Aprendizajeydesarrollo

Controlar esfínteres no es lo mismo que aprender a ir al servicio

El tema de la retirada del pañal es uno de los asuntos más escabrosos en la crianza. Pero lo es por el contexto en el que nuestros niños y niñas se desarrollan: una sociedad en la que su cuidado depende desde edades tempranas de personas ajenas a su familia. Si, aún así, nuestro clima permitiese ir en cueros todo el día, el problema no sería tan grave, ya que esa circunstancia disminuiría la dependencia para el mantenimiento de la higiene. Por tanto, el tema de la retirada del pañal mezcla dos asuntos importantes: 1) la maduración neurológica para el adecuado control de esfínteres (debemos tener en cuenta que no es lo mismo controlar el esfínter anal y el urinario) y 2) los condicionantes sociales sobre cuándo se debe controlar esfínteres, quién y cómo lo debe enseñar y cuáles son los protocolos sociales a seguir para ir al servicio.

La maduración neurológica para el control de esfínteres, en condiciones normales, se produce de los 18 a los 54 meses (del año y medio a los cuatro años y medio, para los/as que odien que se hable en meses). Según un estudio clásico en el se hizo un seguimiento de 671 niños y niñas en el condado de Lancashire (UK), los niños controlaron el intestino entre los 18 y los 24 meses, de la vejiga, durante el día, antes de los 4 años, y de noche, antes de los 4 años y medio. Las niñas controlaban esfínteres antes que los niños El control del intestino se conseguía antes por la noche que durante el día, mientras que pasaba lo contrario con la vejiga: el control era antes diurno que nocturno. Sin embargo, al comparar a los niños ingleses con una muestra americana, se comprobó que existían grandes variaciones en la edad de adquisición así como en la secuencia. También parecía que los niños y niñas que iban a guardería, adquirían antes el control de esfínteres, pero esta diferencia no parecía estar relacionada con las formas en las que se producía el entrenamiento, sino más bien de las expectativas que tenía el medio social sobre cuándo debería producirse este hecho. (ver Stein, Z., & Susser, M. (1967). Social factors in the development of sphincter control. Developmental Medicine & Child Neurology9(6), 692-706.)

En conclusión: todos tenemos una buena intuición de cuándo se produce la maduración neurológica y podemos pedir a los niños y niñas que empiecen a pensar en desechar su pañal. Sin embargo, además de existir diferencias individuales relacionadas con el desarrollo neurológico, existen grandes diferencias vinculadas a factores sociales y relacionales que no debemos pasar por alto. Un fallo en el control de esfínteres siempre va ligado a un entorno que no tiene recursos para atender a la persona que no controla. Que un bebé no controle esfínteres, no es un problema. El problema comienza cuando el bebé crece y entra en un centro educativo en el que no le permiten llevar pañales. Es entonces cuando empiezan los intentos de entrenamiento forzado, rodeados en algunas ocasiones de ansiedad, nerviosismo y angustia por parte de las familias, que ven que el momento se acerca y el niño todavía se hace pis encima.

Lo que antes era un suceso común y placentero en su vida, miccionar y defecar, hablando finamente, se convierte en un infierno. Y esto le suele pasar con más frecuencia a aquellos niños y niñas cuyo sistema neurológico es más inmaduro, lo cual hace que la familia se desespere más y más. La maduración neurológica sigue su curso, pero los niños dan significado a esos eventos desagradables que se suceden ante sus meadillas inocentes, y el hecho de hacer pis y caca se convierte en un problema, algo que deja de ser natural para convertirse en un suceso social cargado de contenido. Y esto es lo peor que puede pasar: que un hecho que hasta ahora era fisiológico adquiera un significado relacional y se conecte con una situación estresante. La cosa se descontrola y podemos provocar una eneuresis… o no.  Ya nos explicó Pavlov cómo las respuestas fisiológicas, como la salivación, se pueden condicionar a estímulos con los que antes no estaban relacionadas, como los pasos del investigador que lleva la comida al perro (ver Condicionamiento Clásico). Pero no preocuparse: todo pasa. Eso no dura toda la vida. Los niños acaban controlando esfínteres tarde o temprano.

Todo esto no quiere decir que no deba haber una actitud educativa en torno al control de esfínteres. No está mal que los niñas y los niños, alrededor de los 2 años, vayan sabiendo que habrá un día no muy lejano en el que tendrán que decir adiós a su pañal. Los 2 años es una buena época, en tanto en cuanto las niñas y los niños ya van adquiriendo el lenguaje y comprenden situaciones cada vez más complejas. La decisión de abandonar el pañal debe ser, en la medida de lo posible, tomada por ellos y ellas, dándoles apoyo, pistas, consejos y comprensión, mucha comprensión. . Y esa comprensión debería ser por parte no solo de la familia, sino también de la escuela. Los niños y niñas de 3 años, cuando llegan al colegio, están en proceso de desarrollo de control de esfínteres. Eso debería ser tenido en cuenta por la administración y dotar de recursos a las escuelas para que los niños y niñas no se vean sometidos a un control forzado de esfínteres que puede provocar mucho estrés innecesario y alguna que otra eneuresis.

Argumentos a favor de los deberes

Cada vez que sale un artículo en contra de los deberes escolares, lo que más me fascinan son los comentarios. Los comentarios de los educarcas y sus rocambolescos argumentos sobre los deberes (si se pueden llamar así) son delirantes. Vamos a ver algunos de ellos, aunque no pretendo ser exhaustiva, ya que la creatividad de estos ancestrales docentes es inagotable: cualquier excusa es buena para convertir nuestras casas en un campo de trabajos forzados. 

Argumento 1. Los nenes no son funcionarios. Este argumento afirma que no se puede plantear que los nenes no hagan nada a partir de las 14 h., cuando salen de la escuela. Los funcionarios, que por lo visto son seres vagos e inútiles, se lo pueden permitir, pero los nenes tienen que aprender a vivir solos (sic.) y la misión de los padres (sic.) es enseñarles a hacerlo. 

Quien argumenta esto no se ha enterado de que hay muchas cosas que hacer en la vida además de tareas escolares y que, además, tenemos libertad para hacerlas. Que no tenemos que aprender a vivir solos, porque lo normal es vivir con otras personas, o al menos es lo sano, y que el hecho de hacer tareas escolares, de todas formas, no enseña a ser un ermitaño… o sí. A estar aislado y a tener carencia de vitamina D por no darte el sol en la cara sí que puede ayudar. 

Argumento 2. Si los niños no hacen deberes, estarán toda la tarde de extraescolares. ¡¡Si!! ¡¡De extraescolares o de lo que nos de la gana a los padres!! Eso es así. Eso es inapelable. Estarán en extraescolares, o en el parque, o jugando con la Play o la Nintendo, o leyendo, o pintando, o haciendo cualquier actividad de su elección. ¡¡Qué desfachatez!! ¿Dónde queda la autoridad y la autonomía del maestro? Pues en su aula, claro. En mi casa, la autoridad soy yo. 

Argumento 3. Los niños tienen que hacer deberes, porque tienen que reforzar el conocimiento que adquieren en el aula. Ya se sabe que, durante siglos, el ser humano ha tenido que encerrarse en su cuarto entre cuadernos, bolígrafos, lápices, sacapuntas y libros de texto para saber cada vez más. Ha sido la única forma en que el ser humano ha podido progresar: hincando codos desde los 3 a los 11 años. Nada de salir a la calle a correr, a columpiarse, a saltar a la comba, a montar en bici. Hay que hacer deberes de sol a sol para progresar como humanos y reforzar el conocimiento, que es algo así como un zapato. 

Argumento 4. Los deberes, en definitiva, son la forma en que la autoridad del maestro se manifiesta en nuestros hogares. Hemos de acatar la autoridad del maestro, porque, en caso contrario, estamos perdidos: todo el sistema se desintegrará sin poder evitarlo. Hagamos lo que nos manda el maestro, olvidemos nuestra libertad de acción, olvidémonos de la música, del deporte, del sol, de divertirnos.  Y obliguemos a nuestros hijos a hacer ejercicios del libro de texto de sol a sol para levantar el país. 

Hay muchos más argumentos, de lo mas loco y variopinto. Pero por hoy es suficiente. Basta con esta pequeña muestra para estar seguros de que los educarcas son tóxicos y están ligeramente enmohecidos. Hay que alejarse de ellos para aprender en plenitud de nuestras facultades y, además, ser felices, cosa que, hoy por hoy, no es incompatible.   

Los educarcas, la memoria y la cultura del esfuerzo

No sé qué le ha pasado a mi generación. Cuando hemos conseguido hacernos con el mando, hemos empezado a reproducir la mala educación que nos dieron a nosotros y las mismas tonterías que tuvimos que aguantar. Ahora no nos acordamos de lo que hacíamos de jóvenes, pero nos ponemos muy serios (y serias) diciendo que la juventud de hoy en día no tiene cultura del esfuerzo. No recuerdo yo a mis compañeros y compañeras de instituto y de universidad con mucha cultura del esfuerzo, pero si vosotros lo decís, y con tanto convencimiento, será que lo sentís así. 

¿O será que todos los docentes a los que os ha dado por alabar la memoria y el esfuerzo como motores del aprendizaje erais estudiantes memorísticos compulsivos? Recuerdo que en mi época de estudiante, tenía un compañero que siempre estaba estudiando en la biblioteca. Subrayaba de color rojo los apuntes del orden de 30 veces, hasta que se los sabía de memoria. Luego sacaba un 10. Yo me leía los apuntes 3 veces a lo sumo y sacaba un 7. Con el tiempo que me quedaba, disfrutaba de la vida. Una vez le dije que si hacía falta que estudiase tanto, que si no se venía con nosotros de marcha. Me miró como si estuviese loca, como si le hubiese ofendido muchísimo. Volvió a sacar un 10, y así hasta el final de la licenciatura. Pero era un amargado y no consiguió más cosas de las que conseguí yo profesionalmente hablando más adelante. 

El memorizador compulsivo de la clase era el único que tenía esa cultura del esfuerzo con las que se llenan la boca los educocarcas de hoy en día. Y tenía éxito académico (que no vital) porque la evaluación también era memorística. Cuando le sacabas de los márgenes de los apuntes, el pobre se perdía, no sabía reflexionar sobre conceptos complejos y no quería, de ninguna manera, cuestionar el conocimiento que le venía dado. El problema del memorizador era que, cuando se enfrentaba a problemas reales, no tenía nada que memorizar. En ese momento, cuando tenía que aplicar el conocimiento, miraba a su mesa, hincaba sus codos y buscaba de manera autómata la forma de responder a la vida como si fuese un examen. Y nunca lo conseguía. 

Pocas veces encontré un/una docente que realmente me guiase en la construcción de mi conocimiento. Como mucho, me dijeron lo que tenía que pensar y lo que tenía que leer, pero no impulsaron mi reflexión ni me llevaron a redescubrir el mundo. Sé mucho de la Edad Media porque tuve una profesora de Historia que era entusiasta de esa época y adoro la Literatura porque es algo que me inculcó mi familia desde muy pequeña. Por lo demás, fracasé en matemáticas y en física porque nadie quiso o supo responderme a la pregunta de para qué servían, hasta que lo ha hecho mi hija con una explicaciones ilustradas con ejemplos que  más quisieran muchos de esos que se llenan la boca diciendo que son profesionales. Esto no es educación. En todo caso es un “mostrar” contenidos para su asimilación e incorporación acrítica a nuestro torrente de pensamiento. 

El aprendizaje se produce a partir de la APROPIACIÓN DEL CONOCIMIENTO. Esto quiere decir que si no hacemos nuestro el conocimiento, si no lo vinculamos con lo que ya sabemos y lo percibimos como funcional en nuestro día a día, no se aprende. Se puede memorizar, asimilar, retener, pero eso no es aprender. Hay profes que se desgañitan intentando convencernos de que memorizar es necesario y la base del aprendizaje. Para nada. La memoria siempre está presente. Para aprender no nos quitamos las manos, ni las piernas. Tampoco la memoria. Pero eso no quiere decir que la memoria sea la base del aprendizaje, como no lo son las sensaciones visuales que entran por nuestro nervio óptico. El aprendizaje es algo que se produce en todo el cuerpo y que nos cambia de arriba a abajo. Cambia nuestro comportamiento interno y externo. 

Pero después de todo, hay experanza. Hay una nueva generación que sabe que la forma en que les educaron en el colegio y en el instituto no es la adecuada, y van a transformar la educación. De momento son jóvenes y solo tienen acceso a herramientas como YouTube. Pero lo están haciendo muy bien. Están elaborando herramientas muy útiles para enseñar a los que vienen detrás de ellos de una forma significativa, amena y consciente. Ya, ya sé que no se puede dar una clase a base de vídeos de YouTube, pero lo que están haciendo va más allá de eso. Están adoptando una postura pedagógica elaborada en su intento de enseñar a otro/a, una postura que supera la metáfora del contenido-continente de una vez por todas, y que toma conciencia de que lo que hay que enseñar no es TODO lo que se sabe, sino una base que impulse al otro o la otra a querer seguir aprendiendo más y más. 

La única postura adecuada hoy en día en los entornos educativos es el cambio de metáfora, de prácticas docentes, de teorías epistemologicas y de actitud hacia los más jóvenes. Esperamos que los educarcas, los que pretenden que eduquemos a nuestros hijos como a marines y a nuestras hijas como institutrices, se vayan extinguiendo poco a poco y dejen paso a una nueva generación de educadores más de la segunda república que del franquismo. 

Los lugares de las madres


Cuando mis hijos han llegado a la adolescencia-juventud, he creído por un momento que había ganado dos personas con las que dialogar, hablar de nuestras cosas, debatir, intercambiar pareceres, etc. Eso que se hace con las personas en general. Pero cuál ha sido mi sorpresa al comprobar que no me ven como persona independiente de mi rol de madre. A ellos les gustaría que fuese de esas madres que tarda siglos en escribir un mensaje de whatsApp, pero a falta de ese elemento estereotípico, dejan mis mensajes sin contestar, haciéndome ver lo inconveniente de preguntarles qué tal han pasado el día. 

En fin, que ahora nuestras conversaciones consisten en que yo abro la boca, digo dos palabras y me ponen en mi lugar. 

– “Joder, lo que está haciendo Trump”

– “Mira mamá, ya sé que las personas como tú os sentís muy guays por meteros con Trump, pero Rajoy no es mejor y no decís nada”

¿Por qué necesita ponerme en ese lugar? ¿Necesita que el conservadurismo y la ignorancia estén encarnados en alguien que tiene cerca? Las madres ocupamos ese lugar a la perfección. Lo hemos hecho durante décadas. Somos las bobas sonrientes que te tienen preparado el bocadillo mientras tú te vas al instituto a recoger la sabiduría que nosotras nunca hemos rozado ni con los dedos. Somos las pobres estúpidas que no sabemos que ese argumento está siendo retuiteado 2.500 veces y compartido en Facebook otras tantas. 

Nadie necesita que su madre sea lista. Muy pocas veces (solo algunas) he escuchado a hijos e hijas honrando el trabajo de sus madres, y, sin embargo, es una constante escuchar hablar a hijos enorgullecidos por el trabajo de sus padres. El ejemplo más cercano que se me viene a la cabeza es el de Javier Marías, hablando de su madre Dolores Franco Manera, profesora de Filosofía y autora de un libro de texto sobre esa materia traducido a varios idiomas: 

“Según él, mi padre, Lolita era la persona más valiente que jamás había conocido. Se casaron en 1941, ella publicó un libro con dificultades, y su primogénito (mi hermano Julianín, al que no conocí) murió súbitamente a los tres años y medio. Luego nacimos otros cuatro varones, pero es seguro que ninguno la compensamos de la tristeza de ver desaparecer sin aviso al primero, sin duda al que más quiso. Hablé de ello en un libro, Negra espalda del tiempo, y allí creo que dije algo parecido a esto: era el que ya no podía hacerla sufrir ni darle disgustos, el que nunca le contestaría mal como suelen hacer los adolescentes, el que siempre la querría con el querer inigualable y sin reservas de los niños pequeños, el que no pudo cumplir con las expectativas pero tampoco con las decepciones, el que siempre permanecería intacto. Seguro que empleé otras palabras más cuidadas.” (Javier Marías, 13 de noviembre de 2016)

¿Quién necesita que su madre escriba un libro de filosofía? Nadie, ciertamente. Entre las últimas novelas que he leído está la de Quien pierde, paga, de Stephen King (sí, soy forofa, aún sabiendo todo lo que conlleva eso). El protagonista es un perverso asesino con problemas mentales cuya madre, una profesora universitaria separada, es la culpable tácita del desequilibrio de su pobre y desatendido hijo. Las madres listas e intelectuales no somos necesarias. Somos como un grano en el culo. Donde esté una madre que hornéa bollos y espera a su prole con el delantal en la puerta, haciéndoles reír con sus intervenciones llenas de ignorancia y sentido común, que se quiten las madres listas y egoistas que escriben libros, tienen un trabajo intelectual y están informadas de lo que pasa en el mundo. 

¿Qué va a ser de nuestros hijos e hijas si ya no tienen de quién reírse con cariño, atusándonos la cabeza y mirándonos con ternura? Estamos destrozando su adolescencia, su juventud, su edad adulta. Les estamos privando de la Madre, de ese espacio seguro que les deja ser y recrearse, que les da amor, cariño y cena caliente sin calentarles demasiado la cabeza. Somos el cáncer de esta sociedad enferma, que va decayendo porque ya no somos lo que deberíamos ser eternamente. 

Hablemos de segregación


Como vivo en un lugar recóndito de la Mancha, no me había enterado de que a las familias que queremos que nuestros hijos y que nuestras hijas aprendan inglés se nos acusa de segregacionistas, por el simple hecho de hacer uso de algo que el sistema pone a nuestra disposición: colegios públicos en los que se trabajan varias asignaturas en esa segunda lengua y en los que se da una séptima hora de inglés. Desde la capital del reino, llegan mensajes de que el sistema bilingüe que implantó el PP está siendo un fracaso porque carece de los medios necesarios, los niños y las niñas no aprenden ni contenidos ni idioma y los más vulnerables son los más perjudicados. 

Escucho también que los niños y niñas que, después de haber ido a un cole bilingüe, van a un IES de secciones, son altaneras/os, clasistas y miran por encima del hombro a sus compañeras/os monolingües. Vamos, que la introducción del bilingüismo está siendo un elemento segregador en el que los pobres docentes no tienen absolutamente nada que ver. 

La segregación forma parte de nuestras vidas. Recuerdo a ese niño al que nunca dejaban ir a las excursiones del colegio porque las maestras no se querían hacer cargo de él. O ese al que ponían al fondo de la clase con tareas diferentes al resto de la clase. O esos niños y niñas a las que se hace repetir una y otra vez curso, hasta que se dan cuenta de que tienen una dificultad de aprendizaje y hay que hacer una adaptación para que aprendan. O las niñas que son leídas como niños y viceversa, que son acosados de mil formas y maneras y a los que se les niega la entrada al centro si no van vestides conforme a la ley de la buena gente. O esa niña a la que obligan a quitarse el velo. O ese niño al que llaman penoso, vago y desgraciado porque no sabe hacer las tareas. O a los chavales y las chavalas de humanidades, pobres, que no valían para ciencias. Sí. La segregación forma parte de nuestras vidas. 

Lo que está claro es que el saber se traduce en poder, y las personas que son capaces de comunicarse en lenguas dominantes tienen más poder que quienes no lo son. Pero el mundo es así, no lo he inventado yo. Otra cosa es cómo uses tu poder, pero la diferencia está establecida en estructuras muy superiores. Los saberes crean poder. En otros países, todas las personas tienen acceso relativamente igualitario al aprendizaje de una segunda lengua. Pero en España seguimos siendo unos borricos que doblan las películas, nos reímos de la gente que pronuncia bien los anglicismos y despreciamos el conocimiento de un idioma extranjero. Y además, si queremos que nuestros hijos y nuestras hijas lo aprendan, somos unos segregadores. 

Lo que eliminaría ese segregacionismo que producen los sistemas bilingües sería que todas las personas tuviésemos las mismas oportunidades para acceder al aprendizaje de una L2, no que las familias dejásemos de desear que nuestras hijas y nuestros hijos aprendiesen inglés. Dejemos de marear la perdiz y de acusar a las familias y, si realmente somos tan luchadores y queremos tanto la igualdad, luchemos por un sistema que fomente el aprendizaje de una L2 igual que el aprendizaje de las Matemáticas o de las Ciencias Sociales. Que ese aprendizaje no dependa de que tengamos pasta para viajar y mandar a nuestros hijos e hijas de intercambio, o de que tengamos unos amigos en UK, o de que tengamos la posibilidad de llevar a nuestra prole a colegios bilingües carísimos y super pijos. 

En las condiciones actuales, nos queda la educación en valores. No imagino a mis hijos ni a mi hija mirando por encima del hombro a sus compañeros y compañeras por saber más inglés. No formarían parte de mi familia si lo hiciesen. Las personas que lo hacen son gente estúpida y engreída que actúa así en todas las facetas de su vida. Siento mucho que os hayáis encontrado con gente. Yo sí me he encontrado con ese tipo de gente en mis años de lucha por aprender un inglés que no me enseñaron en el colegio y que tuve que aprender en la universidad a la fuerza. Y esas humillaciones y desprecios fueron los que me llevaron a tomar la decisión de que mis hijos no pasarían por lo mismo que había pasado yo. Llamadme segregadora si queréis. 

Las críticas fachiprogres al bilingüismo

Ya he escrito alguna que otra entrada sobre bilingüismo. Creo que los gobiernos del PP han implantado la enseñanza bilingüe de forma chapucera causando estragos en los colegios públicos. Se obliga a los maestros y maestras a tener un B2, y con ese aprendizaje precario de una segunda lengua se convierten en docentes bilingües, sin tener mucha formación sobre lo que es el bilingüismo, cómo se debe introducir y cómo trabajar la enseñanza bilingüe con niños y niñas con diversas competencias e identidades culturales. Los colegios están haciendo esfuerzos ingentes, pero hay muchas quejas y muchos problemas. 

Lo que no me parece adecuado es que todas estas quejas y todos estos problemas se achaquen al propio hecho de introducir una enseñanza bilingüe en un colegio. No, mira: el problema no es el bilingüismo. Hay muchos niños y niñas en nuestro país y en otros países que tienen una enseñanza bilingüe en el colegio y les va bien. Pero claro, son coles privados, llenos de niños y niñas de “buenas familias”, o coles públicos con buenos sistemas de implantación del bilingüismo, como el del British Council (antes de que llegara el señor Paco con las rebajas). 

Pero lo que ya me toca mucho la moral es la crítica fachiprogre de moda: que el bilingüismo segrega, porque hay niños y niñas que no aprenden Naturales y Sociales en inglés. ¿Perdona? Este problema no se puede plantear en un sistema realmente bilingüe, en el que se trabaja con la inmersión desde los 3 años (o los 6 años, si el niño o niña empieza a ir al cole en primaria). Si en un sistema bilingüe, a un niño le cuesta aprender, lo adecuado es ofrecer apoyos que faciliten la inclusión. Hay miles, qué digo, millones de niños que aprenden en inglés, y los problemas de aprendizaje se trabajan desde las medidas de apoyo planteadas por el sistema educativo. 

Que no, que el bilingüismo no segrega. Lo que segrega es el sistema chapucero mediante el cuál se ha implantado el bilingüismo, obligando a las familias a matricular a sus hijas e hijos en academias de ingles por las tardes. Vaya despropósito. Un buen sistema bilingüe no necesita de academias. Lo que sí es segregador es argumentar que el bilingüismo segregra, instando a las familias que quieren que sus hijos e hijas tengan una buena formación en una segunda lengua a que les lleven a colegios privados de ricos, que son los únicos aptos, por lo visto, para acoger programas bilingües. 

Tenemos derecho a que nuestras hijas e hijos aprendan una L2 en la escuela pública. Tenemos derecho a un buen sistema bilingüe. También a una escuela inclusiva con unas ratios adecuadas, sí. Pero no me vengan con el rollo de que el bilingüismo segrega, y que qué egoistas somos las familias por pedir que haya bilingüismo en la escuela pública. Es el argumento más facha y clasista que he escuchado en la vida. Nada, que como los sistemas bilingües son para ricos, que nos olvidemos de ellos, que la escuela pública es diversa y ahí se aprende en español, como diosito manda. 

Los padres cuarteleros: Una tendencia en alza

Tomada de Pixabay

Los expertos lo han detectado con su radar “encuentra fenómenos”. Son los padres cuarteleros. Tratan a sus hijos a golpe de silbato, les educan en un ambiente absolutamente dictatorial y nunca les ayudan a levantarse cuando se caen. Esta forma de educación, que se puso de moda tras la adopción de las tesis de ese concepto pseudocientífico llamado “hiperparentalidad”, está acabando con la autonomía y la autoestima de niños y jóvenes, que tienen sistemas nerviosos débiles y son incapaces de enfrentarse a los retos más sencillos de la vida, como tomar decisiones por sí mismos, hacer amigos, abordar los conflictos con serenidad o mantener conversaciones distendidas. 

Los padres cuarteleros hacen oídos sordos a las quejas de sus hijos. No importa que lleguen llorando a casa del colegio con un ojo morado. Les dicen que se defiendan, que devuelvan el puñetazo y que no lloren como nenazas. Si su hijo es una hija, les dicen que algo habrán hecho, que sean tranquilitas y jueguen a la goma en el patio, así no se meterán en líos. Es así como los casos de acoso en el colegio han aumentado de forma alarmante: sin un control por parte de las familias, que son las encargadas del bienestar de los menores, no hay nadie que ponga freno a la escalada de violencia en los colegios e institutos. 

Además, este tipo de padres no atienden a sus hijos cuando sufren accidentes o tienen dolores. Son de la idea de que, cuando un niño se cae al suelo, hay que dejar que se levante solo para forjar su fortaleza y valentía. De este modo, están llegando a los hospitales niños con fracturas antiguas mal soldadas que no fueron atendidas debidamente en su momento. Además, los niños crecen con la idea de que no hay que ayudar al otro cuando tropieza y estamos asistiendo al surgimiento de una generación de adolescentes insensibles ante los infortunios de sus semejantes, que pasan sin mirar a las viejecitas que encuentran tiradas en el suelo y que no ceden el asiento en el metro a las embarazadas. 

Marilita Jiménez, experta en ingeniería genética en la Universidad de Gayamil, afirma que estos padres crían a sus hijos como si fuesen infantes de la marina. Las maneras espartanas en la educación están dando lugar a gran cantidad de casos de estrés postraumático en niños y adolescentes, que llegan gritando “SEÑOR, SÍ SEÑOR” a las consultas de psiquiatría. “Como sigamos así, en unos años vamos a tener zombis en vez de personas paseando por las calles” afirma la experta. 

Quedaron atrás los tiempos en los que se daba crédito a las teorías que afirmaban que una crianza respetuosa y con amor generaba individuos respetuosos consigo mismo y con sus semejantes. En la actualidad, parece que estamos educando a soldados que van a ir a la guerra a combatir por su patria, más que a ciudadanos conscientes y resilientes, preocupados por contribuir al bien común. Y es que necesitamos personas que se construyan sobre una base sólida de apoyo, respeto y amor por parte de sus progenitores, y no de individuos obedientes sin autoestima que no sepan relacionarse con los demás porque nunca les han cuidado. 

Rita y las listillas

Tomado de Pixabay

El otro día, mientras hacía la comida, me puse el primer capítulo de Rita, una serie Danesa que tiene como protagonista a una maestra. Esperando encontrar una visión diferente sobre la educación, lo que me encontré fue un primer capítulo que arremetía contra una niña con altas capacidades (AA.CC.). La niña en cuestión era dibujada como una repelente que necesitaba acaparar la atención de la profesora y que despreciaba a sus compañeros y compañeras por no ser tan buenos estudiantes como ella.

Los padres llaman al director, porque la niña se queja de que su profesora, Rita, no le hace caso. La profesora le dice a los padres que la niña es precoz y maleducada, y que si es madura lo tiene que ser en todo y comportarse de manera madura en cualquier circunstancia. Después, saca a relucir otro tópico: que la niña no tiene amigos, y propone a los padres que se preocupen más por eso que por la formación de su hija.

Ese tipo de versiones sobre los niños y niñas que tienen capacidades diferentes ayuda muy poco a solucionar las dificultades que afrontan en un entorno educativo en el que no encajan. La escuela está hecha para un tipo medio de estudiante que progresa adecuadamente, sin destacar y sin rezagarse. Pero en cuanto un niño o niña se sale de la vereda, se convierte en un problema. Aunque la normativa es más que clara al respecto, y los niños y niñas de los que se sospecha que tienen AA.CC. deben ser valorados y disfrutar de una adaptación curricular adecuada a su ritmo de aprendizaje, las familias que se enfrentan a esta circunstancia saben lo difícil que es conseguir esto.

Existen bastantes prejuicios sobre este tema que se convierten en importantes obstáculos para conseguir una adaptación curricular en un caso de AA.CC. En primer lugar, existe la idea de que todas las familias creen que sus hijos/as son los más listos/as. La primera vez que acuden al colegio por este motivo, encuentran las medias sonrisas y las burlas veladas de las/os maestras/os, insinuando que están sobrevalorando las capacidades de su hija/o. Para conseguir una valoración, la mayoría de las familias tienen que acudir a un centro privado, ya que los servicios de orientación de los centros públicos rara vez acceden a llevar ésta a cabo.

Por otra parte, otra creencia errónea es que una persona con AA.CC. tiene que ser muy buena en cualquier actividad, de modo que ha habido casos en los que se ha negado una valoración si no existe un rendimiento superior en alguna de las materias, Educación Física, por ejemplo.

Los niños y niñas no lo pasan bien en el colegio. Si son sufridores/as, pueden pasar su etapa escolar aburriéndose como ostras en una clase que no les resulta para nada estimulante, con la sensación de estar perdiendo el tiempo y con un sentimiento de fracaso, al no ser capaces de disfrutar con nada de lo que hacen. En el peor de los casos, estas niñas y niños desarrollan problemas de conducta y emocionales que pueden constituirse en un serio problema en la adolescencia.

Por tanto, visiones como la que ofrece la serie Rita no ayudan nada a la integración de estos niños y estas niñas. Estas personas tienen derecho a una educación adaptada a sus necesidades que de respuesta a sus inquietudes, intereses y ganas de aprender. Rita tiene que prestar tanta atención a su estudiante con AA.CC. como a los demás estudiantes, y desarrollar estrategias que hagan que todos ellos aprendan sin que nadie se quede aislado, mirando,  en un rincón.

“Eso no es científico”: Las creencias populares sobre la construcción del conocimiento 

La cultura popular está desarrollando mecanismos súmamente perniciosos de control. Poco podemos decir fuera de los límites de lo revestido por la autoridad suprema: la ciencia. La ciencia entendida, por supuesto, como un proceso de búsqueda de la verdad, nunca como un proceso de construcción del conocimiento a partir de métodos sentenciados como científicos. 

Porque la ciencia no es nada más y nada menos que eso: construir conocimiento usando procedimientos determinados. Se parte de una hipótesis y trata de averiguarse si es falsa a partir de un experimento. Los experimentos consisten en diseñar situaciones controladas que simulen lo mejor posible las condiciones naturales en las que se produce un fenómeno y hacer mediciones de ciertas variables en estas circunstancias, para contrastar la hipótesis formulada. Si la hipótesis se confirma, esto nunca quiere decir que esta sea la verdad, ya que lo único que podemos comprobar a ciencia cierta (valga la redundancia) es que la hipótesis es falsa. Solo en este caso podemos estar seguras de que eso no es lo que estamos buscando. 

Popper siempre me ha producido un gran desasosiego. Saber que lo único que podemos tener por cierto es lo que es falso y que la experiencia solo nos puede llevar a corroborar, pero nunca a verificar, me dejó a las puertas del relativismo. Sin embargo, la dureza de la ciencia persistió en mi cabeza hasta que empecé a viajar a lugares recónditos del microanálisis. Las hipótesis que siempre rondan nuestra cabeza son las que explican un todo universal e inmanente. La física y la química son las ciencias duras por antonomasia. Estudiar el mundo no orgánico se nos antoja totalmente accesible y explorable en profundidad, sin necesidad de protocolos de ética científica que se ponen en el camino de las científica de lo orgánico (excepto si formas parte del equipo del Dr. Menguele et al). Sin embargo, ¿tenemos claro cómo se realizan las investigaciones en estas ciencias durísimas y exactísimas?  Son muy interesantes a este respecto los trabajos de etnografía de la ciencia, que observan de cerca el trabajo de las científicas y de los científicos en los laboratorios. 

Las ciencias de la vida y las ciencias humanas y sociales trataron de adoptar el método hipotético-deductivo (llamado científico) en el desarrollo de su conocimiento. Esto implica, intevitablemente pero de manera tácita, construir un modelo de ser humano-máquina, que es estudiable ignorando su historia de significados y su entorno social, en el que funciona como una pequeña célula de un organismo complejo. Esto no quiere decir, desde mi punto de vista al menos, que el estudio del ser humano como individuo sea inadecuado o inutil, ni que no existan métodos adecuados para estudiar los procesos y prácticas humanas. Los métodos cualitativos de investigación son poderosas herramientas para adentrarnos en el mundo social, lingüístico y cultural de los entornos de interacción humana, pero son poco populares y denostados por los legos como no científicos, inexactos o poco creíbles

El quid de la cuestión es cuál es el objetivo cuando investigamos los procesos humanos. ¿Es encontrar una verdad inmanente sobre lo que somos, cómo actuamos, cómo nos desarrollamos, cómo vivimos, cómo interactuamos? Entonces, quizás, el objetivo está reflejando una idea del ser humano más que una realidad universal. Uno de los dilemas principales en el estudio de los procesos de pensamiento del ser humano han sido las diferencias culturales en las formas de razonar sobre el mundo. De este modo, el hecho de que un investigador occidental investigue la mente humana determina decisivamente lo que busca y lo que encuentra. Por eso, algunas ramas de la Psicología proponen métodos inductivos en vez de hipotético-deductivos para estudiar el funcionamiento de la mente en su contexto, aunque ni siquiera esto nos libra de la mente del que investiga. 

Por otra parte, pareciera que el único conocimiento válido fuese el universal y el que revela lo genético y natural. En este sentido, estoy encontrando últimamente un rechazo absurdo al estudio científico de las prácticas educativas y su optimización, que son prácticas culturales e históricas. La gente que no ha tenido contacto con una investigación educativa en su vida, desprecia como no científico y poco creíble el extenso campo de estudio que existe sobre los procesos de enseñanza-aprendizaje. Desde mi punto de vista, y volviendo al principio de esta entrada, el concepto de ciencia dura está haciendo mucho daño al progreso social que podría aportar la investigación en humanidades y ciencias sociales. Los legos tienen su folk-psychology bien asentada en sus neuronas y no van más allá. Mientras, en otros sitios, se reflexiona sobre la práctica educativa, se ponen a prueba distintos métodos de enseñanza, se hace microanálisis de la interacción en el aula, se reflexiona sobre el discurso educativo, etcétera etcétera. 

El reto es convertir los resultados de todas estas reflexiones y estudios, denostados por no producirse en un laboratorio, en conocimiento transferible y divulgable. Pero esto también es un peligro: en un mundo inundado de artículos periodísticos sobre cualquier tema, lo que se hace urgente es enseñar a distinguir entre conocimiento construido siguiendo los métodos adecuados de indagación y razonamiento y el conocimiento que proviene de las creencias o posturas políticas del momento, que interesa difundir y asentar en el ideario de la población. Eso nos haría menos manipulables y más rebeldes. Un peligro en potencia.