El nido se vacía

Pensé que nunca iba a llegar el momento en que uno de mis hijos hiciese la maleta para irse de casa. Navego entre el llanto y la emoción. Doblo su ropa tendida y pienso que estoy familiarizada con cada una de sus camisetas y me ruedan las lágrimas cuando pienso que habrá un día en que me sean desconocidas. Soy así de dramática.
Mi niño se va. Con 17 años. Se va detrás de un sueño: la música. Y me siento super orgullosa. Me dice “mamá, creo que tendré que aprender a moverme por Madrid” ,  y recuerdo mis primeras incursiones en el metro, cómo aprendí a calcular la hora a la que salir de casa para llegar puntual, los apretones en el autobús con la cartera a cuestas y sé que lo conseguirá.

Llevo toda la semana diciéndole que prepare las cosas que se quiere llevar a Madrid. He conseguido que haga una maleta. Pero para él, lo más importante es el ordenador y la Play, su último regalo de cumpleaños. ¿Estudiará? ¿Comerá sano? ¿Se duchará? ¿Irá con la ropa limpia y planchada? ¿Me llamará por teléfono? ¿Llegará puntual a las clases?

Es muy curioso estar en esa posición de soltar. El pájaro vuela hacia el horizonte y yo me quedo en casa. Me emociona su vuelo. Me enorgullece. Pero a la vez me asusta y me entristece. Sé que va a estar aquí muchos fines de semana, pero ¿hasta cuando? Conocerá gente, hará amigos y amigas, se enganchará a Madrid igual que nos enganchamos todos. Espero haber sabido convertirme en un lugar seguro al que volver.

2 Responses

  1. Wowww estoy a un año de ese momento y ya ando dándole vueltas.

    Esa mezcla de sensaciones…

    Muchas felicidades por el vuelo de uno de tus cachorros 🙂

    ¡Así debe ser! Y a nosotras nos toca seguir aprendiendo… esto no termina nunca jajajaja

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