Las niñas y el Whatsapp

Parece ser que lo primero que hacen las niñas cuando se conocen es preguntar “¿Me dejas ver tu WhatsApp?”. Quizás sea una costumbre del entorno rural en el que me hallo, una extraña forma contemporánea de tomar contacto, un rito de admisión en un grupo femenino. Si a mí una futura amiga me pidiese ver mi whatsApp, la mandaría a la mierda directamente. Lo que hizo esta niña fue pedirle, a cambio, que le enseñase el suyo. Y ahí estaban las dos, repasando los mensajes de la tercera y vistiéndola de blanco, poniéndola a caldo, vamos. Que si no sabe escribir, que mira qué tonterías dice, es que es tonta, es que no le cae bien a nadie, etc.

Cuando yo era niña, el dar el teléfono a alguien en un trozo de papel sólo implicaba que esa persona, quizás, se atreviese algún día a marcar tu número y podríais hablar en la distancia. Ahora, con los sistemas de mensajería, las relaciones se han transformado. Dando tu teléfono, la gente tiene acceso también a tu foto y a tu estado (a no ser que lo configures adecuadamente) y pueden mandarte mensajes cuando quieran. Y este cambio en las condiciones comunicativas requiere de análisis y educación en las nuevas circunstancias.

Pues bien, en esto que estaban repasando mutuamente su WhatsApp cuando la una le dice a la otra: “Pues ella te tiene guardada a ti como la rara” La forma en que otra persona nos tiene guardadas en el WhatsApp no se puede saber fácilmente, de modo que esto era un cotilleo, un correveidileismo en toda regla. Pero claro, que alguien a quien acabas de conocer te guarde como la rara toca bastante los ovarios, así que, ni corta ni perezosa, coge el teléfono y manda un audio a la susodicha en un tono de reprimenda bastante duro. Los audios, lo que tienen, es que una vez enviados los puede escuchar cualquiera. Así que la madre de la susodicha lo escucha y graba ella misma un audio de respuesta reprendiendo a la otra niña.

Considero que, como adultas, meterse como parte integrante de esta interacción es, cuanto menos, inconsciente. Quizás empiece a ser importante enseñar a nuestras preadolescentes a gestionar las relaciones de manera más honesta y sensata. ¿Qué cosas podríamos enseñar en esta situación?:

  1. Los mensajes de WhatsApp son personales e intransferibles. No debemos enseñar a terceros las conversaciones mantenidas con una amiga, ya que estamos quebrantando su intimidad. Eso entra en el terreno del cotilleo y el buylling.
  2. No se insulta ni se envían mensajes amenazantes por WhatsApp. Si tienes algún conflicto con una amiga, espera a verla en persona para hablar con ella. Si nunca la ves y tienes conflictos, quizás ha llegado el momento de usar la opción de bloqueo.
  3. Como adulta, nunca te metas directamente en los conflictos entre las niñas. Puedes aconsejar, asesorar, incluso defender a tu hija enseñándola a usar la opción de bloqueo y a gestionar los conflictos en persona, pero enviar a una niña un mensaje en los mismos términos verduleros que lo hizo ella es muy poco maduro.
  4. Nunca mandes por WhatsApp algo que puedas decir en persona. Si estás viendo todos los días a esa niña, ¿qué sentido tiene que la insultes por escrito? Ya sabemos que hacerlo así es mucho más fácil. Por eso, es importante enseñar a postergar el momento y a enfrentarse en un entorno cara a cara, en el que la comunicación será más rica y honesta.

En conclusión, es importante enseñar a nuestras hijas (e hijos) a usar las “nuevas” herramientas de comunicación con sensatez. Esto entra dentro de la educación en valores. Enseñar a comunicar con honestidad y no difamar y criticar a otros/as a sus espaldas para socavar su imagen pública es muy importante y forma parte de esa educación necesaria para terminar con el Buylling.

Las y los jóvenes de hoy en día

Estoy tremendamente harta de la línea de pensamiento que se está instaurando hoy en día sobre esa supuesta sobreprotección que ejercemos las madres sobre nuestros vástagos ya mayores. Es como si, llegados a cierta edad, los y las jóvenes tuviesen que andar por la vida como si no tuviesen familia, un sustento imprescindible para alzar el vuelo tanto en lo económico como en lo emocional. Hay familias que consideran que, llegados a los 18, las personas ya no deben contar con la ayuda de su madre (figura principalmente demonizada como “la sobreprotectora”) para hacer gestiones tales como alquilar pisos o hacer la matrícula. Con ingresarles el dinero en una cuenta y decirles “tira para delante” debe de bastar.

Sin embargo, emanciparse es un proceso en el que toda ayuda es poca. A nadie le parece extraño la extrema implicación de las familias en las formas de emancipación tradicionales: el matrimonio. Las dos familias, la de la novia y el novio, se metían hasta en la sopa, aportando ajuar para la casa, orquestando la ceremonia y el banquete, preparando el futuro hogar de los novios, etc. Sin embargo, ahora se ve con malos ojos que las familias ayuden a sus hijas e hijos a irse de su hogar, en el que han estado viviendo desde su nacimiento.

Emanciparse requiere de un acompañamiento. No hay nada malo en apoyar en el proceso a la persona que se va de casa. Los casos más difíciles son aquellos en los que la persona tiene que dejar su ciudad natal o el sitio en el que ha residido en su infancia y adolescencia para trasladarse a la ciudad en la que va a comenzar sus estudios universitarios. Hay que hacer trámites que no han hecho nunca en su vida, además de que hay que tener en cuenta que el alquiler de pisos no se puede hacer sin un aval adulto con nómina: es imposible no apoyarles en ese paso si vamos a subvencionar su emancipación. Me entra la risa cuando los treintañeros sobrados exclaman que ellos lo hicieron todo solitos. No se lo creen ni ellos, a no ser que tuviesen la suerte de poder sufragarse una residencia. Y luego están la mudanzas. Bueno, sí, siempre puede ser que seas un niño o niña de papá con un coche amplio para hacer tú sola la mudanza, pero si eso no es así, lo más normal es que la familia ayude en el traslado.

Es algo inevitable: el curso en el que los/as hijos/as tienen que irse a estudiar fuera es un trasiego de idas y venidas. Y, emocionalmente hablando, es importante tener un apoyo, un sitio a donde volver, donde siempre te esperan, tu casa. No entiendo esas familias que, cuando sus hijas e hijos salen por la puerta, desmantelan sus cuartos. No es lo mismo irse para formar una familia que irse a estudiar fuera a los 18 años. El vínculo familiar todavía es fuerte y necesario. He visto muchas chavalas y chavales fracasando en el primer año de universidad por esa falta de apoyo familiar tan importante cuando dejas el hogar y te vas a un sitio extraño en el que no tienes ningún vínculo.

En todo este tinglado, las madres aparecemos como grandes obstáculos para nuestras hijas e hijos y se ponen como ejemplo casos extremos en los que las madres van a hablar con los profesores (y profesoras) de la universidad para sacar las castañas del fuego a sus pobres bebés o se sacan de contexto situaciones en las que las madres ayudan a sus hijos/as a elegir vivienda. Afortunadamente, no necesitamos que nuestras/os hijas/os se conviertan en Marines de guerra. Solo son estudiantes jóvenes que comienzan su andadura. En la mayoría de los casos, la inmensa mayoría, estas ayudas son necesarias y proporcionadas. Dejad de ridiculizar a las madres y de exigir un desapego que, desde ningún punto de vista, se ha demostrado que sea más beneficioso para el desarrollo de las/os jóvenes adultas/os.

La carta del niño pobre

Cuando hablamos de violencia obstétrica, la carta del niño muerto se refiere a esos argumentos que usan los profesionales de la obstetricia y otras personas para convencer a la mujer de que se someta a intervenciones durante el parto, bajo la amenaza de que, si no lo hace, el bebé podría morir. También se usa para atacar a las mujeres que deciden parir en casa, acusándolas de poner en peligro la vida de su hijo o hija.

La carta del niño muerto y la del niño pobre forman parte del mismo recurso discursivo, pero la del niño pobre se usa en el entorno educativo. Estas cartas, que no son otra cosa que argumentos para aplastar los planteamientos de una persona que, de alguna manera, quiere cambiar las cosas, sirven para crear falsas dicotomías. La primera se usa para culpabilizarte si eliges prácticas médicas no mainstream (parir en casa, por ejemplo). La segunda, la del niño pobre, anula cualquier crítica hacia el sistema educativo que surja de voces que son tachadas de privilegiadas y de clase media.

En esta tesitura, solo hay una forma sentenciada como legítima de crítica: la que apunta a decir que hay una gran falta de recursos en el sistema educativo y de ahí derivan sus problemas. Las críticas a la mala praxis, a los descuidos en el procedimiento, a la desidia metodológica en las aulas o a los desprecios a las familias, entre otras, son tachadas de caprichos de clase media. Aquí se frena toda posibilidad de proponer mejoras sin vincularlas a un aumento de presupuesto y esto produce frustración. Las familias de clase media progresistas buscan escuelas libres. Las conservadoras, colegios privados y concertados. Y la pública queda para las familias “desfavorecidas”.

Sin embargo, otra de las quejas clamorosas de la clase docente es que sus centros están repletos de niños y niñas con grandes dificultades económicas, cuyas familias no les educan ni se ocupan de sus necesidades adecuadamente y que es difícil trabajar en esos centros ghetto. Lo cierto es que siempre he llevado a mis hijes a la escuela pública y hemos convivido con familias diversas, muy pocas en exclusión social y la inmensa mayoría, familias de clase obrera que educan y cuidan a sus hijos de la mejor forma posible. A lo largo de estos años, he visto familias con titulación superior (no familias adineradas, esas no van a la escuela pública) que han renegado de la pública buscando soluciones alternativas que proporcionasen a sus hijes una educación de más calidad. En el sitio en el que vivo, eso es harto difícil, de modo que hemos continuado en la pública, intentando cambiar, poco a poco y con mucho esfuerzo, pequeñas cosas.

Evidentemente, cuantos más recursos se destinen a la escuela pública, mejor. Pero el que no se destinen no es óbice para que no se escuchen las críticas de las familias mal llamadas “de clase media” (esa etiqueta se nos asigna a las personas con estudios sin pensar mucho en que lo de la posesión de los medios de producción no nos caracteriza precisamente). Si no se quiere que la escuela pública se convierta en un ghetto, en la educación de la beneficiencia, la escuela pública debe cambiar su perspectiva, y eso va a beneficiar a todes. Es increible que haya que decir esto, porque ¿qué diferencias puede haber en el respeto que se prodiga a unas familias y a otras?

Sí, a veces es una cuestión de respeto. Antiguamente, la maestra y el maestro eran figuras de autoridad que “tenían estudios”. Actualmente, los estudios y la cultura, afortunadamente, son más accesibles para la población y esa superioridad ha desaparecido. Sin embargo, la cultura escolar sigue manteniendo esa práctica tan profundamente asumida de que las maestras son las consejeras familiares, pueden decirle a las familias cómo deben educar y pueden imponerles tareas y deberes. Alrededor de este asunto surgen gran cantidad de conflictos y luchas de poder que podrían ser evitados asumiendo la autonomía de las familias y limitando los esfuerzos educativos a las horas lectivas, que son muchas.

Y otras veces es una cuestión de reflexión sobre la propia práctica. La educación no puede ser un “café para todes”. Atender la diversidad en las aulas es difícil, pero no imposible. Tan desatendido está un niño o una niña con facilidad de aprendizaje que se aburre en el aula como uno que tiene dificultades. Al final, todos están mal atendidos, unos porque no tienen adaptaciones y otros porque, como van bien, solo les haremos caso cuando empiecen a dar por saco. Cuando una familia mal llamada de clase media se queja, no podemos sacar la carta del niño pobre, porque lo que le estamos diciendo es que se vaya a otro colegio en el que sus necesidades puedan ser atendidas adecuadamente. Le estamos diciendo que no forma parte de la comunidad y que sus aspiraciones requieren de un presupuesto mayor. ¡Cuantas contradicciones!

En fin, seguiremos con nuestras aspiraciones de privilegiada clase media que, desde mi punto de vista, son muy útiles para mejorar la escuela pública, si no nos echan antes sacando continuamente la carta del niño pobre.