¿Por qué mis hijos nunca han ido a religión? (I)

Mi único recuerdo de una clase de religión es el que se desarrolla en un aula de primero de bachillerato. Éramos un grupo de chicas de 15 años, adolescencia revoltosa. Nunca me había planteado por qué éramos tan pocas en esa clase, creía que las chicas hacían pellas, lo que me parecía el colmo de aquello que estaba prohibido, aquello a lo que nunca me acercaba por una especie de rigidez moral que me ha acompañado durante toda mi vida.

De repente aparece en mi recuerdo la imagen de nuestro profesor de religión, un hombre joven, de espesa barba negra y pelo largo. Sus ojos denotaban tristeza y miedo y estaban vidriosos, los recuerdo muy bien. Llevaba sandalias de cuero marrón, una camisa blanca y un pantalón negro. Si no hubiese sido por su ostentosa inseguridad, nos hubiese parecido la mismísima encarnación de Jesucristo.

Ese hombre nos hablaba de Dios y nos hacía preguntas. No recuerdo lo sucedido en otras clases, no recuerdo nada, ni siquiera lo que decía el profesor. Pero recuerdo muy bien que en esa clase, algunas de mis compañeras empezaron a reírse de él. Le espetaban que ellas no creían en nada de lo que nos contaba, que se lo fuera a decir a otras, que vaya rollo tenían que aguantar.La situación era un tanto ridícula: un grupo de adolescentes increpando a un adulto que no tenía ningún recurso para defender su postura. Pero yo pensaba: “Ala, se la van a cargar y va a suspenderlas a todas. Pobre hombre, qué malas están siendo con él”. Pero claro, a final de curso no llegó la nota de religión, y empecé a entender porqué había tan poca gente en esa clase. Ya no tengo más recuerdos de ninguna otra clase de religión.

En esa época había otra controvertida elección: teníamos que decidir si cursar Hogar o Ética (sí, soy jodidamente vieja). Me bordé una mantelería de nosequé con una tela de nosecuantos de colores amarillos y ocres que nunca vio mesa alguna. No he vuelto a tocar una aguja de manera tan continuada en mi vida. Me pregunto qué tipo de conocimientos me perdí al no haber elegido ética, pero, sinceramente, prefiero odiar el bordado que los preceptos morales.

Sin embargo, y aunque fue a una edad más temprana, recuerdo como si fuera hoy mi primer día de catequesis, el sentimiento de “quiero más” que me embargó en los siguientes y una beatífica carrera bajo la lluvia pensando “ME HE CONVERTIDO EN SANTA”. Cómo respetábamos a ese cura (todavía recuerdo su nombre, del nombre de el profe de religión solo recuerdo que era feo). Niñas y niños de pueblo. Yo tenía 7 años.

He de decir que mi devoción no duró mucho tiempo. Fue mudarnos del pueblo a la ciudad y mis padres, con los que iba a misa todos los domingos, dejaron de hacerlo. Vaya decepción. Con lo que me gustaban a mí las canciones de misa, Alabaré alabaré alabaré… alabaré a mi señor, Señor, me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre y todo eso. Pero claro, con 9 añitos no iba a ir sola. Así que, excepto por un pequeño resurgir vocacional a los 13 años que duró más o menos 3 meses, aquello se fue apagando y empecé a descubrir (qué le vamos a hacer) el marxismo.

Próximamente: ¿Porqué mis hijos nunca han ido a religión? (II)

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