El colegio de mis hijxs es el mejor

Hay mucha gente que llega a mi blog y, cuando lee los post sobre educación, se lamenta de mi mala suerte con el colegio de mis hijxs. Nada más lejos de la realidad: creo que encontré el mejor colegio posible en el lugar donde vivimos. Es un colegio público normal y corriente, con maestras y algún maestro comunes, alguna maestra maravillosa y algunos esperpentos educativos. Como en cualquier colegio público de nuestro país. Nada fuera de lo común. 

Lo que es cierto es que siempre he tenido mi responsabilidad de madre muy presente: si mis hijos son tratados injustamente, si sufren, si lo pasan mal, si no se asegura su bienestar físico y psicológico en un lugar al que tengo la obligación de llevarles, pues yo les defiendo e intento conseguir que la situación que les hace sentir mal, desaparezca. Es entonces cuando te encuentras con un muro delante, con una resistencia a ese derecho que tenemos de estar seguras de que el sitio en el que dejamos a nuestros pequeños es un sitio adecuado para su desarrollo. 

Cuando mis hijos comenzaron a ir al colegio, hace ya mucho tiempo, una de las cosas que hizo que saltase la alarma es que les sacaban sin abrigo al recreo. Ya sabéis que los primeros años de cole son un sinvivir con los mocos, las bronquiolitis y demás. Pues bien, fui al colegio a hablar sobre el tema, pensando que sería un despiste, algo sin importancia que se resolvería con sentido común. Cuál sería mi sorpresa, cuando la maestra me dijo que ella no podía perder el tiempo en que 25 niños y niñas de 3 años se pusiesen el abrigo para salir. No me quedé ahí, y fui a hablar con la jefa de estudios, una persona bastante sensata que me aseguró que los niños y niñas saldrían con abrigo. Pero volvió a suceder. En esta ocasión hablé con el director, un personaje bastante peculiar que leía el periódico con los pies sobre la mesa y fumaba en los servicios cuando se prohibió fumar en los espacios públicos. El director se rió por mi preocupación y me dijo que esas cosas pasan y que no me tenía que preocupar tanto. 

Fue entonces cuando les tuve que recordar que, cuando dejamos a nuestros hijas e hijos en el colegio, esta institución se hace responsable de su bienestar físico y psicológico y que sacar a los niños al recreo sin abrigo, cuando las maestras salían bien abrigadas, incluso algunas con bufanda y guantes, era una canallada. Desde es momento se empezaron a tomar las cosas en serio. Es increible que haya que acudir al colegio hasta en 3 ocasiones para conseguir algo que es tan de sentido común. 

Ese año aprendí que el sentido común no es algo que funcione cuando se trata de cambiar las prácticas de una institución que funciona a la española, bien con la ley del mínimo esfuerzo y de manera negligente o bien con una mentalidad pedagógica de siglos pasados. Este último fue el caso de una maestra que, una tarde, llegó a mandar la friolera de 50 operaciones matemáticas para el día siguiente. Mis hijos estaban en 2º de primaria y tenían un hermanito de meses, al que yo sentaba en la mesa del comedor mientras me ponía a ayudarles con los deberes. Esa tarde se hizo interminable, no podíamos ir al parque, no podíamos salir a comprar y mis hijos lloraban por tener que hacer una cuentas inútiles (sabían sumar perfectamente) pudiendo estar haciendo cosas mucho más interesantes. Fue entonces cuando empezó mi divorcio de la escuela. ¿Por qué tenía una institución ajena marcar los ritmos de nuestra casa, nuestras actividades y nuestras relaciones? Desde entonces, todo fue mucho mejor y más relajado. 

Por lo demás, exceptuando hechos puntuales, como una cuidadora de comedor que le pegó a mi hijo (deberían poner mucho más cuidado con la gente que contratan para esos menesteres) y poco más, nunca he tenido grandes problemas con el colegio. Todo lo que planteo sobre la educación es una crítica al sistema educativo español, a las cosas comunes que suceden: los métodos decimonónicos, la filosofía caduca del esfuerzo y el sufrimiento en el aprendizaje, la infantilización de las familias y las malas prácticas en general. Por supuesto que hay colegios y maestros/as que son diferentes, pero hoy por hoy son excepciones que confirman la regla. 

Por suerte, mis hijos son lo que habitualmente se llama “buenos estudiantes”. Ahora, ya mayores, se quejan tanto como yo de las limitaciones del sistema educativo español. Estas limitaciones no se resuelven cambiando de centro. Quizás se resolviesen cambiando de país o educando en casa, pero hoy por hoy no tenemos pensado mudarnos ni dejar de trabajar. Por lo tanto, tenemos que conformarnos con lo que hay y luchar por cambiarlo. Y eso es duro: siempre te vas a encontrar con gente a la que tu forma de relacionarte con la escuela no le parezca bien. Yo empecé siendo una madre super implicada, hasta que me di cuenta que no encajaba en el perfil de madre implicada, porque tenía ideas propias de cómo debería funcionar el sistema. Así que, ahora, tengo claro que lo importante es lo que mis hijos aprenden después del colegio. Me centro en mi función educativa e intento que el colegio no interfiera mucho. Si mis hijos me piden ayuda, se la doy, pero no me desvivo por ser la madre perfecta que el colegio quiere que sea. 

Al final, todo esto es un tira y afloja. Todas nos acabamos adaptando lo mejor posible a los recursos que te ofrece tu entorno. Creo que mis hijos han sacado un buen partido a lo que tenían a su disposición y se han formado (y en muchas ocasiones, autoformado) para salir al mundo. Están bien preparados. No puedo decir que hayan ido a centros educativos excelentes, pero tienen competencias excelentes: saben hablar en público, se comunican en una segunda lengua tanto de forma oral como escrita, saben encontrar todo tipo de recursos de manera autónoma, tienen pensamiento crítico y formación política, sentido del arte y de la música y, lo mejor de todo, es que son buenas personas, con un sentido de la ética que más quisieran muchos adultos. La pena es que todo esto dependa de la familia de origen y que la escuela no sea capaz de formar a sus estudiantes para que, vengan de donde vengan, desarrollen habilidades y competencias para bucear en la sociedad y sacar partido de ella. 

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