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Ese drama costumbrista…

Ha terminado la época del drama costumbrista. No me parece mal en absoluto que haya gente que quiera seguir abundando en ese tema, pero, en lo que a mí respecta, ha llegado el momento de pasar página. Los tiempos de la casa de Bernarda Alba han pasado. Ahora, los dramas cotidianos están cargados de transversalidades y conflictos entre lo analógico y lo digital. Ahora, la gente que crea tiene ganas de aportar otras perspectivas al lacrimógeno panorama de los terribles dramas españoles, sin necesidad de esconder entre risas un truculento mensaje, una verdad incómoda o un horrible secreto.

Hay toda una generación que viene a reinventar nuestro imaginario tradicionalista de coplas y mujeres sufrientes, de hombres violentos y humillados, de jefes déspotas y sádicos, de guardias civiles asesinos, de madres dominantes y patologizantes, de padres ausentes y autoritarios. Lo habéis visto, ¿verdad? Las imágenes de una generación las produce un grupo determinado de personas, los creadores (normalmente en masculino). Y son sus conflictos, sus problemas, sus dilemas, sus miedos y sus placeres los que absorbemos y hacemos propios. Recuerdo cuando de adolescente consumía literatura, cine español de los 80, películas antiguas de los 50 y 60, todas esas cosas. Recuerdo pararme a pensar qué tenían que ver conmigo todas esas cosas. Yo no había nacido en una familia adinerada, como algunas de las protagonistas de Almudena Grandes, ni en una familia extremadamente pobre, como la de Germinal o la de Cañas y Barro, no había vivido la Guerra Civil ni la postguerra, como en Libertarias o Las cosas del querer, ni me veía reflejada en absoluto en las mujeres de las películas de Almodovar.

Ahora parece que la cosa se empieza a democratizar un poco más. Sigo sin verme reflejada en las producciones artísticas de la época, pero al menos parece que la carga en blanco y negro con fondo de rezos y rosario va desapareciendo. De todas las crisis y vacíos creativos surge una visión nueva y revolucionaria y creo que eso puede estar a punto de estallar. La mirada está cambiando. Nos vamos cansando de las imposiciones creativas, de hablar de dramas y dolores evidentes (que nunca deben ser desterradas, por supuesto) y los dolores actuales y cotidianos de una sociedad sumida en lo digital y apartada de la tierra salen a la luz y van cobrando el derecho de ser expresados. El arte de lo aparentemente intrascendente se abre paso. Porque ¿quién marca la trascendencia de las cosas? ¿Quién tiene el poder de hacerlo?

Me gustan las expresiones culturales que desafían al macho intelectual, ese que va al teatro sin saber a dónde va para luego pontificar desde su sabiduría ancestral. Ese que desprecia la literatura escrita por mujeres porque no toca los temas importantes de la vida (la política y la economía, el top del aburrimiento perorato del señor petardo). Ese que desprecia a las y los jóvenes creadores “porque no saben nada de la vida”. Señor (o señora, que alguna hay): desaprender es tan importante como aprender. Y no siempre los viejos son más sabios que los jóvenes. Hay que bajarse del púlpito de la adultez y la seriedad, de la profunda erudición, para disfrutar de las nuevas y frescas miradas que están surgiendo.

Sé que duele. A veces duele dejar de estar en el candelabro (como decía nuestra Belén, la princesa del pueblo), pero es bonito ver cómo crece otra manera de abordar la vida. Hay gente que envejece rechazando el cambio. Quiere seguir leyendo novelas en las que la violación es un acto supremo de romanticismo o en las que el luto amarga la vida de las jóvenes. Quieren anclarse en el pasado. Pero la vida se abre camino y lo nuevo requiere otras maneras de caminar sobre las aceras (la hierba quedó lejos hace tiempo). Quizás estoy relatando mi propio cambio, pero es un cambio que considero muy necesario y al que no renunciaré aunque mil tipos con puro y gafas de pasta proclamen la intrascendencia del ahora.

Ya no quiero verte más

En la “vida real” elegimos en cierta manera las personas con las que nos relacionamos, sobre todo cuando vivimos en una gran ciudad. Cuando yo vivía en Madrid, habitaba en un barrio al que, a partir de mi ingreso en el instituto, solo iba a dormir. Tenía conocidos/as pero pocas posibilidades de cruzarme con ellos/as. Por tanto, la gente a la que veía regularmente era más o menos fija y en dos o tres contextos diferentes en los que me solía mover.

Sin embargo, la vida en una pequeña ciudad es muy distinta: en cualquier momento te puedes encontrar a cualquier persona (grata o non grata) en una actividad distinta a aquella en la que la sueles tener situada. Y tienes que estar preparada para ese momento, si te has criado como urbanita. Ahí es cuando echas de menos el cómodo bloqueo feisbukiano: ya ni te veo ni me puedes ver, aunque… esos espacios en blanco en una conversación sean una locura. En la vida real no se puede hacer eso, así que, o te tragas a la persona en cuestión y tratas de ignorarle con la mayor elegancia posible o dejas de ir a los espacios que ella frecuenta.

Imaginad que pudiésemos bloquear en la vida real (tienen que hacer un episodio de Black Mirror sobre este tema YA). Llegamos a un evento y vemos como un grupo de personas contestan al aire y miran a un hueco vacío. Entonces sabemos que ahí hay alguien que nos ha bloqueado o a quien hemos bloqueado. Llegamos, saludamos y nos ponemos a hablar u optamos por pasar de esa interacción incómoda para todo el mundo, en la que van a existir disrupciones de significado, seguro. Pero ¿qué ocurre en la vida real? Pues optamos bien por enfrentarnos a la situación incómoda y seguir interactuando en un sitio en el que tenemos derecho a estar, aunque haya una persona con la que hemos tenido un conflicto, o bien por autoexcluirnos de esa interacción y dejar de ir a ese sitio.

Lo que es digno de análisis son las razones por las que bloqueamos en las redes sociales en comparación con la vida no virtual. Desde luego que si vamos por la calle y una pava viene a increparte, a juzgarte por lo que has dicho en x o en y grupo, a insultarte o a contestarte a cada cosa que dices en cualquier sitio, llamas a la policía para que te la quiten de encima. En este caso, el bloqueo de las redes es una opción sana y limpia que puede prevenir que la obsesión y el acoso, fruto de una interacción virtual mal entendida, se convierta en un problema crónico.

Por otra parte, en mi vida no virtual yo elijo con quién interactuar. Si hay una persona que me incomoda, porque hemos tenido un conflicto o porque no me gusta su forma de actuar, intento no mezclarme con ella. Eso no es óbice para que evite interactuar con las personas que tenemos en común. En el mundo virtual, este tipo de bloqueo es preventivo y muy útil. Puedes anunciarlo o no, pero desde luego en algún momento la gente se va a dar cuenta de que ha sucedido. En todo caso, para eso está la opción de bloqueo: para evitar situaciones incómodas y estresantes.

En tercer lugar, imaginad que estamos debatiendo pausadamente con una persona, y vienen treinta palmeros/as a increparnos, sin argumentos y usando ataques personales. En el mundo real, esto sería una situación clara de acoso. En el mundo virtual, puedes bloquear a los palmeros y a las palmeras y seguir debatiendo con la persona en cuestión, si es que tienes interés en dicha conversación. Sin embargo, la persona en cuestión igual se lo toma a mal, porque contaba con el apoyo de ese grupo de incondicionales que le hacen tener razón sin esforzarse mucho.

En definitiva, la interacción en redes es algo muy reciente, en comparación con la interacción cara a cara, la cual se lleva depurando y desarrollando milenios. Los recursos que nos ofrecen estas redes modelan nuestra interacción, igual que nuestra capacidad fonadora, auditiva y de expresión facial modela nuestra interacción “real”. Es ahora cuando estamos desarrollando las normas (no escritas) de cómo comportarnos en este mundo escrito, de emoticonos, reacciones, megusteos y bloqueos. No podemos pretender que todo el mundo comparta las mismas normas que nosotras consideramos son las adecuadas para relacionarse en las redes sociales. El que una persona no le de al me gusta a un comentario puede querer decir muchas cosas, y si nos emperramos en hacer interpretaciones de estos pequeños gestos podemos entrar en un bucle muy peligroso. Por ello, relajémonos. Siempre van a existir tensiones en los grupos y, sorprendentemente, siempre vamos a encontrar la forma de hacerlo notar. Pero no podemos imponer usos de una herramienta interactiva de forma unilateral: esos usos se van conformando con el tiempo y es cuestión de que las personas usuarias lleguen a acuerdos tácitos y acordes con el respeto a los demás.

Se me ha quedado en el tintero el tema de los pantallazos: una persona hace captura de pantalla para comentar la jugada en un espacio ajeno a la interacción original, exponiendo a la persona que interactúa sin que ella lo sepa. En el mundo 1.0 tenemos el correveidile, que es algo parecido. Reproducimos en otros espacios y fuera de contexto lo que ha dicho otra persona. Es lo que se llama, en términos vulgares, “hacerle un traje” a alguien. Y sí, esos son actos de gente cotilla y malintencionada. Pero ojo, tan malos son los pantallazos como el cotilleo tradicional, que nos lleva a pasamos una tarde hablando de alguien sin que ella (normalmente es ella) se pueda defender. Por eso, una cosa importante a aprender es a detectar la seguridad de un espacio, a pedirla y a ejercerla. Nada puede salir de un grupo cerrado: esa es una norma no escrita que deberíamos aplicar a todas nuestras interacciones, tanto virtuales como cara a cara. Por respeto.

#VDLN 148: El feeling es el feeling

Hoy estaba yo por poner algo de Ólafur Arnalds o de Sigur Rós, pero no hay manera. Hoy no tengo el feeling para el aire del intelecto. Hoy estoy más en la tierra y en la sangre, así que ahí va un vallenato bonito. Que a ver: no todo es reaggeton. Hay distintos géneros de música y baile latinos. Carlos Vives, colombiano, es conocido por popularizar el vallenato y la cumbia y fusionarlos con el pop. Y a mí me encanta desde los 90. Por esa época, tuve una amiga colombiana (a la que añoro mucho y con la que siento haber perdido el contacto por mi mala cabeza) que me enseñó muchas cosas, pero entre otras, me enseñó a bailar vallenato.

Cuánto siento haberte perdido de vista, mi negra. Si llego a saber que te iba a añorar tanto, te hubiese cuidado más, te hubiese mimado más y habría aceptado tus mimos. Ese merengue colombiano que tanto me empalagaba. Es muy triste que, cuando aprendemos las cosas, sea demasiado tarde. Ahora valoro a la gente que te da su alma, que tiene los sentimientos a flor de piel, que es fiel, delicada, amorosa y va con cuidado para no ofender a la brisa.

Bailando se van las penas, bailando no te olvido y te llevo siempre dentro de mi corazón. Allá donde estés, esta va por ti, negra bella.



Las señoras feministas y el placer de amamantar;

En un metanálisis publicado en enero de 2016 en The Lancet, un grupo de investigadoras e investigadores de distintos países concluye que la lactancia materna protege de las infecciones, reduce el riesgo de padecer obesidad y diabetes y está relacionado con un mayor índice de inteligencia en los niños y niñas, mientras que reduce el riesgo de padecer cáncer de mama y de ovarios y diabetes tipo 2 en las mujeres que amamantan. Según este estudio, se podrían prevenir nada más y nada menos que 823.000 muertes anuales de niños/as menores de 5 años y 20.000 muertes anuales debidas al cáncer de mama.

Sin embargo, las mujeres damos poco de mamar. Muchas porque no quieren. Pero muchas más, porque han visto fracasar sus intentos de lactancia. Muchas mujeres se quejan de que se han visto presionadas para amamantar a sus bebés: tal es el celo con el que a veces el personal sanitario se toma su labor de promoción de la lactancia materna. Sin embargo, otras se lamentan de la escasa o nula información, incluso de la desinformación que les conduce a perder su producción de leche.

Lo que sentimos nosotras en relación a nuestros pechos y el amamantamiento es muy importante. Porque se trata de nuestros cuerpos, de nuestro tiempo, de nuestra vida y de nuestros hijos e hijas. Pero ten cuidado: sentir placer está prohibido. Puedes sentir una gran tristeza por no haber logrado amamantar a tu hijo/a, o un gran alivio por haber decidido retirarte la leche tomando pastillas. Puedes sentir alegría por ver a tu hijo/a succionar alegremente de un pezón o de una tetina. Pero no: no puedes sentir placer.

A principios de los 90, una joven madre estadounidense, Denise Perrigo, llamó a un número de información para contactar con la Liga de la Leche. La pregunta que quería hacer, y que le transmitió al voluntario que atendió la llamada fue si era normal sentir placer sexual mientras amamantaba a su hija. El voluntario, en vez de darle el teléfono que había solicitado, le dio el número de atención de crisis en casos de violación. Los servicios sociales le quitaron a su hija de 2 años, a la que no pudo recuperar hasta un año después. Todo esto hubiese sido innecesario si nuestra sociedad conociese más a fondo la fisiología de la lactancia materna y reconociese a la madre como un ser sexual. Sí, sentir placer al amamantar es normal. Y no, no somos unas pervertidas: nuestro cuerpo está diseñado para amamantar a los bebés que parimos, y que mejor forma de asegurar nuestra supervivencia como especie que hacer que la lactancia sea un acto placentero.

Sé que, desde el feminismo hegemónico (parafraseando a Patricia Merino), hay cierta tendencia a llamar Iluminati y a tratar con desprecio a las mujeres que optan por una lactancia prolongada. Se tiene la idea de que la única función del amamantamiento es su función nutricia. Las madres nos vemos, desde esta perspectiva, encasilladas en determinados estereotipos tradicionales. Desde el imaginario hegemónico, las mujeres que optan por una lactancia prolongada son esclavas del patriarcado que han abandonado sus carreras y dependen de sus parejas masculinas para sobrevivir. Pero, paradójicamente, este mismo feminismo hegemónico arremete contra las mujeres que desarrollan negocios que les permiten trabajar desde sus casas para atender a sus hijas e hijos sin tener que depender de los horarios esclavos y los bajos sueldos que predominan en el mercado de trabajo.

Las investigaciones sobre la prevalencia de la lactancia materna (en adelante, LM) señalan que, a mayor duración de la lactancia, mayor es el nivel de estudios de las mujeres. Esto pudiera estar relacionado con que las mujeres con más recursos educativos y económicos tienen más posibilidades de acceder a información actualizada y correcta sobre la LM. También podría indicar que las mujeres con condiciones laborales más flexibles pueden optar por amamantar más tiempo, si así lo desean. Por otra parte, no es verdad que haya gran cantidad de mujeres que “abandonan sus carreras” por la maternidad. Yo diría que son pocas las mujeres que hacen eso, y están en su completo derecho, si así lo quieren. Lo que es un verdadero problema en el mundo laboral de nuestro país es que las mujeres siguen estando peor pagadas que los hombres, sufren discriminación por ser mujeres, se les pregunta en las entrevistas de trabajo si tienen pensado tener hijos y trabajan en condiciones nefastas por un sueldo de mierda. Eso son problemas, no que decidan amamantar a sus criaturas el tiempo que estimen oportuno (que, por lo general, no son más de tres meses en un porcentaje elevadísimo de mujeres).

Si dentro de este escenario, además tenemos que soportar que mujeres que se autodenominan feministas nos llamen pervertidas y pedófilas por sentir placer en un proceso fisiológico absolutamente normal, todo esto toma tintes muy retrógrados. Las madres no somos ángeles puros y sacrificados que lo damos todo por nuestras criaturas hasta que nos desvanecemos envueltas en un halo de santidad. Sabemos lo que es el placer y cuándo lo sentimos. Y sabemos que el placer que sentimos cuando amamantamos a nuestras crías no es ese que lleva a cometer violaciones y abusos. Señoras feministas, no sean represoras, no hagan que ocultemos la parte placentera de la lactancia. La succión y estimulación de los pezones produce oxitocina. Y con poco que investiguen verán que la producción de oxitocina está relacionada con la respuesta sexual. Esto no quiere decir que amamantemos para tener orgasmos (vaya chorrada), sino que un porcentaje de mujeres pueden tenerlos como resultado subsidiario del acto de amamantar.

¡¡Buscaos a una pareja adulta que os chupe los pechos!! – han llegado a decir las feministas hegemónicas. Señoras feministas jefas: qué mal gusto, por favor. ¿Quién les dice a ustedes que amamantamos a nuestros bebés por el placer sexual que experimentamos? Obviamente, amamantar no es lo mismo que mantener una relación sexual satisfactoria con una pareja adulta. Amamantar es un acto nutricio de amor. Nuestros bebés se nutren de nuestros pechos, pero no solo eso: también calman su miedo y su ansiedad, se relajan, duermen y juegan mientras succionan. Y no, no es una relación de esclavitud, es una relación de amor. Una mujer que no da el pecho a sus criaturas puede adoptar otras estrategias para conseguir esos efectos, por supuesto. Pero nosotras optamos por la LM prolongada. Y les aseguro que es una opción absolutamente libre, dado que la opción mayoritaria y más aceptada en nuestra sociedad no es la LM prolongada precisamente.

¿Y los hombres? ¿Qué hacen los hombres? (siempre que exista un hombre en todo este tinglado, claro). Pues los hombres pueden hacer muchas cosas. Pueden limpiar, hacer camas, hacer la comida, ir a la compra y un largo etcétera. Además, a partir de los 6 meses, pueden preparar la comida que complementa la LM y dársela al bebé. Porque han de saber que, a partir de los 6 meses, los bebés se alimentan de más cosas. Y cada vez comen más. Cuando decimos que nuestros hijos e hijas han mamado hasta los 4 años, por ejemplo, esto no quiere decir que mamen durante todo el día (o durante toda la noche) como hacían de recién nacidos. Un niño o una niña de 4 años come bastante, se alimenta de lentejas, arroz, filetes, potajes y cocidos. Y toma leche materna, si quiere y si su madre le deja, en algunos momentos del día o de la noche.

En fin, que dar la teta no es el demonio que esclaviza a las mujeres. El demonio del patriarcado es mucho más grande y más estructural. Ese demonio tiene una faceta que pretende negar nuestra capacidad de nutrir, poniendo en el centro de nuestras vidas nuestra capacidad productiva para el sistema. La LM y el parto no medicalizado (sobre el que también podríamos hablar largo y tendido) no vienen a destrozar nuestras vidas como mujeres que disfrutan, salen, trabajan y leen aunque tengan hijas/os. Pueden hacer todo lo contrario: facilitar los cuidados y permitirnos disfrutar más y mejor. Pero bueno, eso ya lo he contado en otras entradas de este blog.

Antisororidad

Muchas de las mujeres que conozco hablan de un historial de abusos de distintas dimensiones desde su adolescencia a manos de sus compañeros masculinos. He de decir que, teniendo clarísimo que su experiencia es real y suya, la mía no ha sido así. Prácticamente todos mis recuerdos de sufrimiento en la infancia y la adolescencia están ligados a mi interacción con mujeres. Y el poso que han dejado esas experiencias es el de una irónica incredulidad hacia la bondad femenina.

Cuando entré en la adolescencia, el acné se convirtió en una de mis mayores preocupaciones. Al recordarlo, todavía siento en el corazón el malestar que me producía ver mi cara enrojecida y llena de pústulas. Todas las personas que han sufrido de acné saben que es muy difícil de tratar, y que solo resta esperar y cuidar para que no se desboque. Los tratamientos a base de vitamina A no existían por aquel entonces. Además, tener a una persona encima todo el día diciéndote que tienes granos (y yo la tenía) tampoco ayuda: lo sabes porque te miras todos los días al espejo.

Por aquel entonces, yo estaba apuntada a un grupo Scout en el que convivía con un grupo de chicas de mi edad. Como en muchos grupos de chicas, había un subgrupo de lideresas que controlaban todo lo que se hacía y decía, cómo se pensaba, los chascarrillos y los objetitos de moda, etcétera. Yo nunca he sido una gran follower, así que nunca me integré del todo en ese grupo ni labré grandes amistades… aunque sí me llevé grandes disgustos.

Todo esto hay que entenderlo bajo el prisma de una adolescente de 16 años, temperamental, estudiosa, tímida y con pocas habilidades sociales, con una familia conflictiva y muy poco apoyo en el desarrollo de la propia identidad. En estas circunstancias, estás deseando ser aceptada en un grupo. Así, si un día estas chicas tan populares y dicharacheras te proponen como candidata en un concurso de belleza, pues te pones tan contenta. No piensas que en realidad son unas verdaderas hijas de puta que lo único que quieren es reírse a tu costa.

Pues así sucedió. La verdad es que no tengo claro cómo comenzó todo, porque al ser la víctima de la broma era lógico que no estuviese en los preparativos. En ese grupo teníamos el privilegio de poseer dos chalés prestados por la iglesia para nuestro esparcimiento. Los sábados los usábamos para celebrar las reuniones y las actividades del grupo y el domingo lo pasábamos jugando a las cartas y charlando sin supervisión adulta o, a lo sumo, junto a personas algo mayores que nosotras que no tenían mucha más conciencia.

El caso es que un domingo, cuando llegué, lo tenían todo preparado. Un concurso de belleza en el que se votaba entre todos el rey y la reina del grupo. Hicieron un paripé y salí yo y un chico que era famoso por su fealdad. Pero ser feo siendo chico no tiene nada que ver con ser fea siendo chica. Él era una persona integrada en el grupo, y sus amigos no le ocultaron que todo era un gran chascarrillo. Ahí la única tonta que solo se dio cuenta de todo el montaje cuando la subieron para que saliese al balcón a saludar con una corona de flores era yo.

En esos momentos te tienes que reír, porque si encima te haces la ofendida, quedas fatal. Pero todavía recuerdo sus carcajadas, allá abajo, y yo asomada al balcón del segundo piso del chalét. La vergüenza me duró años, y nunca se volvió a hablar de ese evento. Lo que para ellas fue una gracieta, para mí fue motivo de gran tristeza. Estuve llorando varias semanas, pero cuando quedaba con ellas, seguía como siempre, haciendo como si nada hubiese pasado. Ese es el gran recuerdo que tengo de mis amigas de adolescencia.

El tiempo pasó, pero lo que fui aprendiendo en cada uno de los contextos en los que he convivido con mujeres es que no debo esperar nada de nadie. El siguiente suceso traumático fue cuando llegué a la Universidad. En los primeros meses me hice amiga de un grupo de chicas que para mí eran como agua de mayo. Eran aire fresco, otro entorno, otras formas. Pero cuando saliero las notas de los primeros exámenes parciales y vieron que yo había aprobado todo y ellas habían suspendido, me dejaron de hablar. Sí, en aquella época no había ley de protección de datos, y aunque yo intenté ocultar mi éxito académico, de nada sirvió.

Estas experiencias tempranas con grupos de mujeres me han dejado un caracter independiente, solitario y desconfiado. Y no soporto las bromas. He tenido más decepciones que alegrías con mis amigas mujeres, aunque las pocas alegrías que he tenido han sido maravillosas. Todo esto hace que no me crea lo del rollo de la sororidad. He encontrado muchas peores personas en el género femenino que en el masculino a lo largo de mi vida. Seguramente mis traumas tempranos tengan algo que ver en esta percepción. Pero, claro, las esperiencias tempranas son las que nos marcan a fuego.

Tipos de anonimato en las redes

Una que ya lleva mucho tiempo paseándose por las redes sociales (RR.SS.) se escama cuando, por enésima vez, el opinólogo de turno arremete contra el anonimato porque no tiene argumentos sólidos. A ver, señor, cuentas anónimas en las redes hay a patadas. Ya sabemos las que a usted le molestan, que son básicamente las que le sacan la vena del cuello. Pero quizás si fuese capaz de argumentar sosegadamente, no lo pasaría tan mal.

Por otra parte, ha de aprender a diferenciar los tipos de anonimato en las RR.SS. No es lo mismo una cuenta anónima con 19 seguidores que surge de repente y acude a insultar y a mofarse de sus tuits (de esas, yo tengo bloqueadas un montón) que una cuenta que lleva detrás un blog de varios años de antigüedad, un personaje que escribe en un periódico o o que ha escrito un libro, o una que maneja un profesional, y que expone argumentos educativos sensatos y sólidos. No, no es lo mismo. Y no se puede arremeter contra esas cuentas como si todo lo que dicen, han dicho y dirán no será válido si no se publica con el DNI en la boca.

A lo largo de la historia, el anonimato ha cumplido muchas funciones. Una de ellas es protegerse de las hienas que no dudarían vengarse haciendo daño. Porque no me negarán, señores que braman en contra del anonimato, que lo que quieren hacer no es argumentar con nombre y apellidos, sino pasarse tres pueblos haciendo ad hominems y atacando personalmente a la cuenta anónima que les ha sacado de quicio.

Así que no, mire, mejor prevenir que curar. Yo le aconsejo, señor, que se calme y que razone. La ironía y el sarcasmo están ahí para ser usados. Si todo el mundo juega limpio y argumenta con soltura, no hay ningún problema. Y total, para llamarnos madres ignorantes, no hace falta saber cómo nos llamamos.

Por otra parte, es delirante afirmar que hemos creado nuestros perfiles anónimos para lucrarnos. A mí me molesta especialmente que meta a Maestra de Pueblo por medio cuando dice eso, teniendo en cuenta que ha escrito un cómic con mucha gracia en el que ilustra sus aventuras como maestra novata. Escribir es un trabajo y, si está bien hecho, es justo pagar por él y no es obligatorio. Pero en lo que respecta a este blog, en la vida se habrá visto la inclusión de publicidad o la venta de ningún producto en el mismo. Yo me pago mi hosting, señor. Esto es un hobby. Por eso, escribo lo que me da la gana. Y si no le gusta, a mamarla a Parla, como dicen en mi pueblo.

#VDLN 138: 1999 (Love of Lesbian)

Acabásteis de un plumazo con esa vida de celuloide. 18 años aprendiendo. 18 años y dos vidas que empiezan. 18 años y dos vidas que buscan su camino. Y yo me quedo con un montón de cosas aprendidas y dos habitaciones un poco vacías, aunque llenas de vuestra infancia y vuestra adolescencia. Hemos cambiado tanto. Los tres hemos alcanzado la mayoría de edad. Ya es difícil imaginar cuando os daba de comer o cuando me dábais la mano para cruzar la calle. Ahora, a veces, me pedís que os de la mano. Me gusta daros seguridad en vuestra marcha, en vuestra aventura. Me gusta ser ese lugar seguro al que siempre volvéis.

Malvavisco, hiper, helicóptero… ¿algo más?

De repente, el mundo se ha llenado de psicólogas y periodistas superexpertas que han inventado un montón de etiquetas para opinar sobre la forma en que las madres (y a veces los padres) educan a sus hijas e hijos. En realidad, han inventado unos personajes imaginarios que, según sus propias palabras,  son “suaves como un bombón, dulzones con los hijos, porque no tienen claros los límites.” De repente, el ciberespacio se ha llenado de artículos copiados unos de otros y citando a expertas que no sabemos si son reales o imaginarias, diciendo gilipolleces. Dicen que ese supuesto grupo de “padres” leen mucho y están muy bien informados, tanto que se sienten confusos. Porque ya se sabe por el Quijote: si lees mucho, te confundes. 

¿Cuál es el modelo educativo que proponen estas soflamas anti-cuidados? La periodista Eva Millet, a la que cita todo el mundo y por lo visto no se confunde al leer tanto, dice, opina, asevera que la familia es un sistema jerárquico, no una democracia, y los hijos deben marchar a toque de corneta, levantarse solos cuando caigan al suelo y hacerse con un taburete para buscar su almuerzo en la nevera. Bromas aparte, no sé dónde ha visto la señora Millet que la familia sea un sistema jerárquico. Yo no soy la jefa de mis hijos. Soy su madre, y tengo una serie de responsabilidades de cuidado hacia ellos, responsabilidades que parece que hay gente que quiere minusvalorar, despreciar, convertir en ridículas preocupaciones de una madre histérica. 

Lo cierto es que hay distintos modelos educativos de acuerdo con la tradición psicológica: el autoritario, el permisivo y el democrático. El democrático es el que olvida toda esta caterva de opinólogos que han saltado a la palestra en los últimos tiempos. Promueven un estilo autoritario, que, según las investigaciones, ralentiza el desarrollo, y asimilan el democrático, que siempre ha sido considerado el más positivo, con el permisivo, que de tan laxo llega a ser negligente. O han leído mal los textos, o hay una intención oculta en soltar todas esas tonterías a la prensa día tras día. 

El diálogo y el establecimiento negociado de límites son, sin duda, las estrategias educativas más eficaces. Las prohibiciones están basadas en el miedo. Sin embargo, la argumentación y el diálogo llega a lo más profundo del sistema conceptual y, además de ser estrategias mucho más honestas, hacen que nuestros vástagos se apropien de nuestras enseñanzas y las hagan propias, haciendo lo que tienen que hacer por convencimiento y no por miedo a una figura de autoridad. No, señora Millet. Mi casa no es un cuartel militar. Quizás la suya sí, pero yo prefiero estrategias menos hitlerianas para educar a mis hijos. 

Mi consejo es que, cada vez que abráis uno de esos artículos que nos asignan una etiqueta a “los padres”, hagáis un buruño virtual con él y lo arrojéis a la papelera virtual. Leído uno, leídos todos, fruto de mentes aburridas que inventan cosas para controlar nuestra forma de crianza de educación. La experiencia sobre crianza y educación valiosa está a vuestro alrededor, en las familias que conocéis y que sacan adelante a su prole con amor, no en los supuestos expertos y expertas que escriben en los periódicos. Si necesitáis consejos, pedídselos a vuestra vecina con 4 hijos antes que a la Doctora Claudia Sotelo Arias o a la periodista Eva Millet, a las que no conocéis de nada. 

Bueno, voy a ver qué ha publicado hoy la prensa y qué nueva etiqueta han inventado para nosotras. 

Los 11 mandamientos

Hace unos días, el proyecto Gestionando Hijos (fundado por un ex-alumno del colegio antes privado, ahora religioso concertado Santa María del Pilar y empresario de vocación) y la editorial SM, presúntamente implicada en la distribución de un libro de Biología y Geología de tercero de la ESO de contenidos homófobos, lanzaron un pacto educativo, jaztándose de haber adelantado al gobierno en tamaña empresa. Los 11 mandamientos del pacto educativo, los llaman, mostrando sin tapujos su trasfondo cristiano y su ideología basada en el amor al prójimo y la buena voluntad. Qué bonito. Y lo han hecho 16 divulgadores educativos  (léase gente que vive de dar charlas motivacionales sobre cómo los demás hemos de educar a nuestras hijas e hijos). 

Dice la periodista de El Mundo, Olga Martín, que este pacto ha ido a lo esencial y se ha dejado de coñas. Las coñas son los conciertos educativos, las lenguas co-oficiales o la asignatura de religión evaluable. Claro ¿por qué nos han de preocupar esas nimiedades, propias de rojos y ateos, de enemigos de la unidad patria y de la división de clases? Lo importante es que las madres (y los padres) mantengamos a raya nuestros grupos de WhatsApp y no cuestionemos las decisiones de los profesores. Porque claro, ya sabemos que todo el problema del sistema educativo español es que lo cuestionamos. Si no lo cuestionásemos, seguiríamos llevando manzanas a las maestras y todos tan contentos: los tontos con orejas de burro y los listos en la primera fila. 

Pero vamos a ir a los mandamientos que han suscrito estas madres y estos padres apañaos convencidos por los 16 divulgadores de prestigio. 
1. Colaboraré con los profesores considerándolos compañeros en la educación de mis hijos.

A ver, no. Los profesores (y las profesoras) son profesionales asalariados que se ocupan de la educación obligatoria de mis hijas e hijos en un horario lectivo. No son compañeros. Yo tengo la patria potestad y la custodia de mis hijas e hijos, y ellos/as colaboran en su educación, tal y como señala la LOMCE en su preámbulo. Por tanto sustituiría compañeros por colaboradores. 

2. No criticaré a los profesores (y menos aún delante de mis hijos) y, si surgen problemas, hablaré con ellos directamente. No usaré los grupos de WhatsApp de padres para cuestionar sus decisiones y fomentar el desencuentro.

A ver, el ser humano es gregario. Cuando tienes un problema, lo comparte con las personas de tu confianza. Los grupos de WhatsApp son un medio de comunicación más, podría comunicarme con otras madres también por teléfono, en el Facebook o en la puerta del colegio. No me comprometo a dejar de compartir mis problemas y, por supuesto, si hay que criticar al profesor o profesora delante de mis hijos, porque le han faltado el respeto o han tomado una decisión injusta, no dudaré en expresar mi desacuerdo delante de ellos. Quiero que mis hijos e hijas crezcan sabiendo que deben defenderse de las injusticias y rebelarse contra el poder establecido si es necesario. 

3. Haré todo lo posible por prestigiar la figura del profesor, participando en su reconocimiento social.

La figura del profesor se ha de prestigiar si es prestigiable, al igual que la de la madre, el padre o los abuelos. El reconocimiento social se gana mejorando la formación del profesorado, exigiendo calidad y evaluando al profesorado de manera fiable y válida. 

4. Estaré disponible para hablar con el profesor cuando lo considere necesario, comprometiéndome a dialogar con una actitud positiva. Escucharé con atención y buena disposición lo que los profesores me digan sobre mis hijos.

Igual que el profesor (o profesora) tiene sus necesidades y horarios de trabajo, yo tengo los míos. Siempre que una maestra ha querido hablar conmigo (que ha sido una vez o ninguna) he acudido, por supuesto. En cuanto a la actitud positiva y el diálogo, eso es cosa de dos. Hemos de tener en cuenta que somos dos personas adultas en un intercambio comunicativo, y ninguna de las dos estamos por encima de la otra. Por tanto, la actitud positiva, la atención y la buena disposición debe ser mutua. 

5. Pondré a disposición de profesores y de la escuela en general mis conocimientos, al objeto de participar activamente en una verdadera comunidad de aprendizaje.

Fíjate, eso me encanta. Yo, con mis conocimientos sobre educación, sobre alfabetización, sobre lengua escrita… y para lo único que me han llamado es para cocinar el plato típico de algún país y para hacer disfraces. Yo no sé ni coser ni cocinar, pero como soy madre, se supone que es eso lo que puedo aportar a la comunidad de aprendizaje. Por tanto, no, en esas condiciones no me pongo a disposición de nadie. 

6. Haré todo lo que esté en mi mano para colaborar con los profesores y la escuela para erradicar el acoso escolar. Yo también soy responsable de exterminar esta lacra.

Por supuesto que soy responsable. Mis hijos e hijas tienen una educación sobre el respeto y la igualdad que han mamado desde la cuna. Pero cuando están en el centro educativo, quiero que estén seguros y que el profesorado ponga todos los medios para que no sufran acoso escolar. Por tanto, espero que el centro escolar tome en serio las denuncias sobre insultos y agresiones físicas y no se consideren “cosas de niños”.

7. No haré los deberes ni los trabajos a mi hijo, sólo le ayudaré y animaré a hacerlos, ya que con ello estaré entrenando a mi hijo en la responsabilidad y en la no dependencia.

Siempre que mis hijas/os me han pedido ayuda es porque la han necesitado. No piden ayuda porque son vagos y quieren que yo les haga las cosas. La piden porque tienen dificultades para resolver tareas escolares que solo se pueden resolver con apoyo. Así que lucharé para que ese apoyo educativo se de donde se tiene que dar, en el aula, y así las familias puedan dedicarse a hacer las tareas que son propias de su grupo humano y que no tienen nada que ver con libros de texto ni cuadernillos Rubio, sino con parques, piscinas, paseos y cine. 

8. Contagiaré emociones positivas a mis hijos sobre su escuela, sus profesores y el aprendizaje. Veré la escuela como mía.

No veo la escuela como mía, es que es mía. Es nuestra. La pagamos con nuestros impuestos y forma parte de nuestra comunidad. Por tanto, contagiaré a mis hijos emociones positivas para que la sientan suya y sepan que, si hay que luchar para erradicar las faltas de respeto, las injusticias y la mala praxis, se lucha. 

9. Trabajaré en equipo con los profesores en la mejora y progreso de la sociedad a través de la educación […]

Si los profesores quieren llamarme alguna vez para que colabore con ellos (y ellas) en algo, no tendré ningún inconveniente, siempre que sea compatible con mi vida laboral y familiar. 

10. Me plantearé a diario qué estoy haciendo yo para que la escuela de mis hijos sea mejor.

Bueno, eso me lo planteo todos los días. Por eso, alguna vez he escuchado eso de “tú ocúpate de lo tuyo y no te metas en los asuntos de los demás”. 

11. Recordaré que educar a mis hijos con conciencia e ilusión es garantizar una sociedad mejor. Seré plenamente consciente de la importancia de mi papel educativo y jamás rehuiré esa responsabilidad.

Con conciencia, ilusión y un buen sueldo. Cuando tu hábitat es la escuela pública y te rodeas de personas de todo tipo de procedencia, te das cuenta de los esfuerzos que hacen algunas familias para sacar adelante a sus hijas e hijos. Luchar por la justicia social es una forma de vida. Yo sé que yendo a colegios en los que la mayoría de las familias tienen dos sueldos y una casa en condiciones se vive al margen de otras realidades que también existen. Pero hay que tomar conciencia de las dificultades por las que pasan muchas familias en nuestro país y dejar de hacer atribuciones culpabilizadoras de clase media. Es raro que una madre o un padre rehuyan su responsabilidad, aunque estén trabajando 12 horas al día por un sueldo de mierda. Vamos a tomar conciencia todas y todos.