La ropa de mis hijos

Agustina Alonso https://flic.kr/p/7AuspH

Cuando fui madre, tuve muy claro cómo no iba a vestir nunca a mis bebés. También tuve claro que la elección de una imagen personal es importante, así que nunca he coartado sus gustos y han elegido su ropa en la medida de lo posible. Cuando nacieron, algunas personas tuvieron el detalle de regalarnos peleles de esos que dejan los muslos al aire con camisas de cuellos bordados. Nunca los estrenamos. No me hacía a la idea de ir con un carrito habitado por dos repollos. Más adelante, mi hija desarrolló el gusto por los vestidos largos, rojos “preciosos” y se iba al colegio con ese vestido de nido de abeja y vuelo imposible. A mi me daba un poco de cosa, pero había pasado unos meses en los U.S.A. y me había gustado ese “dejar hacer” a los niños y niñas en cuestión de vestuario. Así que le dejaba hacer y crearse su propia identidad. 

Yo la verdad es que de moda he sabido siempre de poco a nada. Nunca me he preocupado por las marcas y he priorizado la comodidad sobre eso que llaman “elegancia”. Todo ello unido a que no tengo que ir a eventos de esos en los que la gente se disfraza convenientemente y compite por ver quién es el mejor vestido ha hecho que la camiseta de 3 euros y los vaqueros sea mi vestimenta más común. Por eso, nunca les pediré a mis hijos e hijas más de lo que me exijo a mí misma en ese aspecto. Así las cosas, la verdad es que es una ventaja, ya que me salen bastante baratos. 

Por todo esto, siempre he pasado bastante de puntillas por las imágenes de niños y niñas maqueadas como para ir de fiesta. Me horroriza ver a las niñas en los parques con pantys de esos en los que se hacen carreras y a sus madres gritando detrás de ellas para que no se manchen el vestido. Cuando veo fotos de niños y niñas posando para la cámara, me imagino que eso requiere de una intervención sistemática desde el nacimiento, en el que la ropa ha tomado un lugar relevante desde el minuto 1, empezando con el vestido de bautismo, la capota blanca y la esclava de oro. 

Mis hijas/os van vestidos de la misma forma el lunes y el domingo. Por eso, a mi hija le sorprendió mucho que una de sus amiguitas del cole le dijese, mirando con desprecio su ropa, que ella iría muy mona, pero que su ropa de los domingos era mucho mejor. Me lo contó sorprendida, sin comprender. Un día nos encontramos con la amiguita vestida de domingo: abrigo de paño, vestido de enaguas (perdonad que no sea más precisa, no conozco los términos exactos) y lazo de raso en la cabeza. Cosas que en la vida mi hija hubiese escogido para vestir un día de fiesta. 

Y luego está la querencia del pequeño por los chandal y las deportivas. Para todo. Solo osa llevar otro look en los conciertos y las audiciones de la Escuela de Música. Y es un tremendo sacrificio para él. La verdad es que es la mar de cómodo no ser esclavos de los cinturones, los zapatos castellanos, las camisas y las chaquetitas. Los chandal combinan perfectamente en un toque de mano en el cajón. 

Por todo ello, lo de juzgar a la gente por su aspecto exterior, sin fijarse en su discurso, en su lenguaje, en su filosofía, etc., pues nos parece bastante engañoso. Las personas “bien vestidas” lo único que tienen de diferente es más dinero invertido en las telas que llevan encima. Por debajo, todas y todas somos lo mismo: monos y monas desnudas con las mismas funciones fisiológicas. Lo demás, pura vanidad. 

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