Adolescentes en la brecha

Siempre que oigo eso de que las hijas y los hijos aprenden lo que les enseñan en casa, me dan ganas de darme de cabezazos en la pared. “Pobrecita”, diréis, “ha sido un mal ejemplo para ellxs y ahora se arrepiente”. Pues no, en realidad no me arrepiento de nada. Pero sí he llegado a comprender por qué la característica principal de la adolescencia es el desafío a un orden autoritario, el de la familia, y la búsqueda de la propia identidad a través de la ruptura con este orden. 

No, no fuman, no beben. No se drogan (de momento). Estudian, hacen los deberes. Son un primor en cuanto a conducta en general. No tengo nada que echarles en cara, más allá de la dejadez para participar en las tareas del hogar y ese mal humor que no les puedo reprochar, por lo que me toca. Sin embargo, me dan miedo. Me dan miedo porque piensan demasiado. Porque han llegado a profundizar en temas que para mí son totalmente desconocidos. Porque, considerándome yo progresista, tolerante, así como en una línea chupiguay, consiguen hacerme sentir retrógrada y rancia cuando hablamos sobre ciertos temas. Y me da mucha rabia. Y me enfado. 

Me descubro en algunas ocasiones jurando en hebreo, diciendo que lo que plantean es antinatural, que eso son tonterías que se ha inventado una lista o un listo con mucho tiempo libre y poca cabeza. Sé que en otro contexto no lo diría, pero con ellos la desinhibición es total y sale a relucir mi verdadero yo sin filtros. Me da rabia que se fíen más de lo que les dice cualquier tuitero o tuitera que de lo que les digo yo. Me dan ganas de ir a buscar a la tuitera en cuestión y arrancarle los ojos, pero me contengo, respiro, y recuerdo que a mi me pasaba lo mismo con mi madre y mi padre (pero si pillase a esa tía, la despellejaba, os lo juro).

El caso es que, cuando llega el momento en que compruebas que tus esquemas mentales ya no son los que reinan en la casa, la crisis está servida. Lo que más me revienta es esa superioridad adolescente que desprecia todo mi conocimiento acumulado, que me mira con cara de condescendencia y me sonríe. Lo que más me asusta es que he perdido cierta influencia para adoctrinar. Lo que me alivia es que mi opinión sigue siendo importante, porque, lo admitan o no, les afecta profundamente lo que yo diga.  Lo que me encanta es que todavía me dicen que me quieren.

3 respuestas

  1. Mi hijo mayor ya es un preadolescente (o al menos asi le digo yo) y me aterra el momento en el que de el paso hacia la dura adolescencia. Me ha gustado tu post, seguro que lo estas haciendo genial. Se suele decir que los niños podrian venir con un manual de instrucciones… ese manual tendria que ser para niños mayores de 12 años… yo me lo leeria de cabo a rabo.

  2. Todas hemos pasado por eso, así que en realidad solo hay que hacer memoria y aceptar su autonomía. Los pasos previos son muy importantes, sientan las bases para una adolescencia más o menos equilibrada… si eso existe.

  3. “Lo que más me revienta es esa superioridad adolescente que desprecia todo mi conocimiento acumulado, que me mira con cara de condescendencia y me sonríe.”

    Jajajajajaj ¡Eso es lo que se lleva peor!

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