Médicos despiadados


Recuerdo como en un sueño el día en el que, tumbada en la camilla, el ginecólogo pasaba el ecógrafo por mi barriga y dijo “esto está muerto”. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Había ido sola, porque no esperaba ni de lejos ese desenlace. Con la misma me despidió y me quedé en la puerta del hospital, llorando y temblando. Menos mal que existen los teléfonos móviles. Son el mejor invento en muchos siglos. 

El reduccionismo biológico hace mucho mal a nuestro bienestar psicológico. Que los médicos se crean que con cumplir con los protocolos establecidos han cumplido con su trabajo y que piensen en sus pacientes como cachos de carne con ojos son los grandes males de la sanidad de nuestra época. Engreídos y con aires de superioridad, los médicos contemporáneos se creen con una superioridad moral que hace mucho daño a las relaciónes sociales que tienen lugar en los espacios sanitarios. Y que sea cuestión de suerte dar con un médico empático y con sabiduría integral dice mucho de la formación de estos profesionales. 

También recuerdo el día de mi primer parto. Una residente de ginecología me cose una episiotomía innecesaria sin anestesia y me regaña porque me quejo. Jovencita y sobradamente preparada, hace mal su trabajo y una hora después tengo una hemorragia que hace que me tengan que someter a un proceso doloroso y traumático. Al día siguiente, viene a explorarme y le digo que no me va a poner un dedo encima. “Mira guapa, llevo toda la noche sin dormir y no estoy para tonterías” me dice. “Mira bonita, si no has dormido en toda la noche, con más razón no me vas a tocar”. Sus compañeras la miran y le dicen que me deje, que estoy muy deprimida. No saben lo que es el síndrome de estrés postraumático. 

Muchas veces, estos semidioses se creen que con tener el título ya han cumplido con su trabajo y pueden atender a la gente como en un matadero o una cadena de montaje. Pero su modelo hace aguas por todos sitios. Aunque se empeñen en que es malo que las personas que no tenemos el don de un título en medicina consultemos internet para informarnos, lo hacemos. Hay pacientes, además, que saben dónde buscar y que tienen la competencia de entender una revisión sistemática o un ensayo clínico. Y entonces nos podemos llevar grandes sorpresas. 

Otro recuerdo que me viene a la memoria fue el día en que mi hijo fue diagnosticado de una esofagitis eosinófila. El especialista en digestivo, un médico serio que nos informaba detenidamente de todos los pormenores, dando por supuesto que teníamos cerebro, nos contó que esta enfermedad estaba relacionada con las alergias y las intolerancias. Cuando acudimos a la pediatra, le comenté este aspecto y muy ofendida me dijo que no, que de eso nada. Que qué sabría yo. Ella tenía un caso que estaba llevando y las alergias no tenían nada que ver con eso. A los dos días recibí un correo electrónico disculpándose porque había estado mirando en internet y, efectivamente, la esofagitis eosinófila tenía relación con las alergias. En fin. Pobre niño al que estaba tratando. 

Nos llevamos las manos a la cabeza por los (malos) hábitos de salud de la población española. La automedicación y la heteromedicación están a la orden del día. Personas pasándose pastillas para diversas dolencias cual yonkis desesperados. Para la tensión, para la ansiedad, para el dolor, para la fatiga… para lo que sea. Yo te paso una y tú me pasas tres. Y los médicos expiden recetas sin dar ninguna explicación. Haz lo que te digo y te curarás. No te explican ni efectos secundarios, ni cómo funciona el fármaco que te han recetado, ni hacen, en muchas ocasiones, las pruebas necesarias para saber si ese antibiótico es la indicación adecuada. Y te sorprendes cuando cambias de médico y se lleva las manos a la cabeza por lo que estaba haciendo su compañero. ¿¿¿Pero esto no era una ciencia??? Ah, ya, que el razonamiento clínico es importante y no todo es A+B=C. 

En los últimos tiempos, es sorprendente la facilidad con la que los médicos de familia recetan psicotrópicos. ¿Que estás nerviosa? Toma ansiolítico. ¿Que estás deprimida? Toma antidepresivo, luego nos ocuparemos de esos efectos secundarios que hablan de un aumento del índice de suicicios de ciertas sustancias. ¿Que no duermes bien? Toma estas pastillitas que te van a ir de lujo. Y así tienen a la población, dopada, empastillada y sin recursos para afrontar la más mínima alteración en su equilibrio vital. 

Con este panorama, se hace necesaria una buena educación para la salud. Nuestro cuerpo y nuestra mente son nuestra responsabilidad y tenemos el derecho y el deber de conocer su funcionamiento y los cuidados que necesitan. No podemos depositar esta responsabilidad en manos de unas personas cuya formación tanto moral como profesional se escapa de nuestro conocimiento. Es cierto que los médicos son necesarios. Pero hay que saber discernir cuándo lo son y para qué. No podemos pasarnos el día en el consultorio cuando sabemos que los cambios que precisamos muchas veces en nuestras vidas no son químicos, sino sociales o personales. Comer mejor, enfadarnos menos, hacer ejercicio físico, fortalecer nuestro sistema inmunológico, aprender a respirar, beber más agua, follar más… eso no se soluciona con una pastilla, sino con un esfuerzo en dirección a un objetivo. Cuando empezamos a cuidar nuestro cuerpo y abandonamos esa dependencia del señor con bata blanca, las cosas mejoran mucho y nos alejamos de muchos riesgos innecesarios. 

Eso es lo que yo planteo, aunque el sistema sanitario insiste en invadir nuestras vidas y nuestras decisiones. No sé si habréis escuchado que hace poco, un hospital de Barcelona ha pedido una orden judicial para inducir el parto a una mujer que quería parir de manera natural. La policía fue a buscarla a su casa para llevarla al paritorio, sin que hubiese ningún indicio demostrado de peligro ni para la madre ni para el bebé. Increible ¿no? Cada paso que damos para salirnos del sistema de control del estado tiene una reacción. Pero eso es señal de que algo estamos haciendo bien. Cuando tienen que recurrir a la fuerza para dominarnos, es que hemos empezado a plantar cara. 

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