VAMOS, QUE HAY PREMIOS: DARDOS

Soy una malqueda, he estado toda la semana publicando sobre la religión y las madafaca y he dejado de lado a las queridas mamás blogueras que reconocen que les gusta este petardeo de blog catártico y existencial. Mi desconocida pero querida Con M de MAMÁ considera que transmito valores culturales, éticos y personales. ¡¡Gracias Noni!! Espero no decepcionarte.

Y ahora viene lo más difícil, la selección de blogs para el premio Dardos.Con vuestro permiso, he escogido solo 5, porque escoger 10 me supone un trabajo monumental que todavía no he hecho. No, de verdad, picoteo pero no profundizo. Así que estos 5 blogs han sido picoteados y creo que merecen el premio Dardos: 

1. Mamá por Bulerías. Una impresionante mujer de 21 años.

2. No es país de madres, o la aventura de ser madre en un mundo que se desmembra.
3. Un millón de silencios, lleno de sensibilidad hacia el mundo de la diversidad funcional.
4. La Lonely Mamá, un blog digno de explorar, intenso y con conciencia. 
5. Mamá es bloguera, porque hablar de ciertos temas es duro y lo hacéis muy bien.

Un abrazo, Noni. Nos vemos en la red.

Blogueras madafaca.com

Hoy ha nacido un nuevo neologismo: el de bloguera madafaca: “Dícese de esa mamá que, habiendo aparcado convenientemente a sus retoños, escribe entradas de blog pa dapoculo al personal.”

Yo me reconozco un poquito madafaca, pero deduzco, por la cantidad de comentarios en mi blog, que no lo suficiente. Una verdadera madafaca es aquella que provoca tal malestar que el Twitter madridista hierve durante al menos dos o tres días. Yo, sin embargo, soy una Mother Killer, y como tal, mi propósito es matar a todas y cada una de las madres. También a las madafaca.
Deduzco que este tipo de madres tienen un problema: quizás esa curiosidad por saber qué se siente al portear y al amamantar a un bebé las lleva como sublimación de su deseo a arremeter contra las que lo hacen. O bien la culpa las corroe: han oído que otras mamás hacen cosas que son superbeneficiosas para sus bebés y ellas no lo han probado nunca. La única salida que les queda es demostrar con todas sus fuerzas que son todo patrañas esotéricas. 
Las madafaca, no obstante, son madres al fin y al cabo. Solidaricémonos con ellas, mandémosles energía bloguera y, con el tiempo, se apaciguaran  y dulcificarán. No intentes revolcar a una madafaca: es como darse contra un muro. Y siempre, siempre, ten en cuenta que hay un mundo más allá del madridismo (otro neologismo, lo sé), un mundo que ni se entera de toda la energía que desperdiciamos con estas discusiones baldías.

¿Por qué mis hijos nunca han ido a religión? (II)

Imagínense a esas alturas el lío que tenía yo. Dos potentes sistemas morales tirando de mí en direcciones contrarias. Uno me decía que nada dependía de mí, el otro que había que mover el culo para transformar el mundo. El primero me decía que amara a dios sobre todas las cosas y el otro que la religión era el opio del pueblo.

Luego vinieron el feminismo y el relativismo, y qué voy a decir que no se sepa, ya no quedaba sitio en mi repertorio moral para una Eva y un Adán castigados por comer del fruto del Árbol de la ciencia. Fueron expulsados definitivamente al rincón de pensar, junto con los mandamientos, los rezos, el fervor y todas esas cosas que seguramente estaban muy bien, no digo que no, pero yo no les encontraba mucha utilidad tal y como se estaban desarrollando las cosas.

Pero el tema es que,  cada vez que se me van de viaje, tengo un asunto que resolver o quiero conseguir algo, me queda ese impulso irrefrenable de rezarme una coplilla o de santiguarme de forma impulsiva (sé que tú, si si tú, la cotilla que no pone nada en el Facebook y lo lee todo, ahora te estás revolcando de risa). Lo que había absorbido desde pequeña está ahí ocupando su parte dominante en mi esqueleto.

A ver, que no tiene nada de malo ser incoherente, pero me fastidia que me hayan inoculado algo sin pedirme permiso. Me incomoda que hayan alojado en mí el concepto de pecado, culpa, infierno, castidad, en una etapa tan vulnerable como la infancia. Me hubiese gustado construir por mí misma el significado del mundo. Porque claro, como buena relativista, pienso que la realidad depende del marco desde el que te detengas a mirarla, y eso de que te incrusten uno del que no te puedas deshacer en tu vida, pues es una faena. No sé como sería mi realidad sin el concepto de DIOS.

Bien es cierto que todo lo que vamos aprendiendo son marcos y que si no me hubiesen impuesto el de la religión, habría otro sustituyéndolo. Pero ese marco… ¿no os parece ciertamente perverso? Domina todas las facetas de nuestra vida, desde la sexualidad hasta la forma de abordar la injusticia social, fundamentándose en la obediencia debida a un ser omnipotente y omnipresente. Vamos, no te dejas nada por controlar así.

En fin, que mis hijos nunca han ido a religión para que sean ellos los que elijan el marco desde el que mirar su realidad. Si me preguntan, yo les contesto; si quieren indagar, les doy los medios, pero  nunca les digo lo que tienen que pensar. Y os aseguro que la experiencia ha sido un éxito: han tenido una infancia sin el concepto de DIOS, de pecado, de culpa, de infierno. El día de jueves santo que me preguntaron por qué sacaban a esos muñecos disfrazados a hombros es cuando me dí cuenta de que eso es lo que había estado buscando: una ignorancia total del sistema.

¿Que van a ser unos ignorantes? A ver, en el mundo en el que vivimos, todo lo que quieran saber está a un solo click. Además, con todas las cosas que ignoramos en esta vida, creo que podrán vivir sin saber ciertos detalles escabrosos de la historia de la humanidad.

¿Por qué mis hijos nunca han ido a religión? (I)

Mi único recuerdo de una clase de religión es el que se desarrolla en un aula de primero de bachillerato. Éramos un grupo de chicas de 15 años, adolescencia revoltosa. Nunca me había planteado por qué éramos tan pocas en esa clase, creía que las chicas hacían pellas, lo que me parecía el colmo de aquello que estaba prohibido, aquello a lo que nunca me acercaba por una especie de rigidez moral que me ha acompañado durante toda mi vida.

De repente aparece en mi recuerdo la imagen de nuestro profesor de religión, un hombre joven, de espesa barba negra y pelo largo. Sus ojos denotaban tristeza y miedo y estaban vidriosos, los recuerdo muy bien. Llevaba sandalias de cuero marrón, una camisa blanca y un pantalón negro. Si no hubiese sido por su ostentosa inseguridad, nos hubiese parecido la mismísima encarnación de Jesucristo.

Ese hombre nos hablaba de Dios y nos hacía preguntas. No recuerdo lo sucedido en otras clases, no recuerdo nada, ni siquiera lo que decía el profesor. Pero recuerdo muy bien que en esa clase, algunas de mis compañeras empezaron a reírse de él. Le espetaban que ellas no creían en nada de lo que nos contaba, que se lo fuera a decir a otras, que vaya rollo tenían que aguantar.La situación era un tanto ridícula: un grupo de adolescentes increpando a un adulto que no tenía ningún recurso para defender su postura. Pero yo pensaba: “Ala, se la van a cargar y va a suspenderlas a todas. Pobre hombre, qué malas están siendo con él”. Pero claro, a final de curso no llegó la nota de religión, y empecé a entender porqué había tan poca gente en esa clase. Ya no tengo más recuerdos de ninguna otra clase de religión.

En esa época había otra controvertida elección: teníamos que decidir si cursar Hogar o Ética (sí, soy jodidamente vieja). Me bordé una mantelería de nosequé con una tela de nosecuantos de colores amarillos y ocres que nunca vio mesa alguna. No he vuelto a tocar una aguja de manera tan continuada en mi vida. Me pregunto qué tipo de conocimientos me perdí al no haber elegido ética, pero, sinceramente, prefiero odiar el bordado que los preceptos morales.

Sin embargo, y aunque fue a una edad más temprana, recuerdo como si fuera hoy mi primer día de catequesis, el sentimiento de “quiero más” que me embargó en los siguientes y una beatífica carrera bajo la lluvia pensando “ME HE CONVERTIDO EN SANTA”. Cómo respetábamos a ese cura (todavía recuerdo su nombre, del nombre de el profe de religión solo recuerdo que era feo). Niñas y niños de pueblo. Yo tenía 7 años.

He de decir que mi devoción no duró mucho tiempo. Fue mudarnos del pueblo a la ciudad y mis padres, con los que iba a misa todos los domingos, dejaron de hacerlo. Vaya decepción. Con lo que me gustaban a mí las canciones de misa, Alabaré alabaré alabaré… alabaré a mi señor, Señor, me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre y todo eso. Pero claro, con 9 añitos no iba a ir sola. Así que, excepto por un pequeño resurgir vocacional a los 13 años que duró más o menos 3 meses, aquello se fue apagando y empecé a descubrir (qué le vamos a hacer) el marxismo.

Próximamente: ¿Porqué mis hijos nunca han ido a religión? (II)

VAYA DÍA LLEVO

No tengo tiempo para escribir, pero cuando escribo me vuelco en la pantalla lechosa y brinco con los dedos. No tengo muy claro porqué escribo, solo sé que el placer que me produce es grande y hondo. Escribir me vacía de impurezas y vierte el ácido que se ha ido acumulando con los días. Si me ves con cara larga y ceño fruncido, es que tengo algo que escribir. Pero últimamente no me da la vida para expulsar fuera de mí tanta inmundicia.

Siempre me ha gustado enfrentarme a la vida sin pedir armas prestadas. Mi lema siempre ha sido que no debes nada si no pides nada. No sé si esta actitud será la correcta, cada vez lo tengo menos claro. Encerrarnos en nosotros mismos e ignorar que alguna vez fuimos uno puede ser lo mismo que luchar valientemente contra las adversidades careciendo de un ejército. El ejército éramos todos viviendo en común, éramos la tribu que se levantaba y se acostaba unida. ¿Dónde está la tribu ahora? Convertida en familia, ese engañó conservador que nos ha alienado en colmenas aisladas y vinculadas solo por un sistema macroestructural que nos ahoga, nos hace parecer inútiles, nos succiona la sangre con sus falanges cadavéricas. Mierda. Y nuestros niños creciendo dentro de este engaño cotidiano. Sufriendo nuestro engaño cotidiano.

¿No te has sorprendido nunca intentándoles convencer de algo que no te crees ni tú? Yo si. Les intento convencer de que la vida es así, de que las parejas se rompen porque el amor se acaba y esas cosas, y se me quedan con cara de poker mirando y sin decir nada… pero como si tuvieran algo escondido por ahí dentro que te quieren escupir a la cara. Nunca lo hacen. Les da pena. ¿No os da la impresión de que saben algo que no cuentan? ¿No os da la sensación de que la sabiduría que acumulan se va perdiendo hasta que se hacen mayores, a fuerza de socializarse con los adultos y engullir sus escusas y sus apaños?

Son hijos de una sociedad que cada vez sabe menos, cada vez pierde más y se tienen que adaptar cada vez más rápido a la ignorancia. Porque una pizca de sabiduría puede hacer que se produzca un grave choque, una conciencia terrible sobre el rumbo que está tomando el mundo, la vida, el ser (humano, cada vez menos humano). No les pedimos que busquen motivos, nos da miedo que los encuentren escondidos en nuestra biografía. Nos da miedo que, indagando en las profundidades, encuentren el motivo por el que nacieron y están aquí, escuchando nuestras escusas y presenciando nuestra lucha por la vida, que acabará siendo la suya.