La amiga sin hijos

Elena Ferrante, tanto en su novela Los días del abandono (Crónicas del desamor, Lumen, 2011, recopilación de las tres primeras novelas de la autora) como en la última novela de su tetralogía Dos Amigas (La niña perdida, cuarto volumen de la saga Dos Amigas, Lumen, 2015) se refiere a una situación que me fue muy familiar: la de la amiga que se hace cargo de los hijos de una madre desquiciada, haciendo sentir a esta como ineficaz, egoísta y poco comprensiva. La madre, inmersa en los cuidados desde la mañana a la noche, frustrada porque no consigue ni una hora del día para escribir, harta de los coqueteos de su exitoso marido con otras mujeres, sola, sin una red social de apoyo, en una ciudad que no es la suya, ve cómo esta mujer intima con sus hijas y consigue de ellas cosas inauditas: las niñas sonríen, hablan, obedecen, juegan con entusiasmo. Y la mujer que consigue estas cosas, perfectamente arreglada y vestida, de sonrisa permanente, dirige a la madre miradas de censura y la contradice delante de sus hijas.

No sé si esta situación os es familiar. Yo recuerdo una época de mi vida en la que tuve una amiga así. Persona que se las daba de tener una gran inteligencia emocional, no era consciente del derroche de energía que supone ocuparse de 3 niños pequeños durante todo el día. Levantarse, prepararles para ir al colegio y a la guardería, mal-prepararte tú, llevarles, irte a trabajar, mal.comer, recoger a los niños, pasar la tarde con ellos, llevarles a clase de música, o de fútbol, o de Kunfú, o lo que quiera que hayan elegido  hacer ese curso, volver, hacer la cena mientras se pelean…. y entonces llegaba ella.

Ella, rodeada de tules y olor a incienso. Ella, vestida de blanco, recién salida de la clase de yoga. Ella, pidiéndote que respirases y que hablases despacio. Ella… ralentizando la hora de irse a la cama. Ella, postergando mi momento de descanso, ese momento en el que yo podría sentarme, respirar en soledad, fumarme un mísero cigarro, cerrar los ojos.

Yo necesitaba que llegase ese momento. Me dolía todo el cuerpo. Lo necesitaba. Y ella, en cada movimiento que hacía, cada palabra que decía, me comunicaba lo mal que lo estaba haciendo. Mis hijos estaban encantados de tener una amiga adulta que les ayudase a alargar el momento de irse a la cama. Y yo acababa haciéndolo fatal, regañando a mis hijos, enfadándome con mi amiga y mandándoles a todos a la cama de mala manera.

¿Qué le hubiese pedido yo a mi amiga, si pudiese dar marcha atrás? Que me dejase hacer a mi manera. Que no usurpase mi lugar. Que aunque ella creyese que lo iba a hacer mucho mejor que yo, el sistema que se había establecido era el que era. Yo no podía hacer lo que hacía ella: no podía postergar la hora de irse a la cama hasta las 11 de la noche. Y ella no debía hacer lo que era mi responsabilidad: no podía dar a los niños la impresión de que yo era una mala persona que no hacía las cosas de una forma divertida, con sutileza, con energía, con amor. No debía hacerles creer que podrían tener una madre dulce y comprensiva, pero me tenían a mí. La culpa estaba presente en esa relación, es más que evidente, soy más que consciente.

Así que, amigas bien intencionadas, tías enrolladas que llegáis un día para no quedaros, haced el favor. Si no vais a estar ahí todos los días para ayudar, no hace falta que despleguéis todos vuestros encantos con nuestros hijos. Seguro que podéis ser de mucha ayuda en muchísimas circunstancias y que nuestros hijos pueden disfrutar de vosotras en innumerables ocasiones. Pero en los momentos que nos tocan a nosotras, dad un paso atrás. Ya sabemos que estáis más descansadas y con más energía, pero quizás esas lecciones que queréis darnos no nos hagan mucho bien. Porque no son realistas. Porque ignoran nuestras circunstancias y nos atribuyen esa identidad de mala madre de la que todas huimos.

¿Que nos sentimos culpables por no llegar a todo de la manera perfecta que nos gustaría? Seguramente. Somos así de absurdas. Pero quizás un día, si es que os decidís a tener hijos, comprenderéis lo que sentimos cuando intentáis parafrasearnos delante de nuestros hijos y conseguir que ellos ratifiquen vuestra elevada calidad como posibles madres.

O puede que decidáis que, finalmente, no los vais a tener. Es una decisión perfectamente comprensible. Entonces, os recomiendo otra lectura: Diario de una Buena Vecina, de Doris Lessing (1983).

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