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Madres: prohibido hablar de educación

Llevo casi cuatro años en este blog, y desde que escribo desde mi identidad de madre he podido constatar que a la gente que en las redes escribe desde sus perfiles profesionales les molesta sobremanera que una madre hable de otra cosa que no sea «sus labores». 

Desde la perspectiva de estos expertos (y expertas), una madre es una madre. Y punto. La interacción con nosotras es serena cuando planteamos nuestras dudas partiendo de la ignorancia y la admiración por sus inalcanzables conocimientos. Pero ay de nosotras si osamos poner en cuestión sus planteamientos. En esos casos, da lo mismo que nuestros argumentos sean impecables, estén basados en la evidencia o que citemos investigaciones recientes de gran impacto: somos unas histéricas que atacamos desde la rabia y el resentimiento a los sabios expertos (y expertas). 

Leyendo el blog, la gente puede saber de forma fehaciente que tengo 3 hijos, pero no saben nada sobre mi profesión. La sensación que he tenido siempre debatiendo desde mi identidad de madre es que, cuando estos expertos interactúan conmigo, usan un arquetipo caduco de madre. Me siento tratada como una ignorante sin formación que se hace la listilla, una mujer de su casa que habla desde la emocionalidad y no desde la razón.

La verdad es que estoy aprendiendo mucho desde un punto de vista socio-psicológico sobre la forma en que funciona el poder en las interacciones cotidianas cuando me relaciono con personas desconocidas desde mi identidad de madre. Foucault estaría fascinado si pudiese observar las interacciones en las que me veo envuelta. Cualquier estudioso del poder, del discurso y de la interacción lo estaría.

¡Pero qué hago yo hablando sobre estas cosas, si solo soy una pobre madre histérica! Vuelvo a mis fregonas, mi bayeta y mis cup cakes. Perdones excelsos expertos del saber oculto que ose argumentar sin llevar un mísero título en la boca. 

Los padres deben…


Cada vez que entro en las redes sociales, me encuentro, cada vez con más frecuencia, con este tipo de mensajes. No me siento aludida, porque solo van dirigidos a los padres, no a las madres. Pero cada vez que los veo, me asaltan una serie de dudas que golpéan mi cabeza, toc, toc, toc, sin encontrar respuestas. 

En primer lugar, me pregunto de dónde surge ese conocimiento. Porque todo el conocimiento proviene de algún sitio ¿no es así? Si una persona afirma que los padres han de hacer algo, hemos de suponer que quien lo dice obtiene su conocimiento de un lugar privilegiado. Cuando hablamos de la educación que dan los padres (y también las madres, a veces, pero lo que hagan las madres no importa) a sus hijos (y a sus hijas), se supone que nuestro conocimiento puede provenir de dos sitios: 

1) Somos padres y tenemos una larga experiencia criando hijos

2) Somos investigadores y nuestro conocimiento proviene de la exploración empírica y la observación prolongada de las prácticas de crianza, de modo que podemos inferir cuáles son las buenas prácticas en este terreno. 

No sé si Óscar González, educador, es padre. No lo pone en su currículum. Tampoco encuentro publicaciones suyas presentando investigaciones sobre el tema. Puede ser, entonces, que su conocimiento provenga de la lectura de estas investigaciones que han demostrado que una buena práctica es ser flexible y poner pocas normas pero muy claras. He buscado en el Google Académico y no he encontrado nada. 

Los educadores expertos que intentan enseñar a educar con talento a los padres (y a las madres, me imagino) están surgiendo como setas. Sus mensajes se caracterízan por una desvinculación total de la realidad. Transmiten generalidades y mensajes obvios y de sentido común con los que cualquiera en su sano juicio estaría de acuerdo, pero que no dicen nada sobre cómo superar las dificultades y conflictos que pueden surgir en el día a día de la vida de una familia. 

Lo que me parece realmente interesante de todo este fenómeno es las reacciones que causan este tipo de mensajes en los padres. Recuerdo que, cuando mis hijos eran pequeños, hubo una temporada que intenté buscar respuestas en los libros de los llamados expertos. Fue entonces cuando me di cuenta de que la experiencia de cada madre en la crianza de su hijo es diferente. Incluso entre distintos hijos de la misma madre, la diferencia puede ser abismal. Las lecturas están muy bien y nos pueden aportar información útil, y a mí me la aportaron, sobre cosas como el parto, la lactancia o la alimentación infantil. Pero en lo tocante a los consejos sobre educación, hemos de ser conscientes de que siempre se dan desde una perspectiva ideológica concreta. 

Podemos leer a Super Nanny, a Carlos González, a Óscar González, a Estivill, a los de Gestionando Hijos, a Eva Millet, a Rebeca Wild o a los cientos de periodistas especializados en educación que han surgido en los distintos periódicos y van sembrando sentencias sobre lo que tienen que hacer los padres a diestro y siniestro. Todas y todos ellos se dicen expertos en educación, crianza, o algo por el estilo y, sin embargo, podemos comprobar que hacen afirmaciones de muy diversa índole, incluso contradictorias en muchos casos. Pero tienen una cosa en común: todos y todas afirman con vehemencia lo que tenemos que hacer los padres (y las madres). 

Mi consejo como madre experimentada es que, siempre que necesitéis el consejo de alguien sobre la educación de vuestras hijas e hijos, busquéis el consejo de otras madres y padres que ya hayan pasado por las experiencias que estéis viviendo vosotras. Si lo que queréis encontrar es apoyo y ejemplos reales que os muestren cómo pueden o podrían ser las cosas, lo mejor es acudir a las verdaderas expertas en crianza: las madres (y los padres). Estamos desperdiciando mucha sabiduría confiando en falsos profetas. Recuperemos nuestros saberes y el poder sobre nuestra propia vida. Los expertos están muy bien para usarlos cuando hacen falta y cuando su conocimiento está basado en una fuente fidedigna de sabiduría. 


La educación deshumanizada


Hace unos días, una compañera del grupo de Facebook Basta de Deberes comentaba el paralelismo que se puede establecer entre la deshumanización del parto y la de la educación. Lo hizo como respuesta a nuestro uso de la expresión educación alternativa cuando hablamos del tipo de educación que nos gustaría para nuestros hijos/as: una educación respetuosa con los ritmos de las niñas y niños, basada en la experiencia y la investigación, sin pupitres, castigos ni libros de texto y que fomente la creatividad y el pensamiento crítico. Ella decía que, al igual que un parto respetado en el que se deja decidir a la mujer y donde no hay intervencionismo médico es un parto normal y no algo especial y exclusivo, lo que nosotras llamábamos educación alternativa es lo que deberíamos empezar a llamar EDUCACIÓN NORMAL

Y no le falta razón. Echando la vista atrás, podemos ver cómo la educación formal ha ido dejando tras de sí lo que tenía de normal. Antaño, quien quería ejercer una profesión entraba de aprendiz a las órdenes de un maestro. Se apredía en contacto con las prácticas reales en las que, a su vez, se generaba el conocimiento. Era inaudito que alguien aprendiese física o química alejado de un laboratorio y de los procesos de investigación y experimentación. Lo mismo con cualquier saber, desde los más prácticos y aplicados hasta los más abstractos. 

Ahora, sin embargo, tenemos un ejército de educadores/as que no saben nada y lo saben todo. Ofrecen píldoras de conocimiento sin explicar de dónde han salido. El conocimiento, de esta forma, se ha desvinculado del contexto en el que se produce, dando lugar a la falsa ilusión de que existe ahí fuera, para que cualquiera lo introduzca en su cabeza y lo vomite en un examen. Se ha perdido la perspectiva con respecto al conocimiento y ahora, todo lo que se dice en un aula, se toma como una verdad absoluta que alguien dijo una vez y quedó grabada a fuego en los anales de la historia. 

Este es el origen del pensamiento acrítico, de la creencia en una historia que se cuenta tal y como sucedió, en unos descubrimientos científicos independientes de la persona que los publica y en unas tradiciones que no deben cambiar porque, si las cosas siempre han sido así, así deben seguir. Y esta es la forma más sencilla de que, mientras unos pocos siguen generando conocimiento, la gran masa de la población sea ajena a lo que está pasando en la cumbre aunque tenga la ilusión de dominarlo todo. 

La marcha atrás en este proceso no es fácil. Nuestra sociedad depende de tal manera de la escuela que cambiarla implicaría transformar la sociedad al completo. La escuela es el reflejo de la sociedad en la que vivimos. Por eso, es bastante paradógico que hayamos depositado en ella la misión de lograr la igualdad. Se supone que una escuela pública de calidad será capaz de uniformizar a la población, independientemente de su procedencia. Pero lo cierto es que una institución fuertemente enraizada en una sociedad clasista nunca será capaz de cumplir esta misión. 

Lo único que podemos hacer es educar a nuestros hijos e hijas para que comprendan que el conocimiento no es inamovible, no para de cambiar aunque se imprima en libros de texto y se produce en lugares ajenos a la escuela. Que el verdadero aprendizaje se produce cuando se usa el conocimiento para hacer cosas en la vida real y que el hecho de aprobar un examen no quiere decir que hayan aprendido. 

Las mal llamadas extraescolares


La típica respuesta de la masa docente cuando damos argumentos en contra de los deberes que nos imponen desde la escuela es que las familias cargamos de extraescolares la agenda de nuestros hijos e hijas. Este argumento de quítate tú para ponerme yo funciona mal. Cuando las niñas y niños salen de la escuela, después de 5 horas lectivas, el tiempo es gestionado por la familia, y lo que hagamos con ese tiempo no puede ser decidido desde una institución ajena a la misma.

En muchos casos, ese tiempo se aprovecha, además de para descansar y tener un rato de ocio libre, para aprender cosas que la escuela española no enseña ni de refilón. Tocar un instrumento, aprender lenguaje musical, a jugar al tenis, a nadar, a pintar o a practicar un arte marcial. Ese tipo de cosas son, en muchos casos, vocaciones y talentos que nunca se desarrollarían si no fuese por esta inversión extra-escolar.

Pero el hecho de llamarlas «extraescolares» las sitúa en referencia a la escuela. Como si fuesen algo añadido a la escuela y subordinadas a ella . Nada más lejos de la realidad. En estas disciplinas que no se trabajan en la escuela, bien porque no se les ha dado la suficiente importancia, bien porque no existen profesionales preparados para enseñarlas en esa institución, se trabaja de forma radicalmente diferente a la escuela. Las niñas y niños aprenden haciendo. Nada de estar sentados en un pupitre con lápiz y papel, copiando o escribiendo al dictado lo que un adulto dice y realizando miles de ejercicios sin referente en la vida real. Si un niño o una niña aprende a tocar un instrumento, formará parte de una agrupación o de una orquesta y tocará delante de un público desde el primer momento. Formará parte de una comunidad en la que va asumiendo más responsabilidad a medida que adquiere más destrezas y conocimiento. Y nada de calificaciones: en este entorno, la recompensa es la satisfacción de hacer las cosas mejor cada día. Todo esto no tiene nada que ver con la innovación, sino que es algo normal y más bien antiguo. Se aprende como se aprendía antes, formando parte de una comunidad de práctica y participando en ella, primero en la periferia y pasando poco a poco hacia el centro, a medida que se va aprendiendo más y más.

En estas disciplinas sí que se trabaja la cultura del esfuerzo. Las niñas y los niños aprenden que el buen desempeño va acompañado de muchas horas de práctica, de entrenamiento, de ensayos y de estudio. Y estas horas se ven recompensadas cuando llegan a ser capaces de hacer algo que antes no sabían hacer. Es entonces cuando reciben los aplausos y la enhorabuena, el nuevo cinturón o un puesto más cercano a la directora de orquesta.

Este tipo de actividades de aprendizaje no son extraescolares. Son comunidades de aprendizaje independientes del colegio. Actividades extraescolares son las academias a las que algunas familias llevan a sus hijas e hijos para hacer los deberes que mandan en la escuela, o para reforzar destrezas en las que el colegio invierte mucho tiempo pero no acaba de enseñar bien, como por ejemplo una segunda lengua. Las extraescolares siguen los mismos métodos de transferencia de contenidos y realización de ejercicios a los que son sometidos niñas y niños durante 5 horas al día. Mis hijos nunca han ido a este tipo de actividades, principalmente porque son ellos los que eligen qué hacer.

En conclusión, el tiempo no lectivo es un tiempo que gestiona la familia y que no está sujeto a las imposiciones que se hagan desde la institución escolar. La educación obligatoria tiene su tiempo asignado y no puede exigir que las familias nos convirtamos en una extensión de la escuela. Es demencial imponer a niños y niñas de 3 a 11 años que dediquen gran parte de su tiempo libre a estar sentados frente a un libro de texto y un cuaderno. Comparar esto con las actividades que las niñas y los niños hacen de forma libre y voluntaria y en las que aprenden destrezas inalcanzables para ellas y ellos en el colegio es un sinsentido.

Me parece increíble tener que estar escribiendo sobre esto. ¿No os da la impresión de que las instituciones se inmiscuyen cada vez más en nuestras vidas?

Decir que el fracaso escolar es cosa de las familias es saber muy poco de educación

Fue en los años 80 cuando Shirley Brice-Heath publicó su maravilloso libro Ways with words. Era el informe de un estudio etnográfico realizado en 3 comunidades de Carolina del Norte, dos rurales y una urbana. La diferencia entre las dos comunidades rurales es que una de ellas era fundamentalmente afroamericana y la otra «blanca». En la urbe había de todo, como en todas las urbes. Pues bien, Heath estuvo haciendo observación participante en las tres comunidades sobre los usos que se hacían en familia del material impreso (libros y otros útiles escritos). También estuvo observando lo que ocurría en la escuela urbana a la que acudían niñas y niños de las 3 comunidades. El fracaso escolar era mucho mayor entre niñas y niños rurales de ambas comunidades que entre niños y niñas urbanas. 

¿Por qué? se preguntó la investigadora. Porque las personas que investigan se hacen preguntas y buscan su respuesta. Solo los charlatanes hacen afirmaciones tajantes sin comprobar su veracidad. Después de un tiempo de inmersión en las comunidades, de recoger datos, sumergirse en ellos, analizarlos e interpretarlos, Heath llegó a la siguiente conclusión: el discurso que empleaban las familias urbanas en la interacción con sus hijas e hijos sobre los materiales escritos (cuentos, revistas y libros) era similar, por no decir igual, al que se desarrollaba en la escuela. Sin embargo, las madres y padres de las otras dos comunidades hacían cosas muy distintas a las que hace la escuela con las palabras.

 Una de las comunidades usaba los artefactos escritos mayoritariamente en contextos religiosos y los tomaban al pie de la letra, como algo sagrado e inamovible. La otra era una comunidad fundamentalmente oral, que nunca hacía preguntas cerradas a sus pequeños y valoraba la reflexión y la búsqueda autónoma de soluciones en la vida. La forma en que niñas y niños se implicaban en situaciones de enseñanza-aprendizaje en sus contextos de origen era radicalmente diferente a las formas que imponía la escuela de la ciudad. Las relaciones en las que estaban implicados materiales impresos en el contexto escolar estaban dominadas por la secuencia discursiva IRE (Interrogación-Respuesta-Evaluación) (En este otro post hablo de la secuencia IRE). Seguro que todas sabéis que es eso. Sí mujer sí, mira: 

– ¿Cuanto son 2+2? (I)

– ¡¡¡¡Cuatrooooo!!!! (R)

– ¡Muy bien!  (E)

Esta forma de discurso, dominante en el discurso escolar urbano, era absolutamente extraño para las niñas y niños que venían del ámbito rural. Literalmente, no sabían participar en estas secuencias. Y cuando no sigues el discurso mayoritario del grupo, el fracaso está asegurado. Si no sabes someterte al discurso de la evaluación escolar, la evaluación será negativa, sin duda. 

Todo esto ya lo apuntaba Bernstein en su obra centrada en la sociología de la educación, Freire en la Pedagogía del oprimido, así como tantos autores que se han preocupado por comprender por qué las niñas y niños de clases sociales desfavorecidas fracasan en la escuela. Y todos ellos acaban apuntando a lo siguiente: son los profesionales los que tienen que buscar la CONGRUENCIA con las prácticas familiares y culturales no dominantes. No podemos exigir a todas las familias que se adapten a los códigos de las clases dominantes. Debe ser la institución escolar la que se amolde a las diferencias de sus estudiantes. Debe ser la escuela, plagada de profesionales en educación, la que aporte soluciones educativas a estas diferencias. Y si no, pues la verdad, no sé para qué sirve la escuela. 

Unas familias tienen ordenador, otras no. Unas familias tienen las casas plagadas de libros, otras no. Unas familias tienen acceso a montañas de recursos culturales, otras no. Unas familias tienen la suerte de no tener ningún problema, otras no. Decir que son estas desigualdades el origen del fracaso escolar es como decir que la escuela no sirve para nada. Que una persona tenga que ser de clase media, con una familia exquisita y nuclear y sin ninguna rareza en la forma de procesar la información para tener éxito en la escuela es tirar por tierra la verdadera labor educativa. Admitamos que el único mérito de la escuela sería conseguir que esos niños y niñas que vienen de entornos no dominantes tuviesen éxito. Los demás van a tener éxito con o sin escuela, porque aprenden en cualquier contexto si les ofreces unas condiciones mínimamente motivantes. 

En definitiva, dejemos de decir sandeces. El fracaso escolar es un problema de la institución escolar. Sin escuela no existe el fracaso escolar. La escuela está diseñada para que haya personas fracasadas o, dicho de otra forma, el fracaso escolar está incluido en el ADN de la escuela, no es ajeno a ella. Los docentes reflexivos y críticos lo saben y trabajan para transformar la escuela. Esos son los docentes que marcan la diferencia. 

La escuela decimonónica

maestroYa sé que he escrito mucho sobre esto, pero no me cansaré de hacerlo nunca, pues año tras año son muchas las niñas y los niños que sufren en sus carnes las visiones decimonónicas de la educación, el aprendizaje y el desarrollo que tienen muchos y muchas de sus maestras. Que sí, que de acuerdo, no todas, no todos. Pero sí un número suficiente para que lo notemos y para que sea un clamor en muchos foros en los que nos damos cita familias de niñas y niños en edad escolar.

En las reuniones de principio de curso, muchas hemos tenido que soportar a personas con aires de autoridad decirnos lo que tenemos que hacer en NUESTRAS casas. No son sugerencias ni recomendaciones, son imposiciones, como que nuestras hijas e hijos tienen que hacer deberes un mínimo de 2 horas al día fuera del periodo lectivo. Suponen que es necesario y beneficioso para cualquier niño o niña estar 2 horas haciendo deberes repetitivos, copiando enunciados de los libros de texto y resolviendo ejercicios absurdos que no tienen ninguna aplicación en la vida real. Y nos imponen una actividad ajena a nuestra vida familiar.

Enseñan a nuestros hijos e hijas que el conocimiento adquirido se premia con un número que va del 0 al 10. Ignoran así todo principio de evaluación formativa y eluden su propia responsabilidad en los resultados de aprendizaje de sus estudiantes. Sin olvidar que hay muchísimas familias luchando encarnizadamente por que se reconozca la dificultad de aprendizaje de sus hijos e hijas y se aplique una intervención educativa adecuada a estas formas peculiares de aprender.

Es indignante la cantidad de maestras y maestros que ignoran lo que son y cómo se interviene educativamente en una dislexia, un TDHA o una discalculia, por poner algunos de los ejemplos más sangrantes. Y es muy indignante cuando una familia acude al colegio para tratar el tema de las dificultades del niño o la niña y tardan meses o incluso años en obtener una respuesta y una actuación eficaz en las aulas. Lo peor de todo es la cantidad de veces que estos niños tienen que cargar con las etiquetas de vago y gandul antes de ponerse a trabajar en las adaptaciones curriculares pertinentes.escuelaEnseñar no es introducir información en las cabezas y luego asignar un número a cada alumno/a. La colaboración de las familias no consiste en que éstas se conviertan en los esbirros del maestro y estén con el látigo en casa haciendo que los niños refuercen su conocimiento como si fuese un zapato. Y aprender no es asimilar un puñado de temas de los libros de texto al uso y realizar muchos ejercicios para automatizar los procedimientos. No.

El conocimiento es algo vivo, que se usa para conseguir cosas en la vida real, para crear, para ir más allá de lo ya dicho. En la vida real está penado copiar y no se hacen dictados. Por eso, cuando salimos del sistema educativo nos damos cuenta de todo lo que nos hemos perdido y de todo lo que no hemos aprendido.

Por favor, maestras y maestros, dejen de decir sandeces. Dejen de quejarse de que tienen 45 minutos por asignatura y que, como no tienen tiempo de embutir todos los datos en las cabezas de sus alumnos, tienen que mandarles deberes. Dejen de hablar de reforzar, de hábitos de estudio, de resumir, de hacer esquemas, de copiar enunciados y demás tonterías. Eso solo pasa dentro del aula. Lo único que están aprendiendo nuestros hijos en las aulas es a ser buenos alumnos. La escuela se ha fagocitado a sí misma y no encuentra un sitio en la sociedad. Mientras fuera corremos, la escuela se ha quedado congelada en el siglo XIX y o corre mucho o no nos alcanzará en la vida.

Relájense y respiren. Hagan lo papeles que tengan que hacer para la administración, pero cuando lleguen al aula recuerden que lo que tienen allí son seres humanos en proceso de formación con una historia familiar y personal y no unas serie de bidones vacíos para llenar de información. Ese simple gesto mejoraría infinitamente la labor que realizan día a día en las aulas. Puede ser que los niños no lleguen a final de trimestre sabiendo calcular raíces cuadradas, pero hay tantas cosas que nos dejamos por el camino, como enseñar el valor y la utilidad de las matemáticas (más allá de que no nos sisen en la compra), descubrir el carácter matemático de todo lo que nos rodea, hablar sobre los números y por qué existen, que ese objetivo curricular se nos que da corto y desfasado.

La rigidez del XIX tiene que quedar en el olvido. Estamos en el XXI. El mundo ha cambiado a una velocidad vertiginosa en los últimos años. La escuela se ha quedado estancada, y es urgente que salga de su letargo y deje de protestar y victimizarse porque la sociedad reclame un cambio que ya es muy urgente.

El conocimiento no es un zapato

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Por más que el profesorado se empeñe en convencernos de que el conocimiento es un zapato, no me convence esa metáfora. ¿Reforzar el conocimiento? ¿Qué significa eso de «reforzar»? Se refuerza algo que permanece inamovible, que requiere de rigidez para aguantar el uso, el paso del tiempo, los envites de los elementos. Usar la metáfora del refuerzo para hablar del conocimiento es claramente ancestral y alude a esa idea de que la verdad absoluta nos está esperando en algún sitio para que la encontremos. Una vez encontrada, hay que coserla bien a las neuronas, como si fuese la suela de un zapato, para que no se nos vuelva a escapar.

Esa metáfora es la responsable de que los niños y las niñas tengan que seguir haciendo ejercicios repetitivos una vez que salen del colegio. La idea es que la maestra o el maestro les ha dado el germen del conocimiento, que ahora debe afianzarse, coserse con fuerza, sujetarse con hilo y cuero… reforzarse.

Yo me pregunto con preocupación de dónde han sacado tantas y tantos maestros esta metáfora del aprendizaje, porque echando un vistazo a las teorías más clásicas, encuentro andamios, herramientas, incluso semillas que deben ser regadas y abonadas…. pero nunca zapatos.

No voy a decir lo que deberían hacer los profesores, que luego se quejan de que las pobres madres ignorantes y metidas a blogueras opinamos sobre su profesión y descuidamos nuestras labores de limpieza. Sin embargo, yo les animaría a cambiar estas metáforas inmovilistas del conocimiento por otras más flexibles y adecuadas a los estudios sobre aprendizaje y desarrollo infantil.

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El colegio de mis hijxs es el mejor

Hay mucha gente que llega a mi blog y, cuando lee los post sobre educación, se lamenta de mi mala suerte con el colegio de mis hijxs. Nada más lejos de la realidad: creo que encontré el mejor colegio posible en el lugar donde vivimos. Es un colegio público normal y corriente, con maestras y algún maestro comunes, alguna maestra maravillosa y algunos esperpentos educativos. Como en cualquier colegio público de nuestro país. Nada fuera de lo común. 

Lo que es cierto es que siempre he tenido mi responsabilidad de madre muy presente: si mis hijos son tratados injustamente, si sufren, si lo pasan mal, si no se asegura su bienestar físico y psicológico en un lugar al que tengo la obligación de llevarles, pues yo les defiendo e intento conseguir que la situación que les hace sentir mal, desaparezca. Es entonces cuando te encuentras con un muro delante, con una resistencia a ese derecho que tenemos de estar seguras de que el sitio en el que dejamos a nuestros pequeños es un sitio adecuado para su desarrollo. 

Cuando mis hijos comenzaron a ir al colegio, hace ya mucho tiempo, una de las cosas que hizo que saltase la alarma es que les sacaban sin abrigo al recreo. Ya sabéis que los primeros años de cole son un sinvivir con los mocos, las bronquiolitis y demás. Pues bien, fui al colegio a hablar sobre el tema, pensando que sería un despiste, algo sin importancia que se resolvería con sentido común. Cuál sería mi sorpresa, cuando la maestra me dijo que ella no podía perder el tiempo en que 25 niños y niñas de 3 años se pusiesen el abrigo para salir. No me quedé ahí, y fui a hablar con la jefa de estudios, una persona bastante sensata que me aseguró que los niños y niñas saldrían con abrigo. Pero volvió a suceder. En esta ocasión hablé con el director, un personaje bastante peculiar que leía el periódico con los pies sobre la mesa y fumaba en los servicios cuando se prohibió fumar en los espacios públicos. El director se rió por mi preocupación y me dijo que esas cosas pasan y que no me tenía que preocupar tanto. 

Fue entonces cuando les tuve que recordar que, cuando dejamos a nuestros hijas e hijos en el colegio, esta institución se hace responsable de su bienestar físico y psicológico y que sacar a los niños al recreo sin abrigo, cuando las maestras salían bien abrigadas, incluso algunas con bufanda y guantes, era una canallada. Desde es momento se empezaron a tomar las cosas en serio. Es increible que haya que acudir al colegio hasta en 3 ocasiones para conseguir algo que es tan de sentido común. 

Ese año aprendí que el sentido común no es algo que funcione cuando se trata de cambiar las prácticas de una institución que funciona a la española, bien con la ley del mínimo esfuerzo y de manera negligente o bien con una mentalidad pedagógica de siglos pasados. Este último fue el caso de una maestra que, una tarde, llegó a mandar la friolera de 50 operaciones matemáticas para el día siguiente. Mis hijos estaban en 2º de primaria y tenían un hermanito de meses, al que yo sentaba en la mesa del comedor mientras me ponía a ayudarles con los deberes. Esa tarde se hizo interminable, no podíamos ir al parque, no podíamos salir a comprar y mis hijos lloraban por tener que hacer una cuentas inútiles (sabían sumar perfectamente) pudiendo estar haciendo cosas mucho más interesantes. Fue entonces cuando empezó mi divorcio de la escuela. ¿Por qué tenía una institución ajena marcar los ritmos de nuestra casa, nuestras actividades y nuestras relaciones? Desde entonces, todo fue mucho mejor y más relajado. 

Por lo demás, exceptuando hechos puntuales, como una cuidadora de comedor que le pegó a mi hijo (deberían poner mucho más cuidado con la gente que contratan para esos menesteres) y poco más, nunca he tenido grandes problemas con el colegio. Todo lo que planteo sobre la educación es una crítica al sistema educativo español, a las cosas comunes que suceden: los métodos decimonónicos, la filosofía caduca del esfuerzo y el sufrimiento en el aprendizaje, la infantilización de las familias y las malas prácticas en general. Por supuesto que hay colegios y maestros/as que son diferentes, pero hoy por hoy son excepciones que confirman la regla. 

Por suerte, mis hijos son lo que habitualmente se llama «buenos estudiantes». Ahora, ya mayores, se quejan tanto como yo de las limitaciones del sistema educativo español. Estas limitaciones no se resuelven cambiando de centro. Quizás se resolviesen cambiando de país o educando en casa, pero hoy por hoy no tenemos pensado mudarnos ni dejar de trabajar. Por lo tanto, tenemos que conformarnos con lo que hay y luchar por cambiarlo. Y eso es duro: siempre te vas a encontrar con gente a la que tu forma de relacionarte con la escuela no le parezca bien. Yo empecé siendo una madre super implicada, hasta que me di cuenta que no encajaba en el perfil de madre implicada, porque tenía ideas propias de cómo debería funcionar el sistema. Así que, ahora, tengo claro que lo importante es lo que mis hijos aprenden después del colegio. Me centro en mi función educativa e intento que el colegio no interfiera mucho. Si mis hijos me piden ayuda, se la doy, pero no me desvivo por ser la madre perfecta que el colegio quiere que sea. 

Al final, todo esto es un tira y afloja. Todas nos acabamos adaptando lo mejor posible a los recursos que te ofrece tu entorno. Creo que mis hijos han sacado un buen partido a lo que tenían a su disposición y se han formado (y en muchas ocasiones, autoformado) para salir al mundo. Están bien preparados. No puedo decir que hayan ido a centros educativos excelentes, pero tienen competencias excelentes: saben hablar en público, se comunican en una segunda lengua tanto de forma oral como escrita, saben encontrar todo tipo de recursos de manera autónoma, tienen pensamiento crítico y formación política, sentido del arte y de la música y, lo mejor de todo, es que son buenas personas, con un sentido de la ética que más quisieran muchos adultos. La pena es que todo esto dependa de la familia de origen y que la escuela no sea capaz de formar a sus estudiantes para que, vengan de donde vengan, desarrollen habilidades y competencias para bucear en la sociedad y sacar partido de ella. 

Las diez conductas de los docentes que entorpecen la educación de los niños

Hoy, una amiga del Facebook compartía un curioso artículo titulado Las diez conductas de los padres que entorpecen la educación de los niños. Es un ejemplo tan perfecto de lo que en otra entrada llamaba La familia infantilizada que no me resisto a destriparlo.

En primer lugar, el artículo da por supuesto que la educación de los hijos e hijas es una cuestión institucional que los padres (y las madres, supongo) deberían aprender a no entorpecer. No es que hagan algo mal, no, es que intentan hacer algo cuando no les corresponden y la cagan. Y esto es porque no saben cuál es su papel. Han tenido hijos, les mantienen, les dan de comer, viven con ellos y ellas, pero no se han enterado de cuál es su papel. Y los pobres maestros y maestras, las y los profesores, sufren las consecuencias. ¿Dónde dejaron el libro de instrucciones, el prospecto, la etiqueta de sus criaturas que ahora cada vez que hacen algo estorban?

Ironías aparte, considero que, por cada una de estas diez conductas disruptivas de los progenitores, hay otras tantas de los profesores que son causa y origen. Vamos por orden.

1. Si no quieres que estudiemos con nuestros hijos, no mandes deberes

Vaya… los padres y las madres estudian con sus hijos/as. Y esto, por lo visto, crea conflictos y dependencia. Los niños, después de 5 horas lectivas, llegan a casa y tienen que seguir realizando tareas escolares, «deberes», que viene de deber, obligacion. Y nosotros tenemos que estar mirando cómo, durante toda la tarde, se desesperan porque no entienden un problema, están cansados, se quieren ir a jugar o preferirían estar mirando a las musarañas. Y claro, lo mejor es no ayudarles.

Pues miren señores expertos: NO.  No es lo mejor. Y les voy a dar dos razones, una de madre y otra de experta. La de madre es que, miren, quiero que el niño termine de una vez para poder irnos a dar una vuelta en bici, salir a comprar por el barrio, ir a clases de viola o al parque con los amigos. Y lo quiero ya. Y si es necesario, saco la calculadora y le hago las 250 cuentas inútiles que les ha puesto hoy su profesora. La de experta es que alguien que conoce al niño de cerca, con sus competencias y limitaciones, como puede ser su madre o su padre, le ofrecerá una ayuda mucho más ajustada a sus necesidades que una maestra que tiene otros 27 niños en la clase. Por lo tanto, aunque no tengamos por qué hacerlo, la escuela delega sus funciones en nosotros y nos obliga a pasar tardes enteras haciendo tareas que, efectivamente, no nos corresponden para solventar carencias de la propia institución escolar.

2. Si no quieres que les resolvamos todo, no les mandes cosas imposibles 

Si es que tenemos unas cosas… se lo queremos resolver todo. Y, según los expertos, los niños tienen que resolver sus cosas y ser autónomos, a cualquier edad. Pero claro, el día que llegan con el encargo de hacer la maqueta de una ciudad con material reciclado en 3º de primaria, así, sin más especificaciones, y la tarea es para el fin de semana, no le resuelvas el encarguito a la criatura. El pobre, que lleva pensando 3 días cómo decirle a su madre que necesita 4 tetrabricks, 40 tapones de botella y 4 cajas de quesitos vacías. La maestra se debe creer que cada familia tiene un contenedor de material reciclado en su casa, así como una tabla de contrachapado o un cartón grande como base de la ciudad de papel. O que un niño o niña de 9 años es absolutamente capaz de encontrar estos materiales por su cuenta. Claro. Muy realista todo.

3. Si no quieres que lo focalicemos todo en el estudio, deja espacio para la vida familiar

Los progenitores es que somos de lo que no hay. Las criaturitas todo el día en el cole o haciendo deberes y nosotros sin saber disimular. Actuando como si todo estuviese focalizado en el estudio. No tenemos vida de familia, porque los niños tienen que leer un capítulo del libro de lectura obligatorio, hacer 4 ejercicios de Ciencias Naturales, otros 4 de Mates, 3 de lengua y 5 de Ciencias sociales, además de estudiar para un examen de lengua y nosotros, ale, como si la formación (escolar) fuese el eje de la vida familiar. Que poco tacto. Y encima, cuando llegan a la universidad, no les ponemos a hacer tareas domésticas ni nos preocupamos por su vida emocional y relacional… eso dice una psicóloga que debe haber hecho un estudio de observación etnográfica que, por más que busco, no encuentro publicado. Vaya.

4. Nos acusas de querer genios y de sobre-estimular a nuestros hijos, pero tú no conoces los talentos de tus estudiantes

Es verdad. En la escuela no soportan a los listillos. Las madres y los padres nos preocupamos mucho por que aprendan cosas que no tienen que aprender. ¿Para qué quieren estímulos culturales, recursos, libros, visitas a museos, al teatro, a otras ciudades, si en el cole ya les enseñan lo que es importante en la vida? Y luego, los plastas de los padres (y las madres) osamos ir al cole a decir que nuestros hijos tienen talento. Qué desfachatez. Nuestros hijos son como tienen que ser, mediocres, del montón, sin sobresalir, que eso da muchos problemas a los maestros. Que no sepan más que ellos, que eso es muy problemático, hombre ya.

5. Si no quieres que premiemos las notas, no hagas exámenes

¿Premiar las notas? ¿Pero quiénes somos nosotros para premiar las notas? Los niños han estado saliendo con las puñeteras caritas sonrientes desde infantil, pero ese tipo de triquiñuelas solo se las pueden permitir los maestros, que son los expertos en premios y castigos. En una cosa sí que estoy de acuerdo con el psicólogo de ese del artículo, el tal Domènech: «El mejor estímulo es descubrir cosas nuevas y desarrollar tus intereses, si hace falta un estímulo material, es que algo no funciona” Y es que, claro, si en el cole descubriesen cosas nuevas y desarrollasen sus intereses, no haría falta que nosotros les prometiésemos la bici si sacan buenas notas… claro.

6. Para decir que una familia disfrazar la vagancia de su hijo, primero debes demostrar tener formación sobre las dificultades de aprendizaje

A ver, si nuestros hijos/as fracasan en la escuela, la única razón posible es que son unos vagos inmaduros. Y nosotros empeñados en que quizás tengan un trastorno mental (¿quizás el tal Montenegro quiso decir Dificultad de Aprendizaje?). Si les obligásemos a hacer los deberes y a dejar de lado ese pecado capital, la pereza, el fracaso escolar desaparecería en España. Padres y madres del mundo, uníos para que nuestro país alcance las puntuaciones más altas en el informe PISA, que ya está bien de hacer pasar a nuestro profesorado por vagos incompetentes e inmaduros, aun sin trastorno mental. Y si vuestros hijos parecen tener algún problema con el aprendizaje, llamadles vagos: puede que acertéis.

He de decir, abandonando el tono irónico, que me parece muy grave que en un periódico de la tirada de la Vanguardia digan cosas de este tipo. Sabemos que  los niños  con dificultades de aprendizaje como la dislexia sufren la acusación de vagos y maleantes durante años, hasta que alguien con formación tiene a bien ofrecer un diagnóstico.

7. Si no queréis que ejerzamos  de detectives, no deis órdenes contradictorias

Aquí me quedo un poco descolocada, porque si bien no hemos de disfrazar la vagancia, tampoco hemos de comprobar si nuestros hijos han hecho los ejercicios que le ha mandado la seño. Estoy empezando a entrar en cortocircuito, porque en una reunión del cole nos dijeron que teníamos que mirar la agenda, que era el instrumento esencial para comunicarse con las familias. Que era importante para saber lo que están haciendo nuestros hijos en el cole. Además, cuando vamos a tutorías nos dicen que nuestra labor en casa es esencial… pero ahora resulta que lo estamos haciendo todo mal. Que nos debemos despreocupar, desentender de esos cientos de deberes que traen nuestros hijos a casa, y ya si eso, por casualidad, como quien no quiere la cosa, nos enteraremos casi a final de curso de que tiene un grave problema de lectura que puede ser que no sea porque es vago. Esto es lo que Bateson llamaba Doble Vínculo. Nos van a volver locos.

Pero eso sí, dicen que no les importa que les echemos un cable en su labor de profesionales de la educación, que  si tomamos las lecciones lo hagamos por escrito, que ellos siguen usando el obsoleto instrumento de evaluación llamado examen y tomar la lección de forma oral es como de chichinabo. Gracias. De nada.

Aprovecho esta tribuna para decir que mis grupos de Whatsapp son asunto mío y estoy y estaré en todos aquellos que me de la santa gana. La libertad de reunión (aunque sea digital) y de expresión no han quedado derogadas para los progenitores.
8. Si no quieres que usemos el estudio como peaje, motiva lo suficiente a tus estudiantes

Borremos esta frase de nuestro repertorio:  «hasta que no hagas los deberes no ves la tele». A ver qué nos hemos creído. Los progenitores debemos hacer lo que los maestros y maestras no hacen en sus aulas: inculcar (¿os he dicho alguna vez que odio la palabra inculcar?) a nuestros amadísimos hijos el gusto por el aprendizaje y la sabiduría, para que estén durante todo su tiempo libre haciendo ejercicios sin ningún sentido en su vida real. (La vida es eso que pasa mientras haces deberes).

9. ¿Será que nos empeñamos en proyectarnos en nuestros hijos, o que tú quieres que todos los estudiantes sean excelentes y motivados de fábrica?

«A ver, si tu hijo es un zoquete, ¿Por qué te empeñas en que estudie? ¿No ves que ese tipo de estudiantes, los que no aprenden solos, me dan mucho trabajo? Si tú no pudiste estudiar, no te proyectes en tu hijo y mándale a FP, alma de cántaro.» (Voz en off)

10. Si quieres que respetemos la línea escolar… sigue una línea escolar

Yo entiendo que los profes se ponen nerviosos cuando las familias les llevamos la contraria. Por ejemplo, si a la profesora de tu hijo le gusta dar gritos en clase y  decirle al niño que es lento, o al amigo de tu hijo que es penoso, haberte informado de la línea escolar antes de llevarle a ese colegio. Si te gusta más Santillana que Anaya, pues pregunta antes cuál es la editorial que dota de material al cole a cambio de garantizarle la compra de un montón de libros por parte de los molestos progenitores. Y si te gusta más que estén sentados en círculo que en parejas, infórmate antes. No se te ocurra mencionar la palabra constructivismo, ni decir aprendizaje significativo, ni Zona de Desarrollo Próximo o Andamiaje: algunos maestros, los más mayores seguramente, y practicamente todos los profesores, creerán que son palabrotas y pondrán en práctica la autoridad que les otorga el estado.