Adolescencia

Los lugares de las madres


Cuando mis hijos han llegado a la adolescencia-juventud, he creído por un momento que había ganado dos personas con las que dialogar, hablar de nuestras cosas, debatir, intercambiar pareceres, etc. Eso que se hace con las personas en general. Pero cuál ha sido mi sorpresa al comprobar que no me ven como persona independiente de mi rol de madre. A ellos les gustaría que fuese de esas madres que tarda siglos en escribir un mensaje de whatsApp, pero a falta de ese elemento estereotípico, dejan mis mensajes sin contestar, haciéndome ver lo inconveniente de preguntarles qué tal han pasado el día. 

En fin, que ahora nuestras conversaciones consisten en que yo abro la boca, digo dos palabras y me ponen en mi lugar. 

– “Joder, lo que está haciendo Trump”

– “Mira mamá, ya sé que las personas como tú os sentís muy guays por meteros con Trump, pero Rajoy no es mejor y no decís nada”

¿Por qué necesita ponerme en ese lugar? ¿Necesita que el conservadurismo y la ignorancia estén encarnados en alguien que tiene cerca? Las madres ocupamos ese lugar a la perfección. Lo hemos hecho durante décadas. Somos las bobas sonrientes que te tienen preparado el bocadillo mientras tú te vas al instituto a recoger la sabiduría que nosotras nunca hemos rozado ni con los dedos. Somos las pobres estúpidas que no sabemos que ese argumento está siendo retuiteado 2.500 veces y compartido en Facebook otras tantas. 

Nadie necesita que su madre sea lista. Muy pocas veces (solo algunas) he escuchado a hijos e hijas honrando el trabajo de sus madres, y, sin embargo, es una constante escuchar hablar a hijos enorgullecidos por el trabajo de sus padres. El ejemplo más cercano que se me viene a la cabeza es el de Javier Marías, hablando de su madre Dolores Franco Manera, profesora de Filosofía y autora de un libro de texto sobre esa materia traducido a varios idiomas: 

“Según él, mi padre, Lolita era la persona más valiente que jamás había conocido. Se casaron en 1941, ella publicó un libro con dificultades, y su primogénito (mi hermano Julianín, al que no conocí) murió súbitamente a los tres años y medio. Luego nacimos otros cuatro varones, pero es seguro que ninguno la compensamos de la tristeza de ver desaparecer sin aviso al primero, sin duda al que más quiso. Hablé de ello en un libro, Negra espalda del tiempo, y allí creo que dije algo parecido a esto: era el que ya no podía hacerla sufrir ni darle disgustos, el que nunca le contestaría mal como suelen hacer los adolescentes, el que siempre la querría con el querer inigualable y sin reservas de los niños pequeños, el que no pudo cumplir con las expectativas pero tampoco con las decepciones, el que siempre permanecería intacto. Seguro que empleé otras palabras más cuidadas.” (Javier Marías, 13 de noviembre de 2016)

¿Quién necesita que su madre escriba un libro de filosofía? Nadie, ciertamente. Entre las últimas novelas que he leído está la de Quien pierde, paga, de Stephen King (sí, soy forofa, aún sabiendo todo lo que conlleva eso). El protagonista es un perverso asesino con problemas mentales cuya madre, una profesora universitaria separada, es la culpable tácita del desequilibrio de su pobre y desatendido hijo. Las madres listas e intelectuales no somos necesarias. Somos como un grano en el culo. Donde esté una madre que hornéa bollos y espera a su prole con el delantal en la puerta, haciéndoles reír con sus intervenciones llenas de ignorancia y sentido común, que se quiten las madres listas y egoistas que escriben libros, tienen un trabajo intelectual y están informadas de lo que pasa en el mundo. 

¿Qué va a ser de nuestros hijos e hijas si ya no tienen de quién reírse con cariño, atusándonos la cabeza y mirándonos con ternura? Estamos destrozando su adolescencia, su juventud, su edad adulta. Les estamos privando de la Madre, de ese espacio seguro que les deja ser y recrearse, que les da amor, cariño y cena caliente sin calentarles demasiado la cabeza. Somos el cáncer de esta sociedad enferma, que va decayendo porque ya no somos lo que deberíamos ser eternamente. 

Los padres cuarteleros: Una tendencia en alza

Tomada de Pixabay

Los expertos lo han detectado con su radar “encuentra fenómenos”. Son los padres cuarteleros. Tratan a sus hijos a golpe de silbato, les educan en un ambiente absolutamente dictatorial y nunca les ayudan a levantarse cuando se caen. Esta forma de educación, que se puso de moda tras la adopción de las tesis de ese concepto pseudocientífico llamado “hiperparentalidad”, está acabando con la autonomía y la autoestima de niños y jóvenes, que tienen sistemas nerviosos débiles y son incapaces de enfrentarse a los retos más sencillos de la vida, como tomar decisiones por sí mismos, hacer amigos, abordar los conflictos con serenidad o mantener conversaciones distendidas. 

Los padres cuarteleros hacen oídos sordos a las quejas de sus hijos. No importa que lleguen llorando a casa del colegio con un ojo morado. Les dicen que se defiendan, que devuelvan el puñetazo y que no lloren como nenazas. Si su hijo es una hija, les dicen que algo habrán hecho, que sean tranquilitas y jueguen a la goma en el patio, así no se meterán en líos. Es así como los casos de acoso en el colegio han aumentado de forma alarmante: sin un control por parte de las familias, que son las encargadas del bienestar de los menores, no hay nadie que ponga freno a la escalada de violencia en los colegios e institutos. 

Además, este tipo de padres no atienden a sus hijos cuando sufren accidentes o tienen dolores. Son de la idea de que, cuando un niño se cae al suelo, hay que dejar que se levante solo para forjar su fortaleza y valentía. De este modo, están llegando a los hospitales niños con fracturas antiguas mal soldadas que no fueron atendidas debidamente en su momento. Además, los niños crecen con la idea de que no hay que ayudar al otro cuando tropieza y estamos asistiendo al surgimiento de una generación de adolescentes insensibles ante los infortunios de sus semejantes, que pasan sin mirar a las viejecitas que encuentran tiradas en el suelo y que no ceden el asiento en el metro a las embarazadas. 

Marilita Jiménez, experta en ingeniería genética en la Universidad de Gayamil, afirma que estos padres crían a sus hijos como si fuesen infantes de la marina. Las maneras espartanas en la educación están dando lugar a gran cantidad de casos de estrés postraumático en niños y adolescentes, que llegan gritando “SEÑOR, SÍ SEÑOR” a las consultas de psiquiatría. “Como sigamos así, en unos años vamos a tener zombis en vez de personas paseando por las calles” afirma la experta. 

Quedaron atrás los tiempos en los que se daba crédito a las teorías que afirmaban que una crianza respetuosa y con amor generaba individuos respetuosos consigo mismo y con sus semejantes. En la actualidad, parece que estamos educando a soldados que van a ir a la guerra a combatir por su patria, más que a ciudadanos conscientes y resilientes, preocupados por contribuir al bien común. Y es que necesitamos personas que se construyan sobre una base sólida de apoyo, respeto y amor por parte de sus progenitores, y no de individuos obedientes sin autoestima que no sepan relacionarse con los demás porque nunca les han cuidado. 

El nido se vacía

Pensé que nunca iba a llegar el momento en que uno de mis hijos hiciese la maleta para irse de casa. Navego entre el llanto y la emoción. Doblo su ropa tendida y pienso que estoy familiarizada con cada una de sus camisetas y me ruedan las lágrimas cuando pienso que habrá un día en que me sean desconocidas. Soy así de dramática.
Mi niño se va. Con 17 años. Se va detrás de un sueño: la música. Y me siento super orgullosa. Me dice “mamá, creo que tendré que aprender a moverme por Madrid” ,  y recuerdo mis primeras incursiones en el metro, cómo aprendí a calcular la hora a la que salir de casa para llegar puntual, los apretones en el autobús con la cartera a cuestas y sé que lo conseguirá.

Llevo toda la semana diciéndole que prepare las cosas que se quiere llevar a Madrid. He conseguido que haga una maleta. Pero para él, lo más importante es el ordenador y la Play, su último regalo de cumpleaños. ¿Estudiará? ¿Comerá sano? ¿Se duchará? ¿Irá con la ropa limpia y planchada? ¿Me llamará por teléfono? ¿Llegará puntual a las clases?

Es muy curioso estar en esa posición de soltar. El pájaro vuela hacia el horizonte y yo me quedo en casa. Me emociona su vuelo. Me enorgullece. Pero a la vez me asusta y me entristece. Sé que va a estar aquí muchos fines de semana, pero ¿hasta cuando? Conocerá gente, hará amigos y amigas, se enganchará a Madrid igual que nos enganchamos todos. Espero haber sabido convertirme en un lugar seguro al que volver.

¿La señora Killer, por favor?

  

El otro día andaba trabajando cuando sonó una llamada en el móvil. Mi trabajo a veces no me permite coger el teléfono en el momento en que vibra, así que esperé a terminar lo que estaba haciendo para comprobar la llamada. Era una llamada del instituto. Devolví la llamada. La primera persona con la que hablé me pasó con una segunda, que buscó en el parte de faltas para ver si alguno de mis hijos se había fugado sin mi permiso. No. Finalmente me pasan con el jefe de estudios. 

JE- Habrá comprobado Vd. que tiene una llamada mía de hace dos minutos

MK- Así es, por eso llamo 

JE- (Disfrutando del momento) Hemos pillado a x con el móvil en clase

MK- Ahaaa?

JE- Y tiene un día de expulsión

MK- Ahaaa?

JE- Es que como sabe, no se puede usar el móvil. Solemos devolvérselo a los padres, así que tendrán que pasarse a por él. 

MK- Ahaaa?

Ese Ahaaa iba precedido por largos silencios que parecían esperar otra respuesta por mi parte. No sé, que me mesase los cabellos o me rasgase las vestiduras porque uno de mis hijos estuviese usando el móvil en clase. Pero conociendo a mis vástagos como les conozco, prefería escuchar la otra versión antes de hacer ningún juicio. Por otra parte, tengo que decir que es la primera vez en todos sus años de escolarización, que ya van por 13, que pasaba una cosa así, de modo que no había agravante por reincidencia. 

Después me entero de que la “pillada” fue en una clase en la que había faltado el profesor, en una hora en la que los alumnos permanecían solos en el aula. El profesor de guardia entró en la clase y sorprendió al presunto delincuente manipulando el móvil. Acto seguido le hicieron bajar a jefatura de estudios y le impusieron la sanción para una falta muy grave: un día de expulsión. ¿Un día sin clase es un castigo adecuado? nos podríamos preguntar. Consultando el Reglamento de Convivencia del Centro, esto solo se puede hacer si se programa una tarea de carácter educativo que el estudiante tendrá que realizar ese día y entregarla al profesorado. Pero para qué nos vamos a molestar: expulsamos del centro, privamos al estudiante de su derecho a asistir a clase y nos saltamos la constitución. 

En realidad, el uso de dispositivos móviles está prohibido en los centros educativos por una cuestión de miedo y de falta de formación. Es cierto que si está prohibido, no se deben usar. Pero prohibir el uso de esos dispositivos, que empieza a ser generalizado y universal, es como si en siglos pasados prohibiesen el uso de dispositivos de inscripción gráfica en las aulas (cuadernos y bolígrafos). Vivimos en una sociedad tecnoletrada, y no lo podemos seguir ignorando. Es urgente que los centros educativos integren la tecnología de la comunicación en las aulas. En caso contrario, la sociedad seguirá avanzando, y nuestras aulas permanecerán inmóviles y de espaldas a lo que pasa ahí fuera, en la vida real. 

Por otra parte, nadie se preguntó qué hacía ese estudiante con el móvil. Por lo que sé, podría estar leyendo a Shakespeare. Ser expulsado del instituto por leer La Tempestad es lo más cool que puede pasarte, una historia para contar a tus nietos el día de mañana. 

Mis hijxs tienen tablet ¿Y qué?

Hay niñxs… y niñxs. Hay usos y usos. Demonizar el uso de las tablets/dispositivos móviles/ordenadores por parte de lxs niñxs es como si en el siglo pasado no nos hubiesen dejado usar libros hasta los 18. ¿Controláis lo que leen vuestrxs hijxs? Porque os aseguro que hay literatura infantil y juvenil que pone los pelos de punta. Hay que amueblarles la cabeza para que la procesen de la debida forma. ¿Y las películas? ¿Y los dibujos animados? No sé si os habéis fijado en las referencias que hacen a las drogas, por ejemplo.

Una mente crítica y sagaz, que sabe interpretar imágenes, que sabe un poquito de género, de política, que sabe lo que es el racismo, el machismo, el clasismo, y un buen programa de control parental (sí, hay que pagar un poquito, pero merece la pena) hace que una tablet en manos de un niño o una niña de 10 años sea una herramienta inigualable. La puerta del conocimiento. El sitio donde todas sus preguntas pueden tener respuesta… si les enseñamos a discernir qué respuestas son de calidad y cuáles no lo son.

Cerrar la puerta de internet a los niños y niñas de hoy en día no me parece una buena decisión. Al menos no es la que yo elegiría. ¿Por qué nos parece tan terrible que nuestras hijas y nuestros hijos chateen con sus amigas/os? Siempre que supervisemos esa actividad y les demos pautas sobre lo que se puede y no se puede hacer en ese espacio de interacción (como sucede en el 1.0, por otra parte), veo una puerta abierta, no una aberración. Otra cosa es que los niños/as sustituyan la interacción digital por la presencial. Eso sí es preocupante, pero depende de los espacios y las relaciones que nos brinda nuestro entorno social que eso no suceda.

Y bueno, a veces la gente de tu entorno presencial no es tan interesante como la que conoces en el 2.0. Es triste, pero a veces pasa. Y tenemos adolescentes que sobreviven gracias a ese vínculo en la distancia que no se habría creado de otra forma. Adolescentes que conocen gente con sus mismos intereses e inquietudes, y que sin las herramientas que les brinda el mundo digital nunca tendrían esa posibilidad. Adolescentes con la cabeza muy bien amueblada, ojo. Adolescentes que se ríen de las peleas 2.0 que tenemos las mamás y que nos dan instrucciones sobre seguridad en la red.

Las etapas de la maternidad

  

Dicen que el puerperio es una etapa caótica y complicaca emocionalmente. Y es verdad. Nunca olvidaré la primera noche que pasamos en casa a solas con nuestros dos bebés mellizos. Ellos lloraban… yo no era capaz de levantarme de la cama a atenderles. Me sentía desgarrada por dentro y por fuera y me invadía un inmenso cansancio del que no me he podido sobreponer después de 16 años. Ahora sé que tenían hambre y que hubiese bastado con buscar la forma en que ambos estuviesen junto a mis pechos para poder subcionar cuando quisieran. Pero no había nadie ahí para decírmelo. Lo tuve que aprender yo sola. Mi tercer hijo no pasó hambre y pudimos dormir. Pero el puerperio estuvo ahí también, esta vez disfrazado de soledad. 

Ahora encontramos cientos de blogs que hablan de lactancia y colecho, del puerperio y sus sombras, de cómo apoyar el desarrollo del control de esfínteres y cómo pasar a  la comida sólida. Esa información que nos ha negado la tribu nos la ofrece internet. También hay mucha información sobre la etapa escolar: la adaptación a Infantil, los deberes escolares, la educación sexual, las relaciones entre iguales, etcétera. Pero cuando intento encontrar información experiencial sobre la maternidad en la adolescencia encuentro cosas demasiado estereotipadas que no responden a la realidad que estoy viviendo yo desde hace unos años. Y me da rabia que mis hijos mayores siempre tengan que ser los conejillos de indias para luego hacerlo relativamente  bien con el pequeño. 

Como madre de adolescentes, he mirado a mi alrededor y he observado a otras madres y padres de adolescentes. Y he visto algo que me ha aterrado: deterioro, preocupación y cansancio. ¿Pasamos por un nuevo puerperio en esta etapa? ¿Una nueva separación que nos desgarra? De repente dejamos de ser el ser todopoderoso que todo lo sabe, por el que nuestros hijos tienen una fe infinita y nos convertimos en viejos y viejas pesadas y aguafiestas que no sabemos de qué va la historia y estamos dando por saco constantemente. 

Pero ahí no acaba todo: ser madre de adolescentes es una de las experiencias más extresantes de este mundo caótico e incomprensible. Cuando parece que se han hecho independientes, que no te necesitan ya, que estás haciendo el ridículo preocupándote por la ropa que se ponen por las mañanas y la hora a la que llegan por las noches… tienen una crisis. Por cosas normales: amistad, amor, cambios, dudas existenciales… Y entonces te necesitan como antes, o quizás mucho más que antes, pero no son capaces de admitirlo. Así que lo tienes que averigüar y cuando das con el problema se tiran sobre tí como pequeños en busca de su teta, subcionando toda tu energía que tú les entregas amorosamente. 

Aquí el truco es el siguiente, creo haber intuido: no buscan una solución. Cuando eran pequeños, su mamá solucionaba todos los problemas. Ahora los solucionan ellas y ellos, pero necesitan sentir que tienen un apoyo sólido detrás, un apoyo incondicional y constante que les da fuerza. No hay que hacer nada más, solo estar y escuchar sin impacientarse; y eso no es fácil, porque nosotras creemos tener siempre la solución y queremos adelantarnos. Eso es lo peor que podemos hacer, porque replegarán velas y pasarán de nosotras. 

Es agotador. Un tira y afloja constante. ¿Es la adolescencia una etapa natural en el desarrollo? ¿Existen formas de crianza análogas a la teta y al colecho en estas edades, que faciliten la tarea y nos saquen del papel de policía-psicólogo que adoptamos en esta etapa. ¿Quizás haya que soltarles a la vida y dejar que se  den de bruces con ella? Es poco probable que esta sea la solución. De alguna forma hay que guiarles en su proceso  de convertirse en adultos. ¿Pero lo hacemos bien?

Seguro que dentro de unos años hay cientos de blogs escritos por madres de adolescentes. Será cuando no los necesite. Así que ahora toca explorar, comprender y hacerlo lo mejor posible. Ah, y no morir en el intento. 

Tú qué sabrás, mamá

(EDITADA para dejar claro que no es una entrada sobre adolescencia y rebeldía)

Una cosa que he aprendido como madre de una persona adolescente es que no sé nada. Todo lo que digo está pasado de moda, es un error, es absurdo, es prejuicioso, capacitista, todofóbico y alienante. Yo que me creía informada, abierta de mente, tolerante y esas cosas. Craso error. Todo lo veo con las gafas de la antigüedad que me caracteriza. Todo. Quiera o no. Y esto creo que no tiene que ver con la adolescencia y esa forma tradicional y occidental de ver esta supuesta fase del desarrollo. Creo que tiene más que ver con el proceso de ser que nos impone de alguna forma la sociedad en la que vivimos.

Leía el otro día que las madres no existen. Y me entró la risa, porque esa sola afirmación demuestra todo lo que nos necesitan, seamos traje o esencia. La nueva generación se construye negando la anterior, al menos en nuestra cultura, de modo que, seamos o no unas brujas, nuestras hijas necesitan negarnos (no tanto así nuestros hijos). Nuestra forma de vestir, nuestra forma de ver la sexualidad, nuestras ideas políticas, nuestras reacciones emocionales, nuestras relaciones de pareja, nuestra identidad de género, todo será cuestionado, con o sin argumentos bien construidos. Y no hay momento más desgarrador para una mujer joven que tener que dar la razón a esa que llama “mamá”. Y no hay momento más terrible que el atisbo de rasgos parecidos a “ella”. Creo que todo esto tiene que ver con el terror que les produce nuestra lucha y nuestro sufrimiento, nuestros conflictos y nuestros miedos. No pueden aguantar la simple idea de que van a pasar por lo que hemos pasado nosotras, y por eso buscan mil caminos para huir. Y a veces los encuentran. Otras se adentran en el laberinto y se pierden más aún. 

Hay algo en todo esto que me despierta ternura: a veces, negándome, mi adolescente me dice cuánto me necesita y lo desolada que se sentiría sin mí. No tengo más remedio que seguirle el juego, aunque sea una peligrosa relación de doble vínculo, de esas que te dicen “vete” y cuando te estás yendo te preguntan “¿A dónde vas, mami?” Esto requiere grandes dosis de equilibrio, que no soy capaz de atesorar en todas las ocasiones. Pero a ver ¿qué voy a hacer? ¿Abandonarla y olvidarme de ella, como me sugiere dramáticamente? Y es que, aunque su entorno de aprendizaje le invite a rechazarme como figura de referencia, ella encuentra en mí ese remanso de seguridad, lo busca, pregunta y espera la respuesta correcta y, si no la encuentra, se siente perdida. 

Creo que no me queda otra que aceptar esa vorágine de etiquetas que sobrevuelan mi cabeza, admitir que el feminismo de la ¿cuál ya? tercera o cuarta ola nos ha superado a las mujeres blancas heterosexuales de clase media sin haber resuelto ni uno solo de nuestros problemas y añadiendo uno más: el reproche que nos lanzan nuestras hijas por ser sus madres… o por no serlo. El reproche que nos lanzan por ser mujeres de la forma en que lo somos y su construcción como personas rechazando nuestra forma de ser mujer. Esto nos mantiene en la constante lucha de construcción de nuestra identidad en un permantente estado de conflicto. De oprimidas hemos pasado a opresoras sin haber pasado por la liberación. Y esto no tiene nada que ver con la adolescencia ni con la rebeldía: solo hay que darse un paseo por los textos postfeministas para ver dónde hemos acabado. Será que es necesario, pero es otro paso en el proceso de invisibilización, esta vez por no ser puta, trans, lesbiana, etcétera. 

El problema de hacerse relativista y abrazar el construccionismo social es que te pasas el día cuestionándolo todo y al final no sabes ni quién eres ni con quién estás hablando. Hay veces que echo en falta la simpleza de la ceguera socio-cultural, el no darme cuenta de cómo se mantiene esto que llamamos sistema. Quedar suspendida en el aire, sin etiquetas, lejos de ser una liberación, supone una desnudez descarnada que te deja sin saber que hacer. Pero en fin, de momento seguiré haciendo de madre, que parece que es el papel solicitado. Qué seré más adelante… la historia lo dirá.

Muerte en el instituto

Cuando esta mañana leí la noticia del suceso en el instituto Joan Fuster de Barcelona se me heló la sangre y en seguida recordé el libro de Lionel Shriver, Tenemos que hablar de Kevin. En esa novela epistolar, la madre de Kevin hace memoria de su vida antes y después del nacimiento de su hijo, de su desarrollo y las dificultades que tuvo en su crianza y educación y del terrible desenlace. Kevin, a punto de cumplir 15 años, entra en el instituto y mata con una ballesta a un grupo de compañeras/os y profesores/as cuidadosamente seleccionado. La novela, maravillosamente escrita, es una profunda reflexión sobre las causas que puede haber detrás de este acontecimiento y pone en evidencia el estigma eterno que supone para la familia un hecho de estas características.

Lo que más me impresionó de la novela fue la capacidad de transmitir el dolor de todas las personas implicadas. Los familiares de las personas asesinadas, los supervivientes, la madre del asesino, su familia, incluso, llegando al final de la novela, el dolor del propio asesino. Es un argumento que no busca posicionamientos, simplemente expone las emociones descarnadas y los hechos y deja al que lee sumido/a en un amargo sentimiento de impotencia.

Esta mañana y a lo largo del día he ido leyendo los comentarios que diversas personas dejaban tras la lectura de la noticia. Los comentarios eran, en su mayoría, ráfagas de culpa a sectores concretos de la sociedad. A partir de un hecho que ha conmocionado a la opinión pública, la gente ha arremetido contra la ley del menor, contra la forma en que educan a sus hijos (e hijas) las familias españolas, la impunidad de los adolescentes, la falta de responsabilidad y valores en la juventud, etc. etc. Todos estos planteamientos simplistas se hacían sin conocer el más mínimo detalle de la vida del chico de 13 años que esta mañana ha llegado a su instituto con varias armas y ha cometido un acto que marcará su vida, la de su familia y la de la familia del joven profesor asesinado para siempre. 

Es cierto que, ante un hecho que implica una vida humana, la emoción nos hace clamar por un culpable que pueda ser castigado. Sin embargo, quizás sea más útil que nos preguntemos qué ha llevado a un chaval de 13 años a cometer un acto así. Qué lleva a un niño a querer matar a sus profesores y a sus compañeros sin que nadie a su alrededor se percate de que algo anda mal con él y ponga remedio. Porque quiero creer que algo así no se gesta en un día ni en dos. Construir una ballesta, elegir el machete que se va a llevar en la mochila y los materiales de un cóctel Molotov es un proceso que lleva, al menos, varios días. 

Si hay algo que caracteriza a la adolescencia es la soledad. Dejar la niñez se convierte a veces un viaje desolador en el que nadie nos puede acompañar. Esto no significa que disculpemos al pobre adolescente que atraviesa una etapa difícil en su vida. Significa que seamos conscientes de que detrás de ese ceño fruncido, de esos silencios, de esa mirada perdida, hay mucho más que testarudez adolescente. Hay miedo, sufrimiento, ira, tristeza. Quizás deberíamos dejar de arremeter contra esa edad prohibida y comenzar a asistirla como requiere. Endurecer las leyes no sirve para nada. Solo servirá humanizar nuestra sociedad y nuestras relaciones, y conseguir que nuestros niños y niñas que se hacen mayores, encuentren refugios más sanos y más amables para explorar sus dudas y sus miedos, lejos de las cloacas que nosotros, los adultos, hemos creado para ellos y ellas. Zgn-1

 

Pseudoprohibiciones

The Fall of Man (detail)Phanton tiene 15 años y un cerebro privilegiado. Y yo tengo el privilegio de escuchar sus disquisiciones. Me asombra su lucidez, esa que no recuerdo haber tenido a su edad. Y como él no tiene blog, os cuento la última. 

Íbamos de vuelta a casa, cuando de repente me dice: 

– Mamá, si el gobierno prohíbe las drogas, me está incitando a probarlas

(Yo doy un respingo de alerta y sigo escuchando)

– Sí, porque imagínate. En las historias en las que dicen “bajo ningún concepto entres en esa habitación”, la gente al final entra. Están deseando entrar. Es como decir “hay un tesoro escondido ahí dentro, algo espectacular”. Nadie se puede resistir a esa invitación. Es como decirle a un niño “no te revuelques en el maravilloso barro de los deseos”. Por lo tanto, si me dicen que tome drogas, yo pienso qué me estaré perdiendo, qué será eso que me están ocultando. 

– Bueno, sí, visto así es cierto. Pero quizás te están prohibiendo tomar drogas para que las tomes y te conviertas en un desecho humano. Es lo que se llama psicología inversa.

(Ahora es Phanton el que da un respingo de alerta y pone cara de Eureka)

– Cierto. Porque si no llamasen mi atención sobre esa habitación prohibida y cuando yo preguntase por esa puerta, me dijesen que es un armario con zapatos viejos, no tendría ningún interés en entrar.

– Es como lo de Adán y Eva

(Aquí interviene Brigitte Killer)

– Los adultos estáis obsesionados con la biblia

(Pero Phanton sigue enganchado con su argumento)

– Es verdad. Si no quieres que coman de ese árbol… ¿para qué lo pones ahí y les prohíbes comer de él? ESO ES A LO QUE YO LLAMO PSEUDOPROHIBICIONES. En realidad están buscando que yo pruebe las drogas, por eso me lo prohíben. 

(Respiro tranquila)