#VDLN 151: Muse. Sunburn

No hay salida. No hay escapatoria. El arquetipo de la madre no se soluciona ni con conciliación, ni con permisos iguales e intransferibles ni con nada que no sea renunciar a ser madre. Y si haces esto último, tampoco hay salida. Toda nuestra vida depende de lo que hizo la madre. La madre y sus frustraciones. La madre y su negación. La madre como guardiana del bienestar, como dementora, como terrible perpetradora o como dulce ángel confortador. No existe la madre científica, la madre profesional, la madre experta, la madre que necesita tiempo para construir su mundo. El tiempo de la madre nos pertenece.

La madre pasa la vida acompañando y siendo juzgada en este acompañamiento. Y si no la juzgan los otros, ya se juzga ella misma. No, no vuelvas la cabeza: tú no pusiste el mismo cuidado en su crianza, en su educación, apoyando sus procesos, sus traumas, sus dificultades, sus logros, sus triunfos. No te las des de héroe, que solo eres un maniquí necesario.



Las niñas y el Whatsapp

Parece ser que lo primero que hacen las niñas cuando se conocen es preguntar “¿Me dejas ver tu WhatsApp?”. Quizás sea una costumbre del entorno rural en el que me hallo, una extraña forma contemporánea de tomar contacto, un rito de admisión en un grupo femenino. Si a mí una futura amiga me pidiese ver mi whatsApp, la mandaría a la mierda directamente. Lo que hizo esta niña fue pedirle, a cambio, que le enseñase el suyo. Y ahí estaban las dos, repasando los mensajes de la tercera y vistiéndola de blanco, poniéndola a caldo, vamos. Que si no sabe escribir, que mira qué tonterías dice, es que es tonta, es que no le cae bien a nadie, etc.

Cuando yo era niña, el dar el teléfono a alguien en un trozo de papel sólo implicaba que esa persona, quizás, se atreviese algún día a marcar tu número y podríais hablar en la distancia. Ahora, con los sistemas de mensajería, las relaciones se han transformado. Dando tu teléfono, la gente tiene acceso también a tu foto y a tu estado (a no ser que lo configures adecuadamente) y pueden mandarte mensajes cuando quieran. Y este cambio en las condiciones comunicativas requiere de análisis y educación en las nuevas circunstancias.

Pues bien, en esto que estaban repasando mutuamente su WhatsApp cuando la una le dice a la otra: “Pues ella te tiene guardada a ti como la rara” La forma en que otra persona nos tiene guardadas en el WhatsApp no se puede saber fácilmente, de modo que esto era un cotilleo, un correveidileismo en toda regla. Pero claro, que alguien a quien acabas de conocer te guarde como la rara toca bastante los ovarios, así que, ni corta ni perezosa, coge el teléfono y manda un audio a la susodicha en un tono de reprimenda bastante duro. Los audios, lo que tienen, es que una vez enviados los puede escuchar cualquiera. Así que la madre de la susodicha lo escucha y graba ella misma un audio de respuesta reprendiendo a la otra niña.

Considero que, como adultas, meterse como parte integrante de esta interacción es, cuanto menos, inconsciente. Quizás empiece a ser importante enseñar a nuestras preadolescentes a gestionar las relaciones de manera más honesta y sensata. ¿Qué cosas podríamos enseñar en esta situación?:

  1. Los mensajes de WhatsApp son personales e intransferibles. No debemos enseñar a terceros las conversaciones mantenidas con una amiga, ya que estamos quebrantando su intimidad. Eso entra en el terreno del cotilleo y el buylling.
  2. No se insulta ni se envían mensajes amenazantes por WhatsApp. Si tienes algún conflicto con una amiga, espera a verla en persona para hablar con ella. Si nunca la ves y tienes conflictos, quizás ha llegado el momento de usar la opción de bloqueo.
  3. Como adulta, nunca te metas directamente en los conflictos entre las niñas. Puedes aconsejar, asesorar, incluso defender a tu hija enseñándola a usar la opción de bloqueo y a gestionar los conflictos en persona, pero enviar a una niña un mensaje en los mismos términos verduleros que lo hizo ella es muy poco maduro.
  4. Nunca mandes por WhatsApp algo que puedas decir en persona. Si estás viendo todos los días a esa niña, ¿qué sentido tiene que la insultes por escrito? Ya sabemos que hacerlo así es mucho más fácil. Por eso, es importante enseñar a postergar el momento y a enfrentarse en un entorno cara a cara, en el que la comunicación será más rica y honesta.

En conclusión, es importante enseñar a nuestras hijas (e hijos) a usar las “nuevas” herramientas de comunicación con sensatez. Esto entra dentro de la educación en valores. Enseñar a comunicar con honestidad y no difamar y criticar a otros/as a sus espaldas para socavar su imagen pública es muy importante y forma parte de esa educación necesaria para terminar con el Buylling.

Las y los jóvenes de hoy en día

Estoy tremendamente harta de la línea de pensamiento que se está instaurando hoy en día sobre esa supuesta sobreprotección que ejercemos las madres sobre nuestros vástagos ya mayores. Es como si, llegados a cierta edad, los y las jóvenes tuviesen que andar por la vida como si no tuviesen familia, un sustento imprescindible para alzar el vuelo tanto en lo económico como en lo emocional. Hay familias que consideran que, llegados a los 18, las personas ya no deben contar con la ayuda de su madre (figura principalmente demonizada como “la sobreprotectora”) para hacer gestiones tales como alquilar pisos o hacer la matrícula. Con ingresarles el dinero en una cuenta y decirles “tira para delante” debe de bastar.

Sin embargo, emanciparse es un proceso en el que toda ayuda es poca. A nadie le parece extraño la extrema implicación de las familias en las formas de emancipación tradicionales: el matrimonio. Las dos familias, la de la novia y el novio, se metían hasta en la sopa, aportando ajuar para la casa, orquestando la ceremonia y el banquete, preparando el futuro hogar de los novios, etc. Sin embargo, ahora se ve con malos ojos que las familias ayuden a sus hijas e hijos a irse de su hogar, en el que han estado viviendo desde su nacimiento.

Emanciparse requiere de un acompañamiento. No hay nada malo en apoyar en el proceso a la persona que se va de casa. Los casos más difíciles son aquellos en los que la persona tiene que dejar su ciudad natal o el sitio en el que ha residido en su infancia y adolescencia para trasladarse a la ciudad en la que va a comenzar sus estudios universitarios. Hay que hacer trámites que no han hecho nunca en su vida, además de que hay que tener en cuenta que el alquiler de pisos no se puede hacer sin un aval adulto con nómina: es imposible no apoyarles en ese paso si vamos a subvencionar su emancipación. Me entra la risa cuando los treintañeros sobrados exclaman que ellos lo hicieron todo solitos. No se lo creen ni ellos, a no ser que tuviesen la suerte de poder sufragarse una residencia. Y luego están la mudanzas. Bueno, sí, siempre puede ser que seas un niño o niña de papá con un coche amplio para hacer tú sola la mudanza, pero si eso no es así, lo más normal es que la familia ayude en el traslado.

Es algo inevitable: el curso en el que los/as hijos/as tienen que irse a estudiar fuera es un trasiego de idas y venidas. Y, emocionalmente hablando, es importante tener un apoyo, un sitio a donde volver, donde siempre te esperan, tu casa. No entiendo esas familias que, cuando sus hijas e hijos salen por la puerta, desmantelan sus cuartos. No es lo mismo irse para formar una familia que irse a estudiar fuera a los 18 años. El vínculo familiar todavía es fuerte y necesario. He visto muchas chavalas y chavales fracasando en el primer año de universidad por esa falta de apoyo familiar tan importante cuando dejas el hogar y te vas a un sitio extraño en el que no tienes ningún vínculo.

En todo este tinglado, las madres aparecemos como grandes obstáculos para nuestras hijas e hijos y se ponen como ejemplo casos extremos en los que las madres van a hablar con los profesores (y profesoras) de la universidad para sacar las castañas del fuego a sus pobres bebés o se sacan de contexto situaciones en las que las madres ayudan a sus hijos/as a elegir vivienda. Afortunadamente, no necesitamos que nuestras/os hijas/os se conviertan en Marines de guerra. Solo son estudiantes jóvenes que comienzan su andadura. En la mayoría de los casos, la inmensa mayoría, estas ayudas son necesarias y proporcionadas. Dejad de ridiculizar a las madres y de exigir un desapego que, desde ningún punto de vista, se ha demostrado que sea más beneficioso para el desarrollo de las/os jóvenes adultas/os.

La carta del niño pobre

Cuando hablamos de violencia obstétrica, la carta del niño muerto se refiere a esos argumentos que usan los profesionales de la obstetricia y otras personas para convencer a la mujer de que se someta a intervenciones durante el parto, bajo la amenaza de que, si no lo hace, el bebé podría morir. También se usa para atacar a las mujeres que deciden parir en casa, acusándolas de poner en peligro la vida de su hijo o hija.

La carta del niño muerto y la del niño pobre forman parte del mismo recurso discursivo, pero la del niño pobre se usa en el entorno educativo. Estas cartas, que no son otra cosa que argumentos para aplastar los planteamientos de una persona que, de alguna manera, quiere cambiar las cosas, sirven para crear falsas dicotomías. La primera se usa para culpabilizarte si eliges prácticas médicas no mainstream (parir en casa, por ejemplo). La segunda, la del niño pobre, anula cualquier crítica hacia el sistema educativo que surja de voces que son tachadas de privilegiadas y de clase media.

En esta tesitura, solo hay una forma sentenciada como legítima de crítica: la que apunta a decir que hay una gran falta de recursos en el sistema educativo y de ahí derivan sus problemas. Las críticas a la mala praxis, a los descuidos en el procedimiento, a la desidia metodológica en las aulas o a los desprecios a las familias, entre otras, son tachadas de caprichos de clase media. Aquí se frena toda posibilidad de proponer mejoras sin vincularlas a un aumento de presupuesto y esto produce frustración. Las familias de clase media progresistas buscan escuelas libres. Las conservadoras, colegios privados y concertados. Y la pública queda para las familias “desfavorecidas”.

Sin embargo, otra de las quejas clamorosas de la clase docente es que sus centros están repletos de niños y niñas con grandes dificultades económicas, cuyas familias no les educan ni se ocupan de sus necesidades adecuadamente y que es difícil trabajar en esos centros ghetto. Lo cierto es que siempre he llevado a mis hijes a la escuela pública y hemos convivido con familias diversas, muy pocas en exclusión social y la inmensa mayoría, familias de clase obrera que educan y cuidan a sus hijos de la mejor forma posible. A lo largo de estos años, he visto familias con titulación superior (no familias adineradas, esas no van a la escuela pública) que han renegado de la pública buscando soluciones alternativas que proporcionasen a sus hijes una educación de más calidad. En el sitio en el que vivo, eso es harto difícil, de modo que hemos continuado en la pública, intentando cambiar, poco a poco y con mucho esfuerzo, pequeñas cosas.

Evidentemente, cuantos más recursos se destinen a la escuela pública, mejor. Pero el que no se destinen no es óbice para que no se escuchen las críticas de las familias mal llamadas “de clase media” (esa etiqueta se nos asigna a las personas con estudios sin pensar mucho en que lo de la posesión de los medios de producción no nos caracteriza precisamente). Si no se quiere que la escuela pública se convierta en un ghetto, en la educación de la beneficiencia, la escuela pública debe cambiar su perspectiva, y eso va a beneficiar a todes. Es increible que haya que decir esto, porque ¿qué diferencias puede haber en el respeto que se prodiga a unas familias y a otras?

Sí, a veces es una cuestión de respeto. Antiguamente, la maestra y el maestro eran figuras de autoridad que “tenían estudios”. Actualmente, los estudios y la cultura, afortunadamente, son más accesibles para la población y esa superioridad ha desaparecido. Sin embargo, la cultura escolar sigue manteniendo esa práctica tan profundamente asumida de que las maestras son las consejeras familiares, pueden decirle a las familias cómo deben educar y pueden imponerles tareas y deberes. Alrededor de este asunto surgen gran cantidad de conflictos y luchas de poder que podrían ser evitados asumiendo la autonomía de las familias y limitando los esfuerzos educativos a las horas lectivas, que son muchas.

Y otras veces es una cuestión de reflexión sobre la propia práctica. La educación no puede ser un “café para todes”. Atender la diversidad en las aulas es difícil, pero no imposible. Tan desatendido está un niño o una niña con facilidad de aprendizaje que se aburre en el aula como uno que tiene dificultades. Al final, todos están mal atendidos, unos porque no tienen adaptaciones y otros porque, como van bien, solo les haremos caso cuando empiecen a dar por saco. Cuando una familia mal llamada de clase media se queja, no podemos sacar la carta del niño pobre, porque lo que le estamos diciendo es que se vaya a otro colegio en el que sus necesidades puedan ser atendidas adecuadamente. Le estamos diciendo que no forma parte de la comunidad y que sus aspiraciones requieren de un presupuesto mayor. ¡Cuantas contradicciones!

En fin, seguiremos con nuestras aspiraciones de privilegiada clase media que, desde mi punto de vista, son muy útiles para mejorar la escuela pública, si no nos echan antes sacando continuamente la carta del niño pobre.

Los debates vacíos del educarquismo

Los alumnas/os y sus familias tenemos que aguantar por estas fechas gran cantidad de faltas de respeto en las redes de manos de algunos profesores (sí, en masculino) que quieren tener su momento de fama despotricando de lo mucho que sufren evaluando a sus estudiantes en estas fechas. La palma se la lleva ese profesor mediático sobre el que ya escribí en su momento, y que en su libro decía que los virus se curaban con antibióticos. 

Todo empezó cuando este profesor en cuestión publicó un estado en su página de Facebook diciendo que ese día se había acercado, sorprendido, al examen de recuperación de una alumna de 3º de ESO que, según él,  nunca había escrito tanto ni tan bien en un examen, y le preguntó si no podía haber hecho eso antes. La muchacha le respondió que para qué, si se había sacado el curso en dos días. Acababa diciendo que cada uno sacásemos nuestras propias conclusiones. Y eso hicieron varias personas.

En resumen, lo que venían a decir estas personas en estos comentarios no halagadores era lo siguiente: que el sistema, centrado en lo memorístico y en la transmisión de contenido, permitía a una alumna con un nivel de inteligencia medio-alto aprobar un curso en unas pocas semanas. Que el resto del tiempo era percibido como superfluo, falto de interés y de utilidad, y era mucho más eficaz y adaptativo hacer un pequeño esfuerzo al final para sacar la asignatura que estar durante un año invirtiendo un tiempo que podía ser precioso para una adolescente. No sé, creo que el argumento es bastante claro, y no hace falta ser Ausubel, Dewey, Freire o Vygotsky para emitirlo ni para comprenderlo: es evidente que una persona que puede invertir un esfuerzo x para alcanzar una meta, no invertirá x+1 sin obtener ningún beneficio a cambio. Este es el problema que tienen quienes basan su docencia únicamente en el tan ensalzado esfuerzo y en la sacrosanta memoria, sin añadir unas dosis de motivación y unas cuantas actividades significativas en las que se adquieren destrezas que no se pueden alcanzar de ninguna otra forma.

Pues bien, estos argumentos enfadaron mucho al profesor en cuestión, que publicó otro post diciendo que los profesores deberían cobrar un plus por aguantar las gilipolleces (sic) que tenían que leer en las redes sociales (como si sus contratadores le exigiesen tener una página en Facebook, vaya). Y seguía diciendo que anunciaba un cambio radical en la orientación de la página, que  pasaba de tanta Estupidez, con mayúscula, que tenía (de nuevo la obligación) que leer diariamente, de tanta crítica vacía, faltona y que solo denotaba desconocimiento del sistema educativo.Terminaba diciendo: “Ojalá tengan vuestros hijos los profesores que queréis para ellos.”

En fin, señor Poo, gracias por sus buenos deseos. Ojalá sea así. Pero desde luego puedo decir que las críticas que se le hicieron no eran ni faltonas (nadie le dijo que usted decía gilipolleces y estupideces) ni denotaban desconocimiento del sistema educativo, sino todo lo contrario. Le aconsejo que, si quiere cambiar la orientación de su página para dar consejos educativos, aprenda a debatir sobre educación con cierto fundamento.

Otra cosa que debe saber, señor Poo, es que no está bien hablar de los alumnos menores de edad en las redes sociales y publicar escritos de su puño y letra sin su consentimiento. Yo sé que es muy tentador hacer fotos a las producciones escritas de los estudiantes, y más si nos halagan. Seguramente eso subirá el número de likes y de visitas de su página, pero no es ético. No se debe hacer. No sea tan borde con la gente que se lo recuerda una y otra vez.

¿Y si me rompo un brazo?

Imagina que trabajas en una empresa de programación. Tu trabajo depende de tus manos sobre el teclado. Un día, andando por la calle, tropiezas y te rompes un brazo. Llegas a tu empresa y les pides una adaptación temporal del puesto de trabajo, para poder programar sin tener que usar las manos,  te la niegan y te dicen que programes con una sola mano. Además, no tienes ningún tipo de derecho reconocido por tener una incapacidad temporal. A final de mes no cobras porque no has cumplido los objetivos de la empresa. ¿Cómo lo ves?

Algo parecido le pasa a algunos y algunas estudiantes que tienen la mala suerte de romperse un brazo durante el curso de la ESO o Bachillerato. La situación es mucho peor si estamos hablando de asignaturas tales como matemáticas o física y química, en las que el conocimiento procedimental en la realización de ejercicios realizados con bolígrafo y papel es fundamental en el aprendizaje, tal y cómo están planteadas las cosas. Que llegue un/a estudiante diciéndole al/a profesor/a que cómo puede hacer los ejercicios con su mano derecha (izquierda, si es zurdo) y le diga que lo haga con la otra es algo que, aunque parezca mentira, es la respuesta habitual que encuentran las y los estudiantes cuando llegan con su brazo escayolado.

Últimamente se habla mucho de inclusión y de atención a la diversidad. Una primera premisa para que estos dos objetivos se hagan realidad algún día es que las personas que educan, el profesorado, tengan una ideología, unas creencias y una sensibilidad proclives a ejercer esta responsabilidad: la de que cualquier estudiante, independientemente de sus características, circunstancias y necesidades especiales, puedan alcanzar los objetivos educativos. Sin esta sensibilidad, difícilmente se pueden dar más pasos para avanzar, haya muchos o pocos recursos. SENSIBILIDAD. Algo tan fácil de decir y tan difícil de adquirir.

Un profesor o profesora con sensibilidad hacia la inclusión y la atención a la diversidad vería obvio que un estudiante con una incapacidad temporal como la que estamos planteando, la mano con la que escribe inutilizada, requiere apoyos adicionales para superar ciertas asignaturas: exámenes orales, más tiempo para asimilar conocimientos procedimentales, más tiempo en los exámenes si se le exige usar la mano izquierda, etc. Lo que es inconcebible es que se llegue al final de la evaluación con 3 suspensos por no poder haber realizado los exámenes o los ejercicios que llevaba para casa con una mano escayolada y no haber hecho absolutamente NADA para solventar esta situación.

Esta sociedad se debe acostumbrar a que las personas menores de 18 años, al igual que las personas adultas, tienen derechos. Seguro que hay alguien que, leyendo esto, piensa: “y deberes”. Pues sí, deberes tienen. Les institucionalizamos desde los 3 años en un proceso que parece inacabable y en el que, a veces, se sienten vapuleados y maltratados. Si les exigimos deberes debe ser en un marco de extremo respeto a sus derechos: 0 humillaciones, 0 menosprecios, atención a su diversidad y necesidades, y, por supuesto, todos los derechos que están reconocidos para cualquier ciudadano y ciudadana.

No niego que vivimos en una sociedad diversa, en la que existen muchos tipos de familia con circunstancias muy diferentes en las que los niños y niñas pueden ver sus derechos vulnerados. Esa es una cuestión que se atiende desde Servicios Sociales. Pero el sistema educativo debe garantizar para sus alumnos y alumnas un marco seguro de respeto a sus diversidad. Nadie dice que se a fácil, pero si no existe la sensibilidad, será imposible.

 

El pisacharquismo como corriente educativa

La crítica al sistema educativo es un sano ejercicio, imprescindible sin ninguna duda para impulsar el cambio de un sistema que, hasta ahora, ha sido eminentemente transmisivo y bancario, como señalara en su momento Paolo Freire. Sin embargo, desde mi punto de vista, la crítica a nuestro sistema, que es nuestro, público, mantenido con nuestros impuestos y constituido sobre la base del derecho a la educación, no debería caer en un negacionismo absoluto de la necesidad de una educación obligatoria. Quizás haya que aclarar que la obligatoriedad de la educación surge con el ánimo de universalizar la educación, aunque se pueda interpretar (de manera bastante acertada), desde posturas de clase media, como una manera de uniformizar a la población y convertir a las masas en siervos fieles del poder establecido. Estas dos formas de interpretar la obligatoriedad de la educación, lejos de ser incompatibles, son postulados claramente relacionados: la búsqueda de la igualdad tiene a veces su lado oscuro en la imposición de uniformidad.

Nadie me puede acusar de ser permisiva y apoyar las inconsistencias de nuestro sistema (solo hace falta darse una vuelta por el blog). Sin embargo, no acabo de estar de acuerdo con la corriente pisacharquista de la educación en dos aspectos concretos: 1) la forma en que plantean el currículum y su teoría sobre el aprendizaje basada en los preceptos rousseaunianos y 2) esa crítica demoledora al sistema educativo, que lo dibuja como el enemigo del desarrollo personal.

En primer lugar, desde el pisacharquismo, como su propio nombre indica, el culmen del momento educativo son un montón de niños pisando charcos y rebozándose en el barro. No digo yo que esto pueda ser una experiencia maravillosa para algunas personas, pero como espacio de aprendizaje es bastante limitado. Por una parte, se eclipsan los momentos sosegados de trabajo intelectual como espacios placenteros de desarrollo. Por otro, minusvaloran la potencialidad de un buen educador o una buena educadora para orientar los intereses infantiles hacia aspectos de la realidad cultural que les serán de mucha utilidad en la sociedad en la que vivimos. Yo no digo que haya que ignorar los intereses infantiles, pero existen muchas formas de percibir estos intereses desde un punto de vista educativo. Desde el pisacharquismo, los intereses se conciben como algo puro e indiscutible que emana del niño y de la niña en desarrollo. Lo que les gusta es lo que necesitan y viceversa. Todo será bueno, sano, consistente, ameno y formativo si emana de los intereses genuinos de un infante. (Esto me recuerda el vídeo que he visto esta mañana de una niña comiendo a puñados de un bote de Nutella… hay intereses que pueden ser bastante indigestos).

Sin embargo, hay otras formas de incluir los intereses en marcos educativos que orientan hacia aspectos de la cultura que están por descubrir. Un niño o una niña que crece rodeada de charcos pero que no ve nunca un libro, un lienzo o un instrumento musical ¿cómo puede generar intereses genuinos hacia estos materiales? Soy consciente de que estoy llevando la postura al extremo, pero es la única forma de desmontar un planteamiento que se basa en principios teóricos incuestionables. Una de las afirmaciones del bando pisacharquista que siempre intento rebatir es esa supuesta preparación del cerebro para la lectura a partir de los 6 años, afirmación en la que se basan para decir que no se debe enseñar a leer hasta esa edad. ¿Dónde se ha visto una cultura que aleje a los niños y las niñas de uno de sus instrumentos más valiosos, bajo la premisa de que hasta cierta edad no existe una preparación biológica? ¿Se aleja a los niños recién nacidos del lenguaje oral porque todavía no están preparados para hablar? Por supuesto que no. En realidad, lo que no es adecuado, ni a los 3, ni a los 6 ni a los 11, es la forma en que se enseña el código de escritura en las escuelas. Enseñar la lengua escrita es enseñar a usarla en situaciones reales y funcionales, cosa que hacemos desde que el bebé nace, al menos en entornos letrados de clase media.

Aquí enlazamos con el segundo punto: la crítica al sistema educativo desde una perspectiva de clase invisible, dando por supuesto que todas y todos los niños tienen las mismas posibilidades y oportunidades educativas. Reconozcamos que las escuelas pisacharquistas y el homeschooling (que no es lo mismo que no llevar a las criaturas al colegio por desidia o falta de medios culturales o económicos) no están al alcance de todas las familias y son una elección de la familia intelectual y progresista tipo que decide darle a su prole una educación libre,especial, más cuidadosa y respetuosa que la que se ofrece en los colegios de la red pública o concertada. Siendo esta una elección perfectamente legítima, lo que no comparto es que se hable de la misma como algo a lo que todo el mundo puede optar y que, si no se hace, es por una especie de inconsciencia y falta de responsabilidad para con la educación de tus hijas e hijos. Por ejemplo, veamos este meme:

Leyendo este meme, lo primero que pensé fue que los tiempos en los que se dignificaba la educación y la cultura como un medio de liberación de la mente habían acabado. Ahora resulta que el mensaje que se transmite es que ir a la escuela es malo. ¿Cuál es la alternativa que se ofrece? ¿No ir a la escuela? ¿Formarse en la escuela de la calle? ¿Ir a una selecta escuela Waldorf para que nos conviertan en librepensadores que van a liberar al mundo de sus cadenas? ¿O convertirnos en dealers y chirleros libres de las cadenas de los impuestos, la élite y los políticos?

Es interesante pensar cuál es la audiencia a la que va dirigida este meme. ¿A los jóvenes o a sus padres? ¿A los chavales de mi barrio y a sus padres obreros y madres amas de casa? ¿A la joven pareja de intelectuales que ha decidido que ha llegado el momento de tener su primera criatura? ¿A la familia numerosa de funcionarios que viajan en verano a una casa rural del norte? ¿A la familia que vive en una casa de tres habitaciones con tres generaciones conviviendo en el mismo espacio?

Hace tiempo, la amenaza para el sistema era la gente formada. Ahora, la amenaza es la gente que no va a la escuela: esos serán los que pensarán por sí mismos, no se graduarán, no conseguirán un trabajo, no pagarán impuestos y, por tanto, no perpetuarán este sistema corporativo de servidumbre ni sustentarán a la élite y su séquito de políticos. Lo que me pregunto es qué harán en vez de eso.

Mi postura es bastante carca en este asunto: considero que la escuela pública es la mejor opción para luchar contra la servidumbre que nos imponen las élites y su séquito de políticos. Considero que el segregacionismo escolar es el peor enemigo de una sociedad democrática. La escuela pública no se puede convertir en un ghetto al que solo acude el lumpen y los hijos e hijas de algún progre despistado. La escuela pública es un espacio de convivencia que podemos construir entre todas y todos y al que todo el mundo tiene acceso. Es la fuente del cambio social. Pretender alejar a nuestras hijas e hijos de la realidad de su cultura, de su sociedad, sí es convertirles en mentes alienadas que solo ven el mundo a través de unos ojos manipulados.

Quiero ser vulnerable

 

Años renegando de los libros de autoayuda y, de repente, encuentro lo que necesitaba. Es lo que tiene tener hijos mayores: que te abren un mundo a cosas nuevas, a cosas sobre las que la gente de mi edad o de mi entorno ya está de vuelta. Tus hijos e hijas te descubren el mundo visto con ojos nuevos, sin prejuicios ni resistencias. Así es como llegué al concepto de vulnerabilidad, planteado por Brené Brown, una investigadora social. Para acercaros a él de manera directa y sencilla tenéis esta charla.

Sí, hace ya 7 años de esa charla. Nunca me hubiese interesado por ella si no pasase por una época de bloqueo emocional intenso. Miedo, inseguridad, cuestionamiento de todo lo que he sido y todo lo que he hecho hasta ahora. Echo la vista atrás y veo coraje y desvergüenza. Me atrevía con todo, estaba conectada conmigo misma, pero quizás me faltaba conexión con las personas que me rodeaban.

Bueno, quizás no: seguro. La gente me saca de quicio. No tengo paciencia con los procesos de aprendizaje. Es algo que tengo que trabajar, aunque pienso “¿ya para qué?. Total, he estado toda la vida siendo una borde despiadada, ¿quién se va a creer que he dejado de serlo?”.

Ahí estaría mi espacio de vulnerabilidad: ser capaz de conectar con paciencia. Manifestar ternura. Emocionarme más allá del “buah, otra vez la llorona esta, a ver si aprende de una vez.” Mi bloqueo en ese espacio de conexión está elevado a la enésima potencia. Hay tres cosas que me producen gran rechazo: la debilidad, la pereza y la incapacidad de razonamiento lógico y cuando percibo alguna de las tres, ya no escucho, no dejo hablar, no dejo espacio para la confidencia ni para el apoyo.

Pero lo cierto es que, si todo el mundo fuese como yo, irían con una coraza de acero de aquí para allá, sin inmutarse por las múltiples vicisitudes de la vida y todo sería mucho más aburrido. No tengo claro que quitarse la coraza sea la solución, aunque sí sería la liberación de un gran peso. Pero es complicado, después de tanto tiempo acostumbrada a ella. No tengo claro que sepa actuar sin una protección permanente: ahí está el tema clave de la cuestión. Me siento constantemente AMENAZADA por lo de fuera y, para evitar cualquier tipo de agresión, permanezco dentro.

En línea con el tema clave, la amenaza se disipa si acepto mi imperfección. Es duro vivir con el dogma de ser perfecta en todos los sentidos, de no desviarme de una línea de coherencia permanente. Respirar en una imperfección tolerable es lo máximo a lo que aspiro ahora mismo. No puedo exigirme más, de momento. Y aceptando ese espacio pequeño, minúsculo, de vulnerabilidad propia, aceptar también la imperfección de los demás.

La inquisición ¿feminista?

No sé si se ha cruzado en vuestro camino esa nueva orden de personas que, en aras del feminismo maternocentrado, se atreven a opinar sobre nuestras vidas de forma gratuita. Que si nos divorciamos de los padres de nuestros hijos y nuestras hijas, que si nos juntamos con parejas que no son los padres de nuestras criaturas, que si qué malas somos por hacer eso, que exponemos a nuestros vástagos a un peligro y a un trastorno en su desarrollo innecesario, bla bla bla.

Me recuerdan a la iglesia católica arengando por la indisolubilidad del matrimonio. Y si tienes que disolver la unión, si resulta que la convivencia era insoportable e insostenible, ponte un burka hasta los 18 (de las criaturas, tú ya 45 o 50 para esa época, o haberlos tenido joven). Por eso, igual que paso de la iglesia católica, pongo entre paréntesis a las personas que se dedican a decirnos qué es lo que tenemos que hacer con nuestras vidas para que ellas estén felices y nos den el visto bueno.

Las niñas y los niños deben ser bien tratados y cuidados por TODAS  las personas adultas. Sea cual sea el vínculo biológico de esas personas adultas con las criaturas. Y, nos guste o no, el bienestar, la crianza, el cariño, el amor, no solo lo ofrecen las madres (o los padres). De hecho, hay veces que las madres son incapaces de ofrecer amor y, en esos casos, tener otra figura a la que apegarse, en la que reflejarse, que te aporte una mirada amorosa, es esencial. Y ya sé que bla bla bla la teta. Pero de verdad, la teta dura lo que dura. La teta y el porteo son una ínfima parte de la crianza y de la educación posterior. La teta y el porteo no aseguran nada si eres una persona inestable que no eres sostenida para sostener a tus criaturas. Que me parece genial que os creáis superwomans, pero yo, en mi caso particular, necesito sentirme querida y apoyada para poder funcionar con mis criaturas.

¿Que eso es amor romántico? Me la suda, sinceramente. Si ese amor romántico resulta que me sostiene, me ayuda, ama a las criaturas que crecen en mi hogar y las enriquece, me mira por las mañanas y me sonríe, me dice que me quiere y cocinamos juntos, pues estoy encantada de la vida. No pienso esperar a que mis hijos crezcan para tener eso (no lo he hecho, la verdad). Y si sale mal, seguro que somos capaces de que todas las personas implicadas acaben sintiéndose bien, porque somos adultos amorosos, que queremos a las criaturas aunque no tengamos un vínculo biológico con ellas.

En serio, no somos (solo) tetas. Y ellos no son solo penes (o lo intentan). Que el hecho de que ya no funcionemos como pareja no quiere decir que ya no funcionen como padres. Que el hecho de no tener vínculos biológicos no quiere decir que no haya un amor y un cuidado de las criaturas menores con las que convivimos. Y eso ocurre porque el origen del amor no es biológico (únicamente), sino que las personas son honestas, responsables, amorosas y quieren al grupo con el que conviven. Yo paso de todo ese rollo biologicista que nos quieren meter en las cabezas. El grupo humano se debe responsabilizar de sus criaturas, sin que tengamos que exigir a las madres o a las mujeres que se hacen cargo de criaturas que permanezcan sin pareja “por lo que pueda pasar” o “porque no se puede meter a cualquiera en la crianza”.

Así que, de verdad, paso de vosotras. Con vuestra vida podéis hacer lo que queráis, pero dejad de fiscalizar la mía. Si queréis hablar de los peligros que nuestra sociedad entraña para las criaturas (que son ciertos y reales), hacedlo por doquier, pero dejar de imponer juicios morales y de valor sobre la vida de (mayoritariamente) las mujeres.