Las madres felices


Sí, es así, afortunadamente. Existen madres felices. Madres que están conectadas con su útero cual antena wifi. Madres que han tenido un parto gozoso, una pareja amorosa y presente, una red de apoyo rica y surtida, un sostén económico que las permite gozar de la crianza como si fuera el paraiso: las viandas siempre listas y a su alcance, ausencia de dolor tanto físico como psicológico, llenas de oxitocina y de instinto animal. 

¿Quién va a protestar por algo así? ¿No es algo de lo que alegrarse? Pues claro que sí. Es genial. 

Lo que no me parece ya tan bueno es que este estado de embriaguez y feliz maternaje se presente como algo que cualquiera puede alcanzar. Igual que se ha criticado hasta la saciedad a Samantha Villar por sus quejas públicas hacia la maternidad por generalizar y por no haberse informado antes de qué era eso de tener hijos/as, plantear que la maternidad gozosa es algo que cualquiera puede alcanzar si se informa bien y hace las cosas como diosito manda es poco respetuoso hacia la realidad de muchas personas. 

En primer lugar, para gozar de la maternidad, muchas mujeres deben renunciar a la forma de vida para la que han sido criadas y educadas desde muy pequeñas. Criar con placer es incompatible con tener éxito en el ámbito profesional, al menos el éxito al que estamos acostumbradas y a lo que llamamos éxito en una sociedad patriarcal. Es una gran renuncia que hay que asumir y para la que hay que estar preparada. Luego ya puedes decir que has sido felicísima criando a tus hijos e hijas (yo lo he sido), pero llega un momento en que se van de casa, y ahí te quedas, con todo por hacer, empezando por donde lo dejaste y teniendo que recuperar 20 años que pasaron sin darte cuenta. Así que elige: o eres felicísima criando a tus hijos o eres felicísima criando a tus obras. Y sí, puedes entonar el Aleluyah por tu oxitocina, pero la oxitocina tiene fecha de caducidad y seguimos viviendo en el mismo mundo. Es verdad: es una frivolidad querer tener éxito en el trabajo, y mucho más mamífero y elevado espiritualmente moldear tu obra y dejar unos hijos e hijas maravillosas para la posteridad. 

En segundo lugar, la situación del parto en nuestro país está lejos de cambiar. Las mujeres siguen pariendo envueltas en maltrato institucional. La culpabilización de la víctima en este tema es muy canalla. La sociedad te marca el camino para parir en los hospitales españoles, con tasas de cesárea elevadísimas y con prácticas intrusivas discapacitadoras y alienantes. De estas situaciones de indefensión en el parto derivan muchas situaciones de depresión post-parto que no permiten la vinculación adecuada con la criatura y que convierten el puerperio en un calvario. Si me encuentro en ese momento con una de esas madres felices que me dice “haberte informado” lo único que se me ocurre es escupirle a la cara, de verdad. Incluso cuando digo que mi segundo parto fue un parto gozoso en casa lo hago con mucho cuidado, porque hay mujeres que no se lo pueden permitir, ya sea económica o psicológicamente. 

Y en tercer lugar, la familia es una institución que se desmorona. Por arriba y por abajo. Cada vez contamos menos con el apoyo de nuestra familia para criar, ya sea por la distancia física o por la distancia emocional. Y el índice de separaciones y divorcios es cada vez más elevado. En este contexto, encontrar una situación en la que la pareja es sustentadora y la red social de apoyo de la madre es sólida, pues es bastante raro. Y eso no se busca: se encuentra. Culpar a la víctima en estos casos no solo es canalla, sino que además denota maldad y falta de empatía. Seas o no madre feliz. 

En definitiva: ser feliz es maravilloso, pero no puedes ir por ahí diciendo a la gente que no es feliz porque no quiere. El que tus circunstancias te hayan llevado (con mucho esfuerzo, seguramente) a la felicidad materna no quiere decir que el resto de la gente quiera o pueda seguir tu camino. Me encanta cuando la gente dice que es feliz. Pero la verdad, cuando alguien te está diciendo que es infeliz, no es el momento adecuado para decir “pues mira, yo soy felicísima, porque he hecho esto, esto y esto, no como tú que lo has hecho fatal”. ¡¡Hombre ya!! Que no se trata de que seáis unas retrógradas (retrógradas hay en todos lados). Se trata de tener la empatía donde la espalda pierde su bello nombre. 

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