La educación de adultas

 

La educación siempre implica asimetría. De una forma u otra, el que dice educar se cree en posesión de la verdad absoluta. Y eso no es una máxima educativa, sino una tara de nuestra comunidad: si hacemos caso a las teorías que nos muestran cómo se construye el conocimiento, las personas son agentes activos que desarrollan sus propios caminos de sabiduría.

Pero, por otra parte, el aprendizaje se produce dentro de una comunidad que tiene una historia y unos mecanismos de aculturación ya diseñados y preparados para actuar. Nuestra mente no navega libremente eligiendo de aquí y de allá la información, procesándola y sacando conclusiones. Y quien crea eso, es que se ha tragado las narrativas dominantes de la sociedad en la que vive (paradojas de la vida). Por lo tanto, actuamos dentro de un marco que simula libertad, pero en el que las opciones están tácitamente delimitadas a un reducido subconjunto. Quien elige acciones que no están en el catálogo, tiene reservada la cárcel, el manicomio o el ostracismo, así está organizado este intrincado sistema. Luego hay acciones más aceptadas y mayoritarias y otras acciones que son minoritarias y más outsiders, pero que son aceptadas como males menores, como rarezas necesarias con las que compararse y sentirse normal y miembro de pleno derecho del grupo. Todo esto si mantenemos constante el nivel adquisitivo, que es a la libertad de elección lo que el rozamiento es a la física.

En este contexto, la madreidad o la forma de ser madre es un espacio complejo. En este espacio, distintos agentes juegan papeles de opresión ya antiguos que van cambiando de vestido para disfrazarse, para que la gente que ha aprendido a distinguirlos y ha desarrollado formas eficaces de resistencia vuelva a caer en sus redes. Y uno de los agentes de opresión más eficaces en el espacio de la madreidad son las propias madres. Es importante que aprendamos a analizar y con ello destrozar el mecanismo opresivo del que formamos parte y con el que se mantiene el sistema cómodamente, mientras nosotras seguimos controlándonos unas a otras, ejerciendo de jueces y opresoras de nuestras iguales.

Cuando digo Guerra de las Madres, todas sabemos a lo que me refiero. El hecho de que a las mujeres, después de una larga postguerra, hayan vuelto a asomar el hocico en el mundo del trabajo y representen el sector de la población con mayor índice de estudios superiores (siempre estamos hablando de ese primer mundo privilegiado en el que habitamos) está provocando quiebras en el sistema que hay que controlar. Y nunca hay mejor forma de controlar a los elementos que haciéndoles creer que las decisiones que toman se generan en ellos mismos. Y si además, estos elementos se erigen en controladores y reguladores de los de su propia especie, tenemos un sistema que se autorregula autocensurándose. Un sistema convencido es un sistema sólido. Hace tiempo que se sabe que las medidas coercitivas pueden provocar el efecto contrario al deseado: la rebelión.

Resulta que la vida fuera de casa es excitante, estimulante, nos hace sentirnos libres e importantes, independientes (siempre y cuando tengamos en cuenta el factor “rozamiento”). Esto hace que, cada vez más mujeres, consideren que su tiempo está mucho mejor empleado en formarse, divertirse, trabajar y participar en distintas esferas de la vida social pública. Este planteamiento excluye el tiempo que se invierte en la maternidad. Cada vez hay más mujeres que deciden libremente no ser madres y dedicar ese tiempo que requiere criar a un bebé (o a varios) en otras actividades, antes exclusivas de los hombres. Pero también existen las mujeres que “lo quieren todo“: ser madres y participar en la vida pública. En ese “lo quieren todo” se encierra una de las trampas del mecanismo de opresión. ¿Sólo las mujeres quieren tener hijos? ¿Los niños y las niñas son solo nuestros? Parece que nosotras somos las únicas que estamos en la disyuntiva de “elegir” entre una vida privada y una pública. Si es así, conclusión: LOS NIÑOS Y LAS NIÑAS SON NUESTROS. Evidentemente, la respuesta a esta conclusión es un gran SÍ, JÁ. Un ejemplo de ello es la lucha encarnizada que emprenden las personas partidarias de la custodia compartida impuesta, la existencia de una educación obligatoria o el control sanitario tácitamente impuesto por el sistema de salud pública.

Por tanto, los niños son nuestros sólo en tanto en cuanto cumplamos los preceptos que la sociedad nos impone, y sólo nosotras hemos de asumir las consecuencias de tener hijos en una sociedad como la nuestra: ver reducido el tiempo posible de participación en la vida pública. Todo esto no es sólo sobre nosotras, claro está. Todo esto es la consecuencia de una estructura social en la que los niños están separados de la vida social pública de los adultos y en la que la división del trabajo está estrictamente establecida: los hombres son los encargados trabajar, de ocupar cargos públicos, de construir y de mantener  a la familia económicamente, mientras que nosotras somos las cuidadoras y sustentadoras del hogar.

En este sentido, puede haber grandes transgresiones (decidir no llevar a los niños a la escuela y educarles en casa, dejar de vacunarles, darles una educación religiosa alternativa, no casarse y tener hijos sola, etcétera) o transgresiones menores permitidas (darles de mamar hasta los 4 años o no darles de mamar nunca, dormir con ellos hasta los 5 o ponerles una habitación propia nada más nacer, ponerles chupete hasta que vayan al colegio o un collar de ámbar para el dolor de encías, divorciarse, etcétera). Por supuesto, las formas de criar favorecen a distintos intereses económicos y estructurales que imagino no escapan al entendimiento de las personas que hayan leído hasta aquí. Y, por otra parte, cuando estas decisiones son tomadas por mujeres cultas, formadas, y con cierto nivel adquisitivo, es más difícil desterrarlas al ostracismo, como ocurre con las prácticas de las “malas madres pobres”. Estas mujeres argumentan, crean asociaciones, se unen para protestar, escriben blogs. Son un frente a tener en cuenta. Por eso, tener a estas madres enfrentadas en dos grupos es bueno para el sistema, pues ellas mismas se convierten en su propio control.

No voy a poner en duda que, en el ámbito de la crianza, existen cuestiones éticas que están relacionadas con el cuidado de los seres más vulnerables: los niños y las niñas. Sin embargo, estas cuestiones éticas no pueden ser resueltas emprendiendo cruzadas particulares. Hacer responsables en exclusiva de las decisiones que se toman en la crianza a las madres, alimenta la falsa idea de la libertad en la toma de decisiones, de la igualdad de condiciones contextuales (redes de apoyo, solvencia económica y salud mental y física) y sigue situándonos como responsables exclusivas del cuidado de la infancia sin serlo en realidad (de hecho y de derecho). Ignorar que la crianza implica una inversión vital excesiva en un entorno que fomenta la crianza intensiva pero no apoya a las personas que, supuestamente, tienen que llevarla a cabo, es una postura cruel e injusta hacia nosotras mismas, además de ineficaz. Las madres ni estamos solas en la toma de decisiones, ni estas decisiones dependen de nosotras al 100%. Las madres comemos, respiramos, sufrimos, amamos, lloramos, tenemos derechos y deberes y somos personas que merecen respeto. Ignorar si todas estas necesidades se satisfacen para exigir que maternemos de una forma u otra es la postura más absolutista a la que pueda estar sometida una persona.

Esto no es un anuncio de leche en polvo. Esto es una reflexión sobre la inutilidad de la gerra de las madres, que existe. Lo podemos comprobar dando un breve paseo por los múltiples foros de discusión sobre maternidad(es) que existen en Internet. Los juicios sumarísimos solo producen resquemor. Ignorar nuestras necesidades solo produce tristeza y depresión. Ignorar nuestros derechos nos sigue situando en una posición social inferior y vulnerable. Si somos mujeres empoderadas, reconozcamos el derecho de las demás a elegir su propio camino de empoderamiento. Esto no va a hacer que haya menos niños y niñas que disfruten de la lactancia materna o del colecho, va a hacer que haya más mujeres con un respaldo suficiente para dejar los yugos impuestos. Y, para conseguir esto, somos nosotras mismas las que hemos de reconocer estos yugos.

 

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