De los profesores que odiaban a sus estudiantes

Hay un espécimen de profesor que habita en las redes sociales (y, desafortunadamente en las aulas de nuestras hijas e hijos) que tiene un perfil muy concreto. Suele ser un señor (aunque él se crea un chaval) que presume de sus títulos universitarios y de un oficio siempre distinto al de docente (dicen ser escritores, científicos o divulgadores.)

Ese especimen es bastante egocéntrico. Suele tener gran aprecio por su persona y, en cuanto te descuidas, te habla del premio que le dieron hace tiempo un grupo de pseudofeministas trasnochadas o de cuando fueron nominados para algún premio docente de esos que han salido ahora como setas para dar un poco de glamour a una profesión claramente devaluada.

Pero ¿qué es lo que llama más la atención de este tipo de docente? Es muy llamativo su odio hacia el alumnado. Su alumnado adolescente, esos chavales y chavalas que están pasando por una etapa de su vida de emociones y cuerpos cambiantes, con las hormonas en ebullición, son objeto de su más exaltado desprecio y, aún diría más, de su odio.

En la página del Ministerio del Interior, podemos ve la definición de un delito de odio:

“(A) Cualquier infracción penal, incluyendo infracciones contra las personas o las propiedades, donde la víctima, el local o el objetivo de la infracción se elija por su, real o percibida, conexión, simpatía, filiación, apoyo o pertenencia a un grupo como los definidos en la parte B;

(B) Un grupo debe estar basado en una característica común de sus miembros,  como su raza real o perceptiva, el origen nacional o étnico, el lenguaje, el color, la religión, el sexo, la  edad, la discapacidad intelectual o física, la orientación sexual u otro factor similar.” (OSCE, 2003)

Por lo tanto, las injurias generalizadas hacia los adolescentes que profieren esos docentes en sus páginas personales de Facebook, en su blog, en sus cuentas de twitter, etc., pueden ser considerados delitos de odio. Delito más grave si cabe cuando es proferido por una figura de autoridad como un docente que trabaja en un centro público. Delito que puede ser denunciado por las familias de sus estudiantes, dado que, muchas veces, llevados por su egocentrismo, esos personajes escriben esas soflamas antiadolescentes y las firman con nombre y apellido.

¿Os imagináis que un día, paseando por las redes sociales, os encontráis al profesor de vuestro hijo o vuestra hija diciendo que son eructos que habéis traído al mundo como eructos? Si os pasa, denunciad.

Es hora de que las familias exijamos respeto hacia nosotras y nuestros hijos e hijas. Pasear por las redes sociales y leer a personas que se suponen profesionales y que se dedican a la docencia insultando a su alumnado, mofándose de ellos y ellas, contando cómo les humillan y las cosas que les contestan, publicando trabajos suyos y hablando de ellos y ellas con desprecio es una verdadera vergüenza. También invito a la inspección educativa a que, de vez en cuando se pasee por las redes y observe lo que allí ocurre y la cantidad de docentes que dejan a la profesión por los suelos.

Historia de un confinamiento educativo

Las primeras semanas de confinamiento me sorprendió que el profesorado de la ESO de mi hijo no organizase clases virtuales. Mi hijo se levantaba todas las mañanas y hacía todas las tareas que algunos de sus profesores le enviaban por correo electrónico. Le veía haciendo fotos a hojas manuscritas de su cuaderno y me extrañaba que, trabajando a distancia y de manera digital, siguiesen sirviéndose de esas herramientas tan pasadas de moda. ¿Por qué no usaban el Google docs, ya que estaban usando Google Classroom?

En fin, misterios insondables. Mientras, mi hijo, que siempre ha sido muy independiente para sus cosas, hacía todas las tareas. Yo le preguntaba que qué tal y él se quejaba de que eran cosas que ya sabía hacer y que no le aportaban absolutamente nada. A veces me pedía ayuda para que le hiciese alguna foto o vídeo para enviar al de Educación Física o a la de Taller de Arte, pero no pasamos de ahí. El profesorado seguía sin hacer acto de presencia virtual y él hacía estoicamente todo lo que le mandaban.

Así fue hasta que salió la Orden EFP/365/2020, de 22 de abril, por la que se establecía el marco y las directrices de actuación para el tercer trimestre del curso 2019-2020 y el inicio del curso 2020-2021, ante la situación de crisis ocasionada por la COVID-19. Todo el mundo buscaba el párrafo en el que dijese que había un aprobado general o que los profesores iban a evaluar las tareas y a avanzar temario. Pasaron por alto los aspectos más importantes de esa orden y se ignoró lo crucial: cuidar el desarrollo y la educación de niños/as y adolescentes.

El mismo día en que salió la orden, mi hijo me preguntó “¿Entonces hay aprobado general?”. Le dije que no exactamente. Me dijo que iba a dejar de hacer las tareas, porque eran un aburrimiento y no aprendía nada. ¿Qué le vas a decir a un niño que ha trabajado siempre puntualmente de manera autónoma? Era la primera vez que mi hijo decía que no quería hacer algo. Las calificaciones de la primera y la segunda evaluación, todo sobresalientes y notables. Le dije, entonces, que sólo hiciese lo que le aportase algo.

Como no quería que el profesorado le empezase a exigir que entregase las tareas, envié un mensaje diciendo que mi hijo no las iba a hacer y por qué: no le aportaban nada. Para haceros una idea de hasta qué punto las tareas eran absurdas, había una de plástica que le instaba a adornar el balcón con motivos de las fiestas locales, banderas de nuestra ciudad y demás, hacerle una foto (imagino que desde la calle) y enviársela. Otra de Educación Física consistía en registrar todos los días las horas de sueño y de comidas y el tipo de alimentos que consumían. Quizás son tareas que pueden estar muy bien para 2º de primaria, pero no para 2º de la ESO, donde ya saben colorear y hacer gráficos de barras desde hace tiempo. No en vano, la normativa autonómica dice: “Los centros educativos y el profesorado utilizarán procedimientos de evaluación diversos que serán consecuentes con el sistema de educación a distancia, adecuados a cada etapa y a cada asignatura, a las capacidades y a las características del alumnado y se centrará en la evaluación continua.”

A partir de entonces, algunos y algunas profesoras comenzaron tímidamente a dar clases on-line, al menos una por semana. Mi hijo se volvió a enganchar a esas asignaturas y a hacer tareas, dejando de lado aquellas otras en las que lo único que hacían era mandar listados de tareas (de las que, por cierto, no daban retroalimentación). La importancia de conectarse en directo, escucharse, verse, volver a ser un grupo, ha sido ignorada por gran parte del profesorado de la pública aun siendo un recurso imprescindible para mantener el vínculo educativo y emocional con el alumnado.

Y llega el 30 de abril y una resolución de la Junta obliga al profesorado a hacer una adenda a las programaciones didácticas, de las que deben informar a las familias. El 15 de mayo recibimos un documento de 28 páginas llenas de tablas (la adenda), farragosa e indescifrable. La comunicación con las familias ha sido muy deficitaria en general, fría, sin mostrar ningún interés (excepto honrosas excepciones) por el estado físico o anímico de mi hijo o de su familia. Llegados a este punto ya nos ha quedado claro que el derecho a la educación ha quedado reducido a su mínima expresión y que la comunidad educativa está rota.

En esas instrucciones del 30 de abril, se señala lo siguiente: “Con el fin de garantizar el derecho a la evaluación objetiva del alumnado, los centros educativos publicarán el calendario de presentación de reclamación de calificaciones y, si fuera el caso, el procedimiento de entrega de boletines y/o informes de evaluación y el procedimiento y período de reclamaciones para conocimiento de toda la comunidad educativa, según lo establecido en las Instrucciones de 22/04/2020 de la Consejería de Educación, Cultura y Deportes de Castilla- La Mancha, sobre el procedimiento de revisión y reclamación de las calificaciones en la Plataforma Papas 2.0, como consecuencia de la declaración del estado de alarma para la gestión de la situación de crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19.”

¿Vosotras habéis recibido el calendario y procedimiento para presentar reclamaciones? Yo no. Ni eso ni el informe de evaluación individualizado que se supone que iba a tener todo estudiante. Lo que sí he recibido son las calificaciones. Tres profesores de mi hijo han tenido la desfachatez de suspenderlo en la tercera evaluación (en la ordinaria le han tenido que poner sobresaliente en 2 y notable en 1). Y digo desfachatez porque, evidentemente, lo que han evaluado es su incapacidad para mantener la tensión educativa y el vínculo. Más que los suspensos, que son solo una rabieta porque el niño no haya hecho sus tareas y, fundamentalmente, porque su madre le haya dejado no hacerlas, lo que me molesta profundamente es la falta de empatía con un adolescente que lo da todo en los estudios. Es increible cómo tres personas adultas no han sido capaces de ponerse en la piel de un adolescente y preguntarse qué pasó el día que dejó de hacerse fotos haciendo el boca a boca a un peluche o de hacer los ejercicios de inglés que su profesora les mandaba fotografiados de un libro de texto.

No tengo la menor duda de que mi hijo se va a reenganchar sin dificultades cuando comience el nuevo curso escolar. Tiene competencias sobradas para hacerlo y, además, capacidad de autoaprendizaje. Y tiene, además, una cosa muy importante: la competencia de decir “basta” cuando le empiezan a mandar hacer demasiadas cosas inútiles y sin sentido. Hemos de seguir intentando sacar lo máximo de este sistema educativo mediocre y obsoleto y, sin duda, depende de él seguir formándose complementando las lagunas inmensas de las que este currículum y este sistema educativo adolecen. Todo esto no aleja de mí el pensamiento de que ha habido miles de niños y niñas que han sido abandonados/as educativamente y que, quizás, no tienen la misma suerte que el mío.

Sois corregidoras y corregidores

Ya han puesto sus notas y sus numeritos. Ya se han quedado a gusto. No se les ha caído la cara de vergüenza. Después de no dar ni una sola clase online, después de no hacer gran cosa por mantener la motivación y el entusiasmo por aprender de su alumnado, después de dedicarse a enviar PDFs y fotos de un libro de texto, después de dar poca o ninguna retroalimentación a los ejercicios que sus estudiantes les enviaban, se han atrevido a calificar (que no evaluar) a su alumnado.

Está más que demostrado: el profesorado que ha hecho acto de presencia en clases on-line, aunque solo hayan sido 2 o 3 en todo el período del estado de alarma, ha obtenido mejores resultados que el que se ha limitado a enviar ejercicios del libro de texto o similares. La docencia on-line no puede limitarse a una escribanía y una corregiduría. Aprender requiere de una mediación educativa de alguien que te dirija en tu aprendizaje. Y dirigir en el aprendizaje no significa, de ningún modo, mandar ejercicios que encima no has diseñado ni tú.

Es muy difícil poner una reclamación diciendo que el profesorado es nefasto e incluso perjudicial pedagógicamente hablando. Podría poner una reclamación diciendo que la profesora de inglés de mi hijo ha contribuido a que esa asignatura, que se le daba bien, que nunca le había dado problemas, se le atraviese en la garganta, pero ¿quién me iba a hacer caso? Solo me queda esperar que al curso que viene tengamos más suerte y le toque un/a docente en condiciones.

Profesores que ni se han molestado en preguntar a mi hijo que qué tal estaba. Profesores que nunca en la vida hubiesen obtenido una respuesta, no obstante, porque no se han ganado la confianza. Profesores que afirman sentenciosamente que sólo están para enseñar, pero que ni eso saben hacer. Profesores y profesoras de Educación Física que fracasan estrepitosamente poniendo una calificación de insuficiente en la tercera evaluación a un niño que tenía sobresaliente en las dos evaluaciones anteriores (que alguien me explique cómo puede suceder esto si, en teoría, ya estaban superados con creces los estándares de las dos primeras evaluaciones y no se avanzó materia)

No, señores y señoras: el fracaso es suyo. Los que no han sabido hacer su trabajo son ustedes. Porque miren, yo, que soy prevenida, pensé que esa forma de trabajar a mi hijo no le iba a enganchar ni un mes. Y antes de verle tirándose de los pelos, le dije que no hiciese lo que creía que no le iba a aportar nada. Y así hizo. La cosa no ha ido nada mal, aún así. Solo me sorprendió que no quisiese seguir haciendo plástica, que es una asignatura que se le da bastante bien. Así que nos apuntamos a un curso de Cartoon de Doméstika y lo hicimos juntos, con maravillosos resultados. Mejores que los que obtuvo su profesora (aunque los trabajos que le envió no estaban nada mal).

Está claro que no hay nada que hacer. Nuestro sistema educativo es nefasto y haría falta un cambio tan drástico que harán falta generaciones para conseguirlo. Pero no debemos de dejar de decirlo, porque nuestros hijos e hijas no se merecen esta porquería. Y señora ministra, señoras y señores Consejeros de Educación, pónganse a trabajar de una vez en el plan de rescate educativo para el curso que viene, porque se está notando demasiado que la educación les importa una mierda.

Educación y conciliación

Hoy, escuchando el debate parlamentario, me ha sorprendido la ausencia de preguntas sobre dos temas que son imprescindibles para recuperar la normalidad: la educación y la conciliación. Pareciera que reactivar el sector del turismo es mucho más acuciante , pero es indudable que las personas que viven del turismo también tienen hijos/as en edad escolar, menores que tienen derecho a la educación y a que se garantice su bienestar.

Si algo ha descubierto esta pandemia es que a niñas, niños y adolescentes no se les presta gran atención como grupo de características peculiares que es. Como metáfora perfecta, hoy he pasado por delante de una terraza abarrotada de adultas y adultos bebiendo alcohol, mientras que el parque infantil de al lado permanecía sellado con cintas de plástico.

No se está cuidando a la infancia. Diría más: se la está ninguneando. No podemos estar a fecha de hoy sin que haya propuestas de financiación para la adaptación del sistema educativo a partir de septiembre. Esto se une a la mentalidad imperante de que las personas dependientes son problema de su familia unicamente, y no de todo el grupo social. Estoy harta de leer comentarios de gente que asevera muy ofendida que la obligación de “los padres” es cuidar a sus hijas/os, aunque tengan que ir a trabajar.

Bueno, seguramente esta gente no tiene criaturas, de modo que cree que los bebés son como un gatito que puedes dejar con agua y comida en casa mientras te vas a trabajar, o bien ha heredado las tierras de su tía Ágata y pueden montar una granja y vivir de los productos de su huerta… yo qué se.

En fin, que la que se avecina no es pequeña. Aunque el profesorado se niega a volver a las aulas, eso es una posibilidad que debe descartarse (al menos en los niveles de infantil y primaria). Y si secundaria quiere relajar la vuelta, desde luego la administración debe ponerse las pilas con la formación del profesorado para la enseñanza online: no se puede seguir con esta parodia sin sentido.