La carta del niño pobre

Cuando hablamos de violencia obstétrica, la carta del niño muerto se refiere a esos argumentos que usan los profesionales de la obstetricia y otras personas para convencer a la mujer de que se someta a intervenciones durante el parto, bajo la amenaza de que, si no lo hace, el bebé podría morir. También se usa para atacar a las mujeres que deciden parir en casa, acusándolas de poner en peligro la vida de su hijo o hija.

La carta del niño muerto y la del niño pobre forman parte del mismo recurso discursivo, pero la del niño pobre se usa en el entorno educativo. Estas cartas, que no son otra cosa que argumentos para aplastar los planteamientos de una persona que, de alguna manera, quiere cambiar las cosas, sirven para crear falsas dicotomías. La primera se usa para culpabilizarte si eliges prácticas médicas no mainstream (parir en casa, por ejemplo). La segunda, la del niño pobre, anula cualquier crítica hacia el sistema educativo que surja de voces que son tachadas de privilegiadas y de clase media.

En esta tesitura, solo hay una forma sentenciada como legítima de crítica: la que apunta a decir que hay una gran falta de recursos en el sistema educativo y de ahí derivan sus problemas. Las críticas a la mala praxis, a los descuidos en el procedimiento, a la desidia metodológica en las aulas o a los desprecios a las familias, entre otras, son tachadas de caprichos de clase media. Aquí se frena toda posibilidad de proponer mejoras sin vincularlas a un aumento de presupuesto y esto produce frustración. Las familias de clase media progresistas buscan escuelas libres. Las conservadoras, colegios privados y concertados. Y la pública queda para las familias “desfavorecidas”.

Sin embargo, otra de las quejas clamorosas de la clase docente es que sus centros están repletos de niños y niñas con grandes dificultades económicas, cuyas familias no les educan ni se ocupan de sus necesidades adecuadamente y que es difícil trabajar en esos centros ghetto. Lo cierto es que siempre he llevado a mis hijes a la escuela pública y hemos convivido con familias diversas, muy pocas en exclusión social y la inmensa mayoría, familias de clase obrera que educan y cuidan a sus hijos de la mejor forma posible. A lo largo de estos años, he visto familias con titulación superior (no familias adineradas, esas no van a la escuela pública) que han renegado de la pública buscando soluciones alternativas que proporcionasen a sus hijes una educación de más calidad. En el sitio en el que vivo, eso es harto difícil, de modo que hemos continuado en la pública, intentando cambiar, poco a poco y con mucho esfuerzo, pequeñas cosas.

Evidentemente, cuantos más recursos se destinen a la escuela pública, mejor. Pero el que no se destinen no es óbice para que no se escuchen las críticas de las familias mal llamadas “de clase media” (esa etiqueta se nos asigna a las personas con estudios sin pensar mucho en que lo de la posesión de los medios de producción no nos caracteriza precisamente). Si no se quiere que la escuela pública se convierta en un ghetto, en la educación de la beneficiencia, la escuela pública debe cambiar su perspectiva, y eso va a beneficiar a todes. Es increible que haya que decir esto, porque ¿qué diferencias puede haber en el respeto que se prodiga a unas familias y a otras?

Sí, a veces es una cuestión de respeto. Antiguamente, la maestra y el maestro eran figuras de autoridad que “tenían estudios”. Actualmente, los estudios y la cultura, afortunadamente, son más accesibles para la población y esa superioridad ha desaparecido. Sin embargo, la cultura escolar sigue manteniendo esa práctica tan profundamente asumida de que las maestras son las consejeras familiares, pueden decirle a las familias cómo deben educar y pueden imponerles tareas y deberes. Alrededor de este asunto surgen gran cantidad de conflictos y luchas de poder que podrían ser evitados asumiendo la autonomía de las familias y limitando los esfuerzos educativos a las horas lectivas, que son muchas.

Y otras veces es una cuestión de reflexión sobre la propia práctica. La educación no puede ser un “café para todes”. Atender la diversidad en las aulas es difícil, pero no imposible. Tan desatendido está un niño o una niña con facilidad de aprendizaje que se aburre en el aula como uno que tiene dificultades. Al final, todos están mal atendidos, unos porque no tienen adaptaciones y otros porque, como van bien, solo les haremos caso cuando empiecen a dar por saco. Cuando una familia mal llamada de clase media se queja, no podemos sacar la carta del niño pobre, porque lo que le estamos diciendo es que se vaya a otro colegio en el que sus necesidades puedan ser atendidas adecuadamente. Le estamos diciendo que no forma parte de la comunidad y que sus aspiraciones requieren de un presupuesto mayor. ¡Cuantas contradicciones!

En fin, seguiremos con nuestras aspiraciones de privilegiada clase media que, desde mi punto de vista, son muy útiles para mejorar la escuela pública, si no nos echan antes sacando continuamente la carta del niño pobre.