Tú qué sabrás, mamá

(EDITADA para dejar claro que no es una entrada sobre adolescencia y rebeldía)

Una cosa que he aprendido como madre de una persona adolescente es que no sé nada. Todo lo que digo está pasado de moda, es un error, es absurdo, es prejuicioso, capacitista, todofóbico y alienante. Yo que me creía informada, abierta de mente, tolerante y esas cosas. Craso error. Todo lo veo con las gafas de la antigüedad que me caracteriza. Todo. Quiera o no. Y esto creo que no tiene que ver con la adolescencia y esa forma tradicional y occidental de ver esta supuesta fase del desarrollo. Creo que tiene más que ver con el proceso de ser que nos impone de alguna forma la sociedad en la que vivimos.

Leía el otro día que las madres no existen. Y me entró la risa, porque esa sola afirmación demuestra todo lo que nos necesitan, seamos traje o esencia. La nueva generación se construye negando la anterior, al menos en nuestra cultura, de modo que, seamos o no unas brujas, nuestras hijas necesitan negarnos (no tanto así nuestros hijos). Nuestra forma de vestir, nuestra forma de ver la sexualidad, nuestras ideas políticas, nuestras reacciones emocionales, nuestras relaciones de pareja, nuestra identidad de género, todo será cuestionado, con o sin argumentos bien construidos. Y no hay momento más desgarrador para una mujer joven que tener que dar la razón a esa que llama “mamá”. Y no hay momento más terrible que el atisbo de rasgos parecidos a “ella”. Creo que todo esto tiene que ver con el terror que les produce nuestra lucha y nuestro sufrimiento, nuestros conflictos y nuestros miedos. No pueden aguantar la simple idea de que van a pasar por lo que hemos pasado nosotras, y por eso buscan mil caminos para huir. Y a veces los encuentran. Otras se adentran en el laberinto y se pierden más aún. 

Hay algo en todo esto que me despierta ternura: a veces, negándome, mi adolescente me dice cuánto me necesita y lo desolada que se sentiría sin mí. No tengo más remedio que seguirle el juego, aunque sea una peligrosa relación de doble vínculo, de esas que te dicen “vete” y cuando te estás yendo te preguntan “¿A dónde vas, mami?” Esto requiere grandes dosis de equilibrio, que no soy capaz de atesorar en todas las ocasiones. Pero a ver ¿qué voy a hacer? ¿Abandonarla y olvidarme de ella, como me sugiere dramáticamente? Y es que, aunque su entorno de aprendizaje le invite a rechazarme como figura de referencia, ella encuentra en mí ese remanso de seguridad, lo busca, pregunta y espera la respuesta correcta y, si no la encuentra, se siente perdida. 

Creo que no me queda otra que aceptar esa vorágine de etiquetas que sobrevuelan mi cabeza, admitir que el feminismo de la ¿cuál ya? tercera o cuarta ola nos ha superado a las mujeres blancas heterosexuales de clase media sin haber resuelto ni uno solo de nuestros problemas y añadiendo uno más: el reproche que nos lanzan nuestras hijas por ser sus madres… o por no serlo. El reproche que nos lanzan por ser mujeres de la forma en que lo somos y su construcción como personas rechazando nuestra forma de ser mujer. Esto nos mantiene en la constante lucha de construcción de nuestra identidad en un permantente estado de conflicto. De oprimidas hemos pasado a opresoras sin haber pasado por la liberación. Y esto no tiene nada que ver con la adolescencia ni con la rebeldía: solo hay que darse un paseo por los textos postfeministas para ver dónde hemos acabado. Será que es necesario, pero es otro paso en el proceso de invisibilización, esta vez por no ser puta, trans, lesbiana, etcétera. 

El problema de hacerse relativista y abrazar el construccionismo social es que te pasas el día cuestionándolo todo y al final no sabes ni quién eres ni con quién estás hablando. Hay veces que echo en falta la simpleza de la ceguera socio-cultural, el no darme cuenta de cómo se mantiene esto que llamamos sistema. Quedar suspendida en el aire, sin etiquetas, lejos de ser una liberación, supone una desnudez descarnada que te deja sin saber que hacer. Pero en fin, de momento seguiré haciendo de madre, que parece que es el papel solicitado. Qué seré más adelante… la historia lo dirá.

8 Responses

  1. Yo no he llegado a esa edad con la mía pero entiendo as tu hija, yo a veces necesitaba y necesito a la madre psiquiatra, profesión de mi madre y a veces una madre sin mas.
    O sea que supongo que a veces tu hija necesita ya confidente y otras a la madre que le dice lo que hay que hacer y lo que esta bien o mal, un beso

  2. Gracias

    Así me siento, hay una parte de mí que siente cierto alivio a sentir que no estoy loca o que hay más locas como yo… Yo hubiera expresado mi experiencia con mi hija adolescente de la misma manera, no cambio ni una coma….nuevamente gracias

  3. Me ha gustado mucho!!! Yo tengo una hija de 14 años, y en ello estamos…La tuve con 21, pero soy una vieja anticuada para ella…Eso sí, cuando está mal o necesita un consejo serio, siempre acude a mí…Tengo que reconocer que soy muy abierta de mente y esas cosas, pero cada día se adelantan más; biológicamente ya se desarrollan antes, y eso hace que todo pase antes…En fín, paciencia y a apoyarnos entre todas!! Gracias por esta entrada!

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