Soy la mamá de…

Una de las señales de que tus hijos se están haciendo mayores es cuando dices eso de “soy la mamá de…” e, inmediatamente, sientes que has metido la gamba. Tú hija/o te mira con cara de ¿¡Qué has dicho!? y el amigo o amiga hace como que no te ha oído. 

Una sílaba puede arruinar la relación con tu retoño: ten cuidado. Hace apenas un par de años iban gritando a voz en grito por el parque eso de ¡¡¡Dónde está mi mamá!!!, pero ahora solo somos  mamá en la intimidad. Ahí sí que somos mamá a todas horas. Mamá, qué hora es, mamá, tengo hambre, mamá, necesito, mamá, quiero…

Pero en cuanto surge la remota posibilidad de que un amigo pueda oírles, se vuelven súper independientes y nos convertimos en “su madre”. Les cambia la personalidad, oye. Se convierten en la reencarnación de Fitzwilliam Darcy. Y entonces tienes que empezar a medir tus palabras y, por lo que más quieras en la vida, nunca se te ocurra darles un beso. Es la peor afrenta que le puedes hacer a un preadolescente delante de sus amigos. Sobre todo a los chicos, seguro que por alguna extraña razón sexista.  

Creo que más adelante, esta estúpida etapa pasa y son capaces de tatuarse “Amor de madre” en el bíceps (entonces, las avergonzadas somos nosotras).

Así que saboread vuestros últimos “mamás” infantiles en público. Llegará el fatídico momento de la vergüenza de lucir madre y os querrán ocultar. En ese momento, no abuséis del humor ni le llaméis cariñín delante de sus amigos, que luego ellos se vengarán haciendo creer a la gente que no sabéis usar el WhatsApp.

Los adolescentes también merecen respeto

Hace unas semanas, mi hijo se rompió el brazo derecho. Estaba desolado por no poder tocar la viola y por no poder estudiar física, química y matemáticas. Es un buen estudiante. No se mata a estudiar pero siempre va al día y le gusta aprender. 

La mayoría de sus profesores y profesoras le han tratado con comprensión y le han hecho adaptaciones por su discapacidad temporal. Le han dicho que se examinará cuando le quiten la escayola. Teniendo en cuenta que está en segundo de Bachillerato, es una gran faena, pues se juega la entrada en el Grado que le gusta.

Pero siempre hay excepciones, en este caso el profesor de matemáticas. Cuando mi hijo le contó lo que le había pasado y que si por favor le podía aplazar el examen, le dijo que era un vago y que aprendiese a escribir con la mano izquierda. 

He enseñado a mis hijos a no callarse ante las injusticias. Y él no se calló. Le dijo que era el único de sus estudiantes que había aprobado todos sus exámenes sin tener que ir a recuperación y con buena nota. Ante esa evidencia, el de matemáticas le llamó impertinente (es una impertinencia argumentar cuando te han insultado, debe ser) pero se debió de dar cuenta de su error y le dijo que le pondría el examen más adelante.

Los niños y jóvenes tienen que aguantar ese tipo de faltas de respeto de los adultos, ligadas a los abusos de poder, en diversas situaciones. Recuerdo cuando mandaba a comprar a mis mellizos y acudía a rescatarles cuando comprobaba que tardaban demasiado en volver con la barra de pan. Me los encontraba mirando a la dependienta con desesperación y rodeados de señoras que parecían no verles, hasta que yo daba dos voces. Entonces dejaban de ser invisibles.

Me cuenta mi hijo que en otra ocasión le cerraron la puerta del instituto en las narices, y como no la podía parar con la mano escayolada, la paró con el pie. Entonces llegó el conserje como un energúmeno a echarle la bronca y a decirle que eso no se hacía, que había que pararla con la mano. Le enseñó su escayola y le dijo que la parase con la otra, cosa harto difícil pues suponía hacer una complicada cabriola. No me imagino a nadie dirigiéndose así a una persona adulta con una escayola. Pero ellos, los y las jóvenes adolescentes y los niños y niñas deben soportar nuestros humos y malos modos, nuestros insultos y nuestras faltas de respeto sin inmutarse.

Yo os pediría que cada vez que os vayáis a dirigir a ellas/os, penséis antes si lo que vais a decir se lo diríais a una persona adulta. Seguro que os sorprendéis más de una vez.

Los educarcas, la memoria y la cultura del esfuerzo

No sé qué le ha pasado a mi generación. Cuando hemos conseguido hacernos con el mando, hemos empezado a reproducir la mala educación que nos dieron a nosotros y las mismas tonterías que tuvimos que aguantar. Ahora no nos acordamos de lo que hacíamos de jóvenes, pero nos ponemos muy serios (y serias) diciendo que la juventud de hoy en día no tiene cultura del esfuerzo. No recuerdo yo a mis compañeros y compañeras de instituto y de universidad con mucha cultura del esfuerzo, pero si vosotros lo decís, y con tanto convencimiento, será que lo sentís así. 

¿O será que todos los docentes a los que os ha dado por alabar la memoria y el esfuerzo como motores del aprendizaje erais estudiantes memorísticos compulsivos? Recuerdo que en mi época de estudiante, tenía un compañero que siempre estaba estudiando en la biblioteca. Subrayaba de color rojo los apuntes del orden de 30 veces, hasta que se los sabía de memoria. Luego sacaba un 10. Yo me leía los apuntes 3 veces a lo sumo y sacaba un 7. Con el tiempo que me quedaba, disfrutaba de la vida. Una vez le dije que si hacía falta que estudiase tanto, que si no se venía con nosotros de marcha. Me miró como si estuviese loca, como si le hubiese ofendido muchísimo. Volvió a sacar un 10, y así hasta el final de la licenciatura. Pero era un amargado y no consiguió más cosas de las que conseguí yo profesionalmente hablando más adelante. 

El memorizador compulsivo de la clase era el único que tenía esa cultura del esfuerzo con las que se llenan la boca los educocarcas de hoy en día. Y tenía éxito académico (que no vital) porque la evaluación también era memorística. Cuando le sacabas de los márgenes de los apuntes, el pobre se perdía, no sabía reflexionar sobre conceptos complejos y no quería, de ninguna manera, cuestionar el conocimiento que le venía dado. El problema del memorizador era que, cuando se enfrentaba a problemas reales, no tenía nada que memorizar. En ese momento, cuando tenía que aplicar el conocimiento, miraba a su mesa, hincaba sus codos y buscaba de manera autómata la forma de responder a la vida como si fuese un examen. Y nunca lo conseguía. 

Pocas veces encontré un/una docente que realmente me guiase en la construcción de mi conocimiento. Como mucho, me dijeron lo que tenía que pensar y lo que tenía que leer, pero no impulsaron mi reflexión ni me llevaron a redescubrir el mundo. Sé mucho de la Edad Media porque tuve una profesora de Historia que era entusiasta de esa época y adoro la Literatura porque es algo que me inculcó mi familia desde muy pequeña. Por lo demás, fracasé en matemáticas y en física porque nadie quiso o supo responderme a la pregunta de para qué servían, hasta que lo ha hecho mi hija con una explicaciones ilustradas con ejemplos que  más quisieran muchos de esos que se llenan la boca diciendo que son profesionales. Esto no es educación. En todo caso es un “mostrar” contenidos para su asimilación e incorporación acrítica a nuestro torrente de pensamiento. 

El aprendizaje se produce a partir de la APROPIACIÓN DEL CONOCIMIENTO. Esto quiere decir que si no hacemos nuestro el conocimiento, si no lo vinculamos con lo que ya sabemos y lo percibimos como funcional en nuestro día a día, no se aprende. Se puede memorizar, asimilar, retener, pero eso no es aprender. Hay profes que se desgañitan intentando convencernos de que memorizar es necesario y la base del aprendizaje. Para nada. La memoria siempre está presente. Para aprender no nos quitamos las manos, ni las piernas. Tampoco la memoria. Pero eso no quiere decir que la memoria sea la base del aprendizaje, como no lo son las sensaciones visuales que entran por nuestro nervio óptico. El aprendizaje es algo que se produce en todo el cuerpo y que nos cambia de arriba a abajo. Cambia nuestro comportamiento interno y externo. 

Pero después de todo, hay experanza. Hay una nueva generación que sabe que la forma en que les educaron en el colegio y en el instituto no es la adecuada, y van a transformar la educación. De momento son jóvenes y solo tienen acceso a herramientas como YouTube. Pero lo están haciendo muy bien. Están elaborando herramientas muy útiles para enseñar a los que vienen detrás de ellos de una forma significativa, amena y consciente. Ya, ya sé que no se puede dar una clase a base de vídeos de YouTube, pero lo que están haciendo va más allá de eso. Están adoptando una postura pedagógica elaborada en su intento de enseñar a otro/a, una postura que supera la metáfora del contenido-continente de una vez por todas, y que toma conciencia de que lo que hay que enseñar no es TODO lo que se sabe, sino una base que impulse al otro o la otra a querer seguir aprendiendo más y más. 

La única postura adecuada hoy en día en los entornos educativos es el cambio de metáfora, de prácticas docentes, de teorías epistemologicas y de actitud hacia los más jóvenes. Esperamos que los educarcas, los que pretenden que eduquemos a nuestros hijos como a marines y a nuestras hijas como institutrices, se vayan extinguiendo poco a poco y dejen paso a una nueva generación de educadores más de la segunda república que del franquismo. 

#VDLN 133: Los hijos de caín/Los rockeros van al infierno (Barón Rojo)


Buscando algo apropiado para la Semana Santa, llegó a mis oídos esta canción en la que unos jóvenes Barones cantaban un episodio bíblico con voz de Camilo Sexto e ínfulas de balada heavy. Se sentían rebeldes y se erigían como hijos de Caín, los que habían sido expulsados de la diestra del Señor por haber matado al pelma de Abel. Ellos dominaban, ellos ponían la música en las fiestas, ellos dirigían el coro con sus guitarras y ellos meneaban sus melenas al viento cuando hacían falta. El mundo era suyo, y los demás eran los petimetres hijos de Abel. Era un mundo en el que no había lugar para hijas. Nosotras les mirábamos gritar y levantar sus cuernos moviéndose rítmicamente. Desaparecíamos tras ese frenesí. Éramos las acompañantes de los hijos de Caín. 

Pero fijarse, a veces, cuando oía esas canciones, me sentía integrada en el rollo. Me movía como ellos, la cabeza atrás y adelante, el puño en alto, gritando al cielo. ¡Qué sensación de libertad! Puffff, mi rollo era el rock. Hasta que llegaba a esta estrofa: 

“Vas sin afeitar, dice el Sheriff del lugar, y además con tías buenas…”

PLOFFFFFFFF

¿PERO QUÉ COÑO???????? Es decir, soy un mero objeto en la canción. El protagonista es el tío pánfilo que llevo al lado y que grita incoherencias. Yo soy la tía buena que va a su lado y que le hace ser un malo malote. Mirad chicos: que os den mucho, a vosotros y a vuestro rollo. 

Los 11 mandamientos

Hace unos días, el proyecto Gestionando Hijos (fundado por un ex-alumno del colegio antes privado, ahora religioso concertado Santa María del Pilar y empresario de vocación) y la editorial SM, presúntamente implicada en la distribución de un libro de Biología y Geología de tercero de la ESO de contenidos homófobos, lanzaron un pacto educativo, jaztándose de haber adelantado al gobierno en tamaña empresa. Los 11 mandamientos del pacto educativo, los llaman, mostrando sin tapujos su trasfondo cristiano y su ideología basada en el amor al prójimo y la buena voluntad. Qué bonito. Y lo han hecho 16 divulgadores educativos  (léase gente que vive de dar charlas motivacionales sobre cómo los demás hemos de educar a nuestras hijas e hijos). 

Dice la periodista de El Mundo, Olga Martín, que este pacto ha ido a lo esencial y se ha dejado de coñas. Las coñas son los conciertos educativos, las lenguas co-oficiales o la asignatura de religión evaluable. Claro ¿por qué nos han de preocupar esas nimiedades, propias de rojos y ateos, de enemigos de la unidad patria y de la división de clases? Lo importante es que las madres (y los padres) mantengamos a raya nuestros grupos de WhatsApp y no cuestionemos las decisiones de los profesores. Porque claro, ya sabemos que todo el problema del sistema educativo español es que lo cuestionamos. Si no lo cuestionásemos, seguiríamos llevando manzanas a las maestras y todos tan contentos: los tontos con orejas de burro y los listos en la primera fila. 

Pero vamos a ir a los mandamientos que han suscrito estas madres y estos padres apañaos convencidos por los 16 divulgadores de prestigio. 
1. Colaboraré con los profesores considerándolos compañeros en la educación de mis hijos.

A ver, no. Los profesores (y las profesoras) son profesionales asalariados que se ocupan de la educación obligatoria de mis hijas e hijos en un horario lectivo. No son compañeros. Yo tengo la patria potestad y la custodia de mis hijas e hijos, y ellos/as colaboran en su educación, tal y como señala la LOMCE en su preámbulo. Por tanto sustituiría compañeros por colaboradores. 

2. No criticaré a los profesores (y menos aún delante de mis hijos) y, si surgen problemas, hablaré con ellos directamente. No usaré los grupos de WhatsApp de padres para cuestionar sus decisiones y fomentar el desencuentro.

A ver, el ser humano es gregario. Cuando tienes un problema, lo comparte con las personas de tu confianza. Los grupos de WhatsApp son un medio de comunicación más, podría comunicarme con otras madres también por teléfono, en el Facebook o en la puerta del colegio. No me comprometo a dejar de compartir mis problemas y, por supuesto, si hay que criticar al profesor o profesora delante de mis hijos, porque le han faltado el respeto o han tomado una decisión injusta, no dudaré en expresar mi desacuerdo delante de ellos. Quiero que mis hijos e hijas crezcan sabiendo que deben defenderse de las injusticias y rebelarse contra el poder establecido si es necesario. 

3. Haré todo lo posible por prestigiar la figura del profesor, participando en su reconocimiento social.

La figura del profesor se ha de prestigiar si es prestigiable, al igual que la de la madre, el padre o los abuelos. El reconocimiento social se gana mejorando la formación del profesorado, exigiendo calidad y evaluando al profesorado de manera fiable y válida. 

4. Estaré disponible para hablar con el profesor cuando lo considere necesario, comprometiéndome a dialogar con una actitud positiva. Escucharé con atención y buena disposición lo que los profesores me digan sobre mis hijos.

Igual que el profesor (o profesora) tiene sus necesidades y horarios de trabajo, yo tengo los míos. Siempre que una maestra ha querido hablar conmigo (que ha sido una vez o ninguna) he acudido, por supuesto. En cuanto a la actitud positiva y el diálogo, eso es cosa de dos. Hemos de tener en cuenta que somos dos personas adultas en un intercambio comunicativo, y ninguna de las dos estamos por encima de la otra. Por tanto, la actitud positiva, la atención y la buena disposición debe ser mutua. 

5. Pondré a disposición de profesores y de la escuela en general mis conocimientos, al objeto de participar activamente en una verdadera comunidad de aprendizaje.

Fíjate, eso me encanta. Yo, con mis conocimientos sobre educación, sobre alfabetización, sobre lengua escrita… y para lo único que me han llamado es para cocinar el plato típico de algún país y para hacer disfraces. Yo no sé ni coser ni cocinar, pero como soy madre, se supone que es eso lo que puedo aportar a la comunidad de aprendizaje. Por tanto, no, en esas condiciones no me pongo a disposición de nadie. 

6. Haré todo lo que esté en mi mano para colaborar con los profesores y la escuela para erradicar el acoso escolar. Yo también soy responsable de exterminar esta lacra.

Por supuesto que soy responsable. Mis hijos e hijas tienen una educación sobre el respeto y la igualdad que han mamado desde la cuna. Pero cuando están en el centro educativo, quiero que estén seguros y que el profesorado ponga todos los medios para que no sufran acoso escolar. Por tanto, espero que el centro escolar tome en serio las denuncias sobre insultos y agresiones físicas y no se consideren “cosas de niños”.

7. No haré los deberes ni los trabajos a mi hijo, sólo le ayudaré y animaré a hacerlos, ya que con ello estaré entrenando a mi hijo en la responsabilidad y en la no dependencia.

Siempre que mis hijas/os me han pedido ayuda es porque la han necesitado. No piden ayuda porque son vagos y quieren que yo les haga las cosas. La piden porque tienen dificultades para resolver tareas escolares que solo se pueden resolver con apoyo. Así que lucharé para que ese apoyo educativo se de donde se tiene que dar, en el aula, y así las familias puedan dedicarse a hacer las tareas que son propias de su grupo humano y que no tienen nada que ver con libros de texto ni cuadernillos Rubio, sino con parques, piscinas, paseos y cine. 

8. Contagiaré emociones positivas a mis hijos sobre su escuela, sus profesores y el aprendizaje. Veré la escuela como mía.

No veo la escuela como mía, es que es mía. Es nuestra. La pagamos con nuestros impuestos y forma parte de nuestra comunidad. Por tanto, contagiaré a mis hijos emociones positivas para que la sientan suya y sepan que, si hay que luchar para erradicar las faltas de respeto, las injusticias y la mala praxis, se lucha. 

9. Trabajaré en equipo con los profesores en la mejora y progreso de la sociedad a través de la educación […]

Si los profesores quieren llamarme alguna vez para que colabore con ellos (y ellas) en algo, no tendré ningún inconveniente, siempre que sea compatible con mi vida laboral y familiar. 

10. Me plantearé a diario qué estoy haciendo yo para que la escuela de mis hijos sea mejor.

Bueno, eso me lo planteo todos los días. Por eso, alguna vez he escuchado eso de “tú ocúpate de lo tuyo y no te metas en los asuntos de los demás”. 

11. Recordaré que educar a mis hijos con conciencia e ilusión es garantizar una sociedad mejor. Seré plenamente consciente de la importancia de mi papel educativo y jamás rehuiré esa responsabilidad.

Con conciencia, ilusión y un buen sueldo. Cuando tu hábitat es la escuela pública y te rodeas de personas de todo tipo de procedencia, te das cuenta de los esfuerzos que hacen algunas familias para sacar adelante a sus hijas e hijos. Luchar por la justicia social es una forma de vida. Yo sé que yendo a colegios en los que la mayoría de las familias tienen dos sueldos y una casa en condiciones se vive al margen de otras realidades que también existen. Pero hay que tomar conciencia de las dificultades por las que pasan muchas familias en nuestro país y dejar de hacer atribuciones culpabilizadoras de clase media. Es raro que una madre o un padre rehuyan su responsabilidad, aunque estén trabajando 12 horas al día por un sueldo de mierda. Vamos a tomar conciencia todas y todos.