Gurús

Discursos de crianza en las redes sociales: La guerra servida

   
Leo un estado de Facebook “Me angustia y amarga la vida leer en casi todos los grupos de maternidad o páginas similares cuando se defienden prácticas o situaciones que desfavorecen al niño y hasta violan sus derechos básicos“. Y pienso “ostras, ya les vale a las madres, defendiendo el maltrato infantil”. Pero sigues leyendo (transcribo textualmente): “Queres destetar a un bebé de 8 meses? Queres q tu hijo de 6 meses duerma toda la noche en otra habitación? Crees que un chirlo a tiempo es una manera de educar? Queres darle de comer yogur a los 3 meses?“A ver… Me he perdido. Vale que eso de dar un chirlo (cachete) a tiempo es un maltrato, ahí estamos de acuerdo. Pero unir esto con temas de destete y sueño, con todo lo que eso conlleva, y decir que esta son prácticas que violan los derechos básicos del niño es poner a la audiencia en una situación un poco comprometida. Empezando por que la mayoría de la población se desteta no ya a los 8, sino entre los 3 y los 4 meses y vive el sueño infantil nocturno como una tortura incomprensible. Así que, de momento, la mujer que ha escrito el estado de Facebook se ha echado encima a un porcentaje elevado de la población materna. Con respecto a lo del yogur, el sistema sanitario no contribuye mucho a la educación para la salud de la población en general, teniendo en cuenta que hay pediatras que recomiendan dar la teta cada 3 horas e introducir la papilla de frutas y los cereales a los 4 meses, así que lo del yogur se hará seguramente pensando que le va a ir estupendamente al bebé, no con la intención de fastidiar su salud.

Sin negar que la lactancia materna es lo más de lo más y el colecho una práctica mágica para dormir cuando tienes un bebé y le amamantas, no podemos ignorar que son prácticas poco habituales en nuestra sociedad. Sin entrar en juicios morales: son poco frecuentes. De modo que llegar al Facebook y hablar de prácticas que violan los derechos del niño refiriéndose a prácticas comunes, aceptadas y habituales en nuestra sociedad es entrar pidiendo guerra. No me digáis que no os habíais dado cuenta. 

Pero todavía hay más. Sigues leyendo y encuentras esto: “…y pretendes encima que nadie te diga nada? Que se responda tu inquietud y ya? Pedís que se apruebe tu decisión y punto? No! Y sabes por qué no? Porque vos no importas… Y de verdad importa poco lo mala madre que te sientas, lo que importa es tu hijo.! 

En esta frase, hay tres cosas que hacen saltar todas las alarmas: 1) Le dice a una persona (una mujer, una madre) que ella no importa. A una madre que ha entrado a un grupo, quizás preocupada, a plantear una duda sobre crianza porque no tiene a nadie a quien preguntar. O sí, pero ha confiado en un grupo de madres virtual. ¿Y le dices que ella no importa? Bastante tenemos las mujeres para que hasta entre nosotras mismas decirnos que no importamos. Ya nos lo dice toda la sociedad al unísono. 2) Está reconociendo que esa persona se va a sentir mala madre al oír lo que le tienes que decir. Y que ese sentimiento no debe ser tenido en cuenta. Quizás porque solo es importante ser empático con las personas pequeñas, pero cuando llegan a cierta edad ya da igual ser o no empáticos: que gestionen sus sentimientos como puedan. Y 3) Le estás diciendo a esa persona que eres tú quien realmente te preocupas por SU hijo, y no ella, que es una egoísta que solo se preocupa porque se siente una mala madre y no quiere escuchar los sabios consejos que vienes a darle. 

Muy pedagógico todo ¿verdad? Es irónico, claro. A mí me parece paternalista, arrogante y muy mal educada esta forma de dirigirse a la gente. Aunque tuviese razón. Si lo que pretende es adoctrinar, está produciendo el efecto contrario: aborrecer a las talibanas de la teta y arremeter contra ellas. Así que luego entras inocentemente en cualquier sitio y dices que tú diste la teta y dormiste con tu bebé y la gente se pone a la defensiva. 

Termina el texto en cuestión diciendo: “Pero no se puede pretender que nos den palmaditas en la espalda y nos tranquilicen a nosotras, adultas, cuando quien queda en desventaja es el menor, y encima bajo el lema “lo que importa es criarlos con amor”… Hay que reveer este concepto de amor que da hasta donde me conviene o me alcanza o puedo y que cuando “el otro”, que además es MI hijo, me molesta enseguida busco la manera de hacerlo funcional a mi vida adulta cagándose en sus necesidades reales. Corran el culo y el ego de ese trono adultocéntrico, por favor.” 

Dicen que no existe la guerra de las madres. Que esta forma de dirigirse a madres/mujeres no es bélica. Que decirle a otra mujer, sean cuales sean sus circunstancias, que es una cómoda que busca su bienestar y que no hace todo lo necesario por él bienestar de su hijo es hacerle un gran favor, abrirle los ojos, traer la conciencia a su vida. Perdonad, chicas, pero no. Esta es una actitud que busca conflicto y guerra, y que no le está haciendo ningún favor a las madres a las que os dirigís, y mucho menos a sus hijos. En una sociedad en la que las pautas las da un especialista, un pediatra, en la revisión del niño sano y las mujeres se limitan a seguir sus indicaciones, creo que estamos errando nuestro objetivo. En una sociedad en la que hay mucha información pero una distribución desigual de recursos culturales y económicos, estamos apuntando al blanco equivocado. 

No me cansaré de decirlo: hacen falta más modelos de maternidades que encuentran soluciones exitosas. Y hace falta que las mujeres dejen de estar tan solas en la crianza. Estas guerras solo generan más distancia y más soledad de la que ya existe. ¿O creéis que los hijos e hijas de las mujeres a las que os dirigís en ese tono están mejor desde que vosotras hablásteis con su madre de sus derechos?

LAS FEMINISTAS DE ANTAÑO Y EL BEBÉ DE BESCANSA

  

Las feministas de antaño nos dicen a las madres feministas de ahora que estamos intentando dar marcha atrás. Que nos consiguieron guarderías y estamos escupiendo sobre ellas. Que ellas consiguieron que fuésemos mujeres liberadas que rendían en el trabajo y nosotras no hacemos más que lloriquear por tener que abandonar a nuestros hijos e hijas en una institución 
Muchas gracias, señoras feministas de antaño, por todo lo que hicieron por nosotras. No sé si tendrán o han tenido alguna vez hijas adolescentes. Llega un momento que empiezan a vivir su vida de adultas y esa vida está a décadas de la nuestra, y es diferente. Nuestras soluciones dejan de funcionar para ellas. Tienen problemas diferentes en tiempos diferentes. Ya no estamos en los 80. Me imagino lo que debió ser madre en los 80, en los 70, en los 60, pero ese tiempo ya pasó. Los problemas son otros. Ya no hay vuelta atrás, sino vueltas de tuerca. 
Lo que sí es verdad es que las soluciones de antes son parte de los problemas de ahora. Institucionalizar a nuestros hijos e hijas a los 4 meses se nos hace cuesta arriba. Nosotras, que venimos de maternidades con lactancias de 3 meses y pelargón a cucharadas mientras nuestra madre (y nuestro padre) se iba a trabajar y no sabía dónde dejarnos hemos querido hacer las cosas de forma diferente. Hemos reaccionado ante esa brutal ruptura del vínculo que supone dejar a tu bebé en manos desconocidas que le van a dejar llorando en una habitación de lactantes desconsolados. Hemos querido vivir nuestra maternidad y hemos querido que nuestras hijas e hijos tengan cantidad de calidad y calidad de cantidad. Pero también hemos querido estudiar, trabajar, leer… Vivir. Lo hemos conseguido a medias, pero somos conscientes de que nuestro objetivo es, en parte, contribuir a un mundo más humano que recupera la infancia para ponerla en el centro. 
Ser madre no es un trámite. “Cuando llegas a los 30 debes ir pensando en que se te pasa el arroz” es un mantra que machaca el cerebro de muchas mujeres. Y luego, cuando los tienes, te das cuenta de que no es como te contaron. Que los niños y las niñas requieren gran cantidad de energía y amor para crecer emocional y físicamente. Y que la conciliación es un cuento que nos contaron alguna vez y que ni existe ni existirá en una sociedad que no respeta a sus criaturas. Nosotras hemos traído a la conciencia femenina que la presión a la que nos someten para ser madres es una trampa. No queremos ser madres así, como si fuésemos maquinaria que, una vez expulsado el producto, sigue funcionando como si nada hubiese pasado.
¿Y nuestros maridos? Señoras feministas de antaño, en algunos casos, el marido ni está ni se le espera. En otros, la conciliación es tanto problema para nosotras como para ellos (sin contar con la lactancia, que eso ellos no pueden hacerlo y nosotras sí, si queremos). Y en otros casos, el marío sale de casa sin preguntarse qué va a pasar ese día con sus hijos. Espetar en la cara de una mujer que va con su bebé “Oye guapa, ¿dónde está tu marido?” es culparnos a todas de la ausencia del progenitor biológico de la criatura. Y eso una feminista no lo hace, señoras feministas de antaño.

Por qué Carlos González tiene la culpa

  

La entrada más leída de mi blog, con diferencia con respecto a las demás, es Por qué no me gusta Cárlos González, escrita hace ahora dos años. En ella contaba cómo los juicios y sentencias que lanza este gurú de la crianza sobre nuestras actividades como madres son perjudiciales, innecesarias y absolutamente desechables. 

Pero con la decadéncia de este gran gurú, que ahora se ha ido a hacer las américas y tiene gran prensa en países como Chile, lejos de vernos libres de sus juicios, han surgido como setas cientos de clones masculinos. Hombres que escriben sobre crianza, sobre qué tenemos que hacer las mujeres, cómo tenemos que proceder, si debemos o no trabajar, si debemos o no permanecer con nuestros hijos e hijas durante un número de años inespecífico mientras ellos trabajan fuera de casa y traen el sustento, si debemos darles de mamar, etcétera. Estos hombres se hacen protagonistas en los grupos de mujeres, escriben entradas de blog que son leídas miles de veces, hablan sentando cátedra y tienen nutridos clubs de fans femeninas.

Sí, Carlos González tiene la culpa. Él fue el primero que consiguió vivir de nosotras. En la estela de su éxito van otros muchos, atraídos por el gran negocio que representan las madres. Consumimos consejos, devoramos todo lo que encontramos en la red porque carecemos de grupos de referencia fuertes en el mundo no virtual. Nuestra sociedad nos ha enseñado que la voz de la autoridad experta (por lo general masculina) es la que tiene la solución y ahí estamos todas, aplaudiendo extasiadas ante las doctas palabras de cualquier hombre que se suba a la tribuna. 

Ahora se les llama hombres conscientes. Y yo creo que, efectivamente, son muy conscientes de la capacidad que tenemos de admirarles a ellos y despreciar nuestra propia sabiduría. Aunque creo que eso les va a durar poco. Cada vez hay más mujeres conscientes de que la solución está en ellas mismas, que ningún hombre les va a decir cómo deben comportarse y actuar con sus bebés y sus hijos. Incluso la pareja tiene poco que decir en ciertos aspectos que atañen a nuestro cuerpo. Por otra parte, en las redes hay cientos de mujeres con mucha experiencia en el maternaje, la lactancia, la crianza, el porteo, a las que cada vez se presta más atención. Son referencia de grandes grupos y empiezan a acumular gran cantidad de sabiduría a su alrededor. 

Por otra parte, hay algo especialmente preocupante en esos hombres conscientes: comienzan a posicionarse peligrosamente en el bando neomachista, diciendo cosas como que las mujeres ya tenemos igualdad, que tenemos que cumplir nuestra función de cuidadoras porque estamos diseñadas para ello, que los hombres están discriminados en la crianza y necesitan tener un espacio, que necesitan reclaman su vínculo primario con el bebé, etcétera etcétera. Esto, unido a la afirmación que está haciendo Carlos González de que las parejas no se deberían divorciar por el bien de su prole, crea un peligroso caldo de cultivo en el que las mujeres estamos a expensas de un hombre que ocupa la esfera pública mientras nosotras quedamos relegadas a la privada y sin posibilidades de salir de ella. Estamos atadas económicamente a este hombre y moralmente al deber de mantener el núcleo familiar. 

Independientemente de las decisiones que tomemos en la crianza, creo que deberíamos dejar de prestar oídos a la masa enfurecida consciente y masculina y empezar a decirles que agradecemos mucho sus consejos pero que tenemos nuestras propias ideas. Lo de endiosar al macho que habla sobre nosotras ya ha demostrado ser una estrategia fallida. Lo de dar más crédito a los expertos que a nuestras comadres nos ha salido muy caro en la historia reciente de la humanidad y ha terminado con un parto deshumanizado, la lactancia extinguida y los niños y niñas tratados como ratas de laboratorio. Mujeres, empecemos a escucharnos a nosotras mismas y, si los hombres hablan demasiado, quizás debamos pensar en hacer grupos NO MIXTOS. 

Pediatras y patriarcas

LactanciaEl médico pediatra, ese señor que un día decide escribir un libro ojeando sus apuntes de la carrera que estudió hace lustros, nos dice que no seamos dogmáticas, que no ocupemos nuestras trincheras. Que no seamos tercas y no dejemos morir de hambre a nuestras pobres criaturas, empeñadas como estamos en darles de mamar más allá de los cuatro meses, cuando ellos y ellas, bebés indefensos, claman por una buena papilla de cereales y de carne picada. Ya se sabe que la humanidad no evolucionó hasta que se inventó la batidora y las grandes multinacionales comercializaron leche en condiciones, en polvo y salida de las ubres de las vacas, ese animal sagrado que nació para alimentar a nuestros cachorros.

Señor pediatra, qué haríamos nosotras sin usted, que sabe más de nuestras tetas que nosotras mismas. Gracias pon pensar en nuestros pezones doloridos por el continuo roce de las edípicas bocas de nuestros bebés. Ahora, el padre podrá ocupar el lugar que le corresponde: el de cabeza de familia entre nuestros lúbricos pechos y el pequeño déspota que solo desea nuestro cuerpo de madres. Edipo Rey ha sido derrotado y todo ocupa su lugar. Ya no nos aventuraremos en calles y plazas enseñando nuestros turgentes manantiales impúdicos, amamantaremos lo justo y lo necesario, cuatro meses, lo que dura un permiso por maternidad. Ni más, ni menos.

Gracias, señor pediatra, por traer ese rayo de luz. La OMS nos quiso convencer de que lo mejor para nuestras criaturas era amamantarlas 6 meses en exclusiva, solo con la leche de nuestros pechos, ese extraño líquido que no sabemos porqué mana de nosotras. Nos intentaron convencer de que éramos mamíferas, incluso nos hablaron de extraños benefícios sobre la maduración del sistema inmunológico de nuestros infantes, y de la prevención del cáncer de mama y otras partes de nuestro cuerpo. Y nos lo creímos. Y decidimos amamantar. Incluso algunas seguimos haciéndolo después de los 6 meses, después del año, de los dos años, de los 3… Inaudito.

Ahora, gracias a sus doctos y moderados consejos, nuestros pezones serán libres y nuestros bebés engordarán sus michelines y los bolsillos de las grandes multinacionales. Nos sentiremos aliviadas por estar contribuyendo a una buena causa: el enriquecimiento de esos pobres empresarios, patriarcas como usted, que tanto han hecho por la humanidad. Gracias por alejarnos de nuestro dogmatismo. No más teta. Seamos sensatas. Hasta los cuatro, solo la puntita.

Esos hombres


martinez-caminoLas madres y padres conscientes e implicados/as y responsables en la crianza de sus criaturas, desde que surge Internet como herramienta de comunicación , se han constituido en una compacta comunidad que está cambiando mentalidades y actitudes. Podemos decir que somos afortunadas y afortunados de poder compartir con esta comunidad nuestras dudas, desvelos, dificultades, alegrías, ideas, etcétera.

Pero con la llegada de la maternidad 2.0 aparecen un tipo de especímenes del género masculino que en seguida vais a reconocer. Son los hombres que todo lo saben y que se permiten darnos consejos a las mujeres y decirnos, desde su encumbrada autoridad de machos, lo que debemos hacer. Estos hombres suelen presentar el siguiente perfil:

– Se presentan como defensores radicales de la infancia y la crianza respetuosa.

– Son defensores a ultranza de la lactancia materna, el colecho y otras prácticas ligadas a este tipo de crianza

– Y aquí viene el problema: se dedican  a aleccionar a diestro y siniestro a las mujeres para que cumplan con los requisitos que ellos creen imprescindibles para seguir estos preceptos.

Por ejemplo, según ellos las mujeres que trabajamos estamos engañadas, somos unas egoistas y estamos abandonando a nuestros hijos e hijas a su suerte. A ver, no lo dicen así de claro, pero de sus intervenciones se puede derivar esta conclusión. Normalmente, su pareja no trabaja y cuida a sus hijos/as a tiempo completo, opción totalmente respetable. Pero cuando planteas que tu opción ha sido otra, los ataques arrecian. No eres libre, eres una inconsciente, no te has planteado con responsabilidad lo de la crianza, etcétera etcétera. Es indiferente lo que plantees en el ámbito de la crianza, que hayas mantenido una lactancia prolongada, que hayas colechado, da lo mismo: lo tuyo no vale y punto. 

Esta postura absolutamente irrespetuosa da por supuesto que todas las mujeres tenemos una relación duradera y estable con el padre de nuestras criaturas, y que podemos dejar de trabajar para ocuparnos de la casa, mientras él trabaja y trae los alimentos. También da por supuesto que todas las familias son biparentales. Además, rechaza la opción de que la conciliación es posible, y desprecia a la mujer trabajadora por sistema, culpándola de todos los males de nuestra sociedad. Y, por supuesto, da por hecho que las mujeres están hechas para el cuidado, y si optan por el trabajo, deben renunciar a tener descendencia.

Cada vez me producen más rechazo esta postura neomachista y patriarcal disfrazada de buen padre preocupado por la infancia. Los hombres que se meten en los grupos de mujeres a decir qué tenemos que hacer nosotras para criar bien a nuestras hijas e hijos, sencillamente, SOBRAN. Empiezan diciendo que lo de quedarse en casa puede hacerlo cualquiera de los dos, padre o madre, (dando por supuesto, como ya he dicho, que todas las familias son biparentales y nucleares), pero pronto se destapan y nos aleccionan sobre lo que debemos hacer NOSOTRAS. Se disfrazan de buenismo proponiendo vidas austeras y anticapitalistas dedicadas a nuestra prole.

Chicos, la vida tiene muchos caminos. No nos intentéis estrangular imponiéndonos el vuestro a través del juicio y la amenaza de los mil males que caerán sobre nosotras por trabajar. Hace tiempo que hago oídos sordos a vuestras peroratas por Internet, y, por supuesto, no compro ninguno de vuestros libros. Pero creo importante que las mujeres seamos conscientes de la existencia de estos individuos. Mujeres, somos, sois dueñas de vuestras decisiones. No os dejéis maltratar por personas ajenas a vuestra vida y condiciones. No os dejéis culpabilizar, haced oídos sordos a esos curillas 2.0 que intentan meterse cual virus en nuestras mentes y sembrar discordia. Nuestras decisiones son nuestras y de nadie más. Y los predicadores, a los púlpitos. 

¿Vivir en una yurta o comprarme un ferrari?

Hay días que tengo sensación de sandwich. Por un lado, las propuestas sobre género que pretenden ser ultrafeministas nos quieren construir miles y miles de escuelas infantiles para que encerremos a nuestros retoños y nos lancemos al competitivo mundo del trabajo como si no hubiese mañana, rasgando nuestras vestiduras por una igualdad masculinizada. Queremos dejar de ser las cuidadoras supremas y pedimos al estado que se haga cargo de nuestros hijos e hijas para salir a la calle, tacones en ristre, a comernos el mundo.

Por otro lado, hay voces que se alzan clamando que la humanización del cuidado infantil pasa por que uno de los progenitores (que finalmente siempre es la madre) se quede en casa para poder atender adecuadamente las necesidades emocionales de las niñas y los niños. Plantean que merece la pena liberarse de el esclavizante mundo del trabajo para ocupar plenamente el mundo de lo privado y adoptar formas de vida alejadas del mundanal ruido. Esta opción siempre se aparta ideológicamente de la tradicional ama de casa y se posiciona en un nuevo modelo de mujer, preparada, con estudios, que decide abandonar su carrera profesional para dedicarse en cuerpo y alma a sus hijas e hijos, mientras su pareja la apoya incondicionalmente y sale a buscar las lentejas.

No tengo nada en contra de ninguna de las dos propuestas. Bueno, sí, solo una cosa, y es eso que decía al principio: me hacen sentir como un emparedado. Cuando empiezan a hablar desde uno u otro lado, y tú vas y no te posicionas, inmediatamente te colocan en el lado contrario. Si no eres de las que dejaron de trabajar para cuidar a sus niños, eres la ejecutiva agresiva y ambiciosa que abandona a su prole en cualquier institución o la tiene horas delante de la televisión para que la dejen tranquila con sus asuntos. Si no eres de estas últimas, entonces eres de esas mujeres esclavizadas por sus hijos y su hogar que pretenden que todas volvamos a un rol anticuado de mujer-ama de casa-maruja.

El caso es que, hagas lo que hagas y digas lo que digas, siempre habrá alguien que te diga que lo haces mal. Que no eres libre. Si no eres como ellos quieren que seas, te estás dejando engañar, bien por el patriarcado, bien por la sociedad neoliberar que nos oprime. Así que, al final, te preguntas seriamente para qué sirven esos modelos de mujer que nos tratan de imponer sino para hacernos sentir confusas y culpables. ¿Deberíamos habernos entregado al cien por cien a nuestras carreras o a nuestros hijos? ¿Deberíamos haber dado un giro de 180 grados a nuestras vidas y habernos ido a vivir a una yurta, o bien haber asumido que los niños crecen como las setas y pasarnos la vida compitiendo por puestos de responsabilidad?

A ver, chicas, recordemos eso de tesis-antítesis-síntesis. Creo que aquí estamos olvidando un factor clave para dejar de sentirnos como el jamón del bocadillo. Esta violencia estructural contra nosotras tiene que acabar. Para criar a un niño (y a una niña) hace falta una tribu. Y nuestra tribu (ya lo he dicho en más de una ocasión) está descompuesta. Se ha hecho individualista y mezquina, y quiere hacer recaer la responsabilidad de los cuidados solo en una parte de la población. Ya no es cuestión de que el padre se responsabilice o no de los cuidados. El tema va mucho más allá. A la tribu le importa una mierda cómo se críe a los niños y niñas, y si algo sale mal, ya sabemos a quién hay que echarle la culpa.

Malas madres, buenas madres, ha llegado la hora de alejarnos de vosotras. Ni soy libre siendo mala, ni soy libre siendo buena. Soy libre siendo y haciendo oídos sordos a las propuestas descabelladas de cómo tengo que girar en mi vida o qué tengo que conseguir. Si tienes consejos que dar, escribe un libro y conviértete en gurú.

¿Qué saben los pediatras sobre crianza?

Newborn ExaminationMi relación con las y los pediatras en mi historia como madre ha sido desigual. A la primera pediatra que conocí la apodábamos “doctora Menguele”. Podéis conocer su historia en esta entrada. Esa señora me hizo perder toda la confianza en mi cuerpo lactante y entregarme a la medicina más convencional para criar a mis mellizos. Ellos crecieron entre toses, mocos y bronquiolitis gracias a ella. Lo que mejor recuerdo de esa médica (que no doctora) era la seguridad con la que se dirigía a mí, madre primeriza asustada por la enorme tarea que me había caído en los brazos. Ese gesto grave, la seguridad con la que hablaba, sentando cátedra, aplicando protocolos aprendidos en sus años de práctica (que por su edad, no podían ser muchos), hacía que el espacio para la duda disminuyese hasta el mínimo. Vivíamos en los tiempos en los que Internet todavía no era la fuente de interacción entre iguales en la que se convirtió poco después en la era 2.0. 

En esa etapa aprendí que los pediatras no saben nada de lo que nos interesa a las madres cuando acudimos a su consulta una y otra vez, con un niño que llora y llora y con el que no sabemos qué hacer. Después de caer en la trampa del Dr. Estivill, que nos las prometía muy felices adiestrando a nuestros bebés para el sueño, y de perderme una infancia de amor y colecho con mis pequeños, descubrí que la palabra “pediatra” encierra una falsa promesa de sabiduría. El Dr. Estivill (y algún que otro pediatra en nuestro país) se hizo de oro a nuestra costa. Utilizó nuestra desesperación, nuestra pérdida de norte, nuestro sufrimiento en una sociedad en la que la crianza se iba desnaturalizando más y más y la convirtió en oro. 

Con mi tercer hijo, las cosas cambiaron bastantes. Mi relación con las y los pediatras se transformó. Lo tenía claro: los pediatras que tengo a mi disposición no saben NADA sobre lactancia, alimentación, sueño infantil y educación en general. En cuanto a lactancia, había absorbido toda la sabiduría de mujeres lactantes y de libros escritos por verdaderos expertos en lactancia (sí, ahí estaba Un Regalo para Toda la Vida, de Carlos González). Nunca se me ocurrió preguntar al pediatra nada sobre este tema. Nunca introduje los cereales ni las papillas de frutas cuando él o ella me lo indicaban. Nunca introduje leche de vaca en la dieta de mi hijo cuando estuvo lactando. Mi hijo no ha tenido una sola bronquiolitis. Es muy raro que se ponga enfermo, y cuando le pasa, su sistema inmunológico funciona rápida y eficazmente. 

Tampoco se me ha ocurrido nunca decirle al pediatra “mi niño no me duerme ¿qué hago?“. Las prácticas de crianza relacionadas con el sueño infantil no son incumbencia del pediatra. Ya sé que en muchas publicaciones de pediatría se considera trastorno del sueño infantil al hecho de que un bebé tenga que ser acunado en brazos para que se duerma, que se despierte por la noche o que no se duerma cuando se le tiende despierto en la cuna. Es una cuestión de perspectivas. En mi caso, no existía cuna ninguna, así que tampoco había trastorno del sueño por el que preguntar al pediatra. La cuna fue un regalo que nos hicieron con mucho cariño, que apreciamos mucho… pero que no usamos en absoluto. Muerta la cuna, se acabó la rabia… y los trastornos de sueño. Todo ello ligado a un colecho informado, consciente y vinculado a la lactancia materna. Mano de santo.

A ver, la crianza es la crianza, implica dedicación, mucha dedicación. pero si sabes lo que estás haciendo porque lo experimentas, te lo cuentan otras madres y lees libros que te convencen por su argumentación, la cosa cambia bastante. Para mí el pediatra se ha convertido en ese especialista al que acudo cuando creo que es necesaria una auscultación, un vistazo a los oídos o una opinión experta sobre síntomas desconocidos. Incluso en aspectos del desarrollo motor o lingüístico, yo misma u otras compañeras psicólogas saben muchísimo más que cualquier pediatra. Es cierto que, como agente de prevención de trastornos del desarrollo, el pediatra es crucial, ya que su acceso a la población infantil es superior al de cualquier otro profesional. Pero eso no les hace expertos en desarrollo infantil. 

Pero una cosa hay que tener en cuenta: cuando llegas al pediatra con esa prestancia de madre segura que no necesita consejos, hay algunos a los que no les sienta nada bien. Es ahí donde comienzan los comentarios cargados del principio de autoridad, con ADMs de nivel elevado. Les molesta que no nos postremos ante su autoridad, protocolos de alimentación, protocolos de medicación y protocolos de sumisión. Les molesta que nos informemos, que seamos expertas en crianza y que estemos seguras sobre cómo cuidar la salud de nuestras hijas e hijos. Esto no le pasa a todos los pediatras, por supuesto. Existen esas maravillosas excepciones. Pero la pediatría forma parte del patriarcado. Y punto final. 

Paternalismo

1334510914-3d846c10922d63f78559c578f90cfa7aEl paternalismo es, de acuerdo con la RAE, la tendencia a aplicar las formas de autoridad y protección propias del padre en la familia tradicional a relaciones sociales de otro tipo: políticas, laborales, etc. Entendemos que el paternalismo va en contra de la libertad en el sentido de que, aunque las intenciones sean buenas, se está cortando la  posibilidad de autodeterminación al imponer caminos prefabricados, pautas impuestas y consejos no solicitados. 

El paternalismo es la impaciencia del que se cree superior. Tiene claro el camino que debe seguir el resto y guía al rebaño de forma ciega hacia la tierra prometida. El complejo de pastor exalta su bondad interior, creyendo que los pupilos cobrarán conciencia cuando sigan sus consejos. Su autocomplacencia embriaga su alma hasta que una oveja del rebaño se desmanda con la idea de caminos alternativos.

La conducta paternalista es entonces implacable. No hay lugar para el diálogo. Sólo para la desacreditación de los caminos alternativos y las ovejas rebeldes que los proponen. Por tanto, el paternalismo es la antítesis de la democracia, aunque los caminos propuestos por el patriarca la persigan.

La ciudadanía solo estará preparada cuando desaparezcan los patriarcas, mentes privilegiadas que no son capaces de embarcarse en un proceso de convergencia y toma de decisiones colectivas. El proceso no es fácil, pero igual que los padres tienen que aprender a respetar la autonomía de sus hijos y ver cómo se convierten en adultos, es importante prescindir de los líderes para crecer hacia formas diferentes de sociedad. 

DISCURSO ANTIMATERNAL

AfterHoursEste fin de semana, comiendo en un restaurante, observaba una escena fascinante. Hay que decir que el hecho de ir sola con mi pareja y sin mi prole me permitió una observación meticulosa y pausada que de otra forma hubiese sido imposible. Un grupo de parejas de alrededor de 30 años habían quedado para comer. Parecía un encuentro importante y esperado. En un principio había dos parejas conversando animadamente. Llevaban ya un rato en el restaurante cuando apareció la tercera pareja. La peculiaridad de los que habían llegado tarde es que con ellos venía una niña de unos 18 meses.

La niña en seguida llamó la atención de todos, que se levantaron a hacerle carantoñas. Me llamaron la atención en seguida las profundas ojeras de su joven madre, de un color marrón oscuro en contraste con su piel blanca. Además, el contraste con las otras dos mujeres de la mesa era evidente. Maquilladas, vestidas con desenfado pero con esmero, sonrientes y sin ojeras, brillaban frente a la joven madre, que se había puesto los primeros vaqueros que había encontrado y una horquilla de metal para que el flequillo no le tapase los ojos. Las ojeras del padre también eran evidentes, pero mucho menos llamativas que las de ella.

Sentaron a la niña en un extremo de la mesa, al lado del padre, su madre frente al padre. La bebé, una niña risueña y dicharachera, hizo las delicias de todos los comensales del local. Ya venía comida, así que le dieron un rotulador y un papel y se entretuvo mientras se desarrolló la primera parte de la comida. Lo interesante de todo esto era la actitud de la madre y el padre en esa situación. La niña no parecía necesitar nada: estaba perfectamente atendida, con sus necesidades afectivas y biológicas cubiertas. Sin embargo, la madre no dejaba de lanzar miradas angustiadas tanto al padre como a la niña. Mientras, el padre era el alma de la fiesta. Conversaba animadamente con las otras dos mujeres, que estaban frente a él, y que le reían todas las gracias. Estaba haciendo, literalmente, todo lo que sabía, eclipsando incluso a sus otros dos compañeros de mesa.

La joven mujer-madre volvía de vez en cuando la mirada en dirección contraria a sus compañeros y compañeras de mesa y yo podía observar sus ojos cerrándose a causa del sueño atrasado. Parecía decir “¿Cuándo terminará esto?”. Las pocas miradas fugaces que pude captar entre la pareja madre-padre eran miradas cargadas de sentido y de amargura. La sonrisa se borraba de la cara del padre-hombre y, como si hubiese recibido una orden silenciosa, cogía una servilleta y limpiaba las comisuras de la boca de la niña, que ni siquiera estaba comiendo. En todo el tiempo que transcurrió la comida, no hubo una sola mirada cómplice ni un intento por parte del padre-hombre de integrar en la conversación a su desplazada pareja.

A mitad de la comida, llegó una pareja mayor, posiblemente los abuelos de la niña, y tras hacer varias fotos y celebrar la felicidad de la juventud reunida, se llevaron a la niña y dejaron solas a las tres parejas. Noté el alivio de la mujer-madre, que suspiró y sonrió ligeramente. Sin embargo, no se integró en la algarabía de sonrisas y palabras de sus amigos, estaba demasiado cansada, demasiado metida en su crisálida maternal como para desprenderse de ella instantáneamente.

Creo que esta escena hubiese pasado desapercibida a alguien que no sepa lo que supone tener un bebé. Y creo que hablar de este tipo de cosas está vetado por el discurso maternal oficial. Siempre que he intentado hablar de esta sensación de desamparo, de este sentimiento de exclusión, de este no poder estar en los sitios que solía estar, la gente me corta diciendo “pero eso es normal”, “hay que pasar por ello”, “es lo que hay”, y te hacen sentir tremendamente culpable por definir como triste y desagradable el periodo de crianza. Sé que este no es un sentimiento generalizado, y que hay parejas que han logrado integrar su mater-paternidad en su entorno habitual con felicidad y efectividad. Pero también sé que estos sentimientos los comparten muchas parejas y que se viven en silencio, hasta que encuentras a alguien con quien sincerarte en la intimidad.

Decir que la maternidad te pesa, que tiene sus inconvenientes, sus sombras, sus tristezas y sus pérdidas, no está bien visto. Y hablar de la maternidad como algo no deseable, menos aún. Así interpreto yo el polémico artículo de Beatriz Gimeno “Construyendo un discurso antimaternal“. Me vais a perdonar este análisis simplista, pero creo que la cosa no es tan grave como para haber levantado la polémica que ya dura casi 4 meses. Quizás la autora carga las tintas, creo que de forma intencionada, en la cuestión sobre el amor a los hijos e hijas. Es verdad que el amor maternal, como constructo social, es un objeto casi intocable. Si dices algo diferente a “amo a mis hijos e hijas con toda mi alma”, te expones al escarnio, los juicios y las miradas de lado inmediatamente. Esto, bajo mi punto de vista, nos limita emocionalmente. No podemos expresar todos los sentimientos que nos produce la maternidad, muchos de ellos negativos, más que en la absoluta intimidad y teniendo mucho cuidado con que nadie escuche las mil quejas que (algunas) gritamos ante los muchos momentos de tensión que supone la mater-paternidad. 

De esta forma, siendo estos sentimientos íntimos e inconfesables, las mujeres-futuras madres solo están expuestas a una cara de la maternidad. Es cierto que vivimos la maternidad de nuestras propias madres, pero siempre pensamos que vamos a ser mejores que ellas y restamos importancia a sus llantos y sinsabores. Las madres externas a nuestra familia siempre (salvo excepciones) dan su mejor cara y nos muestran la faceta amable de la maternidad. Es entonces, cuando somos madres, que podemos escuchar en nuestra cabeza: “Si yo hubiese sabido esto…”. 

No me juzguéis por ello; creo haber sido y ser una buena madre. Pero no puedo negar que ese pensamiento ha pasado por mi cabeza. Y hubiese agradecido una visión más realista de lo que supone ser madre.