La carta del niño pobre

Cuando hablamos de violencia obstétrica, la carta del niño muerto se refiere a esos argumentos que usan los profesionales de la obstetricia y otras personas para convencer a la mujer de que se someta a intervenciones durante el parto, bajo la amenaza de que, si no lo hace, el bebé podría morir. También se usa para atacar a las mujeres que deciden parir en casa, acusándolas de poner en peligro la vida de su hijo o hija.

La carta del niño muerto y la del niño pobre forman parte del mismo recurso discursivo, pero la del niño pobre se usa en el entorno educativo. Estas cartas, que no son otra cosa que argumentos para aplastar los planteamientos de una persona que, de alguna manera, quiere cambiar las cosas, sirven para crear falsas dicotomías. La primera se usa para culpabilizarte si eliges prácticas médicas no mainstream (parir en casa, por ejemplo). La segunda, la del niño pobre, anula cualquier crítica hacia el sistema educativo que surja de voces que son tachadas de privilegiadas y de clase media.

En esta tesitura, solo hay una forma sentenciada como legítima de crítica: la que apunta a decir que hay una gran falta de recursos en el sistema educativo y de ahí derivan sus problemas. Las críticas a la mala praxis, a los descuidos en el procedimiento, a la desidia metodológica en las aulas o a los desprecios a las familias, entre otras, son tachadas de caprichos de clase media. Aquí se frena toda posibilidad de proponer mejoras sin vincularlas a un aumento de presupuesto y esto produce frustración. Las familias de clase media progresistas buscan escuelas libres. Las conservadoras, colegios privados y concertados. Y la pública queda para las familias “desfavorecidas”.

Sin embargo, otra de las quejas clamorosas de la clase docente es que sus centros están repletos de niños y niñas con grandes dificultades económicas, cuyas familias no les educan ni se ocupan de sus necesidades adecuadamente y que es difícil trabajar en esos centros ghetto. Lo cierto es que siempre he llevado a mis hijes a la escuela pública y hemos convivido con familias diversas, muy pocas en exclusión social y la inmensa mayoría, familias de clase obrera que educan y cuidan a sus hijos de la mejor forma posible. A lo largo de estos años, he visto familias con titulación superior (no familias adineradas, esas no van a la escuela pública) que han renegado de la pública buscando soluciones alternativas que proporcionasen a sus hijes una educación de más calidad. En el sitio en el que vivo, eso es harto difícil, de modo que hemos continuado en la pública, intentando cambiar, poco a poco y con mucho esfuerzo, pequeñas cosas.

Evidentemente, cuantos más recursos se destinen a la escuela pública, mejor. Pero el que no se destinen no es óbice para que no se escuchen las críticas de las familias mal llamadas “de clase media” (esa etiqueta se nos asigna a las personas con estudios sin pensar mucho en que lo de la posesión de los medios de producción no nos caracteriza precisamente). Si no se quiere que la escuela pública se convierta en un ghetto, en la educación de la beneficiencia, la escuela pública debe cambiar su perspectiva, y eso va a beneficiar a todes. Es increible que haya que decir esto, porque ¿qué diferencias puede haber en el respeto que se prodiga a unas familias y a otras?

Sí, a veces es una cuestión de respeto. Antiguamente, la maestra y el maestro eran figuras de autoridad que “tenían estudios”. Actualmente, los estudios y la cultura, afortunadamente, son más accesibles para la población y esa superioridad ha desaparecido. Sin embargo, la cultura escolar sigue manteniendo esa práctica tan profundamente asumida de que las maestras son las consejeras familiares, pueden decirle a las familias cómo deben educar y pueden imponerles tareas y deberes. Alrededor de este asunto surgen gran cantidad de conflictos y luchas de poder que podrían ser evitados asumiendo la autonomía de las familias y limitando los esfuerzos educativos a las horas lectivas, que son muchas.

Y otras veces es una cuestión de reflexión sobre la propia práctica. La educación no puede ser un “café para todes”. Atender la diversidad en las aulas es difícil, pero no imposible. Tan desatendido está un niño o una niña con facilidad de aprendizaje que se aburre en el aula como uno que tiene dificultades. Al final, todos están mal atendidos, unos porque no tienen adaptaciones y otros porque, como van bien, solo les haremos caso cuando empiecen a dar por saco. Cuando una familia mal llamada de clase media se queja, no podemos sacar la carta del niño pobre, porque lo que le estamos diciendo es que se vaya a otro colegio en el que sus necesidades puedan ser atendidas adecuadamente. Le estamos diciendo que no forma parte de la comunidad y que sus aspiraciones requieren de un presupuesto mayor. ¡Cuantas contradicciones!

En fin, seguiremos con nuestras aspiraciones de privilegiada clase media que, desde mi punto de vista, son muy útiles para mejorar la escuela pública, si no nos echan antes sacando continuamente la carta del niño pobre.

Los debates vacíos del educarquismo

Los alumnas/os y sus familias tenemos que aguantar por estas fechas gran cantidad de faltas de respeto en las redes de manos de algunos profesores (sí, en masculino) que quieren tener su momento de fama despotricando de lo mucho que sufren evaluando a sus estudiantes en estas fechas. La palma se la lleva ese profesor mediático sobre el que ya escribí en su momento, y que en su libro decía que los virus se curaban con antibióticos. 

Todo empezó cuando este profesor en cuestión publicó un estado en su página de Facebook diciendo que ese día se había acercado, sorprendido, al examen de recuperación de una alumna de 3º de ESO que, según él,  nunca había escrito tanto ni tan bien en un examen, y le preguntó si no podía haber hecho eso antes. La muchacha le respondió que para qué, si se había sacado el curso en dos días. Acababa diciendo que cada uno sacásemos nuestras propias conclusiones. Y eso hicieron varias personas.

En resumen, lo que venían a decir estas personas en estos comentarios no halagadores era lo siguiente: que el sistema, centrado en lo memorístico y en la transmisión de contenido, permitía a una alumna con un nivel de inteligencia medio-alto aprobar un curso en unas pocas semanas. Que el resto del tiempo era percibido como superfluo, falto de interés y de utilidad, y era mucho más eficaz y adaptativo hacer un pequeño esfuerzo al final para sacar la asignatura que estar durante un año invirtiendo un tiempo que podía ser precioso para una adolescente. No sé, creo que el argumento es bastante claro, y no hace falta ser Ausubel, Dewey, Freire o Vygotsky para emitirlo ni para comprenderlo: es evidente que una persona que puede invertir un esfuerzo x para alcanzar una meta, no invertirá x+1 sin obtener ningún beneficio a cambio. Este es el problema que tienen quienes basan su docencia únicamente en el tan ensalzado esfuerzo y en la sacrosanta memoria, sin añadir unas dosis de motivación y unas cuantas actividades significativas en las que se adquieren destrezas que no se pueden alcanzar de ninguna otra forma.

Pues bien, estos argumentos enfadaron mucho al profesor en cuestión, que publicó otro post diciendo que los profesores deberían cobrar un plus por aguantar las gilipolleces (sic) que tenían que leer en las redes sociales (como si sus contratadores le exigiesen tener una página en Facebook, vaya). Y seguía diciendo que anunciaba un cambio radical en la orientación de la página, que  pasaba de tanta Estupidez, con mayúscula, que tenía (de nuevo la obligación) que leer diariamente, de tanta crítica vacía, faltona y que solo denotaba desconocimiento del sistema educativo.Terminaba diciendo: “Ojalá tengan vuestros hijos los profesores que queréis para ellos.”

En fin, señor Poo, gracias por sus buenos deseos. Ojalá sea así. Pero desde luego puedo decir que las críticas que se le hicieron no eran ni faltonas (nadie le dijo que usted decía gilipolleces y estupideces) ni denotaban desconocimiento del sistema educativo, sino todo lo contrario. Le aconsejo que, si quiere cambiar la orientación de su página para dar consejos educativos, aprenda a debatir sobre educación con cierto fundamento.

Otra cosa que debe saber, señor Poo, es que no está bien hablar de los alumnos menores de edad en las redes sociales y publicar escritos de su puño y letra sin su consentimiento. Yo sé que es muy tentador hacer fotos a las producciones escritas de los estudiantes, y más si nos halagan. Seguramente eso subirá el número de likes y de visitas de su página, pero no es ético. No se debe hacer. No sea tan borde con la gente que se lo recuerda una y otra vez.

¿Y si me rompo un brazo?

Imagina que trabajas en una empresa de programación. Tu trabajo depende de tus manos sobre el teclado. Un día, andando por la calle, tropiezas y te rompes un brazo. Llegas a tu empresa y les pides una adaptación temporal del puesto de trabajo, para poder programar sin tener que usar las manos,  te la niegan y te dicen que programes con una sola mano. Además, no tienes ningún tipo de derecho reconocido por tener una incapacidad temporal. A final de mes no cobras porque no has cumplido los objetivos de la empresa. ¿Cómo lo ves?

Algo parecido le pasa a algunos y algunas estudiantes que tienen la mala suerte de romperse un brazo durante el curso de la ESO o Bachillerato. La situación es mucho peor si estamos hablando de asignaturas tales como matemáticas o física y química, en las que el conocimiento procedimental en la realización de ejercicios realizados con bolígrafo y papel es fundamental en el aprendizaje, tal y cómo están planteadas las cosas. Que llegue un/a estudiante diciéndole al/a profesor/a que cómo puede hacer los ejercicios con su mano derecha (izquierda, si es zurdo) y le diga que lo haga con la otra es algo que, aunque parezca mentira, es la respuesta habitual que encuentran las y los estudiantes cuando llegan con su brazo escayolado.

Últimamente se habla mucho de inclusión y de atención a la diversidad. Una primera premisa para que estos dos objetivos se hagan realidad algún día es que las personas que educan, el profesorado, tengan una ideología, unas creencias y una sensibilidad proclives a ejercer esta responsabilidad: la de que cualquier estudiante, independientemente de sus características, circunstancias y necesidades especiales, puedan alcanzar los objetivos educativos. Sin esta sensibilidad, difícilmente se pueden dar más pasos para avanzar, haya muchos o pocos recursos. SENSIBILIDAD. Algo tan fácil de decir y tan difícil de adquirir.

Un profesor o profesora con sensibilidad hacia la inclusión y la atención a la diversidad vería obvio que un estudiante con una incapacidad temporal como la que estamos planteando, la mano con la que escribe inutilizada, requiere apoyos adicionales para superar ciertas asignaturas: exámenes orales, más tiempo para asimilar conocimientos procedimentales, más tiempo en los exámenes si se le exige usar la mano izquierda, etc. Lo que es inconcebible es que se llegue al final de la evaluación con 3 suspensos por no poder haber realizado los exámenes o los ejercicios que llevaba para casa con una mano escayolada y no haber hecho absolutamente NADA para solventar esta situación.

Esta sociedad se debe acostumbrar a que las personas menores de 18 años, al igual que las personas adultas, tienen derechos. Seguro que hay alguien que, leyendo esto, piensa: “y deberes”. Pues sí, deberes tienen. Les institucionalizamos desde los 3 años en un proceso que parece inacabable y en el que, a veces, se sienten vapuleados y maltratados. Si les exigimos deberes debe ser en un marco de extremo respeto a sus derechos: 0 humillaciones, 0 menosprecios, atención a su diversidad y necesidades, y, por supuesto, todos los derechos que están reconocidos para cualquier ciudadano y ciudadana.

No niego que vivimos en una sociedad diversa, en la que existen muchos tipos de familia con circunstancias muy diferentes en las que los niños y niñas pueden ver sus derechos vulnerados. Esa es una cuestión que se atiende desde Servicios Sociales. Pero el sistema educativo debe garantizar para sus alumnos y alumnas un marco seguro de respeto a sus diversidad. Nadie dice que se a fácil, pero si no existe la sensibilidad, será imposible.

 

El pisacharquismo como corriente educativa

La crítica al sistema educativo es un sano ejercicio, imprescindible sin ninguna duda para impulsar el cambio de un sistema que, hasta ahora, ha sido eminentemente transmisivo y bancario, como señalara en su momento Paolo Freire. Sin embargo, desde mi punto de vista, la crítica a nuestro sistema, que es nuestro, público, mantenido con nuestros impuestos y constituido sobre la base del derecho a la educación, no debería caer en un negacionismo absoluto de la necesidad de una educación obligatoria. Quizás haya que aclarar que la obligatoriedad de la educación surge con el ánimo de universalizar la educación, aunque se pueda interpretar (de manera bastante acertada), desde posturas de clase media, como una manera de uniformizar a la población y convertir a las masas en siervos fieles del poder establecido. Estas dos formas de interpretar la obligatoriedad de la educación, lejos de ser incompatibles, son postulados claramente relacionados: la búsqueda de la igualdad tiene a veces su lado oscuro en la imposición de uniformidad.

Nadie me puede acusar de ser permisiva y apoyar las inconsistencias de nuestro sistema (solo hace falta darse una vuelta por el blog). Sin embargo, no acabo de estar de acuerdo con la corriente pisacharquista de la educación en dos aspectos concretos: 1) la forma en que plantean el currículum y su teoría sobre el aprendizaje basada en los preceptos rousseaunianos y 2) esa crítica demoledora al sistema educativo, que lo dibuja como el enemigo del desarrollo personal.

En primer lugar, desde el pisacharquismo, como su propio nombre indica, el culmen del momento educativo son un montón de niños pisando charcos y rebozándose en el barro. No digo yo que esto pueda ser una experiencia maravillosa para algunas personas, pero como espacio de aprendizaje es bastante limitado. Por una parte, se eclipsan los momentos sosegados de trabajo intelectual como espacios placenteros de desarrollo. Por otro, minusvaloran la potencialidad de un buen educador o una buena educadora para orientar los intereses infantiles hacia aspectos de la realidad cultural que les serán de mucha utilidad en la sociedad en la que vivimos. Yo no digo que haya que ignorar los intereses infantiles, pero existen muchas formas de percibir estos intereses desde un punto de vista educativo. Desde el pisacharquismo, los intereses se conciben como algo puro e indiscutible que emana del niño y de la niña en desarrollo. Lo que les gusta es lo que necesitan y viceversa. Todo será bueno, sano, consistente, ameno y formativo si emana de los intereses genuinos de un infante. (Esto me recuerda el vídeo que he visto esta mañana de una niña comiendo a puñados de un bote de Nutella… hay intereses que pueden ser bastante indigestos).

Sin embargo, hay otras formas de incluir los intereses en marcos educativos que orientan hacia aspectos de la cultura que están por descubrir. Un niño o una niña que crece rodeada de charcos pero que no ve nunca un libro, un lienzo o un instrumento musical ¿cómo puede generar intereses genuinos hacia estos materiales? Soy consciente de que estoy llevando la postura al extremo, pero es la única forma de desmontar un planteamiento que se basa en principios teóricos incuestionables. Una de las afirmaciones del bando pisacharquista que siempre intento rebatir es esa supuesta preparación del cerebro para la lectura a partir de los 6 años, afirmación en la que se basan para decir que no se debe enseñar a leer hasta esa edad. ¿Dónde se ha visto una cultura que aleje a los niños y las niñas de uno de sus instrumentos más valiosos, bajo la premisa de que hasta cierta edad no existe una preparación biológica? ¿Se aleja a los niños recién nacidos del lenguaje oral porque todavía no están preparados para hablar? Por supuesto que no. En realidad, lo que no es adecuado, ni a los 3, ni a los 6 ni a los 11, es la forma en que se enseña el código de escritura en las escuelas. Enseñar la lengua escrita es enseñar a usarla en situaciones reales y funcionales, cosa que hacemos desde que el bebé nace, al menos en entornos letrados de clase media.

Aquí enlazamos con el segundo punto: la crítica al sistema educativo desde una perspectiva de clase invisible, dando por supuesto que todas y todos los niños tienen las mismas posibilidades y oportunidades educativas. Reconozcamos que las escuelas pisacharquistas y el homeschooling (que no es lo mismo que no llevar a las criaturas al colegio por desidia o falta de medios culturales o económicos) no están al alcance de todas las familias y son una elección de la familia intelectual y progresista tipo que decide darle a su prole una educación libre,especial, más cuidadosa y respetuosa que la que se ofrece en los colegios de la red pública o concertada. Siendo esta una elección perfectamente legítima, lo que no comparto es que se hable de la misma como algo a lo que todo el mundo puede optar y que, si no se hace, es por una especie de inconsciencia y falta de responsabilidad para con la educación de tus hijas e hijos. Por ejemplo, veamos este meme:

Leyendo este meme, lo primero que pensé fue que los tiempos en los que se dignificaba la educación y la cultura como un medio de liberación de la mente habían acabado. Ahora resulta que el mensaje que se transmite es que ir a la escuela es malo. ¿Cuál es la alternativa que se ofrece? ¿No ir a la escuela? ¿Formarse en la escuela de la calle? ¿Ir a una selecta escuela Waldorf para que nos conviertan en librepensadores que van a liberar al mundo de sus cadenas? ¿O convertirnos en dealers y chirleros libres de las cadenas de los impuestos, la élite y los políticos?

Es interesante pensar cuál es la audiencia a la que va dirigida este meme. ¿A los jóvenes o a sus padres? ¿A los chavales de mi barrio y a sus padres obreros y madres amas de casa? ¿A la joven pareja de intelectuales que ha decidido que ha llegado el momento de tener su primera criatura? ¿A la familia numerosa de funcionarios que viajan en verano a una casa rural del norte? ¿A la familia que vive en una casa de tres habitaciones con tres generaciones conviviendo en el mismo espacio?

Hace tiempo, la amenaza para el sistema era la gente formada. Ahora, la amenaza es la gente que no va a la escuela: esos serán los que pensarán por sí mismos, no se graduarán, no conseguirán un trabajo, no pagarán impuestos y, por tanto, no perpetuarán este sistema corporativo de servidumbre ni sustentarán a la élite y su séquito de políticos. Lo que me pregunto es qué harán en vez de eso.

Mi postura es bastante carca en este asunto: considero que la escuela pública es la mejor opción para luchar contra la servidumbre que nos imponen las élites y su séquito de políticos. Considero que el segregacionismo escolar es el peor enemigo de una sociedad democrática. La escuela pública no se puede convertir en un ghetto al que solo acude el lumpen y los hijos e hijas de algún progre despistado. La escuela pública es un espacio de convivencia que podemos construir entre todas y todos y al que todo el mundo tiene acceso. Es la fuente del cambio social. Pretender alejar a nuestras hijas e hijos de la realidad de su cultura, de su sociedad, sí es convertirles en mentes alienadas que solo ven el mundo a través de unos ojos manipulados.

Quiero ser vulnerable

 

Años renegando de los libros de autoayuda y, de repente, encuentro lo que necesitaba. Es lo que tiene tener hijos mayores: que te abren un mundo a cosas nuevas, a cosas sobre las que la gente de mi edad o de mi entorno ya está de vuelta. Tus hijos e hijas te descubren el mundo visto con ojos nuevos, sin prejuicios ni resistencias. Así es como llegué al concepto de vulnerabilidad, planteado por Brené Brown, una investigadora social. Para acercaros a él de manera directa y sencilla tenéis esta charla.

Sí, hace ya 7 años de esa charla. Nunca me hubiese interesado por ella si no pasase por una época de bloqueo emocional intenso. Miedo, inseguridad, cuestionamiento de todo lo que he sido y todo lo que he hecho hasta ahora. Echo la vista atrás y veo coraje y desvergüenza. Me atrevía con todo, estaba conectada conmigo misma, pero quizás me faltaba conexión con las personas que me rodeaban.

Bueno, quizás no: seguro. La gente me saca de quicio. No tengo paciencia con los procesos de aprendizaje. Es algo que tengo que trabajar, aunque pienso “¿ya para qué?. Total, he estado toda la vida siendo una borde despiadada, ¿quién se va a creer que he dejado de serlo?”.

Ahí estaría mi espacio de vulnerabilidad: ser capaz de conectar con paciencia. Manifestar ternura. Emocionarme más allá del “buah, otra vez la llorona esta, a ver si aprende de una vez.” Mi bloqueo en ese espacio de conexión está elevado a la enésima potencia. Hay tres cosas que me producen gran rechazo: la debilidad, la pereza y la incapacidad de razonamiento lógico y cuando percibo alguna de las tres, ya no escucho, no dejo hablar, no dejo espacio para la confidencia ni para el apoyo.

Pero lo cierto es que, si todo el mundo fuese como yo, irían con una coraza de acero de aquí para allá, sin inmutarse por las múltiples vicisitudes de la vida y todo sería mucho más aburrido. No tengo claro que quitarse la coraza sea la solución, aunque sí sería la liberación de un gran peso. Pero es complicado, después de tanto tiempo acostumbrada a ella. No tengo claro que sepa actuar sin una protección permanente: ahí está el tema clave de la cuestión. Me siento constantemente AMENAZADA por lo de fuera y, para evitar cualquier tipo de agresión, permanezco dentro.

En línea con el tema clave, la amenaza se disipa si acepto mi imperfección. Es duro vivir con el dogma de ser perfecta en todos los sentidos, de no desviarme de una línea de coherencia permanente. Respirar en una imperfección tolerable es lo máximo a lo que aspiro ahora mismo. No puedo exigirme más, de momento. Y aceptando ese espacio pequeño, minúsculo, de vulnerabilidad propia, aceptar también la imperfección de los demás.

La inquisición ¿feminista?

No sé si se ha cruzado en vuestro camino esa nueva orden de personas que, en aras del feminismo maternocentrado, se atreven a opinar sobre nuestras vidas de forma gratuita. Que si nos divorciamos de los padres de nuestros hijos y nuestras hijas, que si nos juntamos con parejas que no son los padres de nuestras criaturas, que si qué malas somos por hacer eso, que exponemos a nuestros vástagos a un peligro y a un trastorno en su desarrollo innecesario, bla bla bla.

Me recuerdan a la iglesia católica arengando por la indisolubilidad del matrimonio. Y si tienes que disolver la unión, si resulta que la convivencia era insoportable e insostenible, ponte un burka hasta los 18 (de las criaturas, tú ya 45 o 50 para esa época, o haberlos tenido joven). Por eso, igual que paso de la iglesia católica, pongo entre paréntesis a las personas que se dedican a decirnos qué es lo que tenemos que hacer con nuestras vidas para que ellas estén felices y nos den el visto bueno.

Las niñas y los niños deben ser bien tratados y cuidados por TODAS  las personas adultas. Sea cual sea el vínculo biológico de esas personas adultas con las criaturas. Y, nos guste o no, el bienestar, la crianza, el cariño, el amor, no solo lo ofrecen las madres (o los padres). De hecho, hay veces que las madres son incapaces de ofrecer amor y, en esos casos, tener otra figura a la que apegarse, en la que reflejarse, que te aporte una mirada amorosa, es esencial. Y ya sé que bla bla bla la teta. Pero de verdad, la teta dura lo que dura. La teta y el porteo son una ínfima parte de la crianza y de la educación posterior. La teta y el porteo no aseguran nada si eres una persona inestable que no eres sostenida para sostener a tus criaturas. Que me parece genial que os creáis superwomans, pero yo, en mi caso particular, necesito sentirme querida y apoyada para poder funcionar con mis criaturas.

¿Que eso es amor romántico? Me la suda, sinceramente. Si ese amor romántico resulta que me sostiene, me ayuda, ama a las criaturas que crecen en mi hogar y las enriquece, me mira por las mañanas y me sonríe, me dice que me quiere y cocinamos juntos, pues estoy encantada de la vida. No pienso esperar a que mis hijos crezcan para tener eso (no lo he hecho, la verdad). Y si sale mal, seguro que somos capaces de que todas las personas implicadas acaben sintiéndose bien, porque somos adultos amorosos, que queremos a las criaturas aunque no tengamos un vínculo biológico con ellas.

En serio, no somos (solo) tetas. Y ellos no son solo penes (o lo intentan). Que el hecho de que ya no funcionemos como pareja no quiere decir que ya no funcionen como padres. Que el hecho de no tener vínculos biológicos no quiere decir que no haya un amor y un cuidado de las criaturas menores con las que convivimos. Y eso ocurre porque el origen del amor no es biológico (únicamente), sino que las personas son honestas, responsables, amorosas y quieren al grupo con el que conviven. Yo paso de todo ese rollo biologicista que nos quieren meter en las cabezas. El grupo humano se debe responsabilizar de sus criaturas, sin que tengamos que exigir a las madres o a las mujeres que se hacen cargo de criaturas que permanezcan sin pareja “por lo que pueda pasar” o “porque no se puede meter a cualquiera en la crianza”.

Así que, de verdad, paso de vosotras. Con vuestra vida podéis hacer lo que queráis, pero dejad de fiscalizar la mía. Si queréis hablar de los peligros que nuestra sociedad entraña para las criaturas (que son ciertos y reales), hacedlo por doquier, pero dejar de imponer juicios morales y de valor sobre la vida de (mayoritariamente) las mujeres.

La pedagogía de la práctica y la memoria: origen de la estulticia


Vivimos en una época de convulsión pedagógica. Por un lado, los detractores de la innovación y defensores de la memoria y la práctica. Por otra, las grandes empresas, que quieren hacer pasar por innovación la aplicación de avances tecnológicos a las mismas prácticas pedagógicas bancarias y de transmisión del conocimiento de toda la vida. Y en tercer lugar, la gente que sigue defendiendo la necesidad de potenciar los procesos de construcción de conocimiento y el papel activo de las personas que aprenden en estos procesos.

El problema de esta tercera postura es claro: las personas a las que se les plantea que el conocimiento no es algo acabado, que se construye, que se puede criticar, cuestionar y cambiar, aprenden a pensar. Aprenden a desarrollar un punto de vista propio y a indagar por su cuenta. Aprenden a no tragarse “los contenidos” que le ofrecen otros, diseñados, acabados, escritos, zanjados con la autoridad del maestro y a platearse otros caminos interpretativos. Sí, incluso en las ciencias duras y en las matemáticas es necesario aprender a construir y a cuestionar el conocimiento si quieres ir más allá de lo establecido.

¿Pero qué vivimos desde nuestra más tierna infancia? Docentes que nos dicen que tenemos que repetir lo que dicen los libros sin salirnos del guión. Docentes que nos llaman impertinentes si osamos cuestionar lo que plantean esos libros. Docentes que creen que nuestra única misión es repetir hasta la saciedad los procedimientos que ellos nos han transmitido. En ese proceso, perdemos nuestro yo. Perdemos nuestra identidad pensante, la anulamos y nos convertimos en repetidores de dogmas. Solo aquellos que tenemos la suerte de crecer en un entorno intelectualmente rico seremos capaces de generar nuestro propios planteamientos y puntos de vista, lejos de los de la masa chillona y bien pensante de este maravilloso país.

Esa masa chillona y bienpensante está en todos sitios. Es el resultado de un sistema educativo que no educa, solo enseña. Es un fracaso que se cuela por todas las rendijas de la sociedad y mantiene la ignorancia y la indiferencia ante las injusticias, los argumentos cuñados que sacan a flote todas nuestras instituciones caducas y que mantienen en el gobierno la corrupción mientras no se cuestionen los toros y las procesiones de Semana Santa.

Sigamos diciendo (y creyendo) que el problema es la LOMCE. Sigamos ignorando lo que se hace en las aulas (haya 10, 20, 30 o 40 estudiantes) y sigamos permitiendo la división en colegios de élite y colegios de mierda. Es la mejor forma de mantener el sistema.

#VDLN 150: V.O.S. y el señor de la goma

El otro día quise volver a oir una de esas canciones con las que nos deleitaba a antigua Oreja de Van Gogh (la única posible) en su album doble Guapa. Busco el nombre de la canción en Spotify, V.O.S. Es la típica canción de desamor cargada de amarga ironía. A Amaia le encantan este tipo de canciones en las que queda arrastrada por los suelos por un amor que la dejó tirada en medio de la calle. Esta mujer tiene un gran problema de autoestima. Demasiadas decepciones amorosas.

El caso es que V.S.O. acabó y dejé que Spotify siguiese su curso hacia la siguiente canción. La música, ya sabéis, nos transporta emocionalmente, así que puede ser que no estuviese preparada para lo que vino a continuación:

Y es que yo iba andando por la calle, muy formal, con mi paraguas amarillo, mi abrigo negro y con los cascos puestos. Escuché por encima de la música de los violadores del verso, a ese señor gritándome.

– EHHHHHHHH, QUE SE LE HA CAÍDO UNA COSA.
Tal y como lo dijo, pensé que se me había caído un billete de 50 euros o algo por el estilo. Yo seguía con los cascos puestos en las orejas a todo volumen, escuchando esa canción que acabáis de oír. Bum bum bum, voy a tomar de todo menos decisiones…

Me vuelvo y veo al señor en cuestión muy preocupado mirando al suelo.

– Bueno, si no lo quieres coger…

Miro al suelo y veo una mísera goma del pelo. Una mierda de goma y un señor al que yo había tenido que prestar toda mi atención. Me fui a agachar para cogerla, y el señor que se agacha antes que yo e intenta coger la goma una y otra vez sin conseguirlo. Yo seguía con los cascos, haceos una idea. Escuchando esa canción aterradora. Por lo que no debí susurrar “déjeme coger la goma”. Debí gritarlo, dar un alarido. Y no se lo dije una ni dos veces, sino al menos tres. El hombre me dio la goma con cara de susto y se fue corriendo.

Os dejo con las canciones.

Ese drama costumbrista…

Ha terminado la época del drama costumbrista. No me parece mal en absoluto que haya gente que quiera seguir abundando en ese tema, pero, en lo que a mí respecta, ha llegado el momento de pasar página. Los tiempos de la casa de Bernarda Alba han pasado. Ahora, los dramas cotidianos están cargados de transversalidades y conflictos entre lo analógico y lo digital. Ahora, la gente que crea tiene ganas de aportar otras perspectivas al lacrimógeno panorama de los terribles dramas españoles, sin necesidad de esconder entre risas un truculento mensaje, una verdad incómoda o un horrible secreto.

Hay toda una generación que viene a reinventar nuestro imaginario tradicionalista de coplas y mujeres sufrientes, de hombres violentos y humillados, de jefes déspotas y sádicos, de guardias civiles asesinos, de madres dominantes y patologizantes, de padres ausentes y autoritarios. Lo habéis visto, ¿verdad? Las imágenes de una generación las produce un grupo determinado de personas, los creadores (normalmente en masculino). Y son sus conflictos, sus problemas, sus dilemas, sus miedos y sus placeres los que absorbemos y hacemos propios. Recuerdo cuando de adolescente consumía literatura, cine español de los 80, películas antiguas de los 50 y 60, todas esas cosas. Recuerdo pararme a pensar qué tenían que ver conmigo todas esas cosas. Yo no había nacido en una familia adinerada, como algunas de las protagonistas de Almudena Grandes, ni en una familia extremadamente pobre, como la de Germinal o la de Cañas y Barro, no había vivido la Guerra Civil ni la postguerra, como en Libertarias o Las cosas del querer, ni me veía reflejada en absoluto en las mujeres de las películas de Almodovar.

Ahora parece que la cosa se empieza a democratizar un poco más. Sigo sin verme reflejada en las producciones artísticas de la época, pero al menos parece que la carga en blanco y negro con fondo de rezos y rosario va desapareciendo. De todas las crisis y vacíos creativos surge una visión nueva y revolucionaria y creo que eso puede estar a punto de estallar. La mirada está cambiando. Nos vamos cansando de las imposiciones creativas, de hablar de dramas y dolores evidentes (que nunca deben ser desterradas, por supuesto) y los dolores actuales y cotidianos de una sociedad sumida en lo digital y apartada de la tierra salen a la luz y van cobrando el derecho de ser expresados. El arte de lo aparentemente intrascendente se abre paso. Porque ¿quién marca la trascendencia de las cosas? ¿Quién tiene el poder de hacerlo?

Me gustan las expresiones culturales que desafían al macho intelectual, ese que va al teatro sin saber a dónde va para luego pontificar desde su sabiduría ancestral. Ese que desprecia la literatura escrita por mujeres porque no toca los temas importantes de la vida (la política y la economía, el top del aburrimiento perorato del señor petardo). Ese que desprecia a las y los jóvenes creadores “porque no saben nada de la vida”. Señor (o señora, que alguna hay): desaprender es tan importante como aprender. Y no siempre los viejos son más sabios que los jóvenes. Hay que bajarse del púlpito de la adultez y la seriedad, de la profunda erudición, para disfrutar de las nuevas y frescas miradas que están surgiendo.

Sé que duele. A veces duele dejar de estar en el candelabro (como decía nuestra Belén, la princesa del pueblo), pero es bonito ver cómo crece otra manera de abordar la vida. Hay gente que envejece rechazando el cambio. Quiere seguir leyendo novelas en las que la violación es un acto supremo de romanticismo o en las que el luto amarga la vida de las jóvenes. Quieren anclarse en el pasado. Pero la vida se abre camino y lo nuevo requiere otras maneras de caminar sobre las aceras (la hierba quedó lejos hace tiempo). Quizás estoy relatando mi propio cambio, pero es un cambio que considero muy necesario y al que no renunciaré aunque mil tipos con puro y gafas de pasta proclamen la intrascendencia del ahora.