COSAS QUE ME DAN MIEDO


Ayer veía por enésima vez una de las películas de la saga “Pesadilla en Elm Street”, concretamente la última, en la que se aclara de dónde sale ese psicópata onírico con uñas de acero. Aunque la película a estas alturas ha perdido la frescura de su primer capítulo, dirigido por el maestro Craven en los años 80 y protagonizada por un joven Johnny Deep y un genial e inimitable Robert Englund, yo me trago cualquier cosa relacionada con el mundo del terror. 


Samuel Bayer intenta revivir a Freddy con muy poco arte, pero ahí están de nuevo sus puntiagudas uñas. Echamos de menos ese sombrero de ala ancha (más ancha) que oculta la terrible cara del monstruo, así como su satírico sentido del humor (¡Bienvenida a la hora estelar, perra!), aunque lo de “estás en un sueño húmedo” mientras la pobre chica nada en sangre en un largo corredor no está mal. 

Pero a lo que íbamos: las cosas que me dan miedo. Creo que a estas alturas queda claro que el bueno de Freddy ya no me atemoriza. No desde aquel día que me acorraló en la Casa Encantada del Parque de Atracciones de Madrid y me dijo “deja de gritar y sal por ahí, que mis uñas no son de verdad”. Pero hay algo terrible en la inocencia de sus pequeñas víctimas, en los niños de los que abusa cuando está vivo, ya crecidos adolescentes a los que asesina en sus pesadillas. 

La inocencia de los niños es la otra cara de la moneda de la perversión. El abuso sexual es la faceta más cruenta y aterradora de esta moneda. Sin embargo, creo que no hay que ir al extremo para atemorizarse con la contemplación de esta inocencia. El terror me asalta cada vez que atisbo esa inmensa confianza infantil en el BIEN, ese “ignorar” que la vida se puede tornar tremenda de un segundo al siguiente.

Una de las primeras veces que he observado ese terrible quebrantamiento de la inocencia fue el día que Vampi Killer descubrió el concepto de muerte. Todo empezó con el insight de que, para comer animales, éstos debían morir primero. Se quedó unos instantes meditando, tras los cuáles, levantó su cabecita de  4 años hacia mí y preguntó: “¿Y tú también te vas a morir?” Qué podía decirle más que la verdad. Pero siguió preguntando: “¿Y yo?” Si cariño, todos moriremos, todos los seres que están vivos mueren. 

Vampi Killer lloró amargamente durante largo rato. Ni abrazos, ni besos ni caramelos lograban consolarle. Eso me hizo recordar que una de las cosas que más me impresionaron de pequeña fue cuando le pregunté a mi padre qué pasaba con los cadáveres cuando los enterraban. Esa ordalía de gusanos y carne putrefacta me ha acompañado toda la vida.

El descubrimiento de la muerte es algo a lo que todos y todas tenemos que enfrentarnos tarde o temprano. Pero me parece mucho más cruel cuando nuestros tiernos niños descubren la maldad; porque, al fin y al cabo, la muerte es un hecho irrefutable, pero la falta de sinceridad, la envidia, la avaricia, el odio, la rabia, la crueldad, son a veces san sutiles que, aunque nos destrocen, se nos escapan entre los dedos, no pueden ser definidos con exactitud.

Podría deciros, para que os quedaseis más o menos tranquilas, que es posible que nuestras hijas e hijos crezcan sin conocer la maldad, pero desgraciadamente no lo creo. Ojalá que su inocencia se transforme en sabiduría y no en desengaño y alienación. Ojalá la resiliencia juegue a su favor y nuestros temores nunca se hagan realidad.



2 Responses

  1. Oy, Killer!!! Qué horror de post! Jajajaa. Te cuento… Entre que Freddy Kruger es una especie trauma infantil para mí, añadido con que todas uno de mis peores maternomiedos… la pérdida de la inocencia… me has revuelto entera.
    Pero me ha encantado, que lo sepas.
    Un abrazo!!

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