Ese drama costumbrista…

Ha terminado la época del drama costumbrista. No me parece mal en absoluto que haya gente que quiera seguir abundando en ese tema, pero, en lo que a mí respecta, ha llegado el momento de pasar página. Los tiempos de la casa de Bernarda Alba han pasado. Ahora, los dramas cotidianos están cargados de transversalidades y conflictos entre lo analógico y lo digital. Ahora, la gente que crea tiene ganas de aportar otras perspectivas al lacrimógeno panorama de los terribles dramas españoles, sin necesidad de esconder entre risas un truculento mensaje, una verdad incómoda o un horrible secreto.

Hay toda una generación que viene a reinventar nuestro imaginario tradicionalista de coplas y mujeres sufrientes, de hombres violentos y humillados, de jefes déspotas y sádicos, de guardias civiles asesinos, de madres dominantes y patologizantes, de padres ausentes y autoritarios. Lo habéis visto, ¿verdad? Las imágenes de una generación las produce un grupo determinado de personas, los creadores (normalmente en masculino). Y son sus conflictos, sus problemas, sus dilemas, sus miedos y sus placeres los que absorbemos y hacemos propios. Recuerdo cuando de adolescente consumía literatura, cine español de los 80, películas antiguas de los 50 y 60, todas esas cosas. Recuerdo pararme a pensar qué tenían que ver conmigo todas esas cosas. Yo no había nacido en una familia adinerada, como algunas de las protagonistas de Almudena Grandes, ni en una familia extremadamente pobre, como la de Germinal o la de Cañas y Barro, no había vivido la Guerra Civil ni la postguerra, como en Libertarias o Las cosas del querer, ni me veía reflejada en absoluto en las mujeres de las películas de Almodovar.

Ahora parece que la cosa se empieza a democratizar un poco más. Sigo sin verme reflejada en las producciones artísticas de la época, pero al menos parece que la carga en blanco y negro con fondo de rezos y rosario va desapareciendo. De todas las crisis y vacíos creativos surge una visión nueva y revolucionaria y creo que eso puede estar a punto de estallar. La mirada está cambiando. Nos vamos cansando de las imposiciones creativas, de hablar de dramas y dolores evidentes (que nunca deben ser desterradas, por supuesto) y los dolores actuales y cotidianos de una sociedad sumida en lo digital y apartada de la tierra salen a la luz y van cobrando el derecho de ser expresados. El arte de lo aparentemente intrascendente se abre paso. Porque ¿quién marca la trascendencia de las cosas? ¿Quién tiene el poder de hacerlo?

Me gustan las expresiones culturales que desafían al macho intelectual, ese que va al teatro sin saber a dónde va para luego pontificar desde su sabiduría ancestral. Ese que desprecia la literatura escrita por mujeres porque no toca los temas importantes de la vida (la política y la economía, el top del aburrimiento perorato del señor petardo). Ese que desprecia a las y los jóvenes creadores “porque no saben nada de la vida”. Señor (o señora, que alguna hay): desaprender es tan importante como aprender. Y no siempre los viejos son más sabios que los jóvenes. Hay que bajarse del púlpito de la adultez y la seriedad, de la profunda erudición, para disfrutar de las nuevas y frescas miradas que están surgiendo.

Sé que duele. A veces duele dejar de estar en el candelabro (como decía nuestra Belén, la princesa del pueblo), pero es bonito ver cómo crece otra manera de abordar la vida. Hay gente que envejece rechazando el cambio. Quiere seguir leyendo novelas en las que la violación es un acto supremo de romanticismo o en las que el luto amarga la vida de las jóvenes. Quieren anclarse en el pasado. Pero la vida se abre camino y lo nuevo requiere otras maneras de caminar sobre las aceras (la hierba quedó lejos hace tiempo). Quizás estoy relatando mi propio cambio, pero es un cambio que considero muy necesario y al que no renunciaré aunque mil tipos con puro y gafas de pasta proclamen la intrascendencia del ahora.

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