#VDLN 153: Ay Marie Kondo. La más fané. L Kan

L Kan

Si te quieres divertir, tienes que escuchar a L Kan. Lo ideal es verles en directo, porque interpretan sus canciones desde su formación teatral y es hipnótico verles cantar sobre situaciones cotidianas. 

Sus canciones hablan de cosas de las que podemos hablar entre amigas cualquier día en nuestro grupo de facebook. Por ejemplo, Marie Kondo. ¿Quién no conoce a estas alturas a la japonesa que vino a transformar nuestras vidas y nos hizo preguntarnos si esa mujer se viste siempre con camisetas de colores lisos y pantalones con raya. Marie Kondo, el orden va mucho más allá de saber doblar la ropa. Tienes que tener gustos sencillos y espacio para almacenarlo todo con pulcra estética. L Kan lo cuenta así: 

Y luego están esos personajes que todo el mundo conoce y L Kan nombra y dibuja en sus canciones. El tontipop de este grupo me fascina, pone en palabras, en música, mis levantamientos de ceja. Les voy a pedir YA que escriban una canción sobre las personas que dicen “yo soy SAP” o “I´m an Artist”. De momento, tienen dos canciones que están muy próximas a ello: La mas fané y Mi cociente es diferente. Aquí os las dejo. Que las disfrutéis, son buenísimas.  

La reunión inicial con la señorita Porvicio

Una reunión inicial sirve para introducir. Una reunión inicial sirve para poner en común. Una reunión inicial sirve para presentarse y conocerse, para intercambiar pareceres. Una reunión inicial es para iniciar una relación, como su propio nombre indica.

Por tanto, en una reunión inicial de un centro educativo, lo que se espera de las docentes y especialistas (femenino genérico) es que expliquen a las familias lo que van a hacer en dicho centro con sus hijas. Les informarán de sus protocolos, normas, procedimientos de enseñanza, filosofía educativa y de todo lo que sea relevante. Las familias quieren saber, necesitan saber, tienen derecho a saber lo que van a hacer sus hijas desde que entran en el centro hasta que salen, cuáles van a ser sus rutinas, incluso hay familias que pueden estar interesadas en los marcos teóricos en los que se apoyan las prácticas educativas que van a usar las educadoras.

Ahora veamos este tuit:

Desde el punto de vista de la señorita Porvicio, es muy normal entrar a una reunión general con las familias a principio de curso y ponerse a decirles lo que tienen que hacer EN SUS CASAS. Independientemente de lo buenísismos que pudieran ser los consejos que da Porvicio, la sensación de esas familias al recibir pautas sobre lo que tienen que hacer en sus casas en vez de recibir información sobre lo que la maestra de audición y lenguaje va a hacer (ella) para mejorar el aprendizaje lingüístico de sus hijos es un poco chocante. ¿Por qué, de repente, entrar en el sistema educativo tiene que significar que llegue una señora que se presenta como AL y te diga cómo organizar tu mañana? Amén de dar por supuesto que tu peque toma biberón o lleva chupete.

Por otra parte, dando por supuesto que hay niños y niñas de 3 años que todavía llevan chupete y toman biberón por las mañanas, si se desea cambiar estas rutinas no se debe hacer dando pautas generales al aire. Se debe hacer estudiando cada caso particular, analizando las circunstancia de cada familia y dando estrategias adaptadas a la situación de cada niña y cada niño. Hacerlo de otra manera es como decirle a alguien que debe dejar de fumar, y que lo vaya haciendo poco a poco: ¿qué clase de pauta es esta? El cambio de rutinas familiares es una cosa muy seria y que puede acarrear muchos problemas, por lo que soltar pautas generales en una reunión inicial es absurdo. Repito: este no es el objetivo de una reunión inicial. Y quizás tampoco sea la misión de una AL de un colegio. Para dar este tipo de orientación están las psicólogas y pediatras, que dan una atención más individualizada y pueden abordar de forma más directa el caso particular en el entorno familiar (lo que viene a ser un “zapatero a tus zapatos”).

En otro orden de cosas, hablemos de la apostilla del tuit, ese “no se si voy a salir viva“. Diciendo esto, la señorita Porvicio demuestra que s abe que, de alguna forma, va a crear incomodidad, y que esta incomodidad va a conducir a cierta resistencia a sus pautas dadas al aire. Lo que me pregunto es que, si teme salir viva, ¿cuál es el objetivo de su acción? Hemos de decir que mientras el objetivo de la Porvicio es, de alguna forma, arrancar a las familias de esos hábitos salvajes que dificultan de por vida el lenguaje de sus hijas (no, no os preocupeis, van a hablar), aunque sea incomodándoles y diciéndoles lo mal que lo hacen, las familias están ahí para que ella les cuente lo bien que lo va a hacer ELLA trabajando con sus hijas. ¿Puede salir algo bueno de esta divergencia de intereses? Lo dudo.

Por último, tranquilizar a las madres/padres/cuidadoras en general que, por alguna razón u otra, tienen niñas y niños de 3 años que todavía toman el biberón o usan chupete: esto no va a producir ningún retraso en el lenguaje de sus hijas. El uso del biberón pudiera estar relacionado quizás con problemas de maloclusión de la mordida que pueden derivar en dificultades de pronunciación (dislalias), pero los estudios son escasos y no es nada que no se pueda corregir con el tiempo.

La mascuniñidad

Ser niño en el instituto es duro. Y si, además, eres un niño al que no le gusta el fútbol, más aún. Y si encima todavía no has dado el estirón y no te gusta llamar la atención, tienes todas las papeletas para que te llamen rarito y te den un empujón. La presión social, en esas circunstancias, te lleva a convertirte en invisible o a tener que soportar las burlas de los niños que entran dentro del prototipo de populares, carismáticos y fortachones.

Sí, se pasa mal siendo niño cuando la identidad que estás cultivando no es la del seguidor madridista bebedor de cerveza, o la del deportista de élite, o la del integrante del grupo que grita al unísono a la señal del líder. Cuando te gusta leer, coleccionar cubos de rubick, hacer trucos de magia, leer manga y hacerte experto en videojuegos, la llegada al instituto es un poco truculenta.

A las nuevas masculinidades les está costando trabajo expandirse en nuestra sociedad. Mantenemos ideas muy inflexibles sobre lo que supone ser un chico y les criamos llamándoles machotes, riéndoles sus bravuconadas y torciendo el gesto cuando muestran su parte sensible. Ver llorar a un hombre todavía nos causa ese no se qué de desesperación, de vergüenza ajena que nos han imprimido los años de esculpir vetas de desafección en nuestras figuras masculinas.

Sí, la vida también es difícil para los niños. Nuestra sociedad patriarcal les impone cargas inmensas de tareas a cumplir en edades muy tempranas. Se la tienen que estar midiendo desde que, por primera vez, se pelean por un juguete en la guardería. Se les impone silencio sobre su tristeza, sobre su bondad, sobre sus sentimientos amorosos y de amistad, sobre su alegría, y estas palabras se ven sustituidas por sucedáneos como valentía, camaradería, honor, fuerza, etc.

No se les permite mostrar debilidad ni defenderse si no están dispuestos a enzarzarse en una pelea física y esto les pone límites en la defensa de su dignidad. Pelear con la palabra, argumentando y razonando, es más propio de niñas que de machotes, y no hay nada peor cuando eres adolescente que pongan en duda tu masculinidad. Entra en el ideario. Imaginad por lo que tienen que pasar, en este entorno, los adolescentes LGBTI.

Dar paso a nuevas masculinidades es una tarea educativa muy importante y que no podemos dejar sin trabajar durante más tiempo. El primer paso es liberarnos nosotras y nosotros mismos, los adultos que educamos, de esas ideas implícitas ligadas al “ser hombre” (y, por tanto, también de las ligadas al “ser mujer”). El segundo paso sería dejar de tratar a niños y niñas, desde su más tierna infancia, como diferentes: dejar de marcarles con pendientes y colores, dejar de asignarles calificativos diferenciales, dejar de asignarles tareas más y menos apropiadas, según nuestra ideología, a su sexo. Y por últimos, dejarles elegir, no forzar su inclusión en espacios asignados forzosamente a un género, como es el caso del fútbol o la danza, y no suprimir su emocionalidad. Es tremendamente difícil, pero muy necesario.

 

Pantalones cortos en el instituto

Algunas recordaréis esa carta de una niña de un instituto de Baleares a la que llamaron “putilla” por llevar pantalones cortos un mes de junio abrasador. Ayer, en la reunión inicial con las familias de 1º de la ESO, el director se dirigió a nosotras diciendo que “hay unas normas de vestimenta, los niños no pueden venir en bañador y chanclas y las niñas no pueden venir en pantalones cortos que enseñan el culete.” Me dio verdadera grima escuchar a un señor adulto referirse así a nuestras hijas de 12 años. Que una niña de 12 años en pantalón corto le pueda parecer algo obsceno a alguien es el problema.

Hoy, acudiremos a comprar pantalones ni demasiado largos para que la niña se muera de calor en este septiembre todavía abrasador, ni demasiado cortos para que la mente calenturienta de determinados señores adultos se quede en paz. Es vergonzoso que, desde tan temprano, las niñas deban sufrir esta sexualización de la que se les culpa a ellas, sin pensar que el que debería ser intervenido es el que se atreve a pensar en el culo de las niñas como algo perverso. Esas mismas personas a las que les parece mal que haya niñas que vayan con chador a clase.

Iremos a por los pantalones no porque creamos que llevar pantalones vaqueros cortos esté mal. Lo haremos para que la niña no tenga que sufrir algún tipo de intervención humillante por parte del director del centro, que parecía muy preocupado por este asunto. No queremos que se vea expuesta a exabruptos machistas directos por parte de personas que están por encima de ella. Queremos ahorrarle ese mal trago. Lo malo es que, haciendo eso, quizás la estemos enseñando a someterse y a acatar la visión sexualizada que tienen ciertos adultos de ella. Es un dilema con el que tenemos que lidiar en esta sociedad en la que vivimos.

El caso es que la voz del pueblo, por lo general, aclama posturas de este tipo (fuera pantalones cortos enseñaculetes de los centros educativos) en aras de la decencia, ese concepto tan franquista que perdió su significado sobre las buenas constumbres para la convivencia para referirse normalmente a los preceptos que debía cumplir una mujer para ser buena. Desde muy pequeñas, se nos imponen unas normas para no provocar la lujuria del varón, mientras a éste se le deja a su libre albedrío. En vez de educar a los niños para que respeten a sus compañeras y las traten como personas y no como objetos, se educa a las niñas para que no enseñen demasiada carne y aprendan a parar los embites de sus pobres compañeritos, a los que les empuja el deseo y la naturaleza.

Qué difícil va a ser darle la vuelta a la tortilla: educar a los niños para que no vean un culete, sino una niña que va vestida de acuerdo al clima de la temporada. Y atrevernos a decir a esos señores que dejen de mirar a nuestras niñas así, que dan miedo.

#VDLN 152: Siempre Juntas. Las Chillers

La que ha sido, sin duda, mi canción del verano, traslada a esos años 80 en los que los garitos mierder de la carretera de Valencia acogían a gran cantidad de jóvenes atraídas/os por el éxtasis de la música . Siempre juntas es el primer single propio de las Chillers, que normalmente hacían versiones de canciones tan famosas como Mujer contra mujer o Como yo te amo.

Es una canción de mujeres, con mujeres como protagonistas. Deja de lado a los postbohemios ochenteros masculinos para dar paso a esas mujeres con botas de tacón alto con quienes la movida no hubiese sido gran cosa. Porque ellas/nosotras, estábamos poniendo el espíritu en cada una de las producciones, apoyando con nuestra energía toda esa verborrea y, cómo no, aportando calidad y profundidad al asunto. Sin nosotras, nada hubiese sido lo mismo. Ni ahora, ni en los 80, ni nunca.

Y como fondo, la carretera de Valencia y esa ruta del bakalao que hizo tantos estragos en los 90 y que se inicia en los 80 con las movidas madrileña y valenciana. Quien no recuerda a Chimo Bayo y ese Hu-Ha, y esas macrodiscotecas en las que se podían empalmar día y noche 4 veces seguidas.

Valencia Destroy, mucho bakalao, mucha droga, mucho desparrame. Siempre juntas.

#VDLN 151: Muse. Sunburn

No hay salida. No hay escapatoria. El arquetipo de la madre no se soluciona ni con conciliación, ni con permisos iguales e intransferibles ni con nada que no sea renunciar a ser madre. Y si haces esto último, tampoco hay salida. Toda nuestra vida depende de lo que hizo la madre. La madre y sus frustraciones. La madre y su negación. La madre como guardiana del bienestar, como dementora, como terrible perpetradora o como dulce ángel confortador. No existe la madre científica, la madre profesional, la madre experta, la madre que necesita tiempo para construir su mundo. El tiempo de la madre nos pertenece.

La madre pasa la vida acompañando y siendo juzgada en este acompañamiento. Y si no la juzgan los otros, ya se juzga ella misma. No, no vuelvas la cabeza: tú no pusiste el mismo cuidado en su crianza, en su educación, apoyando sus procesos, sus traumas, sus dificultades, sus logros, sus triunfos. No te las des de héroe, que solo eres un maniquí necesario.



Las niñas y el Whatsapp

Parece ser que lo primero que hacen las niñas cuando se conocen es preguntar “¿Me dejas ver tu WhatsApp?”. Quizás sea una costumbre del entorno rural en el que me hallo, una extraña forma contemporánea de tomar contacto, un rito de admisión en un grupo femenino. Si a mí una futura amiga me pidiese ver mi whatsApp, la mandaría a la mierda directamente. Lo que hizo esta niña fue pedirle, a cambio, que le enseñase el suyo. Y ahí estaban las dos, repasando los mensajes de la tercera y vistiéndola de blanco, poniéndola a caldo, vamos. Que si no sabe escribir, que mira qué tonterías dice, es que es tonta, es que no le cae bien a nadie, etc.

Cuando yo era niña, el dar el teléfono a alguien en un trozo de papel sólo implicaba que esa persona, quizás, se atreviese algún día a marcar tu número y podríais hablar en la distancia. Ahora, con los sistemas de mensajería, las relaciones se han transformado. Dando tu teléfono, la gente tiene acceso también a tu foto y a tu estado (a no ser que lo configures adecuadamente) y pueden mandarte mensajes cuando quieran. Y este cambio en las condiciones comunicativas requiere de análisis y educación en las nuevas circunstancias.

Pues bien, en esto que estaban repasando mutuamente su WhatsApp cuando la una le dice a la otra: “Pues ella te tiene guardada a ti como la rara” La forma en que otra persona nos tiene guardadas en el WhatsApp no se puede saber fácilmente, de modo que esto era un cotilleo, un correveidileismo en toda regla. Pero claro, que alguien a quien acabas de conocer te guarde como la rara toca bastante los ovarios, así que, ni corta ni perezosa, coge el teléfono y manda un audio a la susodicha en un tono de reprimenda bastante duro. Los audios, lo que tienen, es que una vez enviados los puede escuchar cualquiera. Así que la madre de la susodicha lo escucha y graba ella misma un audio de respuesta reprendiendo a la otra niña.

Considero que, como adultas, meterse como parte integrante de esta interacción es, cuanto menos, inconsciente. Quizás empiece a ser importante enseñar a nuestras preadolescentes a gestionar las relaciones de manera más honesta y sensata. ¿Qué cosas podríamos enseñar en esta situación?:

  1. Los mensajes de WhatsApp son personales e intransferibles. No debemos enseñar a terceros las conversaciones mantenidas con una amiga, ya que estamos quebrantando su intimidad. Eso entra en el terreno del cotilleo y el buylling.
  2. No se insulta ni se envían mensajes amenazantes por WhatsApp. Si tienes algún conflicto con una amiga, espera a verla en persona para hablar con ella. Si nunca la ves y tienes conflictos, quizás ha llegado el momento de usar la opción de bloqueo.
  3. Como adulta, nunca te metas directamente en los conflictos entre las niñas. Puedes aconsejar, asesorar, incluso defender a tu hija enseñándola a usar la opción de bloqueo y a gestionar los conflictos en persona, pero enviar a una niña un mensaje en los mismos términos verduleros que lo hizo ella es muy poco maduro.
  4. Nunca mandes por WhatsApp algo que puedas decir en persona. Si estás viendo todos los días a esa niña, ¿qué sentido tiene que la insultes por escrito? Ya sabemos que hacerlo así es mucho más fácil. Por eso, es importante enseñar a postergar el momento y a enfrentarse en un entorno cara a cara, en el que la comunicación será más rica y honesta.

En conclusión, es importante enseñar a nuestras hijas (e hijos) a usar las “nuevas” herramientas de comunicación con sensatez. Esto entra dentro de la educación en valores. Enseñar a comunicar con honestidad y no difamar y criticar a otros/as a sus espaldas para socavar su imagen pública es muy importante y forma parte de esa educación necesaria para terminar con el Buylling.

Las y los jóvenes de hoy en día

Estoy tremendamente harta de la línea de pensamiento que se está instaurando hoy en día sobre esa supuesta sobreprotección que ejercemos las madres sobre nuestros vástagos ya mayores. Es como si, llegados a cierta edad, los y las jóvenes tuviesen que andar por la vida como si no tuviesen familia, un sustento imprescindible para alzar el vuelo tanto en lo económico como en lo emocional. Hay familias que consideran que, llegados a los 18, las personas ya no deben contar con la ayuda de su madre (figura principalmente demonizada como “la sobreprotectora”) para hacer gestiones tales como alquilar pisos o hacer la matrícula. Con ingresarles el dinero en una cuenta y decirles “tira para delante” debe de bastar.

Sin embargo, emanciparse es un proceso en el que toda ayuda es poca. A nadie le parece extraño la extrema implicación de las familias en las formas de emancipación tradicionales: el matrimonio. Las dos familias, la de la novia y el novio, se metían hasta en la sopa, aportando ajuar para la casa, orquestando la ceremonia y el banquete, preparando el futuro hogar de los novios, etc. Sin embargo, ahora se ve con malos ojos que las familias ayuden a sus hijas e hijos a irse de su hogar, en el que han estado viviendo desde su nacimiento.

Emanciparse requiere de un acompañamiento. No hay nada malo en apoyar en el proceso a la persona que se va de casa. Los casos más difíciles son aquellos en los que la persona tiene que dejar su ciudad natal o el sitio en el que ha residido en su infancia y adolescencia para trasladarse a la ciudad en la que va a comenzar sus estudios universitarios. Hay que hacer trámites que no han hecho nunca en su vida, además de que hay que tener en cuenta que el alquiler de pisos no se puede hacer sin un aval adulto con nómina: es imposible no apoyarles en ese paso si vamos a subvencionar su emancipación. Me entra la risa cuando los treintañeros sobrados exclaman que ellos lo hicieron todo solitos. No se lo creen ni ellos, a no ser que tuviesen la suerte de poder sufragarse una residencia. Y luego están la mudanzas. Bueno, sí, siempre puede ser que seas un niño o niña de papá con un coche amplio para hacer tú sola la mudanza, pero si eso no es así, lo más normal es que la familia ayude en el traslado.

Es algo inevitable: el curso en el que los/as hijos/as tienen que irse a estudiar fuera es un trasiego de idas y venidas. Y, emocionalmente hablando, es importante tener un apoyo, un sitio a donde volver, donde siempre te esperan, tu casa. No entiendo esas familias que, cuando sus hijas e hijos salen por la puerta, desmantelan sus cuartos. No es lo mismo irse para formar una familia que irse a estudiar fuera a los 18 años. El vínculo familiar todavía es fuerte y necesario. He visto muchas chavalas y chavales fracasando en el primer año de universidad por esa falta de apoyo familiar tan importante cuando dejas el hogar y te vas a un sitio extraño en el que no tienes ningún vínculo.

En todo este tinglado, las madres aparecemos como grandes obstáculos para nuestras hijas e hijos y se ponen como ejemplo casos extremos en los que las madres van a hablar con los profesores (y profesoras) de la universidad para sacar las castañas del fuego a sus pobres bebés o se sacan de contexto situaciones en las que las madres ayudan a sus hijos/as a elegir vivienda. Afortunadamente, no necesitamos que nuestras/os hijas/os se conviertan en Marines de guerra. Solo son estudiantes jóvenes que comienzan su andadura. En la mayoría de los casos, la inmensa mayoría, estas ayudas son necesarias y proporcionadas. Dejad de ridiculizar a las madres y de exigir un desapego que, desde ningún punto de vista, se ha demostrado que sea más beneficioso para el desarrollo de las/os jóvenes adultas/os.

La carta del niño pobre

Cuando hablamos de violencia obstétrica, la carta del niño muerto se refiere a esos argumentos que usan los profesionales de la obstetricia y otras personas para convencer a la mujer de que se someta a intervenciones durante el parto, bajo la amenaza de que, si no lo hace, el bebé podría morir. También se usa para atacar a las mujeres que deciden parir en casa, acusándolas de poner en peligro la vida de su hijo o hija.

La carta del niño muerto y la del niño pobre forman parte del mismo recurso discursivo, pero la del niño pobre se usa en el entorno educativo. Estas cartas, que no son otra cosa que argumentos para aplastar los planteamientos de una persona que, de alguna manera, quiere cambiar las cosas, sirven para crear falsas dicotomías. La primera se usa para culpabilizarte si eliges prácticas médicas no mainstream (parir en casa, por ejemplo). La segunda, la del niño pobre, anula cualquier crítica hacia el sistema educativo que surja de voces que son tachadas de privilegiadas y de clase media.

En esta tesitura, solo hay una forma sentenciada como legítima de crítica: la que apunta a decir que hay una gran falta de recursos en el sistema educativo y de ahí derivan sus problemas. Las críticas a la mala praxis, a los descuidos en el procedimiento, a la desidia metodológica en las aulas o a los desprecios a las familias, entre otras, son tachadas de caprichos de clase media. Aquí se frena toda posibilidad de proponer mejoras sin vincularlas a un aumento de presupuesto y esto produce frustración. Las familias de clase media progresistas buscan escuelas libres. Las conservadoras, colegios privados y concertados. Y la pública queda para las familias “desfavorecidas”.

Sin embargo, otra de las quejas clamorosas de la clase docente es que sus centros están repletos de niños y niñas con grandes dificultades económicas, cuyas familias no les educan ni se ocupan de sus necesidades adecuadamente y que es difícil trabajar en esos centros ghetto. Lo cierto es que siempre he llevado a mis hijes a la escuela pública y hemos convivido con familias diversas, muy pocas en exclusión social y la inmensa mayoría, familias de clase obrera que educan y cuidan a sus hijos de la mejor forma posible. A lo largo de estos años, he visto familias con titulación superior (no familias adineradas, esas no van a la escuela pública) que han renegado de la pública buscando soluciones alternativas que proporcionasen a sus hijes una educación de más calidad. En el sitio en el que vivo, eso es harto difícil, de modo que hemos continuado en la pública, intentando cambiar, poco a poco y con mucho esfuerzo, pequeñas cosas.

Evidentemente, cuantos más recursos se destinen a la escuela pública, mejor. Pero el que no se destinen no es óbice para que no se escuchen las críticas de las familias mal llamadas “de clase media” (esa etiqueta se nos asigna a las personas con estudios sin pensar mucho en que lo de la posesión de los medios de producción no nos caracteriza precisamente). Si no se quiere que la escuela pública se convierta en un ghetto, en la educación de la beneficiencia, la escuela pública debe cambiar su perspectiva, y eso va a beneficiar a todes. Es increible que haya que decir esto, porque ¿qué diferencias puede haber en el respeto que se prodiga a unas familias y a otras?

Sí, a veces es una cuestión de respeto. Antiguamente, la maestra y el maestro eran figuras de autoridad que “tenían estudios”. Actualmente, los estudios y la cultura, afortunadamente, son más accesibles para la población y esa superioridad ha desaparecido. Sin embargo, la cultura escolar sigue manteniendo esa práctica tan profundamente asumida de que las maestras son las consejeras familiares, pueden decirle a las familias cómo deben educar y pueden imponerles tareas y deberes. Alrededor de este asunto surgen gran cantidad de conflictos y luchas de poder que podrían ser evitados asumiendo la autonomía de las familias y limitando los esfuerzos educativos a las horas lectivas, que son muchas.

Y otras veces es una cuestión de reflexión sobre la propia práctica. La educación no puede ser un “café para todes”. Atender la diversidad en las aulas es difícil, pero no imposible. Tan desatendido está un niño o una niña con facilidad de aprendizaje que se aburre en el aula como uno que tiene dificultades. Al final, todos están mal atendidos, unos porque no tienen adaptaciones y otros porque, como van bien, solo les haremos caso cuando empiecen a dar por saco. Cuando una familia mal llamada de clase media se queja, no podemos sacar la carta del niño pobre, porque lo que le estamos diciendo es que se vaya a otro colegio en el que sus necesidades puedan ser atendidas adecuadamente. Le estamos diciendo que no forma parte de la comunidad y que sus aspiraciones requieren de un presupuesto mayor. ¡Cuantas contradicciones!

En fin, seguiremos con nuestras aspiraciones de privilegiada clase media que, desde mi punto de vista, son muy útiles para mejorar la escuela pública, si no nos echan antes sacando continuamente la carta del niño pobre.