este punto ya nos ha quedado claro que el derecho a la educación ha quedado reducido a su mínima expresión y que la comunidad educativa está rota.

En esas instrucciones del 30 de abril, se señala lo siguiente: “Con el fin de garantizar el derecho a la evaluación objetiva del alumnado, los centros educativos publicarán el calendario de presentación de reclamación de calificaciones y, si fuera el caso, el procedimiento de entrega de boletines y/o informes de evaluación y el procedimiento y período de reclamaciones para conocimiento de toda la comunidad educativa, según lo establecido en las Instrucciones de 22/04/2020 de la Consejería de Educación, Cultura y Deportes de Castilla- La Mancha, sobre el procedimiento de revisión y reclamación de las calificaciones en la Plataforma Papas 2.0, como consecuencia de la declaración del estado de alarma para la gestión de la situación de crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19.”

¿Vosotras habéis recibido el calendario y procedimiento para presentar reclamaciones? Yo no. Ni eso ni el informe de evaluación individualizado que se supone que iba a tener todo estudiante. Lo que sí he recibido son las calificaciones. Tres profesores de mi hijo han tenido la desfachatez de suspenderlo en la tercera evaluación (en la ordinaria le han tenido que poner sobresaliente en 2 y notable en 1). Y digo desfachatez porque, evidentemente, lo que han evaluado es su incapacidad para mantener la tensión educativa y el vínculo. Más que los suspensos, que son solo una rabieta porque el niño no haya hecho sus tareas y, fundamentalmente, porque su madre le haya dejado no hacerlas, lo que me molesta profundamente es la falta de empatía con un adolescente que lo da todo en los estudios. Es increible cómo tres personas adultas no han sido capaces de ponerse en la piel de un adolescente y preguntarse qué pasó el día que dejó de hacerse fotos haciendo el boca a boca a un peluche o de hacer los ejercicios de inglés que su profesora les mandaba fotografiados de un libro de texto.

No tengo la menor duda de que mi hijo se va a reenganchar sin dificultades cuando comience el nuevo curso escolar. Tiene competencias sobradas para hacerlo y, además, capacidad de autoaprendizaje. Y tiene, además, una cosa muy importante: la competencia de decir “basta” cuando le empiezan a mandar hacer demasiadas cosas inútiles y sin sentido. Hemos de seguir intentando sacar lo máximo de este sistema educativo mediocre y obsoleto y, sin duda, depende de él seguir formándose complementando las lagunas inmensas de las que este currículum y este sistema educativo adolecen. Todo esto no aleja de mí el pensamiento de que ha habido miles de niños y niñas que han sido abandonados/as educativamente y que, quizás, no tienen la misma suerte que el mío.

Sois corregidoras y corregidores

Ya han puesto sus notas y sus numeritos. Ya se han quedado a gusto. No se les ha caído la cara de vergüenza. Después de no dar ni una sola clase online, después de no hacer gran cosa por mantener la motivación y el entusiasmo por aprender de su alumnado, después de dedicarse a enviar PDFs y fotos de un libro de texto, después de dar poca o ninguna retroalimentación a los ejercicios que sus estudiantes les enviaban, se han atrevido a calificar (que no evaluar) a su alumnado.

Está más que demostrado: el profesorado que ha hecho acto de presencia en clases on-line, aunque solo hayan sido 2 o 3 en todo el período del estado de alarma, ha obtenido mejores resultados que el que se ha limitado a enviar ejercicios del libro de texto o similares. La docencia on-line no puede limitarse a una escribanía y una corregiduría. Aprender requiere de una mediación educativa de alguien que te dirija en tu aprendizaje. Y dirigir en el aprendizaje no significa, de ningún modo, mandar ejercicios que encima no has diseñado ni tú.

Es muy difícil poner una reclamación diciendo que el profesorado es nefasto e incluso perjudicial pedagógicamente hablando. Podría poner una reclamación diciendo que la profesora de inglés de mi hijo ha contribuido a que esa asignatura, que se le daba bien, que nunca le había dado problemas, se le atraviese en la garganta, pero ¿quién me iba a hacer caso? Solo me queda esperar que al curso que viene tengamos más suerte y le toque un/a docente en condiciones.

Profesores que ni se han molestado en preguntar a mi hijo que qué tal estaba. Profesores que nunca en la vida hubiesen obtenido una respuesta, no obstante, porque no se han ganado la confianza. Profesores que afirman sentenciosamente que sólo están para enseñar, pero que ni eso saben hacer. Profesores y profesoras de Educación Física que fracasan estrepitosamente poniendo una calificación de insuficiente en la tercera evaluación a un niño que tenía sobresaliente en las dos evaluaciones anteriores (que alguien me explique cómo puede suceder esto si, en teoría, ya estaban superados con creces los estándares de las dos primeras evaluaciones y no se avanzó materia)

No, señores y señoras: el fracaso es suyo. Los que no han sabido hacer su trabajo son ustedes. Porque miren, yo, que soy prevenida, pensé que esa forma de trabajar a mi hijo no le iba a enganchar ni un mes. Y antes de verle tirándose de los pelos, le dije que no hiciese lo que creía que no le iba a aportar nada. Y así hizo. La cosa no ha ido nada mal, aún así. Solo me sorprendió que no quisiese seguir haciendo plástica, que es una asignatura que se le da bastante bien. Así que nos apuntamos a un curso de Cartoon de Doméstika y lo hicimos juntos, con maravillosos resultados. Mejores que los que obtuvo su profesora (aunque los trabajos que le envió no estaban nada mal).

Está claro que no hay nada que hacer. Nuestro sistema educativo es nefasto y haría falta un cambio tan drástico que harán falta generaciones para conseguirlo. Pero no debemos de dejar de decirlo, porque nuestros hijos e hijas no se merecen esta porquería. Y señora ministra, señoras y señores Consejeros de Educación, pónganse a trabajar de una vez en el plan de rescate educativo para el curso que viene, porque se está notando demasiado que la educación les importa una mierda.

No tiene ninguna gracia

Si entras en Twitter o en Facebook encontrarás grupos de docentes que pasan el rato riéndose de sus alumnas y alumnos menores y sus familias. Sentido del humor lo llaman, pero yo creo que es el reflejo de la más cruda deshumanización en el entorno educativo.

La educación pública en España está gravemente deteriorada, no solo a causa de los recortes de la última crisis, que también, sino porque el sistema de valores que la sustentan ha perdido la correcta orientación. La educación obligatoria debería estar al servicio de la infancia y la adolescencia. En un entorno en el que esto sucediese, una publicación de un docente como la que encabeza este post sería duramente criticada. Sin embargo, aquí es humor. Humor dirigido hacia un niño que pregunta qué tiene que enviar para aprobar.

Es muy triste y no hace ninguna gracia que el aprendizaje esté totalmente ausente en este juego del aprobado y el suspenso. Y más triste es aún que el docente adopte ese papel de juez que otorga una puntuación.

No entiendo muy bien cuál es el papel que creen tener estos docentes y cómo pueden destilar tanto odio hacia los menores a los que se suponen que deberían educar. Buscan respuestas de ellos en vez de potenciar su curiosidad o, al menos, preguntarse por qué no quieren participar en el juego que ellos proponen. Hay veces que me echo las manos a la cabeza porque es muy difícil discernir quién es el niño y quien el adulto.

¿Estamos en un estado de alarma a raíz de una pandemia o son imaginaciones mías? ¿A esta gente adulta y profesional se le ha ido la pinza con el confinamiento o es que siempre han sido así?

El caso es que las familias están pasando por situaciones muy duras y eso de tener que aguantar a ese docente insensible que, desatendiendo la normativa estatal de cuidar, guiar y apoyar , sigue dando por culo con las putas notas, es un estorbo añadido.

Señores y señoras docentes, intenten dignificar un poco su oficio. Están para servir y para guiar, no para poner en ridículo y sancionar. Y dejen de dar vergüenza en las redes sociales, que estamos en una situación que merece más empatía y cariño que humor dirigido al de abajo.

¿Por qué nos parece que el profesorado no lo está haciendo bien?

Llevamos algunos días, o me lo parece a mí, que está habiendo una escalada de nerviosismo y crispación en las redes. Hay muchas familias que manifiestan su descontento por la forma en que el profesorado de sus hijas e hijos está gestionando la docencia en esta situación. Las quejas se refieren, en términos generales, a que los docentes envían listados de ejercicios y trabajos y piden la entrega sin mediar palabra, sin una mínima mediación educativa, de modo que las familias tienen que convertir su hogar en una escuela y ellos/as ser las y los maestros. También se quejan de que amenazan con el suspenso por no entregar las tareas a alumnos/as que tienen las dos primeras evaluaciones aprobadas, que someten a las criaturas y a los chavales a situaciones de exámen estrambóticas, o que envían mensajes en tono agresivo y con faltas de respeto a niños y niñas.

En el nivel de educación secundaria, los alumnos y las alumnas se quejan de la escasez de clases virtuales y la cantidad de tareas repetitivas y sin sentido que trabajan cosas que ya estaban trabajadas en anteriores evaluaciones, sin personalizar la enseñanza ni motivar a los estudiantes para seguir aprendiendo.

Seguro que hay profesorado que lo está haciendo genial, pero eso no le importa mucho a las familias y estudiantes que están sufriendo a los que lo hacen mal.

Si acudimos a la Orden EFP/365/2020, de 22 de abril, por la que se establecen el marco y las
directrices de actuación para el tercer trimestre del curso 2019-2020 y el
inicio del curso 2020-2021, ante la situación de crisis ocasionada por el
COVID-19.
, en esa legislación la conferencia estatal de educación establece unas directrices para todos los centros educativos que han sido desarrolladas por las Comunidades Autónomas. Estas directrices aparecen en el Artículo 4 de esta normativa y son las siguientes:


a) Cuidar a las personas, un principio fundamental.
b) Mantener la duración del curso escolar.
c) Adaptar la actividad lectiva a las circunstancias.
d) Flexibilizar el currículo y las programaciones didácticas.
e) Adaptar la evaluación, promoción y titulación.
f) Trabajar de manera coordinada.
g) Preparar el próximo curso 2020-2021.

Centrémonos en la primera directriz, la que invita a la comunidad educativa a Cuidar a las personas (Anexo 1), y en concreto en dos puntos, el b y el c:

b) Todos los responsables de las tareas educativas, sean docentes, equipos directivos o miembros de las Administraciones, extremarán su cuidado para apoyar a los estudiantes y sus familias, a los docentes y a todos los miembros de la comunidad educativa, así como para hacer posible el desarrollo de sus tareas respectivas en condiciones que promuevan su bienestar.
c) En las circunstancias actuales, todos los responsables de las tareas educativas extremarán el cuidado en el cumplimiento de los derechos incluidos en la Convención de los Derechos de la Infancia de la ONU que España ratificó.

Parece entonces que la prioridad no es que los niños y las niñas entreguen las tareas. Tampoco ponerles notas y aprobar o suspender, como parecen demandar muchos docentes obsesionados por centrar su trabajo, como siempre, en calificar las tareas, los ejercicios y los exámenes. Muchos/as no saben qué hacer con estas nuevas prioridades para mantener el curso actual. Madre mía, y no hablemos de los derechos de la infancia y ese vapuleado derecho a la imagen y a la intimidad, por los múltiples vídeos y fotos solicitados por los docentes como forma infalible de evaluación. ¿Cómo se puede seguir con el curso si no se puede suspender, aprobar, examinar y sancionar? Veamos lo que propone la normativa para mantener la duración del curso actual, la segunda de las directrices propuestas:

a) Durante el tercer trimestre se continuarán desarrollando actividades que permitan a niños, niñas y jóvenes mantenerse incorporados al aprendizaje continuo y suscitar su interés por aprender, de modo presencial o a distancia, y que estarán adaptadas a su edad y características, así como a la situación excepcional que están viviendo.

Aquí , las expresiones clave son”aprendizaje continuo” y “suscitar su interés”. No dice nada de que haya que mandar tareas y ejercicios evaluables ni que haya que controlar la cumplimentación de tests todas las semanas. Se trata de motivar para el aprendizaje. El profesorado, que siempre se queja de lo apretados que están los contenidos del currículum y que no pueden darlo todo y bla bla bla tenían una oportunidad de oro para trabajar otros aspectos de su labor docente. Pero no.

Con respecto a la directriz C, adaptar la actividad lectiva a las circunstancias, veamos algunas de las cosas qué propone la normativa. En los puntos b, c y d se pone el acento en detectar al alumnado que no esté conectado, hacer que recupere el vínculo escolar y hacer un esfuerzo para dotar de medios digitales a los alumnos y las alumnas que carezcan de ellos. No dice nada de abandonar educativamente a los alumnos y alumnas que sí estén conectados y que sí dispongan de medios digitales. Muy al contrario, en el punto e y siguientes, la normativa señala que las Administraciones educativas y los centros docentes desarrollarán herramientas y programas de formación adecuados y realistas para permitir que el alumnado obtenga el mayor provecho de la metodología no presencial, que adaptarán el modelo de tutorías a la nueva situación, con la finalidad de ayudar al alumnado a organizar sus actividades escolares, autorregular su aprendizaje y mantener un buen estado emocional, y que organizarán acciones de orientación académica y profesional con los medios disponibles. También habla la normativa de que se seguirá atendiendo las necesidades especiales del alumnado con las adaptaciones y los apoyos pertinentes.

Es decir, lo que se haga debe contribuir a AYUDAR al alumnado, su aprendizaje y su buen estado emocional. No dice nada de calificarle y someterle a exámenes vigilados por la webcam ni nada de eso.

La normativa dice más cosas, y luego todo esto está desarrollado con instrucciones y demás en las correspondientes Comunidades Autónomas. Parece que la administración educativa ha generado muchísimos documentos digitales durante esta pandemia. El profesorado se queja de la muchísima burocracia a la que debe de atender y dicen que es por eso que no tienen tiempo de celebrar clases online y mediación educativa en condiciones.

El centro del sistema educativo es el alumnado. Ni el inspector que pide papeles, ni el documento que hay que entregar mañana ni los ejercicios del libro de texto, ni los aprobados y los suspensos, nisiquera el currículum. Son las criaturas y las y los adolescentes que tienen derecho a su educación y no a una tortura cotidiana durante el confinamiento. Tienen derecho a ser guiados en su aprendizaje, no forzados ni calificados ni avergonzados ni sometidos a un régimen de tareas estrictas, excesivas y carentes de interés. Tampoco favorece su derecho a la educación el abandono al que han sido sometidos en muchas ocasiones, recibiendo una o ninguna clase online y perdiendo el vínculo con su grupo-clase y con sus profesores.

¿Que por qué nos quejamos las familias? Por eso y por mucho más.

Educación en tiempos de pandemia

Estamos en una situación sin precedentes y en las situaciones sin precedentes se aprenden muchas cosas. Una de las cosas que se hacen manifiestas es el orden de prioridades de una sociedad. Y en este momento, la prioridad parece ser la economía. No el bienestar de la ciudadanía, que todo el mundo mantenga un nivel de vida adecuado, que se alimenten, duerman, cuiden su cuerpo y su mente. La prioridad es que no nos muramos muchos y que podamos levantar pronto el aislamiento para volver a la “normalidad”.

Pero eso nunca va a pasar. Hay una generación que ha visto truncado su curso escolar, desde infantil hasta la Universidad. Y esto de “ver truncado” es una cosa que va con el sistema. El sistema consiste en ir salvando obstáculos y superando niveles, como en los videojuegos. Esa ingenua afirmación de “lo importante es aprender” es una puta mentira. Lo importante es y ha sido siempre aprobar. Hasta ahora, que la situación de evaluación no puede asegurar que el resultado del test refleje la retención y acumulación individual y memorística del conocimiento.

En esta situación excepcional pueden suceder dos cosas: el sistema intenta perpetuarse o el sistema cambia. Entre los que intentan que el sistema se perpetúe están los que quieren que esto se chape hasta septiembre, que se de por perdido el curso y que los niños y niñas empiecen de nuevo el curso en el que ya llevaban casi 5 meses. Esa propuesta me parece aberrante por muchos motivos, pero el principal es la falta de respeto, la falta de consideración y la trivialización que supone del derecho a la educación.

Vamos a ver las cosas con un poco de perspectiva: el derecho a la educación no va de hacer ejercicios repetitivos del libro de texto y que el profe te los corrija. El derecho a la educación es tener acceso a la información, apoyo para comprenderla y espacio para aplicarla y generar nuestro propio conocimiento. Y, si nos importa este derecho, si nos importa que los niños y las niñas, que las y los adolescentes sigan teniendo oportunidades de crecimiento en medio de una pandemia, hemos de hacer cosas diferentes.

Es previsible que, ante esta afirmación, haya quien diga que esto no es lo importante ahora. Seguramente será una persona de clase media e intelectual, con niños pequeños y que se ve sobrepasada por la absurda inundación de tareas que sufren de manos de las maestras de sus hijos. Estos niños, de clase media e intelectual, están en constante contacto con recursos educativos, por lo que las tareas dificultan más su vida que otra cosa. Es absurdo estudiar por tercer año consecutivo el ciclo del agua. Este planteamiento, que se detenga la actividad docente, es absolutamente comprensible, si no supusiera un abandono completo de otras niñas y niños que no tienen la suerte de tener un acceso tan amplio a recursos educativos.

Desde mi punto de vista, las prácticas educativas en esta situación de pandemia deberían cambiar. No tiene sentido intentar seguir haciendo las mismas cosas. Mandar tareas a destajo, obligando a las familias de niñas y niños pequeños a estar gestionando su realización, solo sirve para crear tensión y rechazo. No podemos pretender recrear la situación de las aulas en los hogares. Pero claro, ¿dónde está el Think Tank educativo en España cuando hay que organizar todo esto? ¿Holaaaaaa? ¿Hay alguien ahí?

Los centros educativos públicos parecen pollos sin cabeza planificando las directrices generalistas que han recibido de sus jefes directos: los consejeros de educación y los cargos intermedios. “Haced lo que podáis, planificad la docencia a distancia y la evaluación y mandadnos los planes”: eso ha sido todo. Ni un puñetero recurso. Bueno, sí, Clan TV ha hecho un programa de clases horroroso que da vergüenza ajena y que los niños no quieren ver ni en pintura.

Los y las docentes son un cuerpo de funcionarios que ahora podrían estar haciendo grandes cosas, y, sin duda, algunos y algunas lo estarán haciendo. Interesarse por el bienestar de sus estudiantes y sus familias, ofrecerles ayuda para tener acceso a recursos interesantes y profundizar en su formación, sugerir, acompañar, informar. Por favor, dejad de enviar tareas inútiles, dejad de estresar a las familias y humanizad vuestro trabajo.

Es tan importante la labor educativa en estos momentos como en cualquier otro. Esta es una oportunidad para ver las cosas desde otra perspectiva, para educar sin partes, sin sanciones, sin notas, sin negativos, sin exámenes. El único objetivo es poner el conocimiento al alcance de la gente. Ahora que se aplaude tanto el trabajo de los sanitarios y se describe como heroico, los docentes no se deberían quedar atrás y deberían aprovechar esta oportunidad para mostrar la importancia de su trabajo.

Pero bueno, seguramente esto no sean más que tonterías. Hay gente muy preocupada por que se van a incrementar las desigualdades. Como si esas desigualdades no estuviesen ya totalmente establecidas. Esto es como cuando mis hijos iban a “no religión” y no podían hacer nada que implicase aprendizaje académico. Era como dejarles en un stand by para que no avanzasen con respecto a los demás. Me parecía una solución perversa. En vez de sacar la religión de las aulas, había que crear espacios muertos para los niños que no quisiesen ser adoctrinados. Ahora, las niñas y niños que tienen internet y dispositivos ¿qué deben de hacer? ¿Intentar aprender lo menos posible para que no se agrande la brecha?

Quizás deberíamos empezar a pedir, por ejemplo, Internet libre, acceso libre a la cultura, reparto de dispositivos a las familias que carezcan de ellos y de posibilidades de comprarlos. No es más que asegurar el derecho a la educación. ¿Alguien tiene un plan? ¿Hay alguien pensando sobre esto en algún sitio?

Lo que ha quedado patente en esta situación de crisis es que los niños y las niñas son ciudadanos de segunda. Han quedado recluidos en sus casas y ninguna de las medidas de apoyo planteadas por el gobierno aluden a la infancia. La infancia encerrada ha quedado privada de todos sus derechos. La infancia encerrada, y además pobre y sin líneas de comunicación con el exterior está más expuesta a innumerables riesgos. Nadie se preocupa por asegurar el bienestar de la infancia y su derecho a la educación. Exijamos a ese ejército de funcionarios que dependen de las consejerías de educación que se pongan las pilas, que innoven, que cambien su perspectiva y que den la posibilidad a nuestros hijos e hijas de seguir teniendo acceso a la cultura. Por todos y todas. Para todos y para todas. Por nuestro futuro y por el suyo.

Los baños públicos en los centros educativos: sin papel, sin jabón y sin secamanos

Cuando vamos a un servicio público, nos gusta (y está establecido por normativa que así sea) que haya papel higiénico, jabón para lavarnos las manos y algún tipo de elemento para secarlas. Muchas familias hemos educado a nuestros hijos e hijas en el uso correcto de los servicios, a mantener la higiene y a usar correctamente estos elementos. Sin embargo, cuando llegan a sus colegios e institutos, muchos se encuentran con la desagradable sorpresa de que los aseos no cumplen las condiciones adecuadas de higiene.

Hace unos días, decidí lanzar una pregunta en mi cuenta de Twitter:

Las respuestas no se hicieron esperar. Respondieron un total de 55 madres o padres (los datos son aproximados, ya que esto no es una encuesta al uso), de los que 40 contestaron claramente que no había papel en los aseos del colegio o instituto de sus hijas/os y 12 contestaron que sí. Los demás contestaban que sí en infantil y no en primaria o que sí en el de chicas pero no el de chicos. Por tanto, según las familias, no hay papel higiénico en los aseos en el 77% de los centros educativos. En estos casos, muchas de las madres o padres señalan que sus hijos/as tienen que coger el papel en conserjería pero que les dan poco o que depende del humor del conserje (sic). También hay madres que cuentan que sus hijas no van al servicio en toda la mañana, otras que nos cuentan que además de no haber papel higiénico no hay ni tapas ni puertas y otras que relatan como sus hijas han tenido algún que otro accidente sanguinolento por la falta de acceso y adecuación de los aseos en el instituto.

Este tuit también fue contestado por bastantes profesores y profesoras, alrededor de 33. De este grupo, unas 12 personas decían que no había papel en los aseos, y otros 12 que sí había. La proporción era semejante en colegios e institutos. La mayoría del profesorado que señala que no hay papel en los aseos justifica este hecho aludiendo al vandalismo. Por lo visto, el hecho de que haya papel en los baños hace que algunos alumnos atasquen el inodoro con el rollo de papel o que hagan pelotitas y las peguen en el techo. Esto ha llevado en sus centros a tomar la decisión de retirar el papel higiénico de los baños y adoptar otras soluciones: o bien ir a conserjería a por el papel cada vez que van al baño o bien pedírselo al/a docente. A este respecto, quiero hacer especial mención al tuit de un maestro:

También me gustaría hacer mención a la respuesta de un profesor y un maestro, que dicen que en sus centros hay papel en los aseos. Nos dan esperanza: si se quiere, se puede.

Para quienes no conozcáis el centro de Toni Solano, en el que es director, os dejo aquí un enlace. Y a continuación, el maestro:

En conclusión, es una queja bastante frecuente que los aseos de los centros educativos carezcan de las mínimas condiciones sanitarias para que nuestros hijos/as, que pasan allí muchísimas horas, tengan asegurado su bienestar. No es de recibo que, para ir al baño, necesites pedir papel higiénico, por una u otra vía. Imaginad que tuviésemos que hacer eso en nuestros puestos de trabajo: nos parecería absolutamente indignante, así como tener que llevar nuestros propios klinex y encontrar aseos sin jabón, papel higiénico y secamanos. Y la excusa del vandalismo no me vale. Si hay niños (y niñas, las menos) que tienen conductas disruptivas, en las normas de convivencia del centro debe estar marcado cómo se atajarán las mismas, pero en ningún caso la solución a estas conductas puede ser un castigo colectivo que ponga en riesgo la higiene y la salud del todo el alumnado (ni la de los infractores e infractoras, tampoco).

Andreu se quiere hacer famoso

La tecnología puntera en nuestros institutos

No sé si, en los últimos días, habéis visto publicada en varios medios la entrevista a un profesor interino de Lengua y Literatura con una experiencia docente de 6 años que presenta una visión apocalíptica de la población adolescente. Yo sí. Cientos de veces. Y la he leído una y otra vez, de arriba a abajo, sin entender su éxito y que tanta gente inteligente la estuviese aplaudiendo.

Luego he pensado que los mecanismos de promoción que usan los medios para difundir sus artículos funcionan a las mil maravillas: pagas y tienes un alcance de x mil personas dispuestas a retuitear o compartir cualquier contenido que apoye la idea de que los y las adolescentes de hoy en día son lo peor, que las familias no saben cómo educarles y que les aparcan delante de las pantallitas, haciéndoles perder así su capacidad atencional y de comprensión del mundo real.

Me voy a centrar en el artículo del País, aunque esta martingala ha salido también en otros medios. En primer lugar, hablemos de las cosas que le importan a Andreu Navarra: la desnutrición de sus estudiantes, su incapacidad para concentrarse y la ausencia de un debate sobre su futuro. Esto conduce, según él, a una devaluación del sistema educativo. La culpable fundamental: la tecnología.

O se explica muy mal o no sé que tiene que ver la supuesta desnutrición (no he encontrado ningún informe en el que se hable de la creciente desnutrición en la población infantil española) con la tecnología. Creo que le cuesta mucho hablar de un problema social que va más allá del sistema educativo: la pobreza y la exclusión social. Y sí: la educación obligatoria hace posible que todos los niños y las niñas, incluso los que viven situaciones de pobreza y exclusión, vayan a clase. Y su problema, Andreu, no es la tecnología ni la falta de academia, sino un sistema social que no atiende las necesidades de su población.

Dice Navarra en la entrevista del País: “Los profesores queremos crear ciudadanos autónomos y críticos, y en su lugar estamos creando ciberproletariado, una generación sin datos, sin conocimiento, sin léxico. Estamos viendo el triunfo de una religión tecnocrática que evoluciona hacia menos contenidos y alumnos más idiotas. Estamos sirviendo a la tecnología y no la tecnología a nosotros”

Estas afirmaciones son difíciles de entender. ¿Los profesores quieren una cosa y sin embargo consiguen otra? ¿Están los profesores creando ciberproletariado? ¿No dan datos, conocimiento ni léxico a sus estudiantes? ¿La religión tecnocrática se difunde en los centros educativos? ¿La tecnología conduce a tener “menos contenidos”? ¿La tecnología hace a los alumnos más idiotas? A ver, señor, explíquese: ¿contra quién quiere arremeter?

Decir que la tecnología conduce a un estado de menos contenidos, menos léxico y menos datos es absurdo. Nunca hemos tenido más datos a nuestro alcance. Andreu es joven, y por eso quizás no recordará cuando, para escribir libros, teníamos que ir de biblioteca en biblioteca recopilando información. Ahora no tengo que viajar para recopilar cientos, miles de artículos científicos y libros para poder leer y documentarme. La tecnología es una herramienta a la que podemos dar distintos usos. Hay quienes están todo el día jugando on-line con sus amigos, quienes buscan información sobre temas diversos, quienes entran en la deep web para encontrar material ilegal o quienes usa Tinder para encontrar pareja. Por tanto, un objetivo crucial del sistema educativo sería enseñar a los estudiantes a usar la tecnología para aprender y profundizar en su conocimiento. Pero planteamientos como el del señor Navarra lo único que hacen es mantener los centros públicos no ya en la Edad Media, sino en el pleistoceno, mientras que los centros privados dotan a sus estudiantes de las herramientas imprescindibles para vivir en una sociedad del siglo XXI.

Cuando sigo leyendo la entrevista, veo que Navarra señala que esos alumnos idiotas, absorbidos por la vida virtual y desnutridos no alcanzan más de un 25% del alumnado y, además, señala que este alumnado desnutrido, con dificultades de aprendizaje y que necesitan apoyo quita mucha energía al profesorado en sesiones de evaluación. Esa energía imprescindible para transmitir lo verdaderamente importante: la academia. Aquí ya Andreu me indigna bastante. Hay una frase que quiero señalar especialmente: “Y en el debate de la inclusión se ha olvidado, dice, que “lo que de verdad falta incluir es la academia”

Señor Andreu Navarra: lo importante del sistema educativo no son sus excelsos conocimientos de licenciado en lengua y literatura española. Lo importante del sistema educativo son las/os niñas/os y las/os adolescentes. Lo importante del sistema es la persona a la que se educa. Si su vocación era dedicarse a la producción de conocimiento o a su transmisión en su pura esencia, dedíquese a otra cosa. En un instituto, el material sensible son sus estudiantes, y el objetivo del sistema educativo es la integración en la sociedad, no la transmisión del conocimiento. Y el debate de la integración está claro desde hace mucho tiempo: inclusión o barbarie. La escuela pública es de todas/os para todas/os o no es.

En este sentido, si su objetivo es ser profesor de un instituto público, será mejor que vaya cambiando ciertas ideas. A las niñas y niños pobres y con riesgo de exclusión social también hay que educarles. Sí, educarles, no enseñarles. Y, por desgracia, hay muchas familias que tienen un acceso muy pobre a los recursos culturales de nuestra sociedad. Culpar a las familias de la “idiocia” de sus menores es tener muy poca idea de como funciona eso de las clases sociales y el acceso al conocimiento.

No sé en los institutos que habrá estado Andreu Navarra en sus escasos 6 años de docencia, pero le puedo asegurar que si los gurúes tecnológicos mandan a sus hijos e hijas a colegios analógicos, en España tendrían el paraíso. Un paseo por los institutos (públicos, claro) de gran parte de nuestro país nos arroja una imagen descorazonadora. Centros en los que los estudiantes no tienen acceso a Wifi, en los que se prohibe el uso de dispositivos electrónicos y se les arrebata el móvil si les pillan usándolo, como si fuese un pecado. Centros en los que se sigue usando pizarra y tiza como el artefacto de mediación más avanzado. Centros que tienen ordenadores de los años 90 que tardan una hora en encenderse y cuyo uso es muy limitado. Centros en los que se pide a los alumnos que lleven un euro para fotocopias en lugar de usar el aula virtual que tienen disponible y colgar allí los materiales. Pero la tecnología es el problema ¿verdad, señor Navarra?

Eso de “Aprendemos juntos” de BBVA

Ya me chirría que un banco nos venga a dar consejos educativos, cuanto más el discurso paternalista que usan para aleccionar a las familias. No sé si tienen muy claro cual es su público objetivo, pero desde luego, la gente a la que he visto asentir entusiasmada ante alguno de esos vídeos ñoños y sobreactuados ya está convencida de todo lo que ahí se dice y lo reproduce sin atisbo de crítica. Y es que los vídeos reproducen el típico discurso buenista y bienpensante que le conviene al sistema para reproducirse, un discurso que oculta mecanismos de control para que cualquier cambio posible venga siempre dirigido desde arriba (MUAHAHA, risa de conspiranoica).

En el vídeo en el que sale una psicóloga, Maribel Martínez, hablando sobre los grupos de WhatsApp de madres (y algunos padres) en los colegios, lo primero que llama la atención son las expresiones faciales de entrevistada y entrevistadora. Sin conocer el tema del que hablan, diríase que lo hacen de alguien que ha cometido una graciosa travesura. Pero las y los autores de esa travesura son personas adultas que cometen la tropelía nada más y nada menos de… comunicarse en relación con sus hijas e hijos que comparten aula.

Entrevistada y entrevistadora parten de la idea de que las familias lo hacen mal queriendo hacerlo bien. El colegio lo hace todo estupendamente, por supuesto. Y hace falta ser psicóloga para decirle a esas familias desorientadas cómo enmendar sus errores. Os voy a contar un secreto: cuando estudié psicología, en ninguna asignatura, absolutamente ninguna, se habló sobre la mejor forma de educar a los y las hijas. Pero hablaré de este tema más adelante. Vamos ahora con el vídeo.

El vídeo cae desde el principio en lo que las Madres Chungas llaman madre de Schrödinger: la madre debe enseñar a su prole a hacer deberes y estudiar pero no debe inmiscuirse en el trabajo escolar de su prole. Esta afirmación parte de una imposición y de una falacia. La imposición es que las familias deben estar al servicio de la escuela y constituirse como un recurso complementario de la misma. La falacia es que, si la familia hace las cosas bien, todo irá bien.

La psicóloga parte de una relación imaginaria entre una madre que está pendiente de los deberes que tiene su hijo y un niño que se relaja porque la que gestiona los deberes es su madre (“la ayuda que no ayuda”, que es el libro que quiere vender la psicóloga). Lo que yo he visto, sin embargo, en los grupos de WhatsApp en los que he estado son madres que reciben notitas de la profesora en la agenda que dicen “Fulanito/a no ha hecho los deberes.” Y ya volvemos a la paradoja. Señora maestra/ profesora, ¿Me está diciendo que soy yo la que he de gestionar las tareas escolares de mi hijo/a? ¿En qué quedamos?

La función de las familias debe ser reconocida como algo mucho más complejo y relevante que ser un mero apoyo de la institución escolar. De hecho, es al revés: la escuela es un servicio de apoyo, pero la educación que aporta la familia va mucho más allá de los contenidos escolares. El tiempo de la familia debe ser respetado y no ser copado por actividades que provienen de un contexto ajeno al hogar. En resumen: no a los deberes escolares. Lo escolar, en la escuela. Y no se preocupen: los niños y las niñas motivados por conocer y saber invertirán su tiempo adecuadamente cuando sea necesario. Y con esto, solucionado el supuesto problema de los grupos de WhatsApp, que no es otro que la intromisión de una institución (la escuela) en otra (la familia) de manera asimétrica.

En cuanto a la falacia de que si hacemos las cosas bien, todo irá bien, nada más lejos de la realidad. En estos vídeos, ningún niño o niña tiene dificultades de aprendizaje o la escuela está al corriente de ellos y presta los apoyos necesarios. Las familias solo tenemos que hacer lo que nos dicen. Este planteamiento es absolutamente culpabilizador e inmovilizante cuando surgen problemas y la realidad es que las familias tienen que emprender luchas bárbaras para conseguir evaluaciones, diagnósticos y apoyos. Estas luchas se invisibilizan en estos vídeos buenistas dirigidos a familias de clase media con niños y niñas con desarrollo típico y ningún rasgo diferenciador.

Por último, lo que me faltaba por escuchar es que resulta que las madres tenemos la culpa de los ataques de ansiedad ante los exámenes. A ver, señora psicóloga: no. Recuerdo a mi hijo inmovilizado porque al día siguiente tenía que hacer una presentación oral de un libro en inglés. Le pregunté si alguien le había enseñado a hacer una presentación oral y la respuesta fue que no. Invertí una tarde en hacer lo que tenía que haber hecho el profesor. Le di una serie de recursos para presentar en público, entre ellos cómo gestionar su miedo. Ensayó la presentación conmigo un par de veces. La presentación fue bien y obtuvo una muy buena calificación. La ansiedad ante los exámenes se genera en el contexto en el que se examina y se debe solucionar en ese contexto. Yo sé que lo más fácil es culparnos a las madres, pero no.

En cuanto a lo de que la Psicología nos enseña cómo criar a nuestros hijos e hijas, es una afirmación muy matizable. La Psicología de la Educación no es cuestión de verdades absolutas. Hemos de ser conscientes de que detrás de las afirmaciones que se hacen sobre educación, siempre hay cuestiones ideológicas sobre cómo debe ser el mundo y las personas. En momentos de crisis afloran los totalitarismos y se tiende a apoyar modelos más rígidos y menos democráticos. Conceptos como el de hiperparentalidad e hiperprotección son fruto de este giro al desapego y el autoritarismo. Sin embargo, en momentos de bonanza se fomentan modelos más democráticos que priman un desarrollo sano de las emociones y el diálogo. Por tanto, cuando escuches afirmaciones absolutas, como las que se hacen en los vídeos del BBVA, reflexiona: ¿cómo quiero que sea mi familia? ¿Es ese el modelo que quiero seguir? Convirtámonos en familias empoderadas, conscientes de nuestros recursos y nuestras debilidades y no dejemos que vengan otros a decirnos cómo ser, cómo actuar y qué comprar para ser felices.