Racioncillas de poder

  

De un tiempo a esta parte estoy convencida de que este país funciona mal por la cultura del poder y los cargos. Obstentar un cargo público, en una institución pública, sostenida con dinero público, debería significar asumir una responsabilidad seria de gestionar la institución para sacar el máximo rendimiento posible con los recursos que se poseen. Pero aquí, cuando a cualquier  mindundi le dan un cargo, lo que hace es sacar los cojones o los ovarios y ponerlos sobre la mesa. ¡¡AQUÍ SE HACE LO QUE YO DIGO!! Y claro, con la costumbre que tienen las y los líderes nombrados a dedo naturales de rodearse de gente que no les haga sombra, ahí tenemos el origen de nuestros males: un grupo de inútiles mandando sobre personas que en algunos casos están más capacitadas y más formadas que ellos. Un grupo de inútiles tomando decisiones absurdas, decisiones que en muchos casos están guiadas más por su interés personal que por el bien común. 

Pero es lo que hay. España es un gran cortijo. Funcionamos a base de sobornos, prebendas y favores. Y cuando se cuela alguien honrado en el chiringuito dura dos días. Suele ser tachado de problemático, conflictivo y esos calificativos que suelen reservarse para las personas que intentan cambiar las cosas. Y tras su marcha, se recupera el equilibrio y a esa persona se la condena al ostracismo. 

Poco se puede hacer. Luchar contra esa cultura supone, en muchos casos, inmolarse. Solo ganas zancadillas, boicoteos, risas a tus espaldas y desprestigio. Y la institución sigue siendo un lugar mediocre, gestionado por mediocres y con objetivos mediocres. Eso sí, todos tan contentos con su racioncilla de poder. 

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