Adolescencia

La mascuniñidad

Ser niño en el instituto es duro. Y si, además, eres un niño al que no le gusta el fútbol, más aún. Y si encima todavía no has dado el estirón y no te gusta llamar la atención, tienes todas las papeletas para que te llamen rarito y te den un empujón. La presión social, en esas circunstancias, te lleva a convertirte en invisible o a tener que soportar las burlas de los niños que entran dentro del prototipo de populares, carismáticos y fortachones.

Sí, se pasa mal siendo niño cuando la identidad que estás cultivando no es la del seguidor madridista bebedor de cerveza, o la del deportista de élite, o la del integrante del grupo que grita al unísono a la señal del líder. Cuando te gusta leer, coleccionar cubos de rubick, hacer trucos de magia, leer manga y hacerte experto en videojuegos, la llegada al instituto es un poco truculenta.

A las nuevas masculinidades les está costando trabajo expandirse en nuestra sociedad. Mantenemos ideas muy inflexibles sobre lo que supone ser un chico y les criamos llamándoles machotes, riéndoles sus bravuconadas y torciendo el gesto cuando muestran su parte sensible. Ver llorar a un hombre todavía nos causa ese no se qué de desesperación, de vergüenza ajena que nos han imprimido los años de esculpir vetas de desafección en nuestras figuras masculinas.

Sí, la vida también es difícil para los niños. Nuestra sociedad patriarcal les impone cargas inmensas de tareas a cumplir en edades muy tempranas. Se la tienen que estar midiendo desde que, por primera vez, se pelean por un juguete en la guardería. Se les impone silencio sobre su tristeza, sobre su bondad, sobre sus sentimientos amorosos y de amistad, sobre su alegría, y estas palabras se ven sustituidas por sucedáneos como valentía, camaradería, honor, fuerza, etc.

No se les permite mostrar debilidad ni defenderse si no están dispuestos a enzarzarse en una pelea física y esto les pone límites en la defensa de su dignidad. Pelear con la palabra, argumentando y razonando, es más propio de niñas que de machotes, y no hay nada peor cuando eres adolescente que pongan en duda tu masculinidad. Entra en el ideario. Imaginad por lo que tienen que pasar, en este entorno, los adolescentes LGBTI.

Dar paso a nuevas masculinidades es una tarea educativa muy importante y que no podemos dejar sin trabajar durante más tiempo. El primer paso es liberarnos nosotras y nosotros mismos, los adultos que educamos, de esas ideas implícitas ligadas al “ser hombre” (y, por tanto, también de las ligadas al “ser mujer”). El segundo paso sería dejar de tratar a niños y niñas, desde su más tierna infancia, como diferentes: dejar de marcarles con pendientes y colores, dejar de asignarles calificativos diferenciales, dejar de asignarles tareas más y menos apropiadas, según nuestra ideología, a su sexo. Y por últimos, dejarles elegir, no forzar su inclusión en espacios asignados forzosamente a un género, como es el caso del fútbol o la danza, y no suprimir su emocionalidad. Es tremendamente difícil, pero muy necesario.

 

Pantalones cortos en el instituto

Algunas recordaréis esa carta de una niña de un instituto de Baleares a la que llamaron “putilla” por llevar pantalones cortos un mes de junio abrasador. Ayer, en la reunión inicial con las familias de 1º de la ESO, el director se dirigió a nosotras diciendo que “hay unas normas de vestimenta, los niños no pueden venir en bañador y chanclas y las niñas no pueden venir en pantalones cortos que enseñan el culete.” Me dio verdadera grima escuchar a un señor adulto referirse así a nuestras hijas de 12 años. Que una niña de 12 años en pantalón corto le pueda parecer algo obsceno a alguien es el problema.

Hoy, acudiremos a comprar pantalones ni demasiado largos para que la niña se muera de calor en este septiembre todavía abrasador, ni demasiado cortos para que la mente calenturienta de determinados señores adultos se quede en paz. Es vergonzoso que, desde tan temprano, las niñas deban sufrir esta sexualización de la que se les culpa a ellas, sin pensar que el que debería ser intervenido es el que se atreve a pensar en el culo de las niñas como algo perverso. Esas mismas personas a las que les parece mal que haya niñas que vayan con chador a clase.

Iremos a por los pantalones no porque creamos que llevar pantalones vaqueros cortos esté mal. Lo haremos para que la niña no tenga que sufrir algún tipo de intervención humillante por parte del director del centro, que parecía muy preocupado por este asunto. No queremos que se vea expuesta a exabruptos machistas directos por parte de personas que están por encima de ella. Queremos ahorrarle ese mal trago. Lo malo es que, haciendo eso, quizás la estemos enseñando a someterse y a acatar la visión sexualizada que tienen ciertos adultos de ella. Es un dilema con el que tenemos que lidiar en esta sociedad en la que vivimos.

El caso es que la voz del pueblo, por lo general, aclama posturas de este tipo (fuera pantalones cortos enseñaculetes de los centros educativos) en aras de la decencia, ese concepto tan franquista que perdió su significado sobre las buenas constumbres para la convivencia para referirse normalmente a los preceptos que debía cumplir una mujer para ser buena. Desde muy pequeñas, se nos imponen unas normas para no provocar la lujuria del varón, mientras a éste se le deja a su libre albedrío. En vez de educar a los niños para que respeten a sus compañeras y las traten como personas y no como objetos, se educa a las niñas para que no enseñen demasiada carne y aprendan a parar los embites de sus pobres compañeritos, a los que les empuja el deseo y la naturaleza.

Qué difícil va a ser darle la vuelta a la tortilla: educar a los niños para que no vean un culete, sino una niña que va vestida de acuerdo al clima de la temporada. Y atrevernos a decir a esos señores que dejen de mirar a nuestras niñas así, que dan miedo.

Las niñas y el Whatsapp

Parece ser que lo primero que hacen las niñas cuando se conocen es preguntar “¿Me dejas ver tu WhatsApp?”. Quizás sea una costumbre del entorno rural en el que me hallo, una extraña forma contemporánea de tomar contacto, un rito de admisión en un grupo femenino. Si a mí una futura amiga me pidiese ver mi whatsApp, la mandaría a la mierda directamente. Lo que hizo esta niña fue pedirle, a cambio, que le enseñase el suyo. Y ahí estaban las dos, repasando los mensajes de la tercera y vistiéndola de blanco, poniéndola a caldo, vamos. Que si no sabe escribir, que mira qué tonterías dice, es que es tonta, es que no le cae bien a nadie, etc.

Cuando yo era niña, el dar el teléfono a alguien en un trozo de papel sólo implicaba que esa persona, quizás, se atreviese algún día a marcar tu número y podríais hablar en la distancia. Ahora, con los sistemas de mensajería, las relaciones se han transformado. Dando tu teléfono, la gente tiene acceso también a tu foto y a tu estado (a no ser que lo configures adecuadamente) y pueden mandarte mensajes cuando quieran. Y este cambio en las condiciones comunicativas requiere de análisis y educación en las nuevas circunstancias.

Pues bien, en esto que estaban repasando mutuamente su WhatsApp cuando la una le dice a la otra: “Pues ella te tiene guardada a ti como la rara” La forma en que otra persona nos tiene guardadas en el WhatsApp no se puede saber fácilmente, de modo que esto era un cotilleo, un correveidileismo en toda regla. Pero claro, que alguien a quien acabas de conocer te guarde como la rara toca bastante los ovarios, así que, ni corta ni perezosa, coge el teléfono y manda un audio a la susodicha en un tono de reprimenda bastante duro. Los audios, lo que tienen, es que una vez enviados los puede escuchar cualquiera. Así que la madre de la susodicha lo escucha y graba ella misma un audio de respuesta reprendiendo a la otra niña.

Considero que, como adultas, meterse como parte integrante de esta interacción es, cuanto menos, inconsciente. Quizás empiece a ser importante enseñar a nuestras preadolescentes a gestionar las relaciones de manera más honesta y sensata. ¿Qué cosas podríamos enseñar en esta situación?:

  1. Los mensajes de WhatsApp son personales e intransferibles. No debemos enseñar a terceros las conversaciones mantenidas con una amiga, ya que estamos quebrantando su intimidad. Eso entra en el terreno del cotilleo y el buylling.
  2. No se insulta ni se envían mensajes amenazantes por WhatsApp. Si tienes algún conflicto con una amiga, espera a verla en persona para hablar con ella. Si nunca la ves y tienes conflictos, quizás ha llegado el momento de usar la opción de bloqueo.
  3. Como adulta, nunca te metas directamente en los conflictos entre las niñas. Puedes aconsejar, asesorar, incluso defender a tu hija enseñándola a usar la opción de bloqueo y a gestionar los conflictos en persona, pero enviar a una niña un mensaje en los mismos términos verduleros que lo hizo ella es muy poco maduro.
  4. Nunca mandes por WhatsApp algo que puedas decir en persona. Si estás viendo todos los días a esa niña, ¿qué sentido tiene que la insultes por escrito? Ya sabemos que hacerlo así es mucho más fácil. Por eso, es importante enseñar a postergar el momento y a enfrentarse en un entorno cara a cara, en el que la comunicación será más rica y honesta.

En conclusión, es importante enseñar a nuestras hijas (e hijos) a usar las “nuevas” herramientas de comunicación con sensatez. Esto entra dentro de la educación en valores. Enseñar a comunicar con honestidad y no difamar y criticar a otros/as a sus espaldas para socavar su imagen pública es muy importante y forma parte de esa educación necesaria para terminar con el Buylling.

Las y los jóvenes de hoy en día

Estoy tremendamente harta de la línea de pensamiento que se está instaurando hoy en día sobre esa supuesta sobreprotección que ejercemos las madres sobre nuestros vástagos ya mayores. Es como si, llegados a cierta edad, los y las jóvenes tuviesen que andar por la vida como si no tuviesen familia, un sustento imprescindible para alzar el vuelo tanto en lo económico como en lo emocional. Hay familias que consideran que, llegados a los 18, las personas ya no deben contar con la ayuda de su madre (figura principalmente demonizada como “la sobreprotectora”) para hacer gestiones tales como alquilar pisos o hacer la matrícula. Con ingresarles el dinero en una cuenta y decirles “tira para delante” debe de bastar.

Sin embargo, emanciparse es un proceso en el que toda ayuda es poca. A nadie le parece extraño la extrema implicación de las familias en las formas de emancipación tradicionales: el matrimonio. Las dos familias, la de la novia y el novio, se metían hasta en la sopa, aportando ajuar para la casa, orquestando la ceremonia y el banquete, preparando el futuro hogar de los novios, etc. Sin embargo, ahora se ve con malos ojos que las familias ayuden a sus hijas e hijos a irse de su hogar, en el que han estado viviendo desde su nacimiento.

Emanciparse requiere de un acompañamiento. No hay nada malo en apoyar en el proceso a la persona que se va de casa. Los casos más difíciles son aquellos en los que la persona tiene que dejar su ciudad natal o el sitio en el que ha residido en su infancia y adolescencia para trasladarse a la ciudad en la que va a comenzar sus estudios universitarios. Hay que hacer trámites que no han hecho nunca en su vida, además de que hay que tener en cuenta que el alquiler de pisos no se puede hacer sin un aval adulto con nómina: es imposible no apoyarles en ese paso si vamos a subvencionar su emancipación. Me entra la risa cuando los treintañeros sobrados exclaman que ellos lo hicieron todo solitos. No se lo creen ni ellos, a no ser que tuviesen la suerte de poder sufragarse una residencia. Y luego están la mudanzas. Bueno, sí, siempre puede ser que seas un niño o niña de papá con un coche amplio para hacer tú sola la mudanza, pero si eso no es así, lo más normal es que la familia ayude en el traslado.

Es algo inevitable: el curso en el que los/as hijos/as tienen que irse a estudiar fuera es un trasiego de idas y venidas. Y, emocionalmente hablando, es importante tener un apoyo, un sitio a donde volver, donde siempre te esperan, tu casa. No entiendo esas familias que, cuando sus hijas e hijos salen por la puerta, desmantelan sus cuartos. No es lo mismo irse para formar una familia que irse a estudiar fuera a los 18 años. El vínculo familiar todavía es fuerte y necesario. He visto muchas chavalas y chavales fracasando en el primer año de universidad por esa falta de apoyo familiar tan importante cuando dejas el hogar y te vas a un sitio extraño en el que no tienes ningún vínculo.

En todo este tinglado, las madres aparecemos como grandes obstáculos para nuestras hijas e hijos y se ponen como ejemplo casos extremos en los que las madres van a hablar con los profesores (y profesoras) de la universidad para sacar las castañas del fuego a sus pobres bebés o se sacan de contexto situaciones en las que las madres ayudan a sus hijos/as a elegir vivienda. Afortunadamente, no necesitamos que nuestras/os hijas/os se conviertan en Marines de guerra. Solo son estudiantes jóvenes que comienzan su andadura. En la mayoría de los casos, la inmensa mayoría, estas ayudas son necesarias y proporcionadas. Dejad de ridiculizar a las madres y de exigir un desapego que, desde ningún punto de vista, se ha demostrado que sea más beneficioso para el desarrollo de las/os jóvenes adultas/os.

Vístete

Lo del tema de la vestimenta de las niñas (y los niños) y el comentario del Juez Calatayud de que las niñas se hacen fotos como putas lleva dando titulares 4 días. Lo desacertado de estas declaraciones es evidente, en alguien que se llama juez y que se supone que está ahí para impartir justicia, no para decirle a las víctimas que son las culpables de lo que les pasa. Por otra parte, seas niña o seas puta, tienes derecho a que no te violen ni te agredan sexualmente, sea cual sea tu pose en una foto o tu ropa elegida.

Dicho esto, hablemos de nuestra ropa y de nuestros cuerpos. Hablemos de las niñas y de su autoestima. Hablemos de las populares, sus ropas y su maquillaje. Hablemos de la comodidad, del tanga que se mete por la raja del culo, de esos tacones que te destrozan los pies y la columna y de las 20 fotos que nos hacemos antes de colgar la buena en Instagram. ¡Qué lacra para toda la vida, ser fea y no poder recibir cientos de likes cuando cuelgo un vídeo en musical.ly! No, señor Calatayud. El problema no es que las niñas posen como putas (que, por cierto, no sé cómo es eso de posar como una puta, igual hubiese sido más acertado “como una cantante”, “como una actriz” o “como una YouTuber). El problema es que su autoestima resida en el efecto que su imagen produce en los demás. Una niña de 10, 11, 12 años posa de acuerdo a los modelos que le ofrece su entorno como exitosos, adecuados y agradables. Y esos modelos, hoy por hoy, son mujeres despampanantes que posan haciendo morritos y con ropas que les quedan fenomenal, no intelectuales listísimas que dedican su tiempo a escribir, a leer y a pensar en vez de a ir al gym y a la peluquería.

El otro día veía una serie de esas de adolescentes, Pequeñas Mentirosas, y me preguntaba cómo conseguían ir esas niñas al instituto tan perfectamente conjuntadas, con ese maquillaje profesional y ese peinado de peluquería espectacular. Las cejas, depiladas y delineadas, el lápiz de labios cuidadosamente escogido para la ocasión y un conjunto para cada momento del día. Si esos son nuestros referentes, la vida real nos debe parecer una verdadera mierda. Y una cosa curiosa: estas series pasarían el test de Bechdel estupendamente.

No, la verdad es que cuando veo a las niñas posando en Instagram, no me preocupa (solo) lo expuestas que puedan estar a desalmados y pederastas. Me preocupa (también) la forma en que se ven a sí mismas, qué es lo que valoran en ellas, cómo interactúan con su entorno, cómo están desarrollando su identidad. Y me preocupan no solo las que posan, sino también las que no posan, ese mundo oculto de niñas que no se atreven a poner su foto en Instagram, que no bailan en público y que se creen “feas”. Esas niñas, todas las niñas, merecen otros modelos para amarse y respetarse. Merecen mujeres de verdad, con sus granos, sus gafas y su inteligencia diciéndole al mundo “porque yo lo valgo“. Y a la mierda el Juez.

YouTubers World

 

Ayer decidí adentrarme en el mundo YouTuber. Mi hijo de 11 años lleva un tiempo enganchado, y me apetecía saber qué se cocía por allí de primera mano. Creo que merece la pena adentrarse en este fenómeno que, de mano de gente de 20, está enganchando a gente de 10. La televisión hace años que solo se enciende en mi casa para ver Netflix, los canales tradicionales han muerto y ahora, para acercarnos al mundo de nuestros pequeños y pequeñas, hemos de navegar con ellos y elegir entre los numerosos y seguidísimos YouTubers.

Lo primero que hay que saber es que, cuando abres una cuenta de YouTube, puedes crear un canal propio en el que subir vídeos. Los YouTubers suelen ser chicos y chicas jóvenes. Lo que suelen hacer son GamePlays, que son vídeos en los que salen ellos mismos jugando a un videojuego, Vlogs, en los que cuelgan vídeos hablando de su vida o de distintos temas, y series animadas o de otro tipo.

Os voy a hablar de los YouTubers favoritos de mi hijo. El number one, el total pro es Folagor03, que hace GamePlays de Pokemon. Este chavalillo es simpático y la verdad es que me cae bastante bien. Mi hijo espera con impaciencia sus vídeos diarios. Aquí os dejo un vídeo de su canal.

Mi hijo era algo reticente a hablarme de los YouTubers que le gustan, porque piensa que tenemos un prejuicio contra ellos y que no entendemos nada. Le molesta que les llamemos tontos, que pensemos que pierden el tiempo y que les pidamos que les cambien por un libro. Lo cierto es que el entretenimiento que les proporcionan los YouTubers es bastante incomprensible para una generación que creció con la tele y los programas cerrados y a todo color. Nuestros hijos pueden interactuar con sus YouTubers favoritos, dejarles comentarios, aprender de sus mejores jugadas y… leer a los haters en los hilos de comentarios.

Entre otros gamers que le gustan están Gona_89, DSphony, RobleisIUTU, Sliver, MarcusPK7 y el famosísimo Willyrex. Pero lo que ahora es lo más de lo más es la serie de Edd00chan, FNAF. Esta serie animada, bastante simplona, está causando furor entre los peques de nuestra causa, que se han hecho Otakus y se han abierto cuentas monográficas en Instagram sobre la serie y sus personajes. A mí me deja bastante loca que prefieran esta serie a las elaboradísimas producciones que pueden encontrar en la televisión o en Netflix, pero creo que el secreto está en que es algo suyo, algo con lo que pueden interactuar y que está lejos del salón de casa. Su identidad digital es cada vez más fuerte, y estos productos simples pero exclusivos tienen mucho tirón.

También le pregunté por las chicas YouTubers. Me dijo que ellas también hacían GamePlays y que algunas le gustaban bastante. Pero que a él no le gustaban los Vlogs y las WeekLists. Y también descubrí los múltiples parentescos entre YouTubers.

Luna Dangelis es una gamer que hace otras muchas cosas, entre las que he podido observar un género que se llama “Video Reacciones” y que consiste en ver algo y mostrar a tus seguidores cómo reaccionas ante ello (qué narcisista, ¿no?). Tiene un novio que se llama Deiak y que a mi hijo no le gusta mucho. He visto un vídeo en el que Deiak mansplainea a Luna jugando a un videojuego pero no os lo voy a poner. Y luego está Sara Ramírez, alias Sara Pecas, hermana de Folagor03, que es casi tan maja como él, y trabaja más el género del Vlog. Aquí os dejo un vídeo con los cuatro juntos:

 

En definitiva, estamos viviendo un cambio revolucionario para el que debemos estar preparados/as. Todo cambia, y despreciar los gustos y aficciones de nuestra prole solo nos llevará a agrandar la brecha generacional. No hace falta que ahora nos hagamos superfans de los YouTubers, pero intentar comprender la cultura en la que se hallan inmersos nuestros hijos nos ayudará a conectar con ellos más y mejor. Os dejo con un Instagramer y YouTuber que me ha presentado mi hijo mayor con el que no me puedo dejar de reír. Se llama Darioemehache y me ha enganchado.

 

Soy la mamá de…

Una de las señales de que tus hijos se están haciendo mayores es cuando dices eso de “soy la mamá de…” e, inmediatamente, sientes que has metido la gamba. Tú hija/o te mira con cara de ¿¡Qué has dicho!? y el amigo o amiga hace como que no te ha oído. 

Una sílaba puede arruinar la relación con tu retoño: ten cuidado. Hace apenas un par de años iban gritando a voz en grito por el parque eso de ¡¡¡Dónde está mi mamá!!!, pero ahora solo somos  mamá en la intimidad. Ahí sí que somos mamá a todas horas. Mamá, qué hora es, mamá, tengo hambre, mamá, necesito, mamá, quiero…

Pero en cuanto surge la remota posibilidad de que un amigo pueda oírles, se vuelven súper independientes y nos convertimos en “su madre”. Les cambia la personalidad, oye. Se convierten en la reencarnación de Fitzwilliam Darcy. Y entonces tienes que empezar a medir tus palabras y, por lo que más quieras en la vida, nunca se te ocurra darles un beso. Es la peor afrenta que le puedes hacer a un preadolescente delante de sus amigos. Sobre todo a los chicos, seguro que por alguna extraña razón sexista.  

Creo que más adelante, esta estúpida etapa pasa y son capaces de tatuarse “Amor de madre” en el bíceps (entonces, las avergonzadas somos nosotras).

Así que saboread vuestros últimos “mamás” infantiles en público. Llegará el fatídico momento de la vergüenza de lucir madre y os querrán ocultar. En ese momento, no abuséis del humor ni le llaméis cariñín delante de sus amigos, que luego ellos se vengarán haciendo creer a la gente que no sabéis usar el WhatsApp.

Los adolescentes también merecen respeto

Hace unas semanas, mi hijo se rompió el brazo derecho. Estaba desolado por no poder tocar la viola y por no poder estudiar física, química y matemáticas. Es un buen estudiante. No se mata a estudiar pero siempre va al día y le gusta aprender. 

La mayoría de sus profesores y profesoras le han tratado con comprensión y le han hecho adaptaciones por su discapacidad temporal. Le han dicho que se examinará cuando le quiten la escayola. Teniendo en cuenta que está en segundo de Bachillerato, es una gran faena, pues se juega la entrada en el Grado que le gusta.

Pero siempre hay excepciones, en este caso el profesor de matemáticas. Cuando mi hijo le contó lo que le había pasado y que si por favor le podía aplazar el examen, le dijo que era un vago y que aprendiese a escribir con la mano izquierda. 

He enseñado a mis hijos a no callarse ante las injusticias. Y él no se calló. Le dijo que era el único de sus estudiantes que había aprobado todos sus exámenes sin tener que ir a recuperación y con buena nota. Ante esa evidencia, el de matemáticas le llamó impertinente (es una impertinencia argumentar cuando te han insultado, debe ser) pero se debió de dar cuenta de su error y le dijo que le pondría el examen más adelante.

Los niños y jóvenes tienen que aguantar ese tipo de faltas de respeto de los adultos, ligadas a los abusos de poder, en diversas situaciones. Recuerdo cuando mandaba a comprar a mis mellizos y acudía a rescatarles cuando comprobaba que tardaban demasiado en volver con la barra de pan. Me los encontraba mirando a la dependienta con desesperación y rodeados de señoras que parecían no verles, hasta que yo daba dos voces. Entonces dejaban de ser invisibles.

Me cuenta mi hijo que en otra ocasión le cerraron la puerta del instituto en las narices, y como no la podía parar con la mano escayolada, la paró con el pie. Entonces llegó el conserje como un energúmeno a echarle la bronca y a decirle que eso no se hacía, que había que pararla con la mano. Le enseñó su escayola y le dijo que la parase con la otra, cosa harto difícil pues suponía hacer una complicada cabriola. No me imagino a nadie dirigiéndose así a una persona adulta con una escayola. Pero ellos, los y las jóvenes adolescentes y los niños y niñas deben soportar nuestros humos y malos modos, nuestros insultos y nuestras faltas de respeto sin inmutarse.

Yo os pediría que cada vez que os vayáis a dirigir a ellas/os, penséis antes si lo que vais a decir se lo diríais a una persona adulta. Seguro que os sorprendéis más de una vez.

Los educarcas, la memoria y la cultura del esfuerzo

No sé qué le ha pasado a mi generación. Cuando hemos conseguido hacernos con el mando, hemos empezado a reproducir la mala educación que nos dieron a nosotros y las mismas tonterías que tuvimos que aguantar. Ahora no nos acordamos de lo que hacíamos de jóvenes, pero nos ponemos muy serios (y serias) diciendo que la juventud de hoy en día no tiene cultura del esfuerzo. No recuerdo yo a mis compañeros y compañeras de instituto y de universidad con mucha cultura del esfuerzo, pero si vosotros lo decís, y con tanto convencimiento, será que lo sentís así. 

¿O será que todos los docentes a los que os ha dado por alabar la memoria y el esfuerzo como motores del aprendizaje erais estudiantes memorísticos compulsivos? Recuerdo que en mi época de estudiante, tenía un compañero que siempre estaba estudiando en la biblioteca. Subrayaba de color rojo los apuntes del orden de 30 veces, hasta que se los sabía de memoria. Luego sacaba un 10. Yo me leía los apuntes 3 veces a lo sumo y sacaba un 7. Con el tiempo que me quedaba, disfrutaba de la vida. Una vez le dije que si hacía falta que estudiase tanto, que si no se venía con nosotros de marcha. Me miró como si estuviese loca, como si le hubiese ofendido muchísimo. Volvió a sacar un 10, y así hasta el final de la licenciatura. Pero era un amargado y no consiguió más cosas de las que conseguí yo profesionalmente hablando más adelante. 

El memorizador compulsivo de la clase era el único que tenía esa cultura del esfuerzo con las que se llenan la boca los educocarcas de hoy en día. Y tenía éxito académico (que no vital) porque la evaluación también era memorística. Cuando le sacabas de los márgenes de los apuntes, el pobre se perdía, no sabía reflexionar sobre conceptos complejos y no quería, de ninguna manera, cuestionar el conocimiento que le venía dado. El problema del memorizador era que, cuando se enfrentaba a problemas reales, no tenía nada que memorizar. En ese momento, cuando tenía que aplicar el conocimiento, miraba a su mesa, hincaba sus codos y buscaba de manera autómata la forma de responder a la vida como si fuese un examen. Y nunca lo conseguía. 

Pocas veces encontré un/una docente que realmente me guiase en la construcción de mi conocimiento. Como mucho, me dijeron lo que tenía que pensar y lo que tenía que leer, pero no impulsaron mi reflexión ni me llevaron a redescubrir el mundo. Sé mucho de la Edad Media porque tuve una profesora de Historia que era entusiasta de esa época y adoro la Literatura porque es algo que me inculcó mi familia desde muy pequeña. Por lo demás, fracasé en matemáticas y en física porque nadie quiso o supo responderme a la pregunta de para qué servían, hasta que lo ha hecho mi hija con una explicaciones ilustradas con ejemplos que  más quisieran muchos de esos que se llenan la boca diciendo que son profesionales. Esto no es educación. En todo caso es un “mostrar” contenidos para su asimilación e incorporación acrítica a nuestro torrente de pensamiento. 

El aprendizaje se produce a partir de la APROPIACIÓN DEL CONOCIMIENTO. Esto quiere decir que si no hacemos nuestro el conocimiento, si no lo vinculamos con lo que ya sabemos y lo percibimos como funcional en nuestro día a día, no se aprende. Se puede memorizar, asimilar, retener, pero eso no es aprender. Hay profes que se desgañitan intentando convencernos de que memorizar es necesario y la base del aprendizaje. Para nada. La memoria siempre está presente. Para aprender no nos quitamos las manos, ni las piernas. Tampoco la memoria. Pero eso no quiere decir que la memoria sea la base del aprendizaje, como no lo son las sensaciones visuales que entran por nuestro nervio óptico. El aprendizaje es algo que se produce en todo el cuerpo y que nos cambia de arriba a abajo. Cambia nuestro comportamiento interno y externo. 

Pero después de todo, hay experanza. Hay una nueva generación que sabe que la forma en que les educaron en el colegio y en el instituto no es la adecuada, y van a transformar la educación. De momento son jóvenes y solo tienen acceso a herramientas como YouTube. Pero lo están haciendo muy bien. Están elaborando herramientas muy útiles para enseñar a los que vienen detrás de ellos de una forma significativa, amena y consciente. Ya, ya sé que no se puede dar una clase a base de vídeos de YouTube, pero lo que están haciendo va más allá de eso. Están adoptando una postura pedagógica elaborada en su intento de enseñar a otro/a, una postura que supera la metáfora del contenido-continente de una vez por todas, y que toma conciencia de que lo que hay que enseñar no es TODO lo que se sabe, sino una base que impulse al otro o la otra a querer seguir aprendiendo más y más. 

La única postura adecuada hoy en día en los entornos educativos es el cambio de metáfora, de prácticas docentes, de teorías epistemologicas y de actitud hacia los más jóvenes. Esperamos que los educarcas, los que pretenden que eduquemos a nuestros hijos como a marines y a nuestras hijas como institutrices, se vayan extinguiendo poco a poco y dejen paso a una nueva generación de educadores más de la segunda república que del franquismo.